lunes, 13 de enero de 2014

Jesús, el buey y la mula


A la niña Elvirita,
quien está en el cielo.

La aparición del tercer libro del Papa Benedicto XVI La Infancia de Jesús (Librería Editorial Vaticana- Editorial Rizzoli- Editorial Planeta -2012) no acababa de ser presentado cuando desató una ola de asombro en el universo cristiano. Se dijo que el Sumo Pontífice había expulsado para siempre del pesebre en que nació Jesús al buey y la mula. Con velocidad geométrica la noticia dio vuelta al mundo. Algunos especialistas dijeron que era mentira. Una enorme falsedad. En lo que coincidían era que el Papa señalaba que en el Evangelio “no se habla de animales”. Todo se debía a la iconografía cristiana. Dado que el pesebre es el lugar donde comen los animales, habían tenido el acierto de “colmar esa laguna”. Él no les sacaba de ahí más bien apuntó que nunca estuvieron en ese lugar.

Se quiera o no Benedicto XVI hacía una afirmación que entraba en contradicción con la tradición católica. En el texto aludido solo en una página hace mención de la mula y el buey. No era la primera vez que me veía estremecido por una afirmación vertida por el más alto representante de la grey católica. En 1969 en la reforma encabezada por el Papa Pablo VI varios santos fueron purgados bajo el argumento que nunca habían existido. ¿Por qué tardaron tanto tiempo para darse cuenta que no eran santas y santos? La sacudida alcanzó a treinta y tres divinidades. ¿Un número emblemático? ¿Una expresión simbólica? Desconozco si fue pura casualidad que el número de santos expulsados coincidiera con la edad que Jesús fue hostigado, lapidado y asesinado de manera inmisericorde en la cruz.

Imposible dejar de sorprenderme por la decisión adoptada. La mayoría de los santos depuestos eran venerados y reverenciados por la feligresía católica. Muchos creyentes objetaron que se trataba de una expulsión de santos muy populares. Sin duda alguna la alta jerarquía estaba convencida que generaría reacciones encontradas. Entre los decapitados figuraban San Valentín, San Cristóbal, San Jorge, Santa Verónica, Santa Úrsula y Santa Bárbara. Santas y santos a los que se habían encomendado toda su vida millones de feligreses eran desconocidos y eliminados del santoral católico. San Valentín sigue siendo acompañante fiel de los enamorados. Todos los 14 de febrero es festejado. ¿Cómo conciliar fe con la verdad de lo acontecido? ¿De qué manera persuadirlos de la justeza de esta decisión?

¿A qué tipo de argumentos recurrir para convencerles que lo hacían bajo la convicción que trataban de ajustarse a los hechos? ¿Acaso la iglesia no había incurrido en  despropósitos más graves por los cuáles le seguían cobrando un enorme precio? Su acción debería interpretarse como una manifestación responsable. El mismísimo Vaticano asumía los sinsabores y dolores de cabeza que provocaba esta medida. Debió ser pensada y requeté pensada. Los primeros en sentirse molestos, casi defraudados fueron los choferes. En los viejos y destartalados Hillman los choferes de Managua traían colgado sobre el espejo retrovisor la imagen protectora de San Cristóbal. Todos los días buseros y camioneros de todo el orbe antes de viajar encomendaban sus vidas y besaban la imagen venerada de su benefactor. ¿Seguirán haciéndolo?

Con lo ocurrido con Giordano Bruno, quemado en la hoguera y Galileo Galilei enfrentado con la curia romana por sus descubrimientos científicos, la iglesia no quería enfrentar situaciones parecidas. Por no haber aceptado que la tierra era la que se movía y que el sol era el centro del universo la sigue pagando caro. Continúa haciendo esfuerzos por lograr la reconciliación entre ciencia y fe. Benedicto XVI tuvo cautela y sensibilidad para no entrar en contradicción con prácticas milenarias. El buey y la mula forman parte del ritual católico. Crecí en una provincia ganadera donde continúa rindiéndose culto al Niño Dios. Todavía se resisten aceptar a Santa Claus. Las embestidas de los comerciantes no han sido suficientes para dar de baja a las festividades que se realizan todos los 24 de diciembre. ¿Cuánto tiempo durará esta oposición?

Mi niñez transcurrió entre cánticos, rezos y pastorelas, con olor a madroño, madrugadas en la vieja parroquia llenas de alabanzas y cantos, vivía a escasos metros de donde se hacían estas celebraciones. En las casas las disputas eran por ver quién realizaba el mejor arreglo para rendir tributo al Niño Jesús. Alcanzaban toda Juigalpa. Las salas transformadas en inmensos paisajes celebratorios. Los pesebres construidos de madera con techos de zacate. A los lados el buey y la mula pastando en espera de su arribo a la tierra. La estrella de Belén y los Reyes Magos en prudente distancia. Pequeñas luces y guirnaldas de diversos colores daban esplendor festejando su llegada. Las romerías por la ciudad estaban encaminadas apreciar y juzgar el mejor nacimiento. La alegría y alborozo cundía en los hogares.

