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lunes, 17 de febrero de 2014

¿Monólogos o polifonía?



Uno tiende fácilmente a identificarse con ciertas obras de ficción, porque además de encontrar afirmaciones que antes habíamos vertido, el autor hace propias ciertas premisas con las que comulgamos. Eso me pasó con la lectura de Hablar solos (Alfaguara, 2012) la novela más reciente de Andrés Neuman. Esa identificación hace que surjan complicidades. El primer sobresalto me vino cuando escuché preguntar a Elena "¿Se soñará distinto en una cama de hospital? Porque leer, de eso no hay duda, se lee distinto" (P. 96). Tiempo atrás mucho antes que Neuman hubiese desgajado esta aseveración, me atreví a expresar: "Toda la noche del 12 y la madrugada del 13 de agosto de 1975, mientras Ida daba luz a Carlos Ernesto, nuestro primer hijo, en el Hospital Bautista, yo me entregaba a la lectura. ¿Qué me hizo refugiarme en Confieso que he vivido, las memorias de Pablo Neruda? No dudo que fue la tensión que sentía". Corroboro. Luego me identifico.                                   


Más adelante Neuman me hizo otro guiño sorprendente. "Cuando un libro me dice lo que yo quería decir siento el derecho de apropiarme de sus palabras, como si alguna vez hubieron sido mías y estuviera recuperándolas". (P. 133). Debo reconocer que me sentí halagado. Siempre he pensado que Pablo Neruda escribió para mí los Veinte poemas de amor y una canción desesperada. A mis trece años atraído por los camanances de Vicky, el poeta chileno puso miel a mi primer desvarío. Por eso no sentí celos al enterarme veinticinco años después que Palinuro había encargado a Neruda escribir toda su poesía como un  tributo a Estefanía. Muchísimo antes que Fernando del Paso hiciera públicas estas confesiones yo leía a Patricia los poemas que había escrito bajo encargo para cantar nuestro amor. Ella se encargó de leer sus obras para saber si Neruda había completado el pedido. ¿Me lo crees? ¿Bastaban estos dos lances para certificar que se trata de un texto apetecible? Nunca. Esto solo constituye el preámbulo.

Existen otras razones valederas para identificarse con esta obra. Al poner hablar a Mario (Padre), Lito (Hijo) y Elena (Madre), crea un coro de voces a partir de las reflexiones que estos formulan a lo largo de la novela.  Aunque cada uno hable y sostenga su discurso de manera individual, sus voces se entreveran y concatenan. Los hablantes articulan su melodía teniendo en cuenta al otro. Los monólogos prefiguran al otro. El padre a la madre y al hijo, la madre al hijo y al padre, el hijo a ambos. La orquestación se traduce en una polifonía. Mario prefiere grabar sus reflexiones, todas dirigidas al hijo. Lito lo hace hacia sus adentros y Elena, punto de enlace y convergencia, alterna su discurso, para finalmente verterlo por escrito. Un recurso al que recurre convencida que si la muerte deja "las conversaciones interrumpidas, nada más natural que escribir cartas póstumas". Una forma de conjurar su angustia y expresarle al muerto lo que calló en vida. Los ajustes requeridos después de su desaparición.

La perdurabilidad de su memoria el padre la logra mediante un viaje donde Mario alcahuetea a Lito. Un viaje decisivo. Si no hubiera ocurrido Mario hubiese desaparecido del recuerdo de Lito. El festejo definitivo lo convierte en un ser presente, imperecedero. El ocultamiento de su muerte verdadera, postrado en un hospital, sintiendo desfallecer ante el ataque inclemente de una enfermedad terminal, la madre la traduce en un accidente. No quiere que el hijo sepa las causas reales de su fallecimiento. Ella busca como volver más digerible la muerte del padre ante su hijo. Dividido en el recuerdo del hijo, "el padre fantasmal que ahora tutela sus andanzas y, por brutas que sean las festeja... cuanto menos te conoce más te admira". Exclama conmovida. Esto supone que Mario alcanza su objetivo. La realización del viaje tenía ese propósito. Albergaba esa intención. Urde el plan para que el hijo lo recuerde siempre. Para que jamás lo olvide. El viaje funda el nudo dramático.

La manera que Neuman diseña y construye la infidelidad de Elena y la forma como la hace hablar, son para mí el logro más estupendo de la novela. Ante la inminencia de la muerte de Mario, consulta a su médico, para terminar encamada con él. El doctor la hace renacer. El placer le devuelve el gusto por la vida. Los arrebatos de Ezequiel la convierten otra. No se reconoce. Sabe que hace mal pero justifica su actuación. No desea parecerse al resto de mujeres que sabiendo que sus maridos les ponen cuernos dejan impunes el hecho. Su voz surge poderosa. Una voz femenina llena de encantos. Uno podría crear su propio tablero de dirección como hizo Cortázar con Rayuela. Los requiebres de su voz, la manera como expresa sus delirios, la forma que ama, la falta de remordimientos, su entrega sexual sin reparos, los engaños persistentes, la verbalización y sus diferentes giros ratifican que nos encontramos frente a un fabulador que sabe y domina el lenguaje femenino. Se extasía revelando los vientos huracanados que sacuden a las mujeres cuando ocurren estas tempestades.  

