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sábado, 21 de enero de 2012

Decálogo del infiel



 ¿Alguna vez desoíste
el llamado de la carne?

¿Cuántas veces has privado
a tu apetito exaltado
de su derecho al goce?

¿Avivada la luz de la pasión
diste marcha atrás
para no herir sensibilidades?

¿Ante la tortura de saberte infiel
bajaste la mirada para no atender
la intrepidez de tu vecina
de llevarte a su cama?

¿Fallaste a la cita
a la que gallardamente
te habías comprometido
bajo el pretexto que te surgió
una reunión de última hora?

¿Te sientes culpable
después de haber seducido
a la joven de la esquina
sabiendo que todas tus promesas
serían incumplidas?

¿Atrapada en la telaraña
que pacientemente urdiste
para retenerla en tus brazos
te aquejó la compasión
al saberla virgen
en su desamparo?

 ¿Temeroso de Dios
y de sus leyes
fuiste incapaz
de acostarte con tu prima?

¿Ante la inminencia
de ser sorprendido por tu novia
en el esplendor de tu lujuria
con su mejor amiga
rompiste el encuentro?

¿Nunca te decidiste abandonar
a tu mujer pese a que no la querías
para no perder tu vida regalada
y tu condición de mantenido?

Si no has violado
ninguna de estas reglas
tuyo será el reino de los cielos.
¡Que los dioses te absuelvan
pero nosotros ¡no!

Lunares




De todos tus lunares
preguntarás cuál prefiero.
Vuelvo a decírtelo.
No el que tú piensas
sino los otros.
El que parece pintado
como un cuadro preciosista
donde empieza a germinar
tu pierna izquierda.
Y el que queda exactamente atrás,
apenas insinuado,
sobre tu cadera derecha.
Porque en verdad depilada
el otro no parece lunar.
¡Donde debería haber bosque
césped recortado,
hay un desierto calcinado!

Zorba el griego




I

La música se dejó oír.
El mambo encendió los ánimos
luego vino el reventón.
Saliste airosa a demostrar
quien era la reina absoluta
en esos dominios donde
la música sacudía la modorra
y a todos contagiaba de alegría.
Un ligero aleteo de caderas
los hombros bien cimbrados,
todos haciéndote coro.
Aplaudiéndote y celebrándote.
Vos sabías que Pérez Prado
era el Rey del mambo y vos la Reina,
la única, la indisputada.
¡Mambo!
Dos pasitos pa adelante
un pasito para atrás.

II

Yo el infortunado
aplaudía en la distancia.
Tímido por no saber
menear los hombros
ni tirarme al suelo
como lo hacías vos.
Nadie osaba retarte.
Después vino un Chachachá
más frenética, dueña de tu territorio,
girabas la cintura en un dos por tres.
Te disparabas en movimientos rápidos,
veloces, contagiosos, meneando las piernas,
quebrando la cintura y chocando las manos.
Alcanzaste a verme y me regalaste
una sonrisa que mostró dos hoyuelos.
Esos camanances que se dibujaban
en tu cara cada vez que reías.
El baile era tu vicio, el ritmo tu virtud.

III

Reina entre las reinas
ahora viene hacia mí.
Me estira la mano,
me pide la acompañe.
Me niego a secundarla.
Cuando se calma el bullicio
y cesan los aplausos,
vuelve de nuevo a la carga.
Me reprocha sonriente
de lo que me estoy perdiendo.
Dirijo la plática en dirección opuesta.
Me presta oídos, la invito al cine.
Hay motivos para hacerlo.
Mañana exhiben Zorba el griego.
La entusiasmo.
Es Anthony Queen e Irene Papas
a quien veremos danzar y actuar.

IV

El baile de Zorba la seduce.
Los dos ojazos negros y redondos
iluminan su cara. Ya estamos sentados
en nuestras respectivas butacas,
con cierto desgano le digo:
hoy es mi cumpleaños y quería
celebrarlo a tu lado. Rueda la película.
Zorba –el pocho- baila descalzo.
Primero truena los dedos
poco a poco con una alegría
contagiosa se desliza hacia la izquierda
luego gira hacia la derecha.
Empieza a subir el ritmo,
a mostrar sus trances.
Lo mira extasiada.
Con atención sigue sus pasos.
Le hace coro igual que se lo hacen a ella.
Aplaude. Con sus manos dibuja
cada movimiento del impresionante Zorba.



V
Al salir del cine me ofrece un regalo.
Te invito a celebrar tu cumpleaños. Me dejo llevar.
Entramos al sitio sagrado. Pide música.
La danza de Zorba. Empieza el despelote.
Me siento en el borde delantero de la cama.
Ella refuerza el compás.
Taran, taran, tarariraran…
Luego se quita la blusa,
después la falda roja
conforme se enciende la música
va despojándose de todos sus trapos
que todavía cubren su silueta
con una lentitud sensual
que me parte en dos el corazón.
Estoy paralizado. Muerto de contento.
Esto jamás lo esperaba.
Todavía no reacciono.
Me toma la mano
me mete a la cama.
Fue una noche sin par.
¡El mejor regalo que la garza
podía ofrecer a su polluelo!

VI

Pasado el tiempo la danza de Zorba
resuena en mis oídos
con una musicalidad enajenante.
Todavía la veo danzando frenética,
sólo para mí, lejos del bullicio.
La reina de las danzarinas,
estira los brazos, sacude los hombros,
luego alza el pie derecho,
después lo hace con el otro. No para de bailar.
Eso fue hace muchos años,
pero cuando deseo sacudirme
la melancolía y la congoja
la evoco bailando sólo para mí
la danza de Zorba
con la que me sedujo.
Y pensar que yo no reaccionaba
al verla levantarse y bailar jubilosa,
reina entre las reinas cualquier música que fuese.