Las cartas al Niño Dios tenían que ser escritas de nuestro puño y letra. No había necesidad de entregarlas al cartero, bastaba con ponerlas bajo nuestra almohada. Durante todo el año nuestros padres nos recordaban que según nos comportáramos íbamos a ser compensados. En voz alta dejábamos saber qué nos gustaría recibir. Mi primera bicicleta me la trajo el Niño Dios. Mi madre nos mandó a dormir temprano. Si estábamos despiertos no iba a poder dejarnos sus regalos. Me dormí con la ilusión de encontrarla al pie de mi cama. Tenía miedo que no pudiera leer mis cacaraño. Aunque no debía preocuparme. Él podía descifrar las letras más enrevesadas. ¡Cuánta dicha y alegría! Me trajo todo lo que le pedí. Igual a Jorge Eliécer. ¡Me sentí dichoso! Esa misma mañanita le quité las dos pequeñas ruedas. ¡Me creía un gigante!

El nacimiento de Doña Anita Jerez Tablada, causaba admiración, cada año lo agrandaba como manifestación de agradecimiento y tributo al Rey de Reyes. Una baranda de madera apenas nos separaba de aquel universo encantado. Centenares de personas se agolpaban para apreciar sus decorados. Sonia Villanueva y Nelly Abaunza se esmeraban en los arreglos como expresión de fe y alegría. La Niña María Almanza y la Rosa dolores Báez en la Cruz Verde, Luis Larios y Celita Castrillo en Palo Solo,  halagadas de saber que sus nacimientos eran elogiados. El reconocimiento bastaba para llevar paz y alegría a sus corazones. Cada diciembre podíamos apreciar nuevos adornos, mejor iluminación, mayor colorido; amplitud y decoración eran su mayor preocupación. Sentían que era la mejor forma de dar gracias y recibir al Niño Jesús.

No sé cómo habrán reaccionado en el resto del país ante lo afirmado por Benedicto XVI. En Juigalpa nadie se dio por enterado. Sigo preguntándome, ¿lo supieron y se hicieron los desentendidos? La decisión no surtió ningún efecto. En todas las casas las celebraciones navideñas siguieron igual que antes. Junto al pesebre como acostumbraban estaban el buey y la mula. ¿Se habría sentido mal la niña Elvirita? Todavía la diviso alegre como nadie frente a su pesebre miniatura, forrado de vidrio por los cuatro costados, con dos primorosas figuras, el buey y la mula, calentando con su vaho al Niño Jesús, según me decía para evitar que se resfriara. Los fríos de diciembre podían enfermarle. Por eso estaban ahí a su lado acompañándole esos dos animalitos. También ellos estaban alegres, muy contentos por su arribo a la tierra.     








miércoles, 4 de diciembre de 2013

Un mito beisbolero



-Denme los guantes. El juego se acabó.

Todos nos quedamos perplejos. Nadie esperaba esa reacción. El roletazo fuerte por tercera había golpeado su mano derecha. Ninguno de nosotros se movió a ver qué le pasaba. Agitaba su mano y se soplaba las uñas. Es probable que esperaba nos acercáramos. Cuando se percató que seguíamos impasibles tronó y dio por terminado el partido. La mayoría de los guantes, bates y bolas eran suyos y de su hermano Rodolfo. Era la primera vez que Humberto asumía una decisión drástica. Casi violenta. No sabíamos qué hacer. Apenas eran un poco más de las cuatro de la tarde. El sol empezaba a retroceder y las primeras sombras caían sobre el campo de béisbol. Las altas ramas de los mangos sellaban su paso por toda la parte izquierda. La jornada empezaba.

-¡Brother no le creo!  
-Pues así como oyen. No jodan. ¿Creen que no me dolió? ¡Váyanse a la verga!

No hubo manera que el Gemelo reconsiderara su sentencia. Metió las manoplas en el bate y me llamó.

-Brother venga. Vámonos a mi casa.

Los juegos de béisbol formaban parte de nuestros rituales cotidianos, para esos días solo que lloviera no jugábamos. La fiebre beisbolera se había apoderado de toda la muchachada. Cada uno de nosotros según la posición que ocupaba se identificaba con los jugadores de la liga profesional. La mayoría querían ser como Rigo Mena. A mí el que más llamaba la atención era Duncan Campbell. Un pelotero completo. Jugaba todas las posiciones y hasta llegó a lanzar. El poeta David McFields lo inmortalizó en un poema. En la distancia vuelvo a preguntarme, ¿por qué iba con el León y no con el Bóer o con el Cinco Estrellas o el Oriental? Todavía no alcanzo a descifrar el ministerio. Debe haber sido cuestión de empatía. No creo que exista otra explicación.