Son pocas las veces que he leído en estos días un novelista que maneje con tanta destreza, sin asomos de falsificación, la voz de una mujer. La hace decir lo que siente sin recatos ni mojigaterías. Las páginas mejor acabadas son en las que Elena vierte sus sentimientos. Sin remilgos, plena de goce, llena de lujuria, confiesa que Ezequiel ha conseguido exploraciones que comprometen sus cinco sentidos. Mirar, tocar, morder, oler, resulta un sibarita muy parecido a don Rigoberto. También gusta oír las palpitaciones de sus carnes. Lo hacía en cualquier parte de su cuerpo. "Pega la mejilla a la piel, pone la oreja así, como un ginecólogo atendiendo a las contracciones, y entrecierra los ojos. Y sonríe. No sé qué escuchará". Elena transfigurada. Conoce y saborea las delicias del cuerpo. Ezequiel la enloquece. Deja de ser una mujer escindida. Ni puta ni virgen. Sino ambas a la vez. Se acoge al mandato de Freud. Se da, se exprime, se exige. Sin egoísmos deja que el gozo la inunde.

Ezequiel la lleva a conocer las infinitas maneras de hacer el amor. Elena, intelectual, maestra universitaria, lectora voraz, todas sus intervenciones vienen aderezadas por su inmersión en los libros. Un ir y venir de un texto a otro. Mario cuenta a Lito que su madre un día comentó que Audrey Hepburn era “perversa como la inteligencia”. Así era ella de aguda. Ezequiel la desquicia, toca su piel, la embiste, la hace resollar. La mujer pudorosa que llega al consultorio del doctor Escalante, se siente alzada en vilo, transformada. Exclama que sin las mujeres tontas, jamás se habría escrito un solo poema de amor. Cree que la forma que la estruja no encaja en las categorías previstas en la industria del porno. Describe puntillosa como la posee. No conoce límites. La desquicia y enloquece. A su edad necesitaba recuperar su ardor sexual. Siente de una manera distinta. Mientras tanto yo no puedo dejar de releer las páginas en las que Elena confiesa sin rubores este amor desaforado.


Al final recupera su apostura. ¿Eso borra de mi mente la licencia con que habla, se encapricha y desfallece? ¡No! ¡En verdad que no! Sigo admirando al novelista que la dotó de esa voz descarada que todavía resuena en mis oídos.

lunes, 7 de octubre de 2013

En busca de sí misma


Anaïs Nin
Cegada por la fosforencia de su luz y la autenticidad de su vida, salió en su búsqueda, viajó a Nueva York, París, Los Ángeles, San Francisco, Barcelona. Deseaba conocerla a fondo, saber todo acerca de ella, medir sus pausas y furores, interesada en develar sus cambios repentinos y penetrar en sus sueños inconclusos. Entusiasmada por sus desafueros, marchas y contramarchas, mutilada, siempre incompleta, suya sobre todas las cosas. Desafiante. Iconoclasta, hizo siempre lo que quiso sin esperar la aprobación de nadie. Consecuente. Bígama. Con su corazón partido en dos. Oscilando entre Nueva York y California. Presa de sus arrebatos. Temperamental. Sobrevivió a su época. Caló tan profundo que hoy ocupa un sitio reverencial en el pódium levantado por millares de mujeres que siguen su itinerario. Se convirtió en una de sus diosas sagradas. Así era Anaïs Nin.

Posar desnuda en la Habana (Alfaguara, 2011), escrito por la cubana Wendy Guerra sobre la famosa diarista Anaïs Nin, ¿Se trata en verdad de un diario apócrifo? Pocas veces he cometido el sacrilegio de recurrir a las definiciones contenidas en el Diccionario de la Real Academia Española. Me parece un recurso de mal gusto. Ni siquiera lo considero una pedantería. Se trata de la manera más tonta de generar convicción o persuadir a alguien. En esta ocasión me veo obligado a romper la regla. Me parece la forma más expedita de demostrar que las vueltas, idas y venidas de la cubana por el mundo, viene a ser elocuente testimonio que ante una obra subyugante, alta orfebrería para anunciar su canto, la novela le fue dictada por la propia Anaïs Nin para compensar el apego a su estilo y en homenaje a una prosa cargada de pedrerías y corales. Cargada de espumas, saturada de luces y amaneceres espléndidos. 

¿Cómo llamar apócrifa la novela de Wendy Guerra? Su sola existencia echa por tierra cualquiera de los significados del Diccionario de la Real Academia. apócrifo, fa adj. Falso, supuesto o fingido: autor apócrifo. 2. [Escrito] que no es de la época o del autor a que se atribuye: testamento apócrifo. 3. [Libro] que no está incluido en el canon de la Biblia, pese a estar atribuido a autor sagrado: Evangelios apócrifos.

Cuando contraste el libro de la cubana con distintos pasajes de los Diarios de Anaïs Nin, lo hice con la intención de comprobar regocijado si mis suposiciones eran falsas o verdaderas. Los textos calzaban a la perfección. Su audacia ha sido compensada. Sin un conocimiento a fondo de la vida y milagros de Anaïs jamás hubiese escrito una prosa jubilosa, la poesía brota como manantial, chorros de luces iluminan el cielo tormentoso de Anaïs en el viaje de reencuentro con la tierra de sus padres. Difieren no en su apego y goce por la vida, se distancian ante el amor desquiciado de Guerra por Cuba. El dolor y el reclamo deja sentir su llanto lastimero. En las pocas cuartillas del Diario de Anaïs dedicado a su estancia en Cuba, deja latir su cubanía, aunque jamás alcanza las cumbres y delirios que atan a Wendy con su patria. La exuda por sus poros.

