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martes, 18 de febrero de 2014

Los enloquecen


A medida que transcurren los años, las escenas desgarradoras en vez de disolverse permanecen fieles en mi memoria. Creo que cursaba primero o segundo de primaria, los alaridos se filtraban por la calle, provenían de la sección que en días recientes había servido de albergue para impartir clases en la escuela que quedaba en la calle Palo Solo, entre doña Juanita Montiel y la casa de mis padres. Los lamentos eran estremecedores, nunca supe cómo llegó a ese lugar ni quien lo había traído. La monotonía de la calle quedó rota. Como si se tratara de un acto circense desfilaban frente al local y los más curiosos se acercaban para ver si podían divisarle. Mantenían atadas sus manos y pies bajo la convicción que si lo soltaban sería una catástrofe. Todavía vivían en la cuadra los Hernández-Mena. Esquina opuesta a mi tía Rosibel, quien ya se había pasado a vivir a su casa, quedaba la casa de Lolita Benavente, una mujer dulce, agradable y querendona.

Por más esfuerzos que hago para recordar si alguna vez llegó un médico a brindarle terapia, no encuentro una respuesta asertiva. Tampoco recuerdo que llegara algún sacerdote a exorcizarle. Alguien dijo que estaba loco porque se le había metido el diablo dentro de la cabeza. A veces sus gritos se convertían en llantos lastimeros. En las noches seguía quejándose no sé si de dolor o furia. Sus familiares, gente humilde campesina, entraban y salían del lugar. Eran los únicos que permanecían dentro por largo rato, buscando cómo averiguar sobre su estado calamitoso, nos acercábamos para indagar cómo estaba y las respuestas en vez de sosegarnos nos ponían peor. Insistían que estaba loco y cuando alguien preguntaba por qué se había trastornado, sus argumentos devenían en discusiones interminables sobre la existencia o no del diablo. Daban por descontado que el diablo se le había metido y estaban persuadidos que la única forma de sanarlo era que el cura se lo sacara. Los muy sabios descartaban cualquier tratamiento médico.

Durante una semana fue la comidilla en todo Juigalpa, no se hablaba de otra cosa que del loco maniatado en la escuela pública de Palo Solo. Su locura para nosotros era una desgracia asociada con el demonio. ¿Algo malo hizo? ¿Qué pudo haber sido? El diablo escoge a la persona sujeta a sus designios, murmuraban algunas santulonas. No es cuestión de médicos, en estos casos su intervención no sirve de nada, opinaba la mayoría. En muchos hogares de Juigalpa mantenían abundantes raciones de agua y palma bendita en la puerta de entrada, donde daban por descontado se colaría el demonio. ¿Por qué no pensar que podía descolgarse por el techo? El diablo tiene suficientes poderes, son unos tontos los que piensan que solo puede hacerlo por los lugares más fáciles. Discusiones cargadas por visiones calenturientas que incluso se atrevían a dibujar cómo era el demonio. Sus perfiles los percibíamos nítidos. Tiene cachos, orejas agudas, porta un tridente y una larga cola.

Era la mismísima figura que aparecía en los cuentos que nos compraban nuestros padres para que leyéramos en casa. Lo extraño era qué cuando preguntábamos si alguien había visto al diablo, nunca obteníamos respuesta. Entre los juigalpinos la presencia de maleficios era cuestión de todos los días. La cegua salía por la hondonada del pozo Calicanto y luego subía a casa de doña Anita Zambrana, prueba de su existencia era que había embobado a su hijita. Yo miraba con temor y un poco de compasión a esta familia que había tenido el valor de no mudarse de sitio, más bien recurría a Monseñor Francisco Romero, pidiéndole consejos y suficiente agua bendita para conjurar sus arrebatos. El otro lugar poseído por seres malignos era el Altillo,  exactamente detrás de Casa Cural y la familia Suazo. Los Duendes importunaban el vecindario. La aparición del loco solo vino a ratificar la certeza de que el diablo existía y escarmentaba en las personas que no se comportaban derecho ni aceptaban la existencia de Dios.

Mis miedos crecían escuchando a Pancho Madrigal en Radio Mundial y peor aun cuando cruzábamos la calle para comprar donde Lolita las figuritas del álbum donde aparecían la Cegua, la Carreta Nagua, el Cadejo, figuras siniestras que poblaban nuestro imaginario. Todavía la televisión no había explosionado. Nuestra visión se nutría de las imágenes que aparecían en los cuentos de Fabio Gadea. Cercada por montes, en las noches se escuchaban en Juigalpa los graznidos de los búhos, provocándonos recelos. Con la llegada subrepticia del loco no quedaban dudas, el mal existe y está pendiente de nuestros pasos. Teníamos que portarnos bien. Estaba al acecho de los desobedientes y malcriados. Sobre todo de quienes no hacían caso a sus padres. El cura desde el púlpito hablaba del infierno y la necesidad de aceptar a Dios. Ir a misa se convirtió en un ritual obligatorio para muchas familias. ¿Más por temor qué convicción? Era la forma perfecta de estar en comunión con el Señor.

Decenas de campesinos bajaban al pueblo a bautizar a sus hijos y entregar sus diezmos. La cofradía de San Sebastián en Acoyapa, encabezada por el cura, era dueña de más de cien novillos. Decenas de niñas, niños y adolescentes, asistían los sábados por la tarde a la Iglesia Parroquial de Juigalpa a prepararse para dar la Santa Comunión. La alteración de la vida rutinaria en la ciudad solo corroboraba la necesidad de atender los llamados que hacía el cura de lo contrario nuestro destino sería el infierno. Ejemplo elocuente de verdaderas convicciones religiosas, provenían de mi tía Leopoldina y la niña Elaísita. Las dos educadoras en los recesos de sus clases rezaban y al medio día se entregaban por completo a la oración. Dos personas entrañables, dignas del mayor respeto, eran consecuentes con las premisas que alimentaban sus creencias. Cada vez que era castigado en primero de secundaria, la niña Elaísita me proponía rezar o hacer cincuenta sentadillas. Siempre opté por las sentadillas. Mientras ella oraba llevaba las cuentas a mi manera y pronto me dejaba ir. ¡Estoy seguro que nunca la engañé!


Un día el loco no amaneció, el vecindario acostumbrado a sus gritos sintió que algo anómalo había ocurrido. Aclararon que lo habían llevado a Managua al Kilómetro 5 para darle tratamiento. Jamás nos enteramos de la causa de su malestar. Algunos años después una mañana antes de venirnos a Juigalpa, Gustavo Tablada Zelaya, médico psiquiatra, nos pidió a Jorge Eliécer y a mí que lo acompañáramos un momento al Hospital Siquiátrico, tenía que ver a unos pacientes. Al entrar en contacto con ese mundo alucinante el dolor de cabeza se me pegó de inmediato. Poblado por mujeres y hombres, con miradas perdidas, viendo hacia la nada, otras deambulando por el patio y una pareja metida en camisas de fuerza, terminaron estrujando mi conciencia. Lo más amargo esa mañana fue ver a una familia que llegó a dejar a su abuelita al hospital, cuerda como estaba, declarándola loca para quedarse con su herencia. La respuesta que me dio la enfermera fue atroz. Esto sucede más a menudo de lo que usted piensa. Entonces tomé conciencia al joven que llevaron a Juigalpa, en vez de curarle lo que hicieron fue enloquecerle. ¡Sin ninguna duda que así fue! 

lunes, 13 de enero de 2014

Jesús, el buey y la mula


A la niña Elvirita,
quien está en el cielo.

La aparición del tercer libro del Papa Benedicto XVI La Infancia de Jesús (Librería Editorial Vaticana- Editorial Rizzoli- Editorial Planeta -2012) no acababa de ser presentado cuando desató una ola de asombro en el universo cristiano. Se dijo que el Sumo Pontífice había expulsado para siempre del pesebre en que nació Jesús al buey y la mula. Con velocidad geométrica la noticia dio vuelta al mundo. Algunos especialistas dijeron que era mentira. Una enorme falsedad. En lo que coincidían era que el Papa señalaba que en el Evangelio “no se habla de animales”. Todo se debía a la iconografía cristiana. Dado que el pesebre es el lugar donde comen los animales, habían tenido el acierto de “colmar esa laguna”. Él no les sacaba de ahí más bien apuntó que nunca estuvieron en ese lugar.