Toda memoria es selectiva. Uno escoge qué desea registrar en su mente y queda grabado para siempre. Wilfredo Calviño, Orlando O’Farrill, Conrado Marrero, Julio Jiquí Moreno, Borrego Álvarez, Leo Posada, Enrique Izquierdo,  Winchy Álvarez, Coco Sayas, Deacon Jones, Orestes Hernández, René Paredes y Duncan Campbell, formaban parte de mi constelación de estrellas. Lo siguen siendo.

El béisbol nos hacía vibrar, incluso llegué a llorar a varias veces ante las derrotas de mi equipo. Como estaba prohibido desvelarme encargaba a mi madre que continuara oyendo el juego. En cuanto me levantaba salía en su búsqueda para saber quién había ganado. Su alcahuetería era única. Siempre accedió a escuchar las partidas, incluso esperar que terminase el juego cuando iban a extraining. Mientras tanto seguía escuchando que Toño hubiese llegado a la profesional si se lo hubiera propuesto. Nunca oí hablar de otro jugador que hubiese logrado tanta simpatía entre la fanaticada local.

Los sueños de todo jugador era tratar de escalar esa cima. En sentirse reverenciado por sus seguidores. Por enésima vez Octavio Gallardo, un lanzador discreto, sentenció que Toño se había desperdiciado. Se le pasó el tiempo. Si se hubiera empeñado ahora Chontales contaría con un representante del calibre de cualquier jugador profesional. Entonces reparé en su figura. Me parecía pequeño, muy pequeño como para haberse creado un mito a su alrededor, tenía un modito raro para caminar. Eduardo León "Caimito", evoca su grandeza. Con aplomo el lanzador estelar de la Décima Compañía afirma: "Cuando Toño cogía base era seguro que anotaba. Corría como endemoniado". Eduardo seguirá creyendo hasta donde le alcance la vida que Toño es el mejor jugador que ha tenido Chontales en todos los tiempos. Jugó todas las posiciones y fue un pícher inigualable.

Cuando lo vi jugar segunda comprendí que si no jugaba otra posición era porque su brazo no daba para más. Sus giros de cintura buscando la doble matanza eran rápidos. Cubría un amplio espacio y sus piernas todavía respondían. Varias veces lo vi robar las almohadillas. Toño tenía un juego alegre. Se divertía jugando. Fue cuando empecé a interrogarme. ¿Si Toño era demasiado bueno por qué nadie se preocupó por empujarlo viajar a Managua y ratificar su calidad? ¿A qué se debió que él tampoco se empeñara por dar el salto e ingresar a la profesional? ¿Sería que temía no dar la talla? ¡Imposible! Todos aseveran lo contrario. ¿Cómo explicar que diera las espaldas al sueño de todo jugador nicaragüense? Debió haberse ido.

Vivía a una cuadra de su casa y cada vez que iba para la escuela sobre la calle Palo Solo dirigía la mirada hacia dentro, con la intención de verlo. Sentía admiración por las hazañas que contaban había realizado destacándose como el mejor. ¿Será que no se fue para no dejar sola a la Dora? Años después vi lanzar dos juegos consecutivos a su hermano Napoleón y en ambos salió victorioso. Napo pichó dieciocho entradas completas. Tiraba pedradas. ¿Noventa millas? Parecía una máquina. Nunca se cansaba. Un atleta como pocos. Saltaba la garrocha. Competía en los cien metros planos. Corría los cinco kilómetros, desde El Salto hasta el campo de béisbol en los predios del Instituto Nacional de Chontales. Por tratar de ganar una competición intercolegial se desencajó el cuello. Anduvo mucho tiempo con un aparato ortopédico.


Napo se divertía de lo lindo como lo hacía Toño, tirando pelotas hacia el plato sin asomos de agotamiento. Con tal de ganar a los managers no le importaba mantenerlos en el box. Eso era lo único que importaba. Eran mata pícheres como dicen algunos iluminados. No existía ninguna regla que estableciese límites para proteger a los lanzadores.

Toño continúa siendo objeto de conjeturas. En el parque los más viejos siguen contando sus hazañas. Inevitablemente desembocan en lamentos. ¡Qué bruto! ¡Cómo no recapacitó! ¡Toño era un diamante! Todos los que lo vimos jugar sabemos que le sobraba madera para instalarse en la profesional. ¡Uf! se hubiese destacado. Ya ven con lo bueno que era Napo no le hacía sombra. Cualquier equipo lo hubiese contratado. ¡Aquí nunca tendremos otro pelotero como Toño! De seguro hubiese sido big laguer. Fue un tonto. Ahorita sería miembro del Salón de la Fama Nicaragüense. Todos viajaríamos a Managua con nuestros hijos para verlo luciendo su traje de pelotero. Con sus ojillos inquietos y la manopla sostenida sobre la cadera izquierda. Debo decirles que cada vez que escucho su nombre repito que a mí me hubiese gustado que jugara con el León.


