domingo, 29 de septiembre de 2013

La invención del amor


Como cada quien es dueño de sus predilecciones, me animo adelantar que mi gusto por la lectura se ha acrecentado durante el último año. La ventaja es que ahora leo por placer como se debería leer siempre. Confieso que son raras las novelas que me han capturado y subyugado. ¿Será que llegó el momento de dedicarme a la relectura? Temo hacerlo. Me parece que si alguien no encuentra goce, deleite, nuevas propuestas en los noveles escritores, podría ser considerado no solo como pasado de moda, también que no logra enlazarse con las nuevas sensibilidades. Uno debe esmerarse por conectarse con los nuevos narradores. ¿No será más bien que mi sensibilidad se ha venido decantando de tal manera que ahora son muy pocas las obras y autores que logran cautivarme? Si nos atenemos al criterio de los grandes escritores tendríamos que estar releyendo constantemente. Una recomendación cuya virtuosidad he comprobado las veces que he tenido que releer a mis dioses tutelares.

Rayuela (1963) seguirá encandilando a los jóvenes más allá de todo límite espacial y temporal. Después de medio siglo de haber aparecido su lectura se acrecienta. La guerra del fin del mundo (1981) una apuesta para demostrar lo grande que era Mario Vargas Llosa, al tener que salirse de su entorno y fabular sobre el fanatismo religioso, un  cáncer persistente en todas las épocas. Cien años de soledad (1967) pesa tanto que la generación postboom sigue denostando contra ella, prueba que continúan leyéndola. Pedro Páramo (1955) y La muerte de Artemio Cruz (1962), prosiguen desafiando el tiempo y la imaginación. El viejo y el mar (1952), un dechado de escritura. Un puñado de obras y autores que he releído varias veces por puro placer. Igual hice con William Faulkner. Deseaba reencontrarme con las raíces y abrevar en las aguas diáfanas en las que se habían bañado infinitas veces la mayoría de los escritores latinoamericanos que me provocan dentera.

Entre las últimas obras que he leído, Los enamoramientos (2011) de Javier Marías, El tango de la guardia vieja (2012), y la más reciente, La invención del amor, (Premio Alfaguara de Novela 2013), para citar tres escritores laureados, compruebo que tienen la propensión de centrar parte sustancial de sus narrativas en el tema amoroso. Lejos de la tragedia que atormenta la vida de millares de españoles, pareciera que no logran conectarse con las vicisitudes históricas, el drama político, la corrupción y el desempleo que campean en su país. Ni siquiera de soslayo lo introducen. Se han instalado en la comodidad de contar las truculencias, enredos y traiciones que afligen a distintas parejas. ¿Sería demasiado riesgoso afirmar que han caído rendidos ante los apremios convencionales de la novela comercial? ¿A qué atribuir entonces esa inclinación? Al menos Pérez-Reverte traspasa fronteras y urde tramas más complejas.

La obra ganadora este año se debe a la autoría de José Ovejero, ganador de varios premios nacionales en España. La invención del amor es una novela simplista. Una llamada telefónica hecha a quien no se debía da pié a la historia. Contada en primera persona, teje una urdimbre fácil de desmadejar. Lineal para no tener que fatigar la marcha de la escritura. Esa resolución en el manejo del tiempo resta fuerza a su propuesta. No utiliza recursos narrativos que nos obliguen a seguir por callejones insospechados. Samuel recibe una llamada de Luis anunciándole la muerte de Clara. Inicia la farsa. Decide suplantar al verdadero Samuel quien hilvana ante Carina, hermana de la fallecida, una historia de vida que desconoce. Carina quería saber cómo era realmente su hermana. El acercamiento se traduce en la invención de una vida. En la invención del amor. Incluso el otro Samuel cuenta cómo era Clara.

Por mucho que quise apartar mi mirada de la forma que presentaba sus ficciones Corín Tellado no pude. En el despertar de mi adolescencia leí sus novelas con fruición enajenada. Una lectura compartida con millones de lectores de habla hispana. No temo decir que la leí como ocurre con Mario Vargas Llosa. Pese rendir homenaje a su portentosa creatividad el peruano expresa que nunca la leyó. El reconocimiento que hace a su legado ratifica la aceptación unánime que gozó. "... gracias a ella, cientos de miles, acaso millones de personas que jamás hubieran abierto un libro de otra manera, leyeron, fantasearon, se emocionaron y lloraron y por un rato o unas horas vivieron la experiencia maravillosa de la ficción... fue probablemente la última escribidora popular, en el sentido más cabal de la palabra, la que llevó una variante (fácil, elemental, sensiblera y truculenta, ya lo sé) de la literatura al vasto pueblo, ese que no entra jamás a las librerías y pasa como sobre ascuas por las secciones culturales de las revistas, y piensa que la literatura seria es larga y soporífera".