Se quiera o no Benedicto XVI hacía una afirmación que entraba en contradicción con la tradición católica. En el texto aludido solo en una página hace mención de la mula y el buey. No era la primera vez que me veía estremecido por una afirmación vertida por el más alto representante de la grey católica. En 1969 en la reforma encabezada por el Papa Pablo VI varios santos fueron purgados bajo el argumento que nunca habían existido. ¿Por qué tardaron tanto tiempo para darse cuenta que no eran santas y santos? La sacudida alcanzó a treinta y tres divinidades. ¿Un número emblemático? ¿Una expresión simbólica? Desconozco si fue pura casualidad que el número de santos expulsados coincidiera con la edad que Jesús fue hostigado, lapidado y asesinado de manera inmisericorde en la cruz.

Imposible dejar de sorprenderme por la decisión adoptada. La mayoría de los santos depuestos eran venerados y reverenciados por la feligresía católica. Muchos creyentes objetaron que se trataba de una expulsión de santos muy populares. Sin duda alguna la alta jerarquía estaba convencida que generaría reacciones encontradas. Entre los decapitados figuraban San Valentín, San Cristóbal, San Jorge, Santa Verónica, Santa Úrsula y Santa Bárbara. Santas y santos a los que se habían encomendado toda su vida millones de feligreses eran desconocidos y eliminados del santoral católico. San Valentín sigue siendo acompañante fiel de los enamorados. Todos los 14 de febrero es festejado. ¿Cómo conciliar fe con la verdad de lo acontecido? ¿De qué manera persuadirlos de la justeza de esta decisión?

¿A qué tipo de argumentos recurrir para convencerles que lo hacían bajo la convicción que trataban de ajustarse a los hechos? ¿Acaso la iglesia no había incurrido en  despropósitos más graves por los cuáles le seguían cobrando un enorme precio? Su acción debería interpretarse como una manifestación responsable. El mismísimo Vaticano asumía los sinsabores y dolores de cabeza que provocaba esta medida. Debió ser pensada y requeté pensada. Los primeros en sentirse molestos, casi defraudados fueron los choferes. En los viejos y destartalados Hillman los choferes de Managua traían colgado sobre el espejo retrovisor la imagen protectora de San Cristóbal. Todos los días buseros y camioneros de todo el orbe antes de viajar encomendaban sus vidas y besaban la imagen venerada de su benefactor. ¿Seguirán haciéndolo?

Con lo ocurrido con Giordano Bruno, quemado en la hoguera y Galileo Galilei enfrentado con la curia romana por sus descubrimientos científicos, la iglesia no quería enfrentar situaciones parecidas. Por no haber aceptado que la tierra era la que se movía y que el sol era el centro del universo la sigue pagando caro. Continúa haciendo esfuerzos por lograr la reconciliación entre ciencia y fe. Benedicto XVI tuvo cautela y sensibilidad para no entrar en contradicción con prácticas milenarias. El buey y la mula forman parte del ritual católico. Crecí en una provincia ganadera donde continúa rindiéndose culto al Niño Dios. Todavía se resisten aceptar a Santa Claus. Las embestidas de los comerciantes no han sido suficientes para dar de baja a las festividades que se realizan todos los 24 de diciembre. ¿Cuánto tiempo durará esta oposición?

Mi niñez transcurrió entre cánticos, rezos y pastorelas, con olor a madroño, madrugadas en la vieja parroquia llenas de alabanzas y cantos, vivía a escasos metros de donde se hacían estas celebraciones. En las casas las disputas eran por ver quién realizaba el mejor arreglo para rendir tributo al Niño Jesús. Alcanzaban toda Juigalpa. Las salas transformadas en inmensos paisajes celebratorios. Los pesebres construidos de madera con techos de zacate. A los lados el buey y la mula pastando en espera de su arribo a la tierra. La estrella de Belén y los Reyes Magos en prudente distancia. Pequeñas luces y guirnaldas de diversos colores daban esplendor festejando su llegada. Las romerías por la ciudad estaban encaminadas apreciar y juzgar el mejor nacimiento. La alegría y alborozo cundía en los hogares.

Las cartas al Niño Dios tenían que ser escritas de nuestro puño y letra. No había necesidad de entregarlas al cartero, bastaba con ponerlas bajo nuestra almohada. Durante todo el año nuestros padres nos recordaban que según nos comportáramos íbamos a ser compensados. En voz alta dejábamos saber qué nos gustaría recibir. Mi primera bicicleta me la trajo el Niño Dios. Mi madre nos mandó a dormir temprano. Si estábamos despiertos no iba a poder dejarnos sus regalos. Me dormí con la ilusión de encontrarla al pie de mi cama. Tenía miedo que no pudiera leer mis cacaraño. Aunque no debía preocuparme. Él podía descifrar las letras más enrevesadas. ¡Cuánta dicha y alegría! Me trajo todo lo que le pedí. Igual a Jorge Eliécer. ¡Me sentí dichoso! Esa misma mañanita le quité las dos pequeñas ruedas. ¡Me creía un gigante!

El nacimiento de Doña Anita Jerez Tablada, causaba admiración, cada año lo agrandaba como manifestación de agradecimiento y tributo al Rey de Reyes. Una baranda de madera apenas nos separaba de aquel universo encantado. Centenares de personas se agolpaban para apreciar sus decorados. Sonia Villanueva y Nelly Abaunza se esmeraban en los arreglos como expresión de fe y alegría. La Niña María Almanza y la Rosa dolores Báez en la Cruz Verde, Luis Larios y Celita Castrillo en Palo Solo,  halagadas de saber que sus nacimientos eran elogiados. El reconocimiento bastaba para llevar paz y alegría a sus corazones. Cada diciembre podíamos apreciar nuevos adornos, mejor iluminación, mayor colorido; amplitud y decoración eran su mayor preocupación. Sentían que era la mejor forma de dar gracias y recibir al Niño Jesús.

No sé cómo habrán reaccionado en el resto del país ante lo afirmado por Benedicto XVI. En Juigalpa nadie se dio por enterado. Sigo preguntándome, ¿lo supieron y se hicieron los desentendidos? La decisión no surtió ningún efecto. En todas las casas las celebraciones navideñas siguieron igual que antes. Junto al pesebre como acostumbraban estaban el buey y la mula. ¿Se habría sentido mal la niña Elvirita? Todavía la diviso alegre como nadie frente a su pesebre miniatura, forrado de vidrio por los cuatro costados, con dos primorosas figuras, el buey y la mula, calentando con su vaho al Niño Jesús, según me decía para evitar que se resfriara. Los fríos de diciembre podían enfermarle. Por eso estaban ahí a su lado acompañándole esos dos animalitos. También ellos estaban alegres, muy contentos por su arribo a la tierra.     








jueves, 20 de junio de 2013

Una chontaleña excepcional


A Nelly feminista

¿Cuáles serán las celebraciones que harán las mujeres nicaragüenses para conmemorar los noventaicinco años de fundación de la Revista Femenina Ilustrada? En distintos momentos sus pares han destacado que Josefa Toledo de Aguerri (1866-1962), creadora e impulsora de esta feliz iniciativa, fue pionera en la propagación de ideas feministas en el páramo por el que transcurría la vida del país en la segunda década del Siglo XX. De manera unánime han reconocido su condición de forjadora de la pedagogía moderna en Nicaragua y de haberse distinguido como la primera mujer Directora General de Instrucción Pública (1924), cargo en el que estuvo apenas unos meses por haber sido consecuente con su manera de entender la vida: "muy independiente y cuestionadora". Sin estos atributos hubiese sido imposible que emprendiera, terca y beligerante, los diversos proyectos que la convirtieron en una mujer pionera. Su sensibilidad y amplitud por poner en perspectiva los derechos que asisten a las mujeres, dejaron huellas imborrables en el movimiento feminista nicaragüense. Siempre vio hacia adelante sin importar los tropiezos.

