martes, 30 de abril de 2013

Para conjurar el olvido



Todo lo que aprendí
se lo debo al bachillerato
Vivir para contarla

A Gustavo Castro Caycedo se le metió entre ceja y ceja que Gabriel García Márquez no había sido lo suficiente justo en la valoración de su paso por el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá. Motivado por lo que consideraba una injusticia, se metió de lleno a escudriñar con meticulosidad los pasos de Gabo durante los 1,375 días que vivió en esa ciudad, comprendidos entre el 8 de marzo de 1943 que ingresó al Liceo hasta el 6 de diciembre de 1946, día y año en que se bachilleró. Con obsesión delirante presenta 83 testimonios de personas entrevistadas a lo largo de tres años. Solo un cariño desmesurado por Zipaquirá pudo haberlo seducido para emprender un camino farragoso, sin titubeos y espíritu de detective. Sintió una herida profunda, un golpe inmerecido, que Gabo dijera “mi internado en Zipaquirá son seis años que recuerdo poco”.

La tesis de Castro Caycedo no deja de ser un desafío incluso para el mismo Gabo. Si Aracataca debe su notoriedad porque allí nació el Nobel colombiano, buena parte de ese mérito obedece a la ciudad, al Liceo y profesores que recondujeron su ruta intelectual. Sin su paso por Zipaquirá no se habría replanteado su condición de poeta, a lo sumo hubiese sido un excelente dibujante y buen caricaturista, pero nunca el extraordinario escritor que todos conocemos, afirma Castro Caicedo. Los testimonios de sus compañeros de banca, sus maestros más queridos y la acogida brindada por la intelectualidad zipaquireña, fueron determinantes -afirma convencido- para que Gabo adquiriera la solidez literaria que lo catapultó a la fama. No escatimó tiempo ni recursos para señalar su despegue y transformación, teniendo como epicentro Zipaquirá y su Liceo de Varones.

El historiador ajusta su visión a la del literato Conrado Zuluaga Osorio, estudioso de la obra de Gabo. El ex-director de la Biblioteca Nacional de Colombia considera que “toda su obra pertenece a un solo libro, a su libro de la soledad, la soledad de un niño asustado y perdido”. Después de haber escuchado decir a los compañeros de estudios más entrañables de Gabo, que el frío lo consumía –Zipaquirá se alza 2,652 metros  sobre el nivel del mar- el miedo aterrador, las pesadillas nocturnas, sus alaridos de espanto por las noches, refractario a la oscuridad, no vaciló en llamar a su obra Gabo: cuatro años de soledad- Su vida en Zipaquirá, (2012). Puntilloso, detallista, imbuido por una enorme pasión, sigue su derrotero por la ciudad, sus escapadas nocturnas, su vida estudiantil y sus escarceos amorosos.

Se siente impelido a demostrar la certeza de sus hallazgos, confrontándoles con las del biógrafo inglés Gerald Martin, a quien más de una vez rectifica. Está persuadido que el viraje más importante en el discurrir creativo de Gabo fue el quiebre que produjo en sus predilecciones, la influencia benefactora del profesor Carlos Julio Calderón. Atrapado por la fiebre de la poesía rescató 14 de sus poemas, los cuales Castro Caycedo no pudo publicar porque no obtuvo el permiso de rigor de Carmen Balcells, su agente literaria radicada en Barcelona. De nada sirvió el intercambio epistolar. En una de sus respuestas la catalana le dice que podría autorizar su publicación “cuando usted me envíe la selección que quiere publicar; quiero pasarlos por los ojos de García Márquez para que el vea cuáles son los que autoriza”.