Estoy seguro que los jugadores de Los Toros han escuchado más de alguna vez su nombre o han leído con respeto la placa en el Estadio Carlos Guerra Colindres, donde aparece su nombre junto al de Eduardo León y demás glorias chontaleñas. Si no ha sido así díganles a sus abuelos que les cuenten su historia. Si no la saben indaguen entre sus vecinos. Si estos no saben responderles acérquense una noche al Parque Central e interroguen a los contertulios más viejos quién era Toño Ugarte. Saldrán convencidos que ha sido el pelotero más completo que ha tenido Chontales a través de la historia. Toño encarna el mito y los mitos tienden a crecer y multiplicarse. Continúan repitiéndose de boca en boca hasta el final de los tiempos. Creo que se cuidaba más Humberto, mi hermano entrañable, y esto que nunca aspiró llegar a la profesional. O tal vez no quiso repetir el error de Toño y por eso pensó que debía cuidar sus manos.

lunes, 7 de octubre de 2013

En busca de sí misma


Anaïs Nin
Cegada por la fosforencia de su luz y la autenticidad de su vida, salió en su búsqueda, viajó a Nueva York, París, Los Ángeles, San Francisco, Barcelona. Deseaba conocerla a fondo, saber todo acerca de ella, medir sus pausas y furores, interesada en develar sus cambios repentinos y penetrar en sus sueños inconclusos. Entusiasmada por sus desafueros, marchas y contramarchas, mutilada, siempre incompleta, suya sobre todas las cosas. Desafiante. Iconoclasta, hizo siempre lo que quiso sin esperar la aprobación de nadie. Consecuente. Bígama. Con su corazón partido en dos. Oscilando entre Nueva York y California. Presa de sus arrebatos. Temperamental. Sobrevivió a su época. Caló tan profundo que hoy ocupa un sitio reverencial en el pódium levantado por millares de mujeres que siguen su itinerario. Se convirtió en una de sus diosas sagradas. Así era Anaïs Nin.

Posar desnuda en la Habana (Alfaguara, 2011), escrito por la cubana Wendy Guerra sobre la famosa diarista Anaïs Nin, ¿Se trata en verdad de un diario apócrifo? Pocas veces he cometido el sacrilegio de recurrir a las definiciones contenidas en el Diccionario de la Real Academia Española. Me parece un recurso de mal gusto. Ni siquiera lo considero una pedantería. Se trata de la manera más tonta de generar convicción o persuadir a alguien. En esta ocasión me veo obligado a romper la regla. Me parece la forma más expedita de demostrar que las vueltas, idas y venidas de la cubana por el mundo, viene a ser elocuente testimonio que ante una obra subyugante, alta orfebrería para anunciar su canto, la novela le fue dictada por la propia Anaïs Nin para compensar el apego a su estilo y en homenaje a una prosa cargada de pedrerías y corales. Cargada de espumas, saturada de luces y amaneceres espléndidos. 

¿Cómo llamar apócrifa la novela de Wendy Guerra? Su sola existencia echa por tierra cualquiera de los significados del Diccionario de la Real Academia. apócrifo, fa adj. Falso, supuesto o fingido: autor apócrifo. 2. [Escrito] que no es de la época o del autor a que se atribuye: testamento apócrifo. 3. [Libro] que no está incluido en el canon de la Biblia, pese a estar atribuido a autor sagrado: Evangelios apócrifos.

Cuando contraste el libro de la cubana con distintos pasajes de los Diarios de Anaïs Nin, lo hice con la intención de comprobar regocijado si mis suposiciones eran falsas o verdaderas. Los textos calzaban a la perfección. Su audacia ha sido compensada. Sin un conocimiento a fondo de la vida y milagros de Anaïs jamás hubiese escrito una prosa jubilosa, la poesía brota como manantial, chorros de luces iluminan el cielo tormentoso de Anaïs en el viaje de reencuentro con la tierra de sus padres. Difieren no en su apego y goce por la vida, se distancian ante el amor desquiciado de Guerra por Cuba. El dolor y el reclamo deja sentir su llanto lastimero. En las pocas cuartillas del Diario de Anaïs dedicado a su estancia en Cuba, deja latir su cubanía, aunque jamás alcanza las cumbres y delirios que atan a Wendy con su patria. La exuda por sus poros.