Donde uno puede saciar curiosidades, encontrar pistas más seguras, entrar de lleno a la vastedad de su universo erótico, hermandad sanguínea, son las páginas lúbricas destilando suaves aromas, embestida del guerrero, caída y resurrección, prueba irredimible que en su corazón anidaba desde entonces pasión y lujuria, jugo espeso con sabor a frutas tropicales. Anaïs, golosa traga y canta la embestida de Julián, el primer y único amor que la desquicia hasta hacerla perderse en los pantanos de una fiebre distinta. Esa noche entregó su luna floreciente al sol radiante que le encabritaba. Un satélite necesitado de la luz del Caribe. Un amor desbocado rompe sus débiles membranas de virgen, provocándole calambres en sus piernas y una sed incurable que jamás pudo saciar. ¡Eterna hambre de sexo! Se asomó a los abismos, armó triángulos para amainar la tempestad pero no pudo. Ni June, ni Henry Miller colmaron su apetito. Siempre quiso más. Traspasar barreras, conocer otros cuerpos.

Wendy Guerra
Wendy salió a buscarla desesperada para finalmente encontrarla dentro de sí misma. Palidecen ante los mismos dolores, las aturden las mismas pesadillas. Se sienten libres, vuelan sin atenerse a nada, descreen los atroces presagios que agitan las pobretonas de espíritu. Consecuente con la persona que cobra vida en Posar desnuda en la Habana se aventuró hacer lo que no hizo Anaïs en su país. Wendy lo hizo en España. Libre de ataduras y ropas, se desnuda sonriente y complacida ante el foco incisivo de Daniel Mordzinsky. Bella tendida sobre la hierba. Coqueta ve de frente la cámara. Colma vacíos, permite a Wendy conjurar sus propios demonios. Anticipa a la futura lesbiana. ¿No será ella misma transfigurada y escondida bajo la personalidad de Flor con la que Anaïs tiene un breve romance, platónico o real, frente al puerto habanero? Siento en los desplantes de Wendy la misma desfachatez de Anaïs. Sigo creyendo que evoca sus propias andanzas.

Buscar a alguien implica escudriñar su alma. Pasar revista por los entresijos para que nada quede fuera de esa mirada. Solo así puede Wendy Guerra penetrar en la geografía transparente del cuerpo de Anaïs. Más dificultades supone saber si es cierta su historia de vida fascinante. Trazar el dibujo que permita ver delineado su rostro perfecto. Una empresa meticulosa, paciente. Los rastros desaparecen cuando decide cambiar el contenido de algunos de sus Diarios. ¿Las modificaciones eliminan la verdad contenida? Imposible. Muchas veces trató eludir el zarpazo. Evitó herir susceptibilidades. Las aclaraciones de Rupert Poole, su último amante y albacea literario, resultan pertinentes. El tiempo ha permitido reincorporar nombres de personas expulsadas porque estaban vivas. Una prueba de decencia. Una actitud proba obligó guardar sus nombres.

Al traerla de vuelta a Cuba, Wendy lo hace para que Anaïs recupere sus nexos con esta tierra caliente. Ata sus dulces tobillos a la isla de sus querencias. Entre más cerca la tiene más suya la sabe. La niña pobre casada por compromiso con Hugo Guiler jamás tuvo sosiego. Henry Miller le mostró la otra cara del sol y fue su redención. Nunca volvió a ser la misma. Probó todo tipo de amor y ninguno le satisfizo. Sabía que la clave de su felicidad radicaba en la combustión de amores diversos y enrevesados. Para despejar nubarrones Wendy desata nudos escabrosos. Contrario a las creencias de almas misericordiosas, cierra su plegaria dejando que sea Anaïs quien hable de sus amores imposibles. Se asoma a las páginas del Diario de Incesto (1932-1934). Sin titubeos o rendimientos, dueña de su vida, Anaïs Nin confiesa los amores prohibidos con José Joaquín Nin, su padre.

La novela de Wendy Guerra viene a ser un anticipo del cuadro poliédrico que enmarca la vida de la escritora cubano-danesa-francesa. Para realizar este retrato tuvo que pasar revista por los Diarios. Solo vistos en conjunto se aprecia en su intimidad las mil caras e infinitos caracteres que subyacen en la personalidad arrolladora de Anaïs Nin. Siendo una multiplicó sus ansias de amar. Dispensó cariño al mismo tiempo a varios hombres y mujeres. Estruja y se defiende con el filo de su inteligencia. ¿Un ser tormentoso? A mi juicio tuvo el coraje de experimentar en el campo afectivo, lo que los creadores -poetas, novelistas, pintores, sicólogos y siquiatras- proponían en sus obras, sobrepasando límites y rompiendo barreras en abierto desafío a sus pares. ¿Nadie llegó tan lejos ni tuvo el nivel de consecuencia con que Anaïs asumió estas propuestas? ¿Un Ángel descarriado?



*Fotografías tomadas de Internet.


domingo, 29 de septiembre de 2013

La invención del amor


Como cada quien es dueño de sus predilecciones, me animo adelantar que mi gusto por la lectura se ha acrecentado durante el último año. La ventaja es que ahora leo por placer como se debería leer siempre. Confieso que son raras las novelas que me han capturado y subyugado. ¿Será que llegó el momento de dedicarme a la relectura? Temo hacerlo. Me parece que si alguien no encuentra goce, deleite, nuevas propuestas en los noveles escritores, podría ser considerado no solo como pasado de moda, también que no logra enlazarse con las nuevas sensibilidades. Uno debe esmerarse por conectarse con los nuevos narradores. ¿No será más bien que mi sensibilidad se ha venido decantando de tal manera que ahora son muy pocas las obras y autores que logran cautivarme? Si nos atenemos al criterio de los grandes escritores tendríamos que estar releyendo constantemente. Una recomendación cuya virtuosidad he comprobado las veces que he tenido que releer a mis dioses tutelares.