¿La auténtica y verdadera literatura estará desapareciendo? La actual se está deslizando por una pendiente peligrosa. El mercado no quiere complicaciones. Obras que muestren la mugre que consume a millones de personas. La cara odiosa de la guerra y las ganancias multimillonarias que obtienen los fabricantes de armas. Tres hombres y una mujer (1927) está llena de sensiblería. Hay diálogos que muestran la cursilería que incurren los amantes, retrata la posguerra. El desempleo y la desolación en Alemania, las heridas incurables de la guerra y las primeras persecuciones de los judíos. La invención del amor es intemporal. Pudo ocurrir en cualquier país en cualquier momento del presente. No antes ni después. Madame Bovary (1857) solo pudo ocurrir en Ruan. Exalta la seducción que provoca la lectura de los libros románticos. El drama continúa convocando a lectores de distintas épocas. Tampoco vengas con exageraciones me objetaran algunos.   

Signo de los tiempos que corren la mayoría de los novelistas actuales se acercan cada vez más peligrosamente al happy end. Están más próximas a Paulo Coelho. Tienden más aquietar que a subvertir. Los autores españoles gustan citar marcas de carros, perfumes, playas, ropas, joyas. Sin pretenderlo están espigando en un campo minado. Sobre ese terreno aró su obra, recogió los frutos y se transformó en una autora singular Corín Tellado. Son sus herederos lo quieran o no. ¿La habrán leído? Todavía tienen tiempo de hacerlo. Solo basta adentrarse en su territorio para comprobar que las afinidades son más grandes de lo que podíamos suponer. Ni épica ni tragedia. Puro divertimento. La invención del amor es una novela menor. Abrigo dudas. ¿Todas las obras enviadas a concursar este año trataban temas similares o más bien el jurado prefirió ser consecuente con los requerimientos que dictan los tratantes de comercio?  




domingo, 15 de septiembre de 2013

¿Cuál patria?


La celeridad con que muchos conceptos y categorías caducaron o están dejando de significar lo que un día representaban forman parte de los tiempos que corren. En la medida que la globalización avanza a pasos agigantados estos se derrumban. Su trascendencia oscurece el horizonte. Ante los asedios y golpes recibidos muchas almas se espantan. Presas de colonialismo mental no se detienen siquiera a examinar la validez absoluta con que son presentadas las nuevas propuestas para entender lo que ocurre en nuestro entorno. Cierran espacio a la duda. La época de cambios que vivimos pretender hacer tabla rasa del pasado. Nadie discute la realidad de estas transformaciones. Son a veces tan contundentes como para no percibir como desencajan la fisonomía y el entramado de nuestras sociedades.

Aflige la aceptación pusilánime sin mediaciones ni coladores. Damos como verdad irrefutable todo el andamiaje ideológico y cultural pacientemente construido para justificar la embestida. La reconfiguración del mundo plantea la necesidad de elaborar nuevos cuerpos teóricos. Especialmente en el campo de la comunicación. Se requieren otras explicaciones que den cuenta de los nuevos fenómenos, su verdadero alcance, la forma vertiginosa, persuasiva y envolvente con que tejen la urdimbre para justificar su redespliegue universal. Son los abanderados del presente. Toda visión retrospectiva e introspectiva resulta sospechosa. El nuevo modelo de sociedad -por los encadenamientos que genera- pareciera ser único. Las voces disidentes llamando a la cordura resultan pasadas de moda.

Nada habría ya que oponer al nuevo esquema civilizatorio. Sus artífices reclaman vía libre, ninguna interferencia para sus sueños mesiánicos. El avance científico y estupendos logros en la medicina, apenas constituyen el preludio de las transformaciones en marcha. La conquista del espacio, la cartografía minuciosa del genoma humano, los avances en las telecomunicaciones, la electrónica, la biología, la nanotecnología, la redefinición del Estado, el rebasamiento de las fronteras, la urgencia porque entendamos los encasillamientos que provoca el concepto de soberanía, ese corsé que hay que romper cuanto antes, para sentirnos más libres y liberados, son eslabones discursivos suficientemente convincentes como para dejar en sus manos la remodelación del porvenir.

Entre menos oposición exista de nuestra parte con mayor celeridad y menos traumático resultará la construcción del nuevo albergue social, económico, político, educativo y cultural en proceso de construcción. Las promesas de feria resultan cautivantes. Al dispositivo mediático, con su juego de luces y colores, corresponde persuadir acerca de las bondades irreversibles que se perfilan en el escenario. Las comunicaciones satelitales irradian la buena nueva. Lo que ha logrado y sigue logrando Hollywood no admite parangón. Sin objeciones ha resultado el mejor dispositivo para la diseminación de estas novedades. Su carácter estratégico resulta irrefutable. Con lenguaje lúdico y sensual resulta una prodigiosa máquina para promover ensoñaciones. Atrae y encanta. Seduce y hechiza.  

