miércoles, 4 de diciembre de 2013

Un mito beisbolero



-Denme los guantes. El juego se acabó.

Todos nos quedamos perplejos. Nadie esperaba esa reacción. El roletazo fuerte por tercera había golpeado su mano derecha. Ninguno de nosotros se movió a ver qué le pasaba. Agitaba su mano y se soplaba las uñas. Es probable que esperaba nos acercáramos. Cuando se percató que seguíamos impasibles tronó y dio por terminado el partido. La mayoría de los guantes, bates y bolas eran suyos y de su hermano Rodolfo. Era la primera vez que Humberto asumía una decisión drástica. Casi violenta. No sabíamos qué hacer. Apenas eran un poco más de las cuatro de la tarde. El sol empezaba a retroceder y las primeras sombras caían sobre el campo de béisbol. Las altas ramas de los mangos sellaban su paso por toda la parte izquierda. La jornada empezaba.

-¡Brother no le creo!  
-Pues así como oyen. No jodan. ¿Creen que no me dolió? ¡Váyanse a la verga!

No hubo manera que el Gemelo reconsiderara su sentencia. Metió las manoplas en el bate y me llamó.

-Brother venga. Vámonos a mi casa.

Los juegos de béisbol formaban parte de nuestros rituales cotidianos, para esos días solo que lloviera no jugábamos. La fiebre beisbolera se había apoderado de toda la muchachada. Cada uno de nosotros según la posición que ocupaba se identificaba con los jugadores de la liga profesional. La mayoría querían ser como Rigo Mena. A mí el que más llamaba la atención era Duncan Campbell. Un pelotero completo. Jugaba todas las posiciones y hasta llegó a lanzar. El poeta David McFields lo inmortalizó en un poema. En la distancia vuelvo a preguntarme, ¿por qué iba con el León y no con el Bóer o con el Cinco Estrellas o el Oriental? Todavía no alcanzo a descifrar el ministerio. Debe haber sido cuestión de empatía. No creo que exista otra explicación.

Toda memoria es selectiva. Uno escoge qué desea registrar en su mente y queda grabado para siempre. Wilfredo Calviño, Orlando O’Farrill, Conrado Marrero, Julio Jiquí Moreno, Borrego Álvarez, Leo Posada, Enrique Izquierdo,  Winchy Álvarez, Coco Sayas, Deacon Jones, Orestes Hernández, René Paredes y Duncan Campbell, formaban parte de mi constelación de estrellas. Lo siguen siendo.

El béisbol nos hacía vibrar, incluso llegué a llorar a varias veces ante las derrotas de mi equipo. Como estaba prohibido desvelarme encargaba a mi madre que continuara oyendo el juego. En cuanto me levantaba salía en su búsqueda para saber quién había ganado. Su alcahuetería era única. Siempre accedió a escuchar las partidas, incluso esperar que terminase el juego cuando iban a extraining. Mientras tanto seguía escuchando que Toño hubiese llegado a la profesional si se lo hubiera propuesto. Nunca oí hablar de otro jugador que hubiese logrado tanta simpatía entre la fanaticada local.

Los sueños de todo jugador era tratar de escalar esa cima. En sentirse reverenciado por sus seguidores. Por enésima vez Octavio Gallardo, un lanzador discreto, sentenció que Toño se había desperdiciado. Se le pasó el tiempo. Si se hubiera empeñado ahora Chontales contaría con un representante del calibre de cualquier jugador profesional. Entonces reparé en su figura. Me parecía pequeño, muy pequeño como para haberse creado un mito a su alrededor, tenía un modito raro para caminar. Eduardo León "Caimito", evoca su grandeza. Con aplomo el lanzador estelar de la Décima Compañía afirma: "Cuando Toño cogía base era seguro que anotaba. Corría como endemoniado". Eduardo seguirá creyendo hasta donde le alcance la vida que Toño es el mejor jugador que ha tenido Chontales en todos los tiempos. Jugó todas las posiciones y fue un pícher inigualable.