Rayuela (1963) seguirá encandilando a los jóvenes más allá de todo límite espacial y temporal. Después de medio siglo de haber aparecido su lectura se acrecienta. La guerra del fin del mundo (1981) una apuesta para demostrar lo grande que era Mario Vargas Llosa, al tener que salirse de su entorno y fabular sobre el fanatismo religioso, un  cáncer persistente en todas las épocas. Cien años de soledad (1967) pesa tanto que la generación postboom sigue denostando contra ella, prueba que continúan leyéndola. Pedro Páramo (1955) y La muerte de Artemio Cruz (1962), prosiguen desafiando el tiempo y la imaginación. El viejo y el mar (1952), un dechado de escritura. Un puñado de obras y autores que he releído varias veces por puro placer. Igual hice con William Faulkner. Deseaba reencontrarme con las raíces y abrevar en las aguas diáfanas en las que se habían bañado infinitas veces la mayoría de los escritores latinoamericanos que me provocan dentera.

Entre las últimas obras que he leído, Los enamoramientos (2011) de Javier Marías, El tango de la guardia vieja (2012), y la más reciente, La invención del amor, (Premio Alfaguara de Novela 2013), para citar tres escritores laureados, compruebo que tienen la propensión de centrar parte sustancial de sus narrativas en el tema amoroso. Lejos de la tragedia que atormenta la vida de millares de españoles, pareciera que no logran conectarse con las vicisitudes históricas, el drama político, la corrupción y el desempleo que campean en su país. Ni siquiera de soslayo lo introducen. Se han instalado en la comodidad de contar las truculencias, enredos y traiciones que afligen a distintas parejas. ¿Sería demasiado riesgoso afirmar que han caído rendidos ante los apremios convencionales de la novela comercial? ¿A qué atribuir entonces esa inclinación? Al menos Pérez-Reverte traspasa fronteras y urde tramas más complejas.

La obra ganadora este año se debe a la autoría de José Ovejero, ganador de varios premios nacionales en España. La invención del amor es una novela simplista. Una llamada telefónica hecha a quien no se debía da pié a la historia. Contada en primera persona, teje una urdimbre fácil de desmadejar. Lineal para no tener que fatigar la marcha de la escritura. Esa resolución en el manejo del tiempo resta fuerza a su propuesta. No utiliza recursos narrativos que nos obliguen a seguir por callejones insospechados. Samuel recibe una llamada de Luis anunciándole la muerte de Clara. Inicia la farsa. Decide suplantar al verdadero Samuel quien hilvana ante Carina, hermana de la fallecida, una historia de vida que desconoce. Carina quería saber cómo era realmente su hermana. El acercamiento se traduce en la invención de una vida. En la invención del amor. Incluso el otro Samuel cuenta cómo era Clara.

Por mucho que quise apartar mi mirada de la forma que presentaba sus ficciones Corín Tellado no pude. En el despertar de mi adolescencia leí sus novelas con fruición enajenada. Una lectura compartida con millones de lectores de habla hispana. No temo decir que la leí como ocurre con Mario Vargas Llosa. Pese rendir homenaje a su portentosa creatividad el peruano expresa que nunca la leyó. El reconocimiento que hace a su legado ratifica la aceptación unánime que gozó. "... gracias a ella, cientos de miles, acaso millones de personas que jamás hubieran abierto un libro de otra manera, leyeron, fantasearon, se emocionaron y lloraron y por un rato o unas horas vivieron la experiencia maravillosa de la ficción... fue probablemente la última escribidora popular, en el sentido más cabal de la palabra, la que llevó una variante (fácil, elemental, sensiblera y truculenta, ya lo sé) de la literatura al vasto pueblo, ese que no entra jamás a las librerías y pasa como sobre ascuas por las secciones culturales de las revistas, y piensa que la literatura seria es larga y soporífera".

¿La auténtica y verdadera literatura estará desapareciendo? La actual se está deslizando por una pendiente peligrosa. El mercado no quiere complicaciones. Obras que muestren la mugre que consume a millones de personas. La cara odiosa de la guerra y las ganancias multimillonarias que obtienen los fabricantes de armas. Tres hombres y una mujer (1927) está llena de sensiblería. Hay diálogos que muestran la cursilería que incurren los amantes, retrata la posguerra. El desempleo y la desolación en Alemania, las heridas incurables de la guerra y las primeras persecuciones de los judíos. La invención del amor es intemporal. Pudo ocurrir en cualquier país en cualquier momento del presente. No antes ni después. Madame Bovary (1857) solo pudo ocurrir en Ruan. Exalta la seducción que provoca la lectura de los libros románticos. El drama continúa convocando a lectores de distintas épocas. Tampoco vengas con exageraciones me objetaran algunos.   