El primer asomo del quiebre conceptual dirigido a persuadirnos que nos encontrábamos en otro momento de la historia salió de los surtidores de Hollywood. Con esa propensión que tiene el cine de adelantarse varios pasos, Network (1976) anunció el ocaso del concepto de patria y el advenimiento de una era comandada por las grandes empresas transnacionales. Embrujado por el magnetismo y ascendiente conseguido ante los televidentes, el agorero de los tiempos que se avecinan (Peter Finch), sucumbe ante sus propias diatribas. Llamado al orden por los verdaderos amos de la televisión esa otra caja mágica, opta desesperado por suicidarse frente a las cámaras. El tiempo de la IBM y la EXXON  había llegado.

Alvin y Heidi Toffler
Después vendrían los Toffler a reforzar los anatemas creados para triturar y demoler cualquier vestigio o reminiscencia vinculada con el concepto de patria. Mi retorno a las aulas me ha permitido corroborar la efectividad de estas nuevas narrativas. La mañana del 4 de julio (2013), mientras manejaba rumbo a la universidad, un joven DJ ofrecía entradas al cine a cambio de responderle acertadamente qué acontecimiento se celebraba en esa fecha. De manera incontrastable el desfile de respuestas era certero. ¡Hoy se celebra el día de la independencia de Estados Unidos! ¡Bravo! Ahora dígame ¿qué se celebra el 14 de septiembre en Nicaragua? El silencio hirió la sensibilidad del conductor del programa radial. ¡Idiay! ¡No me diga que no sabe! De golpe me regresó al pasado.

En una ocasión durante una entrevista brindada a La Prensa me mofé de las explicaciones que mis profesoras de primaria daban sobre el significado y trascendencia del 14 y 15 de septiembre. Me enseñaron a recitar como una letanía insufrible la derrota de las huestes filibusteras comandadas por William Walker y la independencia de España sin ningún sentido crítico. Con el tiempo estas versiones me resultaban pobres y desabridas. No me detuve a reparar que sus enseñanzas por muy simplistas que fuesen, en sus pliegues vibraba un sentido nacionalista. Un auténtico sentido de nicaraguanidad. Un aleteo de patria. Severo Martínez Peláez se había encargado derribar los fetiches con que aderezaban sus explicaciones. La patria del criollo (1970), fue un descubrimiento luminoso, esclarecedor.  

Con el propósito de quitarme el sabor amargo que me había quedado en el paladar, pregunté a mi veintena de alumnos de Historia de la Comunicación (UCC), en qué año había sido descubierta Nicaragua. Nadie supo decirlo. Luego indagué qué efemérides celebrábamos el 14 de septiembre y el silencio fue total. ¿Qué ocurrió en 1821? Se quedaron viendo, hurgaron su memoria. Tampoco supieron responderme. ¿Las respuestas contundentes sobre sus deseos de marcharse del país si pudieran hacerlo indican que ningún lazo afectivo los une a esta tierra? ¿El desarraigo es mayor de lo que pensamos? ¿Se reconocen ciudadanos del mundo? ¿La entrega de la soberanía al empresario chino Wang Jing no es suficientemente ilustrativa? ¿Vivimos en Nicaragua la posthistoria?

Si algo caló mi conciencia en tiempos de globalización mientras recorría Miami, Washington y New York, vino a ser el culto que profesan por su historia. Nacional y local. Cada recodo, río, afluente, calle, barrio o ciudad, encierra un episodio que merece conocerse, contarse y tener en cuenta. Centenares de guías turísticos repiten incesantemente los mismos estribillos como una manera de recordar quiénes son, dónde están y hacia dónde van. Potomac, Washington Memorial, Newseum, Holocaust Museum, Hudson, Manhattan, Elis Island, Broadway, Empire State, Rockefeller Center, y World Trade Center, donde alzaban victoriosas sus cumbres las Torres Gemelas, símbolo irreductible de su pujanza financiera, está siendo reconstruido y convertido en centro de peregrinación. Su existencia sigue siendo artículo de fe.

Mientras tanto insisto, seguimos dimitiendo en un campo vital para nuestra existencia como país, con una historia propia y singular. Una historia que merece aprenderse y contarse de manera desprejuiciada. No como ha ocurrido hasta ahora. Partido político que llega al poder -incluyendo el actual- desconoce y rehace las realizaciones de sus antecesores. ¿Cómo pretender que los jóvenes tengan sentido de patria? Nicaragua está en venta desde los noventa del siglo pasado. La política de fronteras abiertas es un obsceno espectáculo auspiciado por los gobernantes. Granada, la ciudad colonial, un enclave turístico extranjero, el sueño del canal interoceánico, una pesadilla, las tierras de Matagalpa y Chontales, dejaron de ser nuestras. ¡Estamos desarmados frente a la embestida foránea! ¿Soy iluso? ¿Un demodé?