Donde uno puede saciar curiosidades, encontrar pistas más seguras, entrar de lleno a la vastedad de su universo erótico, hermandad sanguínea, son las páginas lúbricas destilando suaves aromas, embestida del guerrero, caída y resurrección, prueba irredimible que en su corazón anidaba desde entonces pasión y lujuria, jugo espeso con sabor a frutas tropicales. Anaïs, golosa traga y canta la embestida de Julián, el primer y único amor que la desquicia hasta hacerla perderse en los pantanos de una fiebre distinta. Esa noche entregó su luna floreciente al sol radiante que le encabritaba. Un satélite necesitado de la luz del Caribe. Un amor desbocado rompe sus débiles membranas de virgen, provocándole calambres en sus piernas y una sed incurable que jamás pudo saciar. ¡Eterna hambre de sexo! Se asomó a los abismos, armó triángulos para amainar la tempestad pero no pudo. Ni June, ni Henry Miller colmaron su apetito. Siempre quiso más. Traspasar barreras, conocer otros cuerpos.

Wendy Guerra
Wendy salió a buscarla desesperada para finalmente encontrarla dentro de sí misma. Palidecen ante los mismos dolores, las aturden las mismas pesadillas. Se sienten libres, vuelan sin atenerse a nada, descreen los atroces presagios que agitan las pobretonas de espíritu. Consecuente con la persona que cobra vida en Posar desnuda en la Habana se aventuró hacer lo que no hizo Anaïs en su país. Wendy lo hizo en España. Libre de ataduras y ropas, se desnuda sonriente y complacida ante el foco incisivo de Daniel Mordzinsky. Bella tendida sobre la hierba. Coqueta ve de frente la cámara. Colma vacíos, permite a Wendy conjurar sus propios demonios. Anticipa a la futura lesbiana. ¿No será ella misma transfigurada y escondida bajo la personalidad de Flor con la que Anaïs tiene un breve romance, platónico o real, frente al puerto habanero? Siento en los desplantes de Wendy la misma desfachatez de Anaïs. Sigo creyendo que evoca sus propias andanzas.

Buscar a alguien implica escudriñar su alma. Pasar revista por los entresijos para que nada quede fuera de esa mirada. Solo así puede Wendy Guerra penetrar en la geografía transparente del cuerpo de Anaïs. Más dificultades supone saber si es cierta su historia de vida fascinante. Trazar el dibujo que permita ver delineado su rostro perfecto. Una empresa meticulosa, paciente. Los rastros desaparecen cuando decide cambiar el contenido de algunos de sus Diarios. ¿Las modificaciones eliminan la verdad contenida? Imposible. Muchas veces trató eludir el zarpazo. Evitó herir susceptibilidades. Las aclaraciones de Rupert Poole, su último amante y albacea literario, resultan pertinentes. El tiempo ha permitido reincorporar nombres de personas expulsadas porque estaban vivas. Una prueba de decencia. Una actitud proba obligó guardar sus nombres.

Al traerla de vuelta a Cuba, Wendy lo hace para que Anaïs recupere sus nexos con esta tierra caliente. Ata sus dulces tobillos a la isla de sus querencias. Entre más cerca la tiene más suya la sabe. La niña pobre casada por compromiso con Hugo Guiler jamás tuvo sosiego. Henry Miller le mostró la otra cara del sol y fue su redención. Nunca volvió a ser la misma. Probó todo tipo de amor y ninguno le satisfizo. Sabía que la clave de su felicidad radicaba en la combustión de amores diversos y enrevesados. Para despejar nubarrones Wendy desata nudos escabrosos. Contrario a las creencias de almas misericordiosas, cierra su plegaria dejando que sea Anaïs quien hable de sus amores imposibles. Se asoma a las páginas del Diario de Incesto (1932-1934). Sin titubeos o rendimientos, dueña de su vida, Anaïs Nin confiesa los amores prohibidos con José Joaquín Nin, su padre.

La novela de Wendy Guerra viene a ser un anticipo del cuadro poliédrico que enmarca la vida de la escritora cubano-danesa-francesa. Para realizar este retrato tuvo que pasar revista por los Diarios. Solo vistos en conjunto se aprecia en su intimidad las mil caras e infinitos caracteres que subyacen en la personalidad arrolladora de Anaïs Nin. Siendo una multiplicó sus ansias de amar. Dispensó cariño al mismo tiempo a varios hombres y mujeres. Estruja y se defiende con el filo de su inteligencia. ¿Un ser tormentoso? A mi juicio tuvo el coraje de experimentar en el campo afectivo, lo que los creadores -poetas, novelistas, pintores, sicólogos y siquiatras- proponían en sus obras, sobrepasando límites y rompiendo barreras en abierto desafío a sus pares. ¿Nadie llegó tan lejos ni tuvo el nivel de consecuencia con que Anaïs asumió estas propuestas? ¿Un Ángel descarriado?