Doña Chepita creó la Revista Femenina Ilustrada (1918-1921), estando en el poder su coterráneo, el Conservador Emiliano Chamorro Vargas, a la postre fundador en Chinandega de la primera Escuela de Agricultura en Nicaragua. Emiliano siempre la hostigó. Al hacer un balance somero de los logros alcanzados por la revista durante sus dos primeros años de existencia (No 25, octubre-1920), el rivense M. A. Ortega destaca que ya se podían "vislumbrar las primeras fulguraciones del pensamiento femenil, romper las viejas creencias animando a la mujer por la vía de su propia cultura, y verla avanzar entusiasta a la conquista del puesto que por derecho le corresponde en el concierto de la sociedad humana". La revista empieza a fructificar, su pensamiento germina. Estaba convencida que hacía falta una tribuna para desandar el camino, imponiéndose la tarea de forjar la arquitectura, elaborar los planos y convertirse en artífice de la Revista femenina ilustrada. El parto de la chontaleña fue una especie de fait-lux, un hágase la luz y la luz empezó a iluminar el camino por donde debían transitar las mujeres nicaragüenses.

La revista vino a ser el primer esfuerzo audaz realizado por una mujer, creando un medio de comunicación que asumiera la defensa del feminismo en Nicaragua. Los temas centrales convocan a su emancipación económica y a la reivindicación del verdadero lugar que les corresponde ocupar en la sociedad nicaragüense. A través de varios números plantea como eje discursivo la independencia económica de la mujer y la importancia del estudio como condición imprescindible para alcanzar sus propias metas. Insistirá en remarcar sus derechos y la necesidad apremiante de participar de manera beligerante "en los trabajos, atribuciones, puestos públicos y privados a que es llamado el hombre". Su reclamo permanente, su visión diáfana y su práctica constante, hicieron de la Revista femenina ilustrada el canal natural para concientizar a las mujeres. Doña Chepita misma se convirtió en un modelo a seguir. Solo basta indagar su vida para comprobar que se ciñó a su propio itinerario. Siempre tuvo propósitos claros.

¿Cómo resonarían en octubre de 1920, en el seno de la sociedad patriarcal nicaragüense, las observaciones punzantes de la hondureña Lucila Gamero de Medina, miembro del Comité
Auxiliar de Mujeres de Estados Unidos, que aparecen en su No 25? Interpela e invita a la reflexión a las mujeres. "En su estado célibe, ¿quién le asegura que va a casarse convenientemente o que siempre tendrá quien satisfaga sus necesidades pecuniarias? Y si se casa, ¿está cierta que su marido podrá atender, toda la vida, sus obligaciones domésticas? ¿Y las enfermedades? ¿Y los malos negocios? ¿Y los vicios? ¿Y la muerte? Cuando esto ocurre, la infeliz mujer -sujeto pasivo- se ve en la situación más angustiosa, y su familia reducida a la miseria, presentando cuadros tristísimos, que torturan el alma al verlos". Una realidad persistente invita a trazar su propio proyecto de vida y a estudiar para labrarse su propia autonomía, ante el cuadro adverso que tienen que enfrentar, en una sociedad que no logra deshacerse del lastre androcéntrico, excluyente y discriminatorio.  A delinear con esmero el curso de sus vidas.

Estaba convencida que el estudio debía formar parte del credo integral de las mujeres. Doña Chepita encontró en sus alumnas sus mejores aliadas y en cada una de sus conquistas demostró que esta era la ruta indicada. El magisterio y la Revista femenina ilustrada son dos caras de un mismo empeño, un solo esfuerzo en dos trincheras aparentemente distintas. Como afirman las mujeres de Puntos de encuentro, al distinguirla como la primera feminista nicaragüense, "el colegio dirigido por ella era el único donde las mujeres podían obtener su bachillerato, para luego ingresar a la universidad, Elba Ochomogo, primera nicaragüense que concluyó sus estudios universitarios, graduándose como farmaceuta, fue alumna de doña Chepita". Tuvo la dicha también de preparar  "a Concepción Palacios Herrera, la primera nica que llegó a ser Doctora en Medicina". Dos ejemplos para no confundir el camino. El estudio siempre ha sido factor de crecimiento intelectual y toma de conciencia. El estudio siempre el estudio.

La revista nacida de su inspiración fue ventana abierta, espacio amplio y convincente, bajo cuyos pliegues se respiraban aires renovadores. Alta cumbrera para que las mujeres nicaragüenses divisaran las banderas desplegadas por el mundo por quienes se esmeraban en conseguir la plena igualdad entre los seres humanos. Multiplicó su mirada y vertió lo que pensaban y hacían las mujeres chilenas, rusas, japonesas, cubanas, estadounidenses, españolas. Tenía la intención que sus demandas y reclamos fueran un eco multiplicado y comprendieran que ninguna estaba sola en esta empresa liberadora. En las bitácoras de sus viajes anotaba todo lo que veía y podía ser útil para el país. Son un espejo resplandeciente. Era un ver para vernos. Lo acontecido a lo largo del planeta no podía serle ajeno. Las mujeres compartían un mismo destino y había que hermanar sus luchas. Doña Chepita, miraba y registraba todo lo sucedido, con el ánimo que conocieran y replicaran sus metas.      

Para convencerlas de la necesidad de conquistar el voto y evitar encontronazos políticos, publicó el Programa del Partido Nacional Sufragista (Revista femenina ilustrada, No. 32. Mayo 1921 p. 17), con el antetítulo Mujer Moderna Cubana. Era su manera de filtrar los acontecimientos más importantes realizados por las mujeres a lo largo del planeta y eludir los manotazos de los políticos. Lo hacía no sólo con el ánimo que se enteraran de lo ocurrido, pretendía que instalaran en su imaginario las bondades que se derivarían para todas si conseguían alcanzar el voto femenino. Cuánto orgullo sentiría al saber que la maestra normalista, Juana Molina, graduada en sus aulas, había logrado por unanimidad, ser proclamada representante de la colonia latina en el Cosmopolitan Club de la afamada Universidad de Columbia. El antetítulo al trabajo que le remitió desde Nueva York, resulta elocuente: Frutos de nuestro huerto. ¡No era para menos mostrar los primeros resultados de la cosecha!

Los temas educativos tuvieron igualmente prioridad en la Revista femenina ilustrada. Admiradora de su coterráneo Pablo Hurtado, otra luminaria chontaleña, publicó en dos entregas las críticas enviadas por este al presidente Diego Manuel Chamorro, refutando el informe presentado por el especialista estadounidense George F. Shoens. Uno de los argumentos esgrimidos por Hurtado, objetando al experto, conserva su actualidad para el  magisterio nacional. Estaba convencido que no es el número de asignaturas lo que volvía difícil la ejecución del plan de estudios vigente en 1915, como afirmaba el estadounidense. Más bien lo atribuye a "que el personal docente no ha tenido una preparación adecuada". Para demostrar el equívoco de Shoens, ratifica que "la escuela no cambiado de fin, lo que ha cambiado son los métodos que se siguen para alcanzar el fin que se propone la escuela". Doña Chepita mostraba su beneplácito con las tesis sustentadas por Hurtado.


La revista tenía un perfil claro y una definición precisa de sus objetivos. A noventaicinco años de haber irrumpido en una sociedad donde la mujer carecía de voz y rostro, el más grande merecimiento de la directora-fundadora de la Revista femenina ilustrada, fue haber comprendido la dimensión del desafío que tenían por delante las mujeres. Con mano firme trazó la geografía y acogió la historia como elementos vertebrales de su discurso feminista. No deja de sorprender que la migración sea un mal crónico de la sociedad nicaragüense. Cuando se embarcaba en Corinto, doña Chepita se impresionó, tanto que caracterizó muy bien el fenómeno de la importación y exportación de bienes y personas. Al país ingresaban en ese momento pacas de cabuya beneficiada en El Salvador, mientras jóvenes nicaragüenses salían al exterior en busca de trabajo. El eterno drama. Dolida exclama: "Es severa tarea sustraerse ... del medio en que se nace , ciertamente, pues el gobierno está en el deber de dar a la generación presente, una potente fuerza activa que constituya su poder en las luchas diarias de la vida". El hecho lo dejó registrado el 15 de septiembre de 1920. ¡En las mismas estamos!