Signo de los tiempos que corren la mayoría de los novelistas actuales se acercan cada vez más peligrosamente al happy end. Están más próximas a Paulo Coelho. Tienden más aquietar que a subvertir. Los autores españoles gustan citar marcas de carros, perfumes, playas, ropas, joyas. Sin pretenderlo están espigando en un campo minado. Sobre ese terreno aró su obra, recogió los frutos y se transformó en una autora singular Corín Tellado. Son sus herederos lo quieran o no. ¿La habrán leído? Todavía tienen tiempo de hacerlo. Solo basta adentrarse en su territorio para comprobar que las afinidades son más grandes de lo que podíamos suponer. Ni épica ni tragedia. Puro divertimento. La invención del amor es una novela menor. Abrigo dudas. ¿Todas las obras enviadas a concursar este año trataban temas similares o más bien el jurado prefirió ser consecuente con los requerimientos que dictan los tratantes de comercio?  




viernes, 12 de julio de 2013

El tramoyista y sus criaturas




La enajenación provoca a Oscar confusiones, cambio de perspectivas, mundos diferenciados, horror por la realidad circundante, control de vida o muerte sobre criaturas, apego por las reglas del género, incapacidad para desplazarse por los entramados de la vida doméstica, amores precarios, aversión por los animales, reveses inesperados. La historia de su vida -la real y verdadera- fluye paralela a los grandes dramones que lo ascienden como un meteorito hacia la cúspide y con idéntico vértigo lo lanzan al abismo. Santiago Roncagliolo se divierte y nos divierte con Oscar y las mujeres (Alfaguara, 2013), dando vida a un personaje esquizofrénico, venido a menos como guionista, luego de haber gozado las mieles de la fama. Oscar viene a ser la contracara de Pedro Camacho, el sagaz guionista de radionovelas, traído al mundo bajo los fulgores de la pluma y la creatividad ascendente de Mario Vargas Llosa.

Con perspicacia, sentido del humor, Roncagliolo se adentra en un universo que subyuga y concita el interés de millones de televidentes a todo lo largo y ancho del planeta. Salta sobre el escenario para mostrar sus dotes de tramoyista aventajado, como un día lo fuera Pedro Camacho, personaje similar a las criaturas que daba vida en Lima la horrible, manteniendo el oído pegado a la radio de millares de personas que encontraban en sus relatos un sucedáneo para atemperar las dificultades y aflicciones de la vida cotidiana. Camacho sucumbe ante sus propios engendros. Las fronteras entre realidad y ficción, entre una radionovela y otra, comienzan a diluirse y los personajes terminan por volverse seres recurrentes. El haz de las radionovelas peruanas, al final queda atrapado en su propia urdimbre. Un guionista de primera que vuelve más apetecible la lectura de La tía Julia y el escribidor, con mucho de autobiográfica y grandes dosis de ficción.


Roncagliolo penetra en el universo de las telenovelas, poblado de seres singulares, héroes y malvados, tiernos y sentimentales, pobres en su desamparo, insufribles, sin madre ni padre conocidos, carentes de fortuna, bellos y bellas, domésticas de quienes se enamora hasta la perdición el galán de corazón sensible, madres y esposas perversas haciéndoles la vida imposible, amor y odio les inflaman de pasión y cuecen sus entrañas. Roncagliolo situó sus personajes en Miami. Oscar Califatto un personaje idéntico a las criaturas que da vida en su piso. Presa de tics, enemigo a muerte de lo que acontece fuera de su cuarto de escribidor, su ruina se precipita por el abandono de Natalia, su segunda mujer, encargada de ordenar la casa y hacer frente a los desafíos que suponen la vida hogareña. Como ocurre en esos dramones, roto el nexo que lo conecta con el mundo real, naufraga sin rumbo y se percata de la existencia de esa otra realidad a la que ha dado la espalda. 

Con destreza Roncagliolo entreteje el guión de la telenovela con el drama que vive el guionista, solo en su orfandad, muy parecido a los sinsabores por los que pasa María de la Piedad. Ajustes y reajustes en la escritura, vienen dictados las reglas a las que debe atenerse todo escribidor de telenovelas. Los sentimientos están polarizados. La buena de María de la Piedad afronta las tropelías de Cayetana, papel interpretado por Fabiola Tuzard, la esposa que le hace la vida imposible a Marco Aurelio Pesantes, su productor. Fantasía y realidad transcurren por los mismos cauces. Las vicisitudes, esperanzas y desesperanzas por las que atraviesan Oscar y Marco Aurelio son un retrato fiel de lo que ocurre a los personajes de la telenovela. Ambas historias, ambos dramas, digo, se desplazan entrelazados, discurren armoniosos gracias a las truculencias de Roncagliolo. Las dolencias de los personajes son las mismas que acosan a guionista, productor y actriz secundaria.

Oscar lleva una vida semejante a la de sus personajes, una especie de antihéroe sometido a toda clase de infortunios. Pesantes sopla a su oído -lo hace por razones económicas- que la separación de Natalia será su ruina. El amor resulta ser aliciente, fuerza centrípeta, impulso arrollador, única motivación, suprema inspiración para crear a sus engendros. Se escriben para ayudar a soñar. Tienen el mismo origen y las mismas razones por las que se escriben novelas de ficción. Poseen una misma filiación. Las radionovelas, las telenovelas y las novelas son primas hermanas. Roncagliolo evidencia las rayas sanguíneas que subyacen para poner en perspectiva su arte creativo. Un logro estupendo. Oscar y las mujeres es un melodrama, saturado de cursilerías, con cortes perfectos, cuando el relato alcanza el clímax, lleno de sus mismos guiños y giros, cada capítulo viene precedido por el anuncio de las reglas a las que se atienen los guionistas de telenovelas.   