Cuando lo vi jugar segunda comprendí que si no jugaba otra posición era porque su brazo no daba para más. Sus giros de cintura buscando la doble matanza eran rápidos. Cubría un amplio espacio y sus piernas todavía respondían. Varias veces lo vi robar las almohadillas. Toño tenía un juego alegre. Se divertía jugando. Fue cuando empecé a interrogarme. ¿Si Toño era demasiado bueno por qué nadie se preocupó por empujarlo viajar a Managua y ratificar su calidad? ¿A qué se debió que él tampoco se empeñara por dar el salto e ingresar a la profesional? ¿Sería que temía no dar la talla? ¡Imposible! Todos aseveran lo contrario. ¿Cómo explicar que diera las espaldas al sueño de todo jugador nicaragüense? Debió haberse ido.

Vivía a una cuadra de su casa y cada vez que iba para la escuela sobre la calle Palo Solo dirigía la mirada hacia dentro, con la intención de verlo. Sentía admiración por las hazañas que contaban había realizado destacándose como el mejor. ¿Será que no se fue para no dejar sola a la Dora? Años después vi lanzar dos juegos consecutivos a su hermano Napoleón y en ambos salió victorioso. Napo pichó dieciocho entradas completas. Tiraba pedradas. ¿Noventa millas? Parecía una máquina. Nunca se cansaba. Un atleta como pocos. Saltaba la garrocha. Competía en los cien metros planos. Corría los cinco kilómetros, desde El Salto hasta el campo de béisbol en los predios del Instituto Nacional de Chontales. Por tratar de ganar una competición intercolegial se desencajó el cuello. Anduvo mucho tiempo con un aparato ortopédico.


Napo se divertía de lo lindo como lo hacía Toño, tirando pelotas hacia el plato sin asomos de agotamiento. Con tal de ganar a los managers no le importaba mantenerlos en el box. Eso era lo único que importaba. Eran mata pícheres como dicen algunos iluminados. No existía ninguna regla que estableciese límites para proteger a los lanzadores.

Toño continúa siendo objeto de conjeturas. En el parque los más viejos siguen contando sus hazañas. Inevitablemente desembocan en lamentos. ¡Qué bruto! ¡Cómo no recapacitó! ¡Toño era un diamante! Todos los que lo vimos jugar sabemos que le sobraba madera para instalarse en la profesional. ¡Uf! se hubiese destacado. Ya ven con lo bueno que era Napo no le hacía sombra. Cualquier equipo lo hubiese contratado. ¡Aquí nunca tendremos otro pelotero como Toño! De seguro hubiese sido big laguer. Fue un tonto. Ahorita sería miembro del Salón de la Fama Nicaragüense. Todos viajaríamos a Managua con nuestros hijos para verlo luciendo su traje de pelotero. Con sus ojillos inquietos y la manopla sostenida sobre la cadera izquierda. Debo decirles que cada vez que escucho su nombre repito que a mí me hubiese gustado que jugara con el León.


Estoy seguro que los jugadores de Los Toros han escuchado más de alguna vez su nombre o han leído con respeto la placa en el Estadio Carlos Guerra Colindres, donde aparece su nombre junto al de Eduardo León y demás glorias chontaleñas. Si no ha sido así díganles a sus abuelos que les cuenten su historia. Si no la saben indaguen entre sus vecinos. Si estos no saben responderles acérquense una noche al Parque Central e interroguen a los contertulios más viejos quién era Toño Ugarte. Saldrán convencidos que ha sido el pelotero más completo que ha tenido Chontales a través de la historia. Toño encarna el mito y los mitos tienden a crecer y multiplicarse. Continúan repitiéndose de boca en boca hasta el final de los tiempos. Creo que se cuidaba más Humberto, mi hermano entrañable, y esto que nunca aspiró llegar a la profesional. O tal vez no quiso repetir el error de Toño y por eso pensó que debía cuidar sus manos.

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