*Fotografías tomadas de Internet.


domingo, 29 de septiembre de 2013

La invención del amor


Como cada quien es dueño de sus predilecciones, me animo adelantar que mi gusto por la lectura se ha acrecentado durante el último año. La ventaja es que ahora leo por placer como se debería leer siempre. Confieso que son raras las novelas que me han capturado y subyugado. ¿Será que llegó el momento de dedicarme a la relectura? Temo hacerlo. Me parece que si alguien no encuentra goce, deleite, nuevas propuestas en los noveles escritores, podría ser considerado no solo como pasado de moda, también que no logra enlazarse con las nuevas sensibilidades. Uno debe esmerarse por conectarse con los nuevos narradores. ¿No será más bien que mi sensibilidad se ha venido decantando de tal manera que ahora son muy pocas las obras y autores que logran cautivarme? Si nos atenemos al criterio de los grandes escritores tendríamos que estar releyendo constantemente. Una recomendación cuya virtuosidad he comprobado las veces que he tenido que releer a mis dioses tutelares.

Rayuela (1963) seguirá encandilando a los jóvenes más allá de todo límite espacial y temporal. Después de medio siglo de haber aparecido su lectura se acrecienta. La guerra del fin del mundo (1981) una apuesta para demostrar lo grande que era Mario Vargas Llosa, al tener que salirse de su entorno y fabular sobre el fanatismo religioso, un  cáncer persistente en todas las épocas. Cien años de soledad (1967) pesa tanto que la generación postboom sigue denostando contra ella, prueba que continúan leyéndola. Pedro Páramo (1955) y La muerte de Artemio Cruz (1962), prosiguen desafiando el tiempo y la imaginación. El viejo y el mar (1952), un dechado de escritura. Un puñado de obras y autores que he releído varias veces por puro placer. Igual hice con William Faulkner. Deseaba reencontrarme con las raíces y abrevar en las aguas diáfanas en las que se habían bañado infinitas veces la mayoría de los escritores latinoamericanos que me provocan dentera.

Entre las últimas obras que he leído, Los enamoramientos (2011) de Javier Marías, El tango de la guardia vieja (2012), y la más reciente, La invención del amor, (Premio Alfaguara de Novela 2013), para citar tres escritores laureados, compruebo que tienen la propensión de centrar parte sustancial de sus narrativas en el tema amoroso. Lejos de la tragedia que atormenta la vida de millares de españoles, pareciera que no logran conectarse con las vicisitudes históricas, el drama político, la corrupción y el desempleo que campean en su país. Ni siquiera de soslayo lo introducen. Se han instalado en la comodidad de contar las truculencias, enredos y traiciones que afligen a distintas parejas. ¿Sería demasiado riesgoso afirmar que han caído rendidos ante los apremios convencionales de la novela comercial? ¿A qué atribuir entonces esa inclinación? Al menos Pérez-Reverte traspasa fronteras y urde tramas más complejas.

La obra ganadora este año se debe a la autoría de José Ovejero, ganador de varios premios nacionales en España. La invención del amor es una novela simplista. Una llamada telefónica hecha a quien no se debía da pié a la historia. Contada en primera persona, teje una urdimbre fácil de desmadejar. Lineal para no tener que fatigar la marcha de la escritura. Esa resolución en el manejo del tiempo resta fuerza a su propuesta. No utiliza recursos narrativos que nos obliguen a seguir por callejones insospechados. Samuel recibe una llamada de Luis anunciándole la muerte de Clara. Inicia la farsa. Decide suplantar al verdadero Samuel quien hilvana ante Carina, hermana de la fallecida, una historia de vida que desconoce. Carina quería saber cómo era realmente su hermana. El acercamiento se traduce en la invención de una vida. En la invención del amor. Incluso el otro Samuel cuenta cómo era Clara.

Por mucho que quise apartar mi mirada de la forma que presentaba sus ficciones Corín Tellado no pude. En el despertar de mi adolescencia leí sus novelas con fruición enajenada. Una lectura compartida con millones de lectores de habla hispana. No temo decir que la leí como ocurre con Mario Vargas Llosa. Pese rendir homenaje a su portentosa creatividad el peruano expresa que nunca la leyó. El reconocimiento que hace a su legado ratifica la aceptación unánime que gozó. "... gracias a ella, cientos de miles, acaso millones de personas que jamás hubieran abierto un libro de otra manera, leyeron, fantasearon, se emocionaron y lloraron y por un rato o unas horas vivieron la experiencia maravillosa de la ficción... fue probablemente la última escribidora popular, en el sentido más cabal de la palabra, la que llevó una variante (fácil, elemental, sensiblera y truculenta, ya lo sé) de la literatura al vasto pueblo, ese que no entra jamás a las librerías y pasa como sobre ascuas por las secciones culturales de las revistas, y piensa que la literatura seria es larga y soporífera".