*Fotografías tomadas de Internet

domingo, 10 de febrero de 2013

Rito, El Toro




Esa tarde salí en su búsqueda, su fama aplaudida por todos, tanto que sus hazañas eran objeto de conversaciones y conjeturas. Mis compañeros más avispados referían en los recreos con lujo de detalles la forma vertiginosa que subía los árboles, siempre pegaba en el blanco, parecía que tenía instalada una mira telescópica, se zambullía en el Mayales durante tres minutos, eso era lo de menos aducían gozosos, lo impactante es que emerge a la superficie con una ristra de cangrejos ensartados en un mecate. La manera con que describían su temeridad me hacía pensar que se trataba de un héroe. Vieras como corre por el monte, salta sobre los breñales y jamás pierde el rastro de las iguanas. Bayardo, su sobrino corrigió el dato, lo que pasa es que Tarzán marca el rumbo y él jamás lo pierde. El culto que la muchachada del barrio Virgen María rendía a cada uno de sus logros le bañaba de una aureola que acrecentaba su popularidad.

Para esos días los pasquines fagocitaban mi interés, por solo un córdoba podía alquilar diez ejemplares de mis héroes más connotados, Tarzán, el hombre mono; Supermán, Batman y Robín, Roy Rogers, El llanero solitario, Hopalong Cassidy y Chanoc. Mi predilecto seguía siendo El fantasma. Todos los días al regresar de clases por la mañana leía por entregas la tira que aparecía en Novedades. Se desplazaba por la selva enmascarado, metido en un traje hermético, ¡cómo hacía para orinar! Dueño de un brioso caballo blanco, protegía las tribus africanas de la avaricia de los malhechores, aliado de los pigmeos y sus dardos venenosos. Uno de mis deseos era tener un perro como el suyo. Diablo le ayudaba en todos sus trances. El venezolano Ludovico Silva haría escarnio después mostrando que la mayoría de los superhéroes eran eunucos. A la par de los penecas fui poco a poco ampliando mi radio de lectura, empezaron a gustarme las novelas de vaqueros, un año después salte a las radionovelas de la Mundial.

Lo encontré sentado sobre una piedra en el costado norte de la pared de la casa de talquezal de doña Eduarda, su madre. Estaba abstraído viendo una perrera que se disputaban los muchachos recién salidos de clase. Su figura no me dijo nada. Pelo ensortijado, negro, descalzo y con la camisa abierta, más bien daba un aire anodino, todo contrastaba con la descripción que me habían hecho mis compañeros de juegos de beisbol, en los predios montosos frente al comedor de doña Manuela Carazo. Sus más fervientes seguidores eran sus sobrinos, Bayardo, Donald y Luis, todos hijos de Dora, su hermana. No escatimaban adjetivos para reseñar sus andanzas. Se llevó un papel a la boca y lo mordisqueó. Luego lanzó un escupitajo. Un sol apaciguado caía sobre el techo de la casa de doña Clara Díaz. No comprendía porque no le había conocido antes, vivía a escasos metros de este lugar.

Todos los medios días a Jorge Eliécer o a mí nos tocaba ir a comprar las tortillas  donde doña Clara. Chancha Ruca jamás me había hablado de Rito, eso demeritaba un tanto  su apostura y gallardía. De pronto silbó y se le acercó un perro mediano, flaco, gris desleído sobre el lomo y blanquizco en la parte del pecho. El perro se acercó le acarició la cabeza y se echó a su lado. Los quedé viendo un rato y me acerqué cauteloso. Hola le dije, me quedó mirando, alzó y bajó el brazo en señal de saludo. No sabía cómo iniciar la plática. El único motivo por el que salí a su encuentro era para que me invitara a ir de cacería con él. El perro cómo se llama, pregunté, Tarzán me respondió de inmediato. Cuándo vas a ir a garrobear. En este mes lo hago diario, se animó a decirme.

Me gustaría acompañarte; para que me espantes los garrobos, no niño misión imposible, me vas atrasar y voy a volver con las manos vacías. Eso crees vos, tiro mejor de lo que crees. ¡Ah estos niños! Se levantó y desesperezó. Al acercármele comprobé que tenía una complexión fuerte. Me pidió que le mostrara mi honda. Lanzó una carcajada al comprobar que era de hules rojos. Con esos hules ni lagartijas matas. Se metió la mano en la bolsa trasera izquierda de su pantalón. Me entregó la suya y me pidió que hiciera algunos tiros. Me costaba estirarla. Ya ves, no podes ir conmigo, sos demasiado tierno. Si le pegas en la punta, señaló con el dedo un poste de madera ubicado en la esquina del patio de los Nicaragua, puede ser que te invite. Me animé a tirar y di justo donde él pretendía. Esas chiripas cualquiera las hace, si quebrás ese aislante te llevo.

Miré el hilo telefónico y comprobé que estaba construido de vidrio granítico. La piedra no le hizo mella. Me pidió su honda y disparó haciendo añicos el aislante. Nada perdés en llevarme, te prometo que haré lo que digas. La mañana siguiente bajamos rumbo a Paiguas, cruzamos el río y caminamos hacia la quebrada de Carca. El perro flaco, esmirriado no se separaba de su lado. Voy a treparme a ese Guanacaste y no hagas bulla, no quiero que espantes las iguanas. Miré hacia arriba y no divisé nada, pensé que fantaseaba. El árbol medía en su base más de dos metros. Cómo va hacer, me pregunté. Tomó impulso y se sostuvo con las manos y los pies, luego empezó a  escalar. Un prodigio la velocidad con que lo hacía. Como mono se encaramó sobre una de las ramas más gruesas y empinadas. El perro permanecía echado observando. Las ramas más altas eran sacudidas por el viento que bajaba de Amerrisque.

Se sentó en su vértice, sacó la tiradora y disparó con soltura, escuché el ruido de las hojas y de pronto un animal venía en picada, no había terminado de caer cuando Tarzán tenía atrapado el garrobo lapo entre sus dientes. Si me lo hubieran contado no lo hubiese creído, hubiera pensado que se trataba de una de esas fábulas que tejen los pueblos para ennoblecer a ciertas personas. En un suspiro lo tenía a mi lado. Le quitó al perro el garrobo, le amarró las patas y pidió lo cuidara. Volvió a encaramarse al árbol para repetir la hazaña. Entonces supe que no eran cuentos los que escuchaba en los mentideros de Juigalpa. Con el tiempo pude verle buceando entre los pedregales de Paiguas. En  Agosto de mi fiesta primera, lo vi bailar el Toro Huaco como un virtuoso y por la tarde del día siguiente montar un toro. Esas eran sus grandes credenciales. Rito, El Toro, con justicia ha sido consagrado por todos los que le conocimos. 

lunes, 26 de noviembre de 2012

Los jueves era el día



La mecanización produjo transformaciones sustantivas en las rutinas de la ciudad de Juigalpa. Los jueves dejaron de ser los días más dinámicos en la comercialización del queso, huevos y mantequilla, en una economía basada en la explotación pecuaria. Decenas de ganaderos bajaban ese día a la ciudad a vender sus productos y a comprar todo lo que necesitaban para sus fincas. Desde muy temprano el paisaje adquiría otra dimensión. Los campesinos venían a rematar sus productos desplazándose sobre sus cabalgaduras. Algunos transportaban el queso y la mantequilla en zurrones de cuero crudo encajados en bueyes mansos, jalados por sus dueños para realizar sus ventas, principalmente donde don Toño Guerra, Mercedes Marín y Carlos Guerra Colindres. El negocio de los compradores era doble, finqueros y campesinos, ahí mismo adquirían zapatos, focos, baterías, cigarrillos, fósforos, telas, vasos, hilos, agujas, azúcar, café, arroz, aspirinas, mejorales, etc.

Los cambios empezaron en el último tercio del siglo pasado. La oferta comenzó a disminuir sensiblemente. Compradores llegados de Masaya invadieron los nichos tradicionales. En sus camiones y camionetas se adentraban en la montaña para comprar el queso y la mantequilla. Salían al encuentro de estos productos, no tenían que esperar los jueves para realizar sus transacciones. El sociólogo guatemalteco, Mario Monteforte Toledo, explica que la migración provocada por los cultivos estacionales, algodón, café y caña de azúcar, se convierte en factor de progreso. Los campesinos que se desplazan hacia la recolección y cortes de estos productos entran en contacto con una economía de mercado, con sus altas y bajas, tienen acceso al agua potable, letrinas y medicinas. Al regresar a sus lugares de origen importan nuevos hábitos, otras costumbres.