La autorización jamás llegó, conociendo a Gabo era de esperarse que no accediera dar luz verde para que se divulgasen unos versos nacidos bajo la inspiración de amores fugaces. Mientras muchos escritores han hecho plata vendiendo sus manuscritos a renombradas universidades estadounidenses, Gabo quemó los cuadernos que utilizó para armar el esqueleto, insuflar de sangre y dar vida a Cien años de soledad. Celoso ha pregonado que no deben mostrarse los recursos de carpintería utilizados, fiel a su credo también quemó las cartas de amor desesperado que envió desde Europa a Mercedes Barcha. No cabe duda  que los poemas dados a conocer por Castro Caycedo forman parte de la pequeña muestra salvada del olvido por amigas y amigos afectuosos. Para bien o para mal, salvaron Poemas desde un caracol supuestamente dedicado a Mercedes, rubricado desde Zipaquirá en 1946.

La vaina de la ortografía, su mala ortografía digo, no ha sido un invento ni un truco de Gabo, sus compañeros de estudios más de una vez lo salvaron del oprobio. Miguel Lozano confiesa que a pesar de ser un buen escritor le fallaba la ortografía. Guillermo Granados y Alvaro Ruiz también dicen lo mismo. En el apartado No 4 de Vivir para contarla (Editorial Diana), dedicado por entero a rememorar su estadía en el Liceo Nacional de Varones, reconoce que Carlos Julio Calderón fue en verdad “el primer maestro que pulverizaba mis borradores con indicaciones pertinentes… y a quien debo mucho en mi vida de escritor”. Sin obviar por supuesto las lecturas en voz alta antes de dormirse, realizadas gracias a la iniciativa del profesor Calderón. Era tanto el interés que despertaban, que en el Liceo se impuso la costumbre de leer en voz alta todas las noches. Eran una fiesta.

En las páginas de Gabo: cuatro años de soledad resplandece nuestro paisano inevitable. Su peso literario se dejó sentir en 1945 cuando el profesor Calderón le encargó varias veces corregir las tareas de literatura de sus compañeros, “materia en la que Gabo tuvo una gran influencia del poeta nicaragüense Rubén Darío”, revela Miguel Ángel Lozano. El Mono Salgar uno de sus amigos más queridos recuerda la primera dedicatoria puesta por Gabo a un libro que le obsequió. “A José Salgar que me ordenó torcerle el cuello al cisne”. Una metáfora que rezume jugos darianos. El estudioso Darío Jaramillo señala que “el pidracielismo marca en Colombia el tránsito del reino de Rubén Darío al reino de Neruda”. Eduardo Angulo nunca olvidará que durante su primera clase, el rector Carlos Martín puso como tema de estudio La marcha triunfal.   

La escogencia del poema en la asignatura Análisis del Ritmo, dio en el gusto de García Márquez. Desde ese momento lo ganó por completo “porque este era admirador furibundo de ese genial nicaragüense que escribió: ¡Ya viene el cortejo! ¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines. ¡La espada se anuncia con vivo reflejo; ya bien, oro y hierro, el cortejo de los paladines…" El dictador se sintió pobre y minúsculo en el estruendo sísmico de los aplausos que él aprobaba en la sombra pensando madre mía Bendición Alvarado, ese si es un desfile, no las mierdas que me organiza esta gente, sintiéndose disminuido para agregar compungido: cómo es posible que este indio pueda escribir una cosa tan bella con la misma mano con que se limpia el culo, al ratificar años después que la pasión juvenil que sintió por Rubén se mantenía intacta.

Dejo como tarea pendiente a Castro Caycedo o algún estudioso de Gabo que por favor concilie las afirmaciones del zipaquireño con lo dicho por el mago de Aracataca. Contrario a los libros que leyó en el liceo de Zipaquirá, “que ya merecían estar en un mausoleo de autores consagrados”, en Bogotá descubrió un mundo nuevo. Frente a sus ojos desfilaron decenas de libros que “leíamos como pan caliente, recién traducidos e impresos en Buenos Aires después de la larga veda editorial de la segunda guerra europea. Así descubrí para mi suerte a los ya muy descubiertos Jorge Luis Borges, D.H Lawrence y Aldos Huxley, a Graham Greene y Chesterton, a William Irish y Katherine Mansfield y muchos más”. Leyó a James Joyce y Frank Kafka. Pero siguió creyendo que “la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre”, como sostiene Luis Cardoza y Aragón.