¿La auténtica y verdadera literatura estará desapareciendo? La actual se está deslizando por una pendiente peligrosa. El mercado no quiere complicaciones. Obras que muestren la mugre que consume a millones de personas. La cara odiosa de la guerra y las ganancias multimillonarias que obtienen los fabricantes de armas. Tres hombres y una mujer (1927) está llena de sensiblería. Hay diálogos que muestran la cursilería que incurren los amantes, retrata la posguerra. El desempleo y la desolación en Alemania, las heridas incurables de la guerra y las primeras persecuciones de los judíos. La invención del amor es intemporal. Pudo ocurrir en cualquier país en cualquier momento del presente. No antes ni después. Madame Bovary (1857) solo pudo ocurrir en Ruan. Exalta la seducción que provoca la lectura de los libros románticos. El drama continúa convocando a lectores de distintas épocas. Tampoco vengas con exageraciones me objetaran algunos.   

Signo de los tiempos que corren la mayoría de los novelistas actuales se acercan cada vez más peligrosamente al happy end. Están más próximas a Paulo Coelho. Tienden más aquietar que a subvertir. Los autores españoles gustan citar marcas de carros, perfumes, playas, ropas, joyas. Sin pretenderlo están espigando en un campo minado. Sobre ese terreno aró su obra, recogió los frutos y se transformó en una autora singular Corín Tellado. Son sus herederos lo quieran o no. ¿La habrán leído? Todavía tienen tiempo de hacerlo. Solo basta adentrarse en su territorio para comprobar que las afinidades son más grandes de lo que podíamos suponer. Ni épica ni tragedia. Puro divertimento. La invención del amor es una novela menor. Abrigo dudas. ¿Todas las obras enviadas a concursar este año trataban temas similares o más bien el jurado prefirió ser consecuente con los requerimientos que dictan los tratantes de comercio?  




domingo, 15 de septiembre de 2013

¿Cuál patria?


La celeridad con que muchos conceptos y categorías caducaron o están dejando de significar lo que un día representaban forman parte de los tiempos que corren. En la medida que la globalización avanza a pasos agigantados estos se derrumban. Su trascendencia oscurece el horizonte. Ante los asedios y golpes recibidos muchas almas se espantan. Presas de colonialismo mental no se detienen siquiera a examinar la validez absoluta con que son presentadas las nuevas propuestas para entender lo que ocurre en nuestro entorno. Cierran espacio a la duda. La época de cambios que vivimos pretender hacer tabla rasa del pasado. Nadie discute la realidad de estas transformaciones. Son a veces tan contundentes como para no percibir como desencajan la fisonomía y el entramado de nuestras sociedades.

Aflige la aceptación pusilánime sin mediaciones ni coladores. Damos como verdad irrefutable todo el andamiaje ideológico y cultural pacientemente construido para justificar la embestida. La reconfiguración del mundo plantea la necesidad de elaborar nuevos cuerpos teóricos. Especialmente en el campo de la comunicación. Se requieren otras explicaciones que den cuenta de los nuevos fenómenos, su verdadero alcance, la forma vertiginosa, persuasiva y envolvente con que tejen la urdimbre para justificar su redespliegue universal. Son los abanderados del presente. Toda visión retrospectiva e introspectiva resulta sospechosa. El nuevo modelo de sociedad -por los encadenamientos que genera- pareciera ser único. Las voces disidentes llamando a la cordura resultan pasadas de moda.

Nada habría ya que oponer al nuevo esquema civilizatorio. Sus artífices reclaman vía libre, ninguna interferencia para sus sueños mesiánicos. El avance científico y estupendos logros en la medicina, apenas constituyen el preludio de las transformaciones en marcha. La conquista del espacio, la cartografía minuciosa del genoma humano, los avances en las telecomunicaciones, la electrónica, la biología, la nanotecnología, la redefinición del Estado, el rebasamiento de las fronteras, la urgencia porque entendamos los encasillamientos que provoca el concepto de soberanía, ese corsé que hay que romper cuanto antes, para sentirnos más libres y liberados, son eslabones discursivos suficientemente convincentes como para dejar en sus manos la remodelación del porvenir.

Entre menos oposición exista de nuestra parte con mayor celeridad y menos traumático resultará la construcción del nuevo albergue social, económico, político, educativo y cultural en proceso de construcción. Las promesas de feria resultan cautivantes. Al dispositivo mediático, con su juego de luces y colores, corresponde persuadir acerca de las bondades irreversibles que se perfilan en el escenario. Las comunicaciones satelitales irradian la buena nueva. Lo que ha logrado y sigue logrando Hollywood no admite parangón. Sin objeciones ha resultado el mejor dispositivo para la diseminación de estas novedades. Su carácter estratégico resulta irrefutable. Con lenguaje lúdico y sensual resulta una prodigiosa máquina para promover ensoñaciones. Atrae y encanta. Seduce y hechiza.  