Los camiones y camionetas agilizaron la comercialización, convirtiéndose a la vez en factor de desarrollo y crecimiento. En poco tiempo algunos finqueros adquirieron sus propios vehículos. La pavimentación de la carretera al Rama iba adelante. La pléyade de compradores se adentraba hasta Villa Somoza y Santo Tomás, otros lo hacían hasta Muelle de los Bueyes. Los jueves dejaron de ser los días de mayor dinamismo local. Su incidencia en el comercio comenzó a sentirse. El liderazgo ejercido por don Toño, don Mercedes y Chale Guerra, entró en picada. Los efectos sobre el resto de actividades económicas fueron contundentes. Era tanta la importancia de los jueves -se comercializaban los productos lácteos- que ese día estaba reservada la presentación de una de las dos mejores películas que exhibía durante la semana el Cine Juigalpa, la otra quedaba para el domingo.  

Campesinos a caballo en Soná, Panamá
La presencia de montados empezó a declinar y los campesinos ataviados con sus camisas rojo encendido, verde intenso, amarillo puro, sin duda precursores de colores llamativos impuestos después por los grandes firmas internacionales, dejaron de bajar al pueblo con la rigurosidad que lo hacían semana a semana. ¿Cuánto deben las firmas Givenchy, Lacoste, Polo, Perry Ellis, Oscar de la Renta, Gabana, a ese gusto y predilección desmesurada que sentían por los colores chillantes? Nosotros, los citadinos, en una ciudad que no ha dejado de ser semi-rural, reíamos a carcajadas cuando los veíamos entrar a Juigalpa con esas ropas que incendiaban el día. Eran presa de burlas. Por extensión quienes se vestían de manera parecida, eran llamados despectivamente “jinchitos”. ¡Cuánta sorna solo para que luego vinieran grandes modistas y modistos a reivindicar sus preferencias! 

Juigalpa había entrado desde entonces a una nueva dinámica. Los tres hoteles de la ciudad vivían de las visitas frecuentes que hacían los vendedores de telas y pastillas milagrosas. Nadie cuestionaba que los llamaran Turcos, ni siquiera ellos mismos. Los visitadores médicos y los vendedores de pastillas milagrosas se hospedaban donde Mama Güicha, en el Hotel Imperial, los turcos preferían el Hotel Virginia de doña Virginia Lazo o el Hotel Gloria de doña Sofía Whiltford. En el sector este del Imperial tenía su cueva Esteban, conductor de la camioneta de la Mejoral. Esperábamos ansiosos su llegada. Sobre las paredes del Imperial o en casa de doña Ninfa Moncada presentaban películas de Tarzán, el hombre mono. Su grito espectacular una mezcla de gorilas, hienas, camellos, violines, sopranos y tenores, obra de Douglas Shearer, testimonia Eduardo Galeano en Los hijos de los días, (2012). Era día de fiesta en la provincia ganadera. Centenares de niños y jóvenes veíamos embobados la película. Con la Mejoral ocurrió algo similar, sin darnos cuenta su presencia desapareció para siempre.

La comidería más famosa en Palo Solo era de doña Manuela Carazo; los jueves decenas de caballos se apostaban en su acera, mientras sus dueños bebían sopa o degustaban sus guisos. Pared de por medio quedaba el estanco de Dora Flores. El comedor de doña Manuela de una sola mesa y dos grandes bancas obligaba a los campesinos sentarse uno al lado del otro, poner los sombreros bajo sus pies y después cada quien pedía lo suyo. Unos pasaban antes por donde la Dora, tomándose su aperitivo, un doble de guarón. Las gallinas guineas de doña Minar Cruz, alborotaban el ambiente. Subidos en el palo de jícaro las veíamos caminar airosas regreso a casa luego de depositar sus huevos. El panorama cambió con el nombramiento de Chale Guerra como Alcalde, donó parte de los terrenos al Clan Intelectual de Chontales para la construcción del Museo Arqueológico y la instalación del Zoológico Thomas Belt.

Juigalpa siguió poblándose de jeep, carros y camionetas. Los pequeños hostales resistieron hasta donde pudieron los embates de la modernización. Mama Guicha fue quien mejor capeo el vendaval. Nadie heredó las artes de doña Manuela, mi vecina entrañable, cuyas manifestaciones de afecto sigo extrañando. Un día antes de mi cumpleaños, siendo apenas niño, que es cuando vale ser objeto de distinciones, se asomó por el muro trasero de nuestra casa. Me preguntó, ¿qué te gusta más, el pato o la gallina? Sin saber de qué se trataba respondí, el pato. El 24 de febrero tenía servido en mi mesa, un pato sazonado con su majestuosa su cuchara. Todavía sigo creyendo que esas artes las obtuvo de algún chef chino llegado a Juigalpa sin que nadie lo supiera. Solo ellos saben cocinar el pato como lo sabía hacer doña Manuela, en aquellos años que los jueves marcaban los rumbos de Juigalpa. 

lunes, 8 de octubre de 2012

Juigalpa y sus divisaderos


Divisando Juigalpa desde Tamanes. 
Domingo, 7 de Octubre 2012, Fotografía Nelly Ramírez 

Los seres humanos siempre han tenido especial predilección por las alturas. En el lenguaje político las alturas tienen una connotación particular. Estar en lo alto es estar en la cúspide del poder. Entre más alto más cerca estás del cielo, opinan los creyentes. Nadie quiere estar en la llanura. Las alturas otorgan una situación ventajosa para quienes las detentan. Una herencia de las fortificaciones militares medievales; y una expresión del panóptico de Bentham, colocarse en lo alto para espiar los movimientos de las personas evitando ser vistos. Las tecnologías han facilitado la tarea, según documenta Armand Mattelart en Un mundo vigilado (2007). Los ojos electrónicos pululan por todas partes. Somos sus rehenes muchas veces sin percatarnos. Cada día se adelgaza más la privacidad.

Casa Presidencial estaba ubicada en las alturas de la Loma de Tiscapa, Managua quedaba a sus pies. En Masaya, la fortaleza militar de El Coyotepe, permitía apreciar todos los rumbos cardinales y el privilegio de detectar cualquier desplazamiento de tropas. El Castillo de la Inmaculada Concepción, emplazado en las alturas, fue construido para divisar la llegada de embarcaciones intrusas sobre el Río San Juan. El Fortín, bastión militar de la Guardia Nacional ubicado en la loma de Acosasco, ofrece una vista panorámica de la ciudad de León. Vance Packard en Los buscadores de prestigio (1964), revela la obsesión humana por ubicarse en la parte más alta de la cumbrera social. En Juigalpa se contaban con los dedos de una mano las edificaciones de dos pisos. Solo el comando departamental y el cuartel de la Guardia Nacional, ambos  de dos plantas, fueron pensados respondiendo a una lógica estrictamente militar.

 Construida sobre una pendiente, Juigalpa se escurría hacia el norte. La carretera al Rama fijaba de manera imprecisa los límites hacia el oeste, al este las calles terminaban en un despeñadero. La construcción del mirador en Loma de Tamanes, como resultado del crecimiento, ornato y embellecimiento de la ciudad, estimula otros presagios entre las nuevas generaciones. Tamanes estaba situada fuera de la ciudad, su visita constituía un apetitoso manjar. Las últimas casas quedaban en la periferia del Parque Cantón. Las hermanas Gil eran dueñas y señoras en ese territorio, igual que don Leocadio Téllez. Para visitar la loma nos metíamos por los potreros de Luis Castrillo o de los Montiel. Juigalpa se veía de punta a punta, también Amerrisque, las llanerías chontaleñas y las serranías de las Mesas.

El nombre de Pablo Hurtado (1853-1936), como se llamó al centro educativo más importante de Chontales, fue  un merecido homenaje al insigne educador chontaleño, quién en 1924 ocupó la cartera de Ministro de Instrucción Pública, por decisión del  Presidente Bartolomé Martínez. A partir de 1959 Juigalpa contaba con un edificio de tres pisos, poniendo fin a la diáspora de centros educativos ubicados en el centro de la ciudad. Nuestro goce consistía en subirnos al techo. Jamás medimos el peligro. Desde esa altura la ciudad aparecía espléndida. Veíamos las palmeras de cocos y la torre de la iglesia. Ubicado en el Parque Cantón, su más grande atractivo eran las decenas de palos de mangos. En 1963 se construyó en el mismo sitio el Instituto Nacional de Chontales Josefa Toledo de Aguerri (1866-1962), como tributo a la educadora chontaleña, nombrada Mujer de las Américas (1950), distinción antes solo recibida por Gabriela Mistral, Minerva Bernardino, Eleonor Roosevelt y Carrie Captman. En la parte norte fue construido un estadio de beisbol. Una herida sobre la yugular del parque de pelota ubicado en Pueblo Nuevo.