Las telenovelas se parecen y confunden con la vida, tropiezos con los que deben lidiarse día a día. Caídas que invitan a levantarse, lo puro y bello alternan con la maldad y la insidia, con una variante que hace de las telenovelas un plato suculento. Todas pensadas para que las desgracias desaparezcan. Esta es la clave de sus éxitos. Los buenos deben triunfar y los malos perder. Incapaz de caminar sin tropiezos, Oscar encuentra en las mujeres el camino de su redención. Atascado, la seca le atormenta. Ante la pérdida de Natalia se siente imposibilitado de continuar escribiendo el guión con el cual pretende sobrevivir Pesantes, ante las penurias económicas que le acosan. Los ruidos desquician a Oscar. Los propios y los provenientes del apartamento de Beatriz, su vecina. Contrariado golpea su puerta para estrellar los ojos en sus pechos refulgentes. El odio que siente por Beatriz poco a poco muda y se transforma. Opera el milagro, el acontecimiento que Vladimir Propp señala en su estudio sobre la morfología del cuento, como desencadenante de cambios en los personajes.

Como acontece a Oscar, su vecina ha vivido revés tras revés. A través del suicido atempera sus amores contrariados. Consigue redefinir la personalidad de Oscar. En el borde de su muerte reflexiona aquilatando el valor de las telenovelas surgidas de su inspiración. Cuando Oscar titubea, Beatriz le reitera que la gente necesita creer que existen personas dispuestas a todo por sus sentimientos. "Eso no les cambia la vida, pero les anima una hora del día. Necesitan tus fantasías. Y tú necesitas un poco de realidad." Devela las causas por la cuales las personas se someten día a día a pegarse frente al televisor para disfrutar, reír a carcajadas, llorar hasta el suplicio, comerse las uñas, privarse de ir al baño, quedarse en casa, enfurecerse con los políticos cuando imponen cadenas televisivas, privándoles del goce que provocan, no obstante los chorros de lágrimas derramadas capítulo tras capítulo. Son el  espejo donde ven reflejadas sus vidas. El triunfo de los buenos y pobres. La recompensa esperada.

Roncagliolo releva la importancia de un género que cautiva y seduce a millones de personas. Un formato que jamás cansa, un discurso que nunca condena a hijos fuera de matrimonio, no recrimina los amores prohibidos, ni se somete a escarnio las debilidades humanas. El melodrama apasiona como ningún otro género a los latinoamericanos. La mayoría de las estaciones locales incluyen en su programación al menos una telenovela, incluso hay canales que cuentan con cinco y hasta seis telenovelas, especialmente en horario estelar. Algunos tienen en pantalla telenovelas que los nicaragüenses degustaron con fruición durante los ochenta del siglo pasado. Apegado a los dictados del género, Roncagliolo ofrece el happy end. Ese final feliz que aquieta las conciencias y hace estallar de júbilo a quienes estuvieron expectantes, esperando que las pobres y sufridas sean plenamente compensadas. ¡Así sea!  

           

viernes, 5 de julio de 2013

Las niñas de García Márquez



Un breve recorrido sobre el caudal narrativo de Gabriel García Márquez -entre más lo releo más me impresiona- permite corroborar varias constantes. No aludo a su gusto por la hipérbole y la magia poética con que adereza sus creaciones, tampoco la perfección con que delineó el árbol genealógico de los Buendía, al uso reiterado del tres, su obsesión por rendir tributo al amor, la insistencia por los amores imposibles, me refiero a cuatro niñas nacidas bajo los destellos incandescentes de sus desafueros creativos, en cuatro retratos perfectamente esculpidos. Cuatro hijas de su forma de entender las relaciones amorosas, incluyendo sus amores tempranos con el Cocodrilo sagrado. Desde que conoció a Mercedes Barcha en Sucre, quedó prendado de la niña de 13 años, a quien propuso matrimonio. Ya no pudo quitarse de encima el aroma de su piel, la angustia de haberla dejado sola, las dudas de no ser correspondido y la persistencia de su recuerdo colándose en los amaneceres de sus noches de insomnio.

Si nos ajustamos a los criterios que Mario Vargas Llosa establece como esenciales en todo arte creativo, el horizonte queda despejado. En García Márquez: historia de un deicidio (1971), fecundo y aleccionador, la historia personal deviene en factor decisivo a la hora de escribir ficciones. Aureliano Buendía, siguiendo la historia embarazosa de Montescos y Capuletos, se siente atraído por la hija menor de don Apolinar Mascote, el enemigo político de su padre. El hecho que Remedios fuese impúber Aureliano no lo consideró como un tropiezo insalvable. La niña todavía se orinaba en la cama, apenas tenía 9 años. Su piel de lirio y ojos esmeraldas, aguijonearon su corazón. Pilar Ternera, lo dejó llorar en sus brazos. Al acogerlo en su cama, Aureliano le contó su infortunio y encontró a Remedios en los acantilados del dolor, "convertida en un pantano sin horizonte, olorosa a animal crudo y a ropa recién planchada". Alcahuete, Pilar se compromete a servírsela en bandeja. Una niña indiscreta y a la vez madura, sentía la tentación de revelar los secretos de su noche de boda.


Un amor con todas las de ley, igual al que el portento ofreció a Mercedes, enloquecido al ver balancear su cuerpo y escuchar su risa. Una niña con prendas de adulto, cambió por un momento el rumbo de la vida del Coronel Aureliano Buendía, muerta al no poder dar a luz a un par de gemelos atravesados en su vientre. Nadie puso reparos. Las alarmas la disparan los amores febriles entre Florentino Ariza, su acudiente, y América Vicuña, la niña de 12 años llegada de Puerto Padre. Florentino perdió el juicio y así como Pilar Ternera dijo a Aureliano que tendría que terminar de criar a Remedios,  aquel "la cultivó con esmero en un año lento de sábados de circos, de domingos de parques con helados, de atardeceres infantiles con que se ganó su confianza, se ganó su cariño, se la fue llevando de la mano con una suave astucia de abuelo bondadoso hacia su matadero clandestino". ¿Una relación perversa? Cuando anuncia su boda con Fermina Daza, América descree. "Los viejitos no se casan", responde convencida. Jamás supo que Florentino se pasó la vida esperando que el azar le fuese propicio.