El primer asomo del quiebre conceptual dirigido a persuadirnos que nos encontrábamos en otro momento de la historia salió de los surtidores de Hollywood. Con esa propensión que tiene el cine de adelantarse varios pasos, Network (1976) anunció el ocaso del concepto de patria y el advenimiento de una era comandada por las grandes empresas transnacionales. Embrujado por el magnetismo y ascendiente conseguido ante los televidentes, el agorero de los tiempos que se avecinan (Peter Finch), sucumbe ante sus propias diatribas. Llamado al orden por los verdaderos amos de la televisión esa otra caja mágica, opta desesperado por suicidarse frente a las cámaras. El tiempo de la IBM y la EXXON  había llegado.

Alvin y Heidi Toffler
Después vendrían los Toffler a reforzar los anatemas creados para triturar y demoler cualquier vestigio o reminiscencia vinculada con el concepto de patria. Mi retorno a las aulas me ha permitido corroborar la efectividad de estas nuevas narrativas. La mañana del 4 de julio (2013), mientras manejaba rumbo a la universidad, un joven DJ ofrecía entradas al cine a cambio de responderle acertadamente qué acontecimiento se celebraba en esa fecha. De manera incontrastable el desfile de respuestas era certero. ¡Hoy se celebra el día de la independencia de Estados Unidos! ¡Bravo! Ahora dígame ¿qué se celebra el 14 de septiembre en Nicaragua? El silencio hirió la sensibilidad del conductor del programa radial. ¡Idiay! ¡No me diga que no sabe! De golpe me regresó al pasado.

En una ocasión durante una entrevista brindada a La Prensa me mofé de las explicaciones que mis profesoras de primaria daban sobre el significado y trascendencia del 14 y 15 de septiembre. Me enseñaron a recitar como una letanía insufrible la derrota de las huestes filibusteras comandadas por William Walker y la independencia de España sin ningún sentido crítico. Con el tiempo estas versiones me resultaban pobres y desabridas. No me detuve a reparar que sus enseñanzas por muy simplistas que fuesen, en sus pliegues vibraba un sentido nacionalista. Un auténtico sentido de nicaraguanidad. Un aleteo de patria. Severo Martínez Peláez se había encargado derribar los fetiches con que aderezaban sus explicaciones. La patria del criollo (1970), fue un descubrimiento luminoso, esclarecedor.  

Con el propósito de quitarme el sabor amargo que me había quedado en el paladar, pregunté a mi veintena de alumnos de Historia de la Comunicación (UCC), en qué año había sido descubierta Nicaragua. Nadie supo decirlo. Luego indagué qué efemérides celebrábamos el 14 de septiembre y el silencio fue total. ¿Qué ocurrió en 1821? Se quedaron viendo, hurgaron su memoria. Tampoco supieron responderme. ¿Las respuestas contundentes sobre sus deseos de marcharse del país si pudieran hacerlo indican que ningún lazo afectivo los une a esta tierra? ¿El desarraigo es mayor de lo que pensamos? ¿Se reconocen ciudadanos del mundo? ¿La entrega de la soberanía al empresario chino Wang Jing no es suficientemente ilustrativa? ¿Vivimos en Nicaragua la posthistoria?

Si algo caló mi conciencia en tiempos de globalización mientras recorría Miami, Washington y New York, vino a ser el culto que profesan por su historia. Nacional y local. Cada recodo, río, afluente, calle, barrio o ciudad, encierra un episodio que merece conocerse, contarse y tener en cuenta. Centenares de guías turísticos repiten incesantemente los mismos estribillos como una manera de recordar quiénes son, dónde están y hacia dónde van. Potomac, Washington Memorial, Newseum, Holocaust Museum, Hudson, Manhattan, Elis Island, Broadway, Empire State, Rockefeller Center, y World Trade Center, donde alzaban victoriosas sus cumbres las Torres Gemelas, símbolo irreductible de su pujanza financiera, está siendo reconstruido y convertido en centro de peregrinación. Su existencia sigue siendo artículo de fe.

Mientras tanto insisto, seguimos dimitiendo en un campo vital para nuestra existencia como país, con una historia propia y singular. Una historia que merece aprenderse y contarse de manera desprejuiciada. No como ha ocurrido hasta ahora. Partido político que llega al poder -incluyendo el actual- desconoce y rehace las realizaciones de sus antecesores. ¿Cómo pretender que los jóvenes tengan sentido de patria? Nicaragua está en venta desde los noventa del siglo pasado. La política de fronteras abiertas es un obsceno espectáculo auspiciado por los gobernantes. Granada, la ciudad colonial, un enclave turístico extranjero, el sueño del canal interoceánico, una pesadilla, las tierras de Matagalpa y Chontales, dejaron de ser nuestras. ¡Estamos desarmados frente a la embestida foránea! ¿Soy iluso? ¿Un demodé?