La instalación del Tanque para almacenar agua potable, deparó nuevas alegrías. Pronto fue convertido en centro de peregrinación. Construido en el lugar más alto de la ciudad, junto a la residencia de Justiniano Barillas, arriba estaba protegido por dos hileras de hierro. Encaramados sobre su plataforma, igual lo hacíamos en Palo Solo, empezamos a elevar barriletes y cometas. El primer divisadero de nuestra generación fue el campanario de la vieja iglesia de Juigalpa, derribada para construir Catedral. Chon Pedorro, el campanero, nos dejaba subir siempre que no armáramos relajo. Una súplica incumplida. Trepábamos las gradas gritando para luego tratar de tocar las campanas. Desde esa altura contemplábamos el norte, sur y oeste de la ciudad. Como el templo permanecía abierto, desafiábamos la ley divina. El padre Francisco Romero, desde su envestidura de dispensador de indulgencias, nos ofrecía el infierno.

Entre la parte trasera de la Casa cural y el comando, quedaba un altillo, ocupado ahora por Radio Asunción, decían que estaba embrujado. Los más creativos aseguraban que sus inquilinos eran unos duendecillos. A los seis años subí por primera vez al segundo piso, acompañado de Octavio, sobrino predilecto del padre Romero. Su compañía ahuyentaba mis miedos. ¿Cómo no iba admirarle si comía las hostias por montón sin remordimientos? Mientras no estén benditas, aseguraba el sabio, uno podía atragantárselas sin temor. Siendo fronteriza con el comando, los guardias jamás se interesaron por expulsar a los duendes. La única manera de poner fin a sus impertinencias era exorcizándoles con abundantes raciones de agua bendita. Solo podían ser derrotados por los poderes celestiales. ¿El padre Romero acaso no los tiene? Nunca supimos quién lanzaba las piedrecillas que caían sobre el patio de la Casa cural. ¿Serían Rodolfo o Marino?

La casa de dos pisos habitada por Aurelio Avilés, frente a la Panadería de las hermanas Sánchez, con balcones hacia la calle, Chagueyo los aprovechaba para ver las palomas que deseaba habitarán en su palomar. Todavía lo miro sonriente con las ligas de hule sosteniendo sus mangas. Una vez le pedí me dejara ver el mundo desde ese sitio. Gradas y tambo de maderas, los cables de energía rozaban el techo. Entendí por qué los políticos gustan hablar desde las alturas. Pueden ser vistos desde todos lados y desgranar su voz, el verbo preciso, la diatriba, la falsificación, las descalificaciones, los juegos de palabra, las gesticulaciones, sus breves silencios y promesas de siempre. Nosotros, apenas adolescentes, amábamos esos divisaderos. Las alturas no nos  mareaban. Nunca sufrimos los arrebatos que padecen los oradores incendiarios. Eran lugares para enamorarse o estar enamorados.

La albarrada de Amerrisque templaba los ánimos y sacudía las melenas de las muchachas; desde estos lugares divisábamos nuestro porvenir unas veces seguro y otras veces incierto. 

sábado, 11 de agosto de 2012

¿Un Museo Taurino en Juigalpa?


¿Será que cambiaron de opinión o solo se trata de un compás de espera? Algunas  pensaban que las corridas de toros celebradas entre  el 12 al 16 de agosto de 2011 en la Plaza Pueblo Nuevo, serían las últimas en este lugar. Hay quienes de manera insana apuestan por la desaparición de la plaza taurina de las fiestas patronales de mayor arraigo en toda Nicaragua. Sitio sagrado y de consagración. Los toreros y montadores más famosos de las llanerías chontaleñas acuden todos los años a ratificar su valía o imponer sus nombres. Saben que si no lo hacen, decenas de mozalbetes llegarán a poner fin a su fama. Ansiosos por inscribir sus proezas en los anales de la ciudad, confían en sus destrezas y habilidades, dando inicio a un nuevo ciclo histórico. Desde que apareció el Diablito de Muhan nadie le hace sombra. Durante cuatro años consecutivos ha llegado puntual a Pueblo Nuevo a revalidar su grandeza. Su nombre evoca y convoca a los montadores más grandes de todos los tiempos.

Cuando todos creíamos que la tradición venía en picada, una tarde se apareció este adolescente de quince años, pidiendo le entregaran un rejego de 500 kilos. Todos lo quedaron viendo sonrientes. Sus ojillos negros, impacientes, contrastaban con la serenidad de su demanda. Tamaño y peso, tampoco le ayudaban. Demasiado niño, dijeron algunos. No va aguantar ni la arrancada. Dejémosle que se quite lo rijoso. A nadie importaba su suerte. Si así fuese no entregarían toros a jóvenes que ni siquiera saben amarrarse el pantalón. Meterse a la barrera es cuestión de machos. El niño juega a ser hombre. ¡Que la suerte lo acompañe! ¡Ojalá se haya encomendado a Dios y el Espíritu Santo! El que por su gusto muere que lo entierren parado. Aquí no hay misericordia para nadie. Muchachito, asegura bien tus manos en el pretal. ¿Ya te persignaste y colocaste bien las espuelas? Después no digas que no te lo advertimos. ¿Cómo te llamas? Al igual que Catarrán su nombre no importa.


El Diablito se sostuvo firme sobre el astado. El toro brinca, se arremolina, hace mate   a la derecha, luego a la izquierda. Siente que la sangre corre bajo sus ijares. Va perdiendo fuerza. Toma un respiro. Vuelve a sacudirse. Deja de corcovear. ¿Se sabrá vencido? Trota hacia la puerta del coso. El Diablito desprende su mano derecha y alza victoriosa. Los aplausos continúan festejando su gesta. Marcaba el principio de una carrera fulgurante. La primera tarde que lo vi, su nombre sonaba fuerte. Presuntuosos todos le saludaban. Deseaban estrechar su mano. Tómate un trago. Ponen la botella retadora ante sus ojos. Sonríe con ingenuidad. No cede a la tentación. Demasiado niño para meterse en cosas de hombres, dice mi vecino. Antes de venir en búsqueda de su consagración definitiva en la plaza de toros del pueblo, había descrestado decenas de toros en la barrera de Muhan, inicio de su vertiginosa carrera.

En las fiestas de abril del año primero de su despunte, rubricó su firma montando 30 toros los 4 días que duran las fiestas en Muhan. Estaba consciente que mientras no sedujera a los juigalpinos, su fama no trascendería. Tenía que mostrar sus lances en la plaza mayor. Por eso duele que quieran tumbarla. Algunos despistados me dijeron que desean construir el complejo de gobierno. ¿Por qué no lo hacen en otro lugar? Alguien argumentó que los chinamos con sus putas babilónicas y sus roconolas ruidosas desvelan al vecindario. Bajo esa trivialidad ¿qué pretexto se esconde? Hay quienes quieren apropiarse del local. ¿Se decidirá al fin la Alcaldesa María Elena Guerra, a poner la primera piedra antes que concluya su gestión, para luego dar inicio a la construcción de la Plaza de Toros “Vicente Hurtado”? Sería el homenaje esperado al más grande torero de toda Nicaragua. Una plaza digna de la memoria de Catarrán. Todavía queda tiempo para hacerlo.


Juigalpa necesita un redondel diseñado a la usanza de las montaderas autóctonas, donde los campistas exhiban sus habilidades y los montadores de todo Chontales mantengan viva sus rivalidades con el propósito de demostrar quiénes eran los mejores. Los de Hato Grande, San José de los Gómez, Cuapa, San Esteban, La Libertad, Santo Domingo, Acoyapa, Cara de Mono, Muhan o La Gateada, se trenzaban por ser reconocidos como los mejores. Las autoridades edilicias deben apoyar la creación del Museo Taurino de Chontales. El hogar que perennice nombres de toreros, montadores, lazadores, bailadores y criadores de toros, galería que debería estar precedida por Chema Come Cuero. Su vida giraba alrededor de las fiestas, un enfiestado permanente. La peor ofensa que podía recibir era decirle que no habría fiestas agostinas. Soñaba con las fiestas como los criadores de toros desean que sus astados tumben al más diestro  montado.