La relación y el suicidio de América despertaron una oleada de críticas. Las cosas empeoraron con la aparición de Memoria de mis putas tristes (2004). Muchas se sintieron con derecho a levantar el dedo acusador. La novela fue señalada de hacer apología de la pedofilia. Uno de los pocos que la leyó en otras claves fue el Premio Nobel J. M. Coetzee. Piensa que Gabo la escribió para redimirse por la forma que trata a América. El regalo que decide hacerse el viejo para celebrar sus 90 años de vida con una joven virgen deviene en historia singular. Gracias a la mediación divina," el viejo deja de ser un asiduo visitante de putas, para convertirse en un adorador de la virginidad que a su vez rinde culto al cuerpo de la niña durmiente de manera similar al que un creyente puede rendirle culto a una estatua o a un ícono". Con Delgadina vive una relación edificante. La idolatra. Ni siquiera la toca. Se deleita leyéndole. Traslada su biblioteca al burdel donde le rinde pleitesía. Cambia radicalmente su vida y prodiga como periodista sus mejores reflexiones sobre el arte amar.

La otra criatura -Sierva María de todos los Ángeles- busca como ser salvada por el cura sabio, Cayetano de Laura, lector empedernido. El amor y otros demonios (1994), condensa poesía, la niña es sacrificada por los guardianes del Santo Oficio. La inmolan porque jamás pudieron comunicarse con una niña criada por esclavas, víctima propiciatoria de la falta de comprensión de esa otra cultura incubada en las barracas. Mordida por un perro arrabiado, pese a evidencias de buena salud, pudieron más los prejuicios religiosos. Ante la imposibilidad de conectarse con las lenguas caribes que Sierva hablaba, concluyeron que estaba poseída por el demonio. Llevaba colgados los collares de santería y el escapulario del bautismo. El cura sucumbe. Volvemos escuchar ecos de El amor en los tiempos del cólera (1985). Cuántos años tiene, pregunta la niña a Cayetano. Cumplí treinta y seis en marzo, responde el sacerdote. "Ya es un viejecito, le dijo con cierto deje de burla.

Nadie se sintió ofendido por la muerte incomprensible de Sirva María, nadie exaltó la forma enajenada con que se enamoró Florentino Ariza de Fermina Daza. Contrario a lo esperado, decidió conservarse virgen para ella. Una decisión insólita en un continente machista. Las cuatro niñas son hijas de un escultor preciosista. Cada descripción un dechado de poesía. El mismo infortunio corrieron los amoríos de Fonchito, el hijastro, con doña Lucrecia, la bella madrastra, seducida por sus encantos y precocidad. Vargas Llosa fue mandado a la hoguera. ¿Debió negarse doña Lucrecia? Jamás leí estos libros sometido a los caprichos de una moral timorata que condena al fuego luciferino estas expresiones amorosas. Las cuatro niñas de García Márquez -cuatro ángeles tutelares- forman parte del torrente creativo de un novelista que supo escribir en páginas arrebatadas los amores desaforados que provocan los amores prohibidos. Como afirma Carlos Monsiváis, "basta con que lo prohíban para que me interesen".  

lunes, 24 de junio de 2013

¡Expiando culpas!



¿Podemos pensar que los grandes temas que un día fagocitaron el interés de los grandes novelistas desaparezcan para siempre? Algunos pregoneros han dado de alta a las obras de ficción ligadas con los dictadores latinoamericanos. Nuevos desafíos y urgencias convocan a los escritores de esta región del mundo, proclaman con cierta razón a grandes voces. El narcotráfico, crimen organizado, trata de personas y migraciones, forman parte de la lista de temas que deberían priorizar, según prescriben críticos y creadores. Una misma noche (Premio Alfaguara de Novela 2012), ejemplifica que los escritores latinoamericanos todavía no pueden librarse del oprobio y desmanes causados por los dictadores. El argentino Leopoldo Brizuela vuelve sobre el tema para mostrar las secuelas sicológicas, heridas profundas y difíciles de restañar en la vida de millones de latinoamericanos.

En pleno siglo veintiuno no puede sustraerse de los horrores de la dictadura argentina instalada entre 1976 y 1983. Un zarpazo encabezado por el General Jorge Rafael Videla, el Brigadier Orlando Ramón Agosti y el Almirante Emilio Eduardo Massera, jefe de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA). Cuando pensaba que todo era pasado, el pasado que atormentaba la vida del escritor Leonardo Bazán, regresa a casa en horas de la madruga del domingo 30 de marzo de 2010, para convertirse en testigo incómodo de una requisa de la Policía Científica en su vecindario. Este hecho crispa sus nervios, atormenta de nuevo su espíritu, revive sucesos ocurridos en esa mismo lugar treinta y cuatro años antes en plena dictadura militar. Solo podrá restablecer su equilibrio emocional si vomita lo acontecido en ambas noches.