Una Diosa a mi lado


El nacimiento de Venus, 1482-1484 , Sandro Botticelli 

I

No hubo forma
de frenar esa loca pasión.
Con el corazón en llagas
enloquecí con sólo divisar su perfil.
Me precipité en sus abismos al sentir
que su cuerpo desprendía un hálito,
un aroma, un olor diferente
que perturbaba la fragancia de las rosas
y la frescura de las aguas.
En sus dominios
nadie le hacía competencia.
Su belleza era natural.
Como Remedios, la Bella,
jamás llevaba abalorios
bajo su holgada bata de noche,
mientras permanecía a mi lado.

II

Su rostro de diosa sagrada,
ajeno a todo maquillaje,
huraña al polvo, resistente al carmín,
sus negras y largas pestañas
siempre se negaron
a embadurnarse de rímel.
Los adornos lejos de favorecerle
falsificaban con un falso rubor toda su figura.
Mientras menos atuendos relucía
mayor la atracción que ejercía
sobre los poros de su piel imantada.
Cuando la vi desnuda por primera vez
me figuré que era a Venus encendida
quien arrullaba mis brazos.
Una mujer para colmar tus ensueños
cada uno de tus caprichosos antojos.
A diferencia de Adonis
jamás rehuiría a su llamado,
prefería enloquecer de amor, morir a su lado,
antes que sucumbir entre las
dentelladas del cruel jabalí.

III

Para derribar sus defensas
tuve que sitiar su ciudadela
durante varios años.
Troya en llamas la tarde
en que solícita respondió a mis besos.
Desde entonces me apropié
de sus encantos y sometí su corazón
a mi quemante amor de sibarita.
Encendidos los ánimos
repasábamos ociosos
hondonadas, arroyos y montañas.
Me instalaba a divisar
la altura de sus pechos,
sus largas planicies,
sus oscuros prados,
sus anchas caderas
y su piel de albaricoque.
Sus negros ojos
como la negra noche
desprendían fuego,
eran una hoguera en plena orgía.

IV

Nunca volví a conocer
una mujer como ella.
Sus atrayentes pasos
acompasaban su andar de gacela
y su fogosidad de leona al acecho.
En verdad la perdí,
en verdad me perdió.
Aunque pase el tiempo
y miles de kilómetros nos separen
en mi cuerpo quedó adherido
el aroma de su piel
y a la dulzura de sus carnes.
¡Cómo olvidarla entonces,
si hasta sus prendas
quemaban las alcobas!



Mitos y tabúes



Nunca cedas tus prendas
durante la primera cita.
Si lo haces pensaran mal de ti.

Si alguien te ofrece
llevar a la cama
antes del matrimonio
recházalo no quiere nada serio.

Conserva tu virginidad.
A las que violenten este principio
se le cerraran para siempre
las puertas del cielo.

Protege tu imagen.
Nunca olvides
que en el reino
de los machos
si una mujer
se atreve a salir
con varios hombres
es una puta.
Si un hombre sale
con varias mujeres
es un Don Juan.

Debes tener presente
las mujeres pudorosas
permanecen en casa.
La calle se hizo
para los hombres.

Mujer recatada
mujer bien sentada.
Únicamente a los hombres
les está permitido
sentarse como les plazca.

Cuídate de andar
con camiones
son juguetes para hombres
a las mujeres
sólo les está autorizado
jugar con muñecas.

Rosado para las mujeres.
Celeste para los hombres.
Tú ¿qué color prefieres?

Cuando tengas la regla
jamás hagas el amor.
Si lo haces corres el riesgo
de no expulsar los demonios
que habitan tus entrañas
y pugnan por salir
cada veintiocho días
convertidos en ríos de sangre.

No te atrevas a revelar 
tus destrezas en la cama.
Deja que él te enseñe.
No vaya a creer
que antes fuiste de otros.

Preocúpate de ocultar tu talento.
Todos las prefieren bellas.
La inteligencia para muchos
es un tropiezo insalvable.
No vaya a ser que tu buena suerte
te coloque frente algún presuntuoso.

Confíale todos tus secretos
menos que estuviste
en brazos de otros.
Eso pocos lo perdonan.

Antes de acostarse
todas las noches
la madre catequizaba
a su hija con estos preceptos.
Jamás imaginó
que ella ya había transgredido
todas estas normas
porque sabia, bella,
segura y confiada,
era dueña y soberana de su vida.
En la vastedad de su universo
nunca hubo mitos ni tabúes
que perturbaran sus sueños.

Placeres del vicio




Regresaste a mi vida.
Volviste a perturbar
mis sueños.
Cuando creí que ya todo
era un pasado remoto,
cerrado y concluido,
te introdujiste de nuevo
por la vía expedita de los sueños.
Debería alegrarme.
Regresaste mansa y provocativa,
pidiéndome que volviéramos
arrastrarnos hasta los precipicios
de la locura con cada una
de nuestras fantasías amatorias.
Creí que estabas harta.
Me pediste que ensayásemos nuevos giros
otras formas más audaces y atrevidas
sin reincidir en antiguos ritos.

Como todavía me quedan
algunos artificios que probar
acepté tu propuesta.
Cuando incurra en la repetición será tarde.
Por mucho que hayas probado con otros
estoy convencido que si has vuelto
es porque te dejo hacer conmigo
lo que ningún otro hombre
ha sido capaz de concederte:
ser para vos dulce plastilina, rico bocadillo
para una imaginación desbocada
que iguala en riqueza creativa
las mordaces posiciones
que ilustran las luminosas
páginas del Kama-Sutra,
sobre las diferentes modalidades
de introducirte al Olimpo.
Vuelve esta noche.
Te estaré esperando.