Un museo con retratos gigantescos de Rito Flores y Agustín Castro, un lugar que reciba los millares de visitantes que llegan a Juigalpa en la mayor romería del año. Un lugar donde puedan conocer esta apasionante historia de caballos y caballeros, que haga justicia a Gloria Sacasa y Alberto Rondón, Isabel y Humberto Mongrío. A la familia Gómez. Donde Catarrán, pintado al óleo por Róger Pérez de la Rocha, muestre su altivez. Punto de convergencia para que los peregrinos llegados de Estados Unidos, Europa y Centro América, quienes después de haberse ido en busca de techo, educación y comida, todos los años regresan acompañados de hijos y nietas, para jactarse de la valentía de los montadores y la destreza de campistas. Un nicho donde estén Concho y Margarito Villagra, Serapio Amador, Servando Campos y María Morales. Antes que el tiempo haga estragos en nuestra memoria, recoger los nombres de Ramón Laguna, Francisco Álvarez y César Rueda, lazadores imbatibles, con sus tiros invertidos levantaban de sus sillas a las personas apretujadas en palco. La prisa con que se monta y la eliminación del bramadero, han incidido de forma negativa.

Uno aprecia el regocijo de Naser y Fernando González, Ney Aguilar y los hermanos Matus, criadores de toros en San Pedro de Lóvago. Son continuadores de la herencia dejada por Alberto Rondón y Ramón Mongrío. Sus toros son tenidos como los más bravíos de Chontales. Igual engreimiento muestran Chilolo García de Santo Domingo y Abelino Martínez de Cuapa. Para Orlando Bravo y Noel Sevilla originarios de Santo Tomás, como sus toros no hay dos. Juan Villagra, con sus espuelas bien puestas, piensa que sus toros son inigualables. Las disputas sordas bajo la mesa, apuntan en una sola dirección: sus toros fueron y seguirán siendo los mejores. Una verdad tan cierta que Fred Ramírez se las arregla para venir a Chontales a comprar los toros con que seduce durante las montaderas en Expica. Viene convencido que llevará toros y más toros, para lucirlos en la feria capitalina y luego rematarlos a buen precio en el rodeo El Zapote, Costa Rica.   

Los juigalpinos deben acudir a los próximos cabildos para plantear la creación de una partida presupuestaria para la construcción de la Plaza y Museo Taurino en Pueblo Nuevo. Ningún concejal podría mostrarse insensible a esta demanda. Todas las ciudades del mundo donde juegan toros cuentan con una plaza donde sus habitantes gozan y se divierten, vibran y sienten, en un ritual inaplazable, el goce de las fiestas de su vida.  Chontales sigue siendo tierra de ganados y ganaderos. Los criadores de toros son los más entusiastas, deben preocuparse que los campistas y lazadores sigan vivos. Este año espero que alguien me haga exclamar alborozado, ¡Viva Chontales! ¡Los lazadores no han muerto!
  

domingo, 15 de julio de 2012

Aguas negras, cuentas claras



El inicio del encunetado y adoquinado en Juigalpa fue para muchos el anuncio de una nueva era. La primera calle sometida a los apremios de la modernización fue Palo Solo. Dieciocho años antes se había iniciado la instalación de la tubería para llevar el agua potable a las casas. ¿No debió plantearse al mismo tiempo la instalación del alcantarillado para el desagüe de aguas residuales? El retraso con que entramos a la segunda década del siglo veintiuno en materia de salud pública, ratifica que en Juigalpa las autoridades nunca han tenido clara sus prioridades. Ni las actuales ni las de antes. Debieron habérsele plantado al Ejecutivo. Mis alumnos en la universidad creían que cuando hablaba de los “pon pon” era la creación de una imaginación delirante. Solo los estudiantes llegados de las regiones más remotas daban pábulo a mis afirmaciones. Todos reían gozosos al hacer las descripciones de las profundidades que alcanzaban las letrinas. En algunos hogares las hacían tan hondas que a nuestra edad –ocho años- daba miedo asomarse al brocal.

Mientras doña Clotilde Díaz construía su retrete, nos metíamos al patio para ver cuántos metros bajaba hacia el centro de la tierra. Aprovechábamos el descuido de los obreros para lanzar piedras y así calcular la profundidad que iba alcanzando. Creímos que saldrían al otro lado del mundo. Encaramados sobre un tablón, los trabajadores extraían baldes repletos de tierra. A veces se topaban con capas muy sólidas. La jornada se volvía extenuante. Avanzaban bien lento. Afilaban a cada rato sus piochas y barras, nunca utilizaron barrenos. La tierra acumulada la tiraban en la esquina del patio de mi tía Josefa Villanueva. Debido a la inexistencia de botaderos había sido convertido en basurero oficial. El solar quedaba a escasos cien metros de la iglesia. Sus hedores salpicaban el vecindario. Los vientos esparcían la basura hacia el centro de la ciudad. Existía una especie de acuerdo tácito entre mi tía Josefa y las autoridades edilicias a quienes poco importaba su existencia.

En muchas casas pudientes los “pon pon” tenían cuatro tazas. Las diseñaban según el tamaño de las nalgas de sus dueños. Con decirles que en algunos ni siquiera intentábamos sentarnos por temor de escurrirnos hacia el fondo y morir ahogados en mierda. En diversas ocasiones armamos concursos para premiar al culo más educado. Nunca supe a quién se le ocurrió la idea. Sentados en el trono, en una verdadera puja, expectantes, concentrábamos la atención para ver quien lo hacía primero. Parecía que habíamos calibrado nuestros intestinos. ¡El golpe avisa! El premio consistía en un par de caramelos que Fany robaba en la venta de mi tía Rosibel. Al no ponernos de acuerdo sobre el vencedor, más de una vez declaramos desierto el concurso. Entonces quebrábamos en pedacitos los caramelos y los distribuíamos de manera equitativa. El excusado de las Castrillo, una casita en miniatura, era seleccionado para la celebración de estos certámenes. Nunca lo hicimos donde doña Comelia Castilla, pese a quedar dentro de nuestro perímetro de juegos.

Después supimos que el viaje fraguado al estilo Julio Verne, obedecía a que todos querían disponer de sumideros que de ser posible durasen toda una vida. El tiempo ha venido a darles la razón. El primer retrete del que guardo recuerdo estaba ubicado en la casa que albergaba al Instituto Nacional de Chontales, donde hoy es el Hotel Mayales, quedaba en el fondo del patio, un banco con dos pequeñas tazas de madera. Como no estaba iluminado a nadie se le antojaba ir de noche. Creo que este fue un tropiezo que enfrentó la mayoría de los hogares juigalpinos. Tampoco tengo claro cómo no se enfermaban si tomaban agua del pozo que quedada a pocos metros del “pon pon”. En mi vecindario casi todas disponían de ojos de agua. Muchas veces ni siquiera tomaban el cuidado de ponerles tapas de madera. De cuando en vez les echaban baldes de agua con creolina. ¿Cómo hacíamos para modular nuestros estómagos como si se tratara de una orquesta? No lo sé.

Las lluvias anegaban el barrio. Alcanzaban su mayor velocidad frente a doña Minar Cruz, y luego penetraban por la esquina en casa de mi tía Rosibel. En invierno nos íbamos a bañar a escasos metros del basurero de mi tía Josefa, en los límites del predio de don Fernando y doña Alba Montiel. Las aguas se deslizaban a orillas del pozo Calicanto y se estancaban en el patio de Ángel María, para luego caer en el Mayales. Para rehabilitar la calle tuvieron que hacer ese enorme muro. Desde la altura se aprecia todavía el hueco donde varias generaciones iban a chapalear aguas lodosas sin temer sus consecuencias. Una sola vez nos zambullimos en ese lugar. Jorge Eliécer y yo la pagamos caro. Mi madre nos fue a sacar a las seis y media de la mañana. Nos hizo caminar desnudos hasta la esquina del instituto. Una vergüenza que todavía no supero, pese haber recibido el golpe a los cinco años de edad. Tampoco puedo hacerme de la vista gorda ante la carencia de un sistema de alcantarillado en Juigalpa. Un tema de salud pública que exige respuesta inmediata.