Las pesadillas de Bazán tienen su origen en la complicidad y colaboración de su padre con las fuerzas tenebrosas en la llamada guerra sucia contra la subversión. Antonio Bazán, egresado de la ESMA, se une a los sicarios en la captura nocturna, víctima también de los miedos que abruman a la sociedad argentina. Nadie está libre de sospechas, ni siquiera los antiguos miembros del estamento militar. Las razias están a la orden del día. Brizuela filtra los sedimentos nazistas encharcados en las fuerzas armadas argentinas. El pasado nunca se va, cuando menos lo espera regresa, vuelve a perturbar lo que ya creía olvidado. Bazán no logra asimilar que la víctima haya sido la familia Kuperman. ¿Cómo conseguirlo si gracias a esas personas descubrió sus dotes artísticas? La práctica de la delación se extiende sobre todo el intersticio social, traducida en una forma de sobrevivencia.

Siempre que estoy frente a un texto con las implicaciones políticas y el desquiciamiento que provocan la persecución, la soplonería, el espionaje, los teléfonos intervenidos, la doble moral, la insinceridad, las desapariciones nocturnas, las acusaciones infundadas, me pregunto en qué claves lo leerán quiénes han sido miembros de los aparatos represivos. ¿Justificarán estas atrocidades como una forma de aquietar sus conciencias? ¿Considerarán legítimo acorralar a sus víctimas? ¿Sufrirán trastornos sicológicos de los que ya nunca se repondrán? Los padecimientos que marcan el destino del escritor Leonardo Bazán solo podrá superarlos si rompe el silencio. El desasosiego y el miedo originados por la intervención artera de su padre lo persiguen. Algo tendrá que hacer para evitar las torturas que no lo dejan vivir en paz.

Cuenta con una ventaja a su favor, puede investigar los hechos y armar el rompecabezas que lo conducirá a superar la vergüenza que le acosa. En la medida que va dando forma a su novela, Leonardo Bazán marcha camino a su redención. No deja de inquietarme que personaje y novelista comiencen nombre y apellido con las mismas letras. Malicioso constato que ambos han estudiado letras e imparten talleres literarios. ¿Será que me deslizo por la pendiente equivocada? Estoy convencido y creo no equivocarme que Leopoldo Brizuela sufre los mismos espantos y horrores que aquejan a toda su generación. Asume el papel de testigo privilegiado. De no ser así no habría escrito En una misma noche. Se ciñe al itinerario de millares de familias desparecidas, muertas y torturadas, les presta su voz y reivindica sus reclamos. Una voz clara y contundente.


Con avances y retrocesos, con sus dudas y certezas, Bazán está persuadido que solo tiene una opción: contar en detalle, en párrafos escalofriantes, los golpes inmerecidos, los miedos recurrentes que le asedian, miedos persistentes agobian todavía con sus días y noches a las madres de la Plaza de Mayo. El juego dialéctico es perfecto. Bazán dice que si fuese llamado como testigo diría... Este recurso estilístico le permite formalizar por escrito su declaración. Testigo de descargo, une lo ocurrido la noche de 1976 con la noche sombría del 30 marzo de 2010. La sensación que trasmite ratifica y renueva sus temores. Es como si la historia argentina no hubiese podido salirse del pozo de la infamia. Los métodos de persecución de ayer son los mismos de ahora. Traza la línea de continuidad de manera nítida, con la obsesión del eterno perseguido.

Para salir del trance Bazán toca el piano mientras los milicos guiados por su padre sacan intempestivamente de su casa a la familia Kuperman. Entonces era apenas un niño, en el presente recurre a la escritura como catarsis. Salta la herencia sanguínea de ilustres predecesores. En las honras fúnebres de Julio César, el soldado más diestro de sus legiones, Marco Antonio, pronuncia un discurso frente a sus restos. Para sortear el momento Shakespeare expresa lo que supuestamente no quería decir para ensalzar a César. Demuestra que era superior a sus asesinos. Faulkner enfatiza que si el escritor no saca a la superficie los demonios que sitian su mente, padecerá de locura, sufrirá por no haber sido capaz de revelar y rebelarse. Brizuela sabe que si quería salvarse solo le quedaba "velar por que ese caos se organizara con una forma nueva, medianamente armónica, en un relato nuevo".

Las reacciones del pueblo argentino ante la muerte de Videla (17 de marzo de 2013) actualiza la pertinencia de la novela de Brizuela. Mientras persistan los efectos y tormentos heredados de las dictaduras militares, los escritores latinoamericanos seguirán aireando sus fantasmas una y otra vez, realidades obsecuentes que afligen y angustian sus vidas. La carta dirigida a la familia Videla por el periodista argentino Jorge Kostinguer, solo constituye un pié de página, ni siquiera el epílogo de Una misma noche:


"Ahí está el cuerpo. Sin habeas corpus, ahí tienen el cuerpo. Unos papeles y es suyo, llévense el envase de su pariente. Cuentan ustedes con un cuerpo. Que les conste que lo reciben sin quemaduras ni moretones. Podríamos haberlo golpeado al menos, que ya hubiera estado pago. Pero nosotros preferimos no hacerlo, eso que sí hizo este cuerpo que ustedes van a enterrar. No lo tiramos desde un avión, no lo animamos a cantar con descargas de picana. Que cante, por ejemplo, adónde están nuestros cuerpos, los de nuestros compañeros. No fue violado. No tuvo un hijo costado en el pecho mientras le daban máquina. No lo fusilamos para decir que murió en un enfrentamiento. No lo mezclamos con cemento. No lo enterramos en cualquier parte como NN. No le robamos a sus nietos. Acá tienen el cuerpo".