Para sortear el infortunio en casas, centros de negocios, restaurantes, bares y discotecas, han construido pozos sépticos. La indolencia de las autoridades edilicias y de salud nunca ha sido confrontada. Las aguas siguen escurriéndose por las calles de Juigalpa. Ningún alcalde se ha interesado en poner fin al drama. En algunos tramos el hedor es permanente. Se encharcan frente a las instalaciones centrales de Claro y el Templo Evangélico. Hay que caminar con cuidado para que los carros no salpiquen tus ropas. La mortificación se repite en el trecho que baja desde donde don Leovigildo Jarquín hasta la esquina de doña Pastorcita Díaz. Las aguas hacen un remanso en la esquina de  Mongrío. Las ondulaciones del adoquinado entre los Figueroa Escobar y Ortega Castillo, retienen las aguas y la fetidez subsiste. Igual pasa en las esquinas de don Pancho Ramírez, Rafael Acevedo, René Meneses, Biblioteca Municipal, etc. ¿De qué adelanto hablamos? La expansión comercial por sí misma no es indicador de progreso.

Los inodoros los descubrí en la capital. Para mí fue una novedad jalar la cadena y ver como el agua se tragaba la mierda arrastrándola hacia el Lago Xolotlán. Una cagada mayor de la que los Managua ni nosotros nos hemos podido librar. ¿Será así por los siglos de los siglos? Amén. 

lunes, 4 de junio de 2012

¡El Mayales desbordado!



                                                                Río Mayales, 1961


“Tengo un río que va caminando con el tiempo,
hemos crecido juntos, su edad pertenece a mis
días de gloria y noches de hastío.”
Jorge Eliecer Rothschuh


Jamás imaginé que entre los bajos de Comabanca y Paiguas, podría surgir un barrio. ¿Cómo imaginarlo en una hondonada anegada por el Mayales, convertida en varias ocasiones en un gigantesco playón? En 1968 se realizó un estudio sobre el crecimiento urbano de Juigalpa. Las conclusiones eran catastróficas. La ciudad estaba entrampada y no tenía lugar hacia donde expandirse. En dirección oeste, las lomas constituían un valladar. Las casas de los Zúñiga, ubicadas tres cuadras al oeste de la gasolinera Esso, eran las últimas construcciones. Símbolo de atraso todavía sigue en pie la casa de la finca que fue de Papa Lovo. El problema era mayor hacia el este. La ciudad estaba cortada a tajos por los acantilados frente Amerrisque. Igual drama se presentaba hacia el norte y sur. Las casas de doña Goya Zelaya, Goya Alvares y las Castilla fijaban el límite norte y la gasolinera Texaco de Uben Gadea establecía su frontera sur.

Las dimensiones de Juigalpa al despegar el segundo decenio del siglo veintiuno eran impensables. El empuje urbano desbordó la ciudad por sus cuatro costados. Concibo el surgimiento del barrio San Antonio después de La Tonga y los numerosos barrios surgidos hacia el oeste y noroeste, pero no la creación de Paiguas. ¿Será que están convencidos que el Mayales jamás volverá a salirse de madre como ocurrió a finales de los años cincuenta del siglo pasado? ¿Su confianza no será exagerada? En 1959 en nuestra aula de clases de cuarto grado estrenábamos el Centro Escolar Pablo Hurtado, subidos en nuestros pupitres en el tercer piso, la profesora María Luisa Zeledón nos permitió esa mañana divisar el río en todo su esplendor. En vez de continuar su curso y doblar en la poza de Comabanca, el Mayales siguió recto. Atravesó de punta a punta el lugar donde ahora se levanta el barrio Paiguas.

Jamás habíamos visto algo tan maravilloso; impetuoso, arrastraba árboles, cerdos, gallinas y tumbaba milpas. Una visión que nuestras pupilas retuvieron para siempre. Un año antes, después de las fiestas agostinas, había acompañado a William Castrillo Ugarte a dejar a la finca de Chiguan Solís, el caballo que este le había dado prestado. Las aguas rebasaban sus límites a la altura del paso de Panmuca. Sentí miedo cruzarlo. William, intrépido, me dijo que me pegara a sus espaldas y que nada nos iba a pasar. El caballo nadaba manoteando sus patas delanteras, íbamos suspendidos, apenas rozábamos su lomo. Las aguas ladeaban nuestros cuerpos, hasta dejarlos casi cruzados. Al regreso, sin ropas, animado por William desafié por primera vez sus aguas. Con los años sería de nuestras aventuras favoritas. Todos los jóvenes de nuestra generación lo hicimos.
Esa mañana de junio durante el recreo subimos el muro construido en la parte norte, para aprovechar los niveles del terreno. El río continuaba dando tumbos hasta empalmar con el paso de Paiguas. La gente aglomerada en la Terraza Palo Solo disfrutaba el espectáculo. El timbre sonó, embelesados ante el paisaje ninguno de nosotros se movió. La enorme crecida seguía el curso marcado por los fuertes aguaceros. Toda la noche anterior había llovido. Los campesinos no pudieron bajar a Juigalpa. En Panmuca no había puente. Entre extasiados y compungidos acamparon frente a la casa ubicada en el sector norte de la finca Santa Matilde. Igual ocurrió en Paiguas. Nadie desafió su bravura. La incomunicación entre uno y otro lado del Mayales duró dos días. ¡Ni quiera mi diosito lindo! ¡Hay del que se enfermara! ¡Las tres divinas personas nos valgan!

En esa noche de espanto los campesinos escucharon tronar sus aguas. Algunos alcanzaron a poner en resguardo sus gallinas, cerdos y ganados. La venta de leche en algunos lugares quedó pospuesta. Esperaron que las aguas bajaran de nivel. Era un secreto a voces que ciertos ganaderos aguaban la leche para incrementar sus ganancias. A mis seis años, un día dije a doña Panchita Rizo, cuando me despachaba dos helados de cocoa, que por favor me les echara agüita, fue como espantar un avispero: ¡Yo vendo helados de leche con cocoa no con agua! En esa época costaban diez centavos. Ahora que el córdoba no vale nada entiendo a mis abuelas, con un real podían comprar un atado de dulce. Cuando digo a mis alumnos que en 1969 celebraba mi cobro de caja chica en La Prensa, comiéndome en El Eskimo un Banana Split por el valor de tres córdobas, no me creen. Hoy día valen cuarenta y ocho.       

¿Cuántas veces al salir de clases nos fuimos al río por la tarde, mientras estudiábamos en el Centro Escolar Pablo Hurtado? La primera vez que mis compañeros decidieron retar Comabanca, ni siquiera me atreví asomarme a sus aguas. Sandro Andrés Enríquez y Juan Pablo Alonso, competían divertidos cruzando una y otra vez de orilla a orilla, una poza habitada por lagartos. Crecí divisando la empalizada de Comabanca desde la Terraza Palo Solo. Pasaron años antes de convertirla en nuestra poza predilecta. Primero lo hicimos en la poza de Paiguas, a la que me llevó Nelson Gil. Creyéndonos hombrecitos, desafiamos sus fuertes correntones. Esperábamos que llenara, nos ubicábamos río arriba, para luego cruzarlo sumergiéndonos en la parte inferior que rozaba la tierra. Una locurita vista en la distancia.

Con la deforestación Mayales ha sido herido de muerte. Nada queda de la majestuosidad de sus aguas. Las pozas donde nos zambullíamos están secas. No podríamos hacernos un clavado o tirar un zapotazo. Desde el puente construido sobre el paso de Panmuca, solo se divisan lajas. En el paso de Paiguas igual. La poza de Comabanca perdió su encanto. ¿No se saldrá de madre el Mayales nunca más? Al menos eso piensan las familias que decidieron construir sus casas en un bajío que jamás se nos ocurrió podía albergar un barrio. ¿Con el cambio climático no podría ocurrir una llena similar a la que vimos en 1959? ¿Sus habitantes no temen que una noche el Mayales se vengue y tengan que ser ellos los que paguen los desafueros cometidos en su contra? Los habitantes del barrio Paiguas dan por hecho que el Mayales no volverá a ser lo que un día fue.