lunes, 24 de junio de 2013

¡Expiando culpas!



¿Podemos pensar que los grandes temas que un día fagocitaron el interés de los grandes novelistas desaparezcan para siempre? Algunos pregoneros han dado de alta a las obras de ficción ligadas con los dictadores latinoamericanos. Nuevos desafíos y urgencias convocan a los escritores de esta región del mundo, proclaman con cierta razón a grandes voces. El narcotráfico, crimen organizado, trata de personas y migraciones, forman parte de la lista de temas que deberían priorizar, según prescriben críticos y creadores. Una misma noche (Premio Alfaguara de Novela 2012), ejemplifica que los escritores latinoamericanos todavía no pueden librarse del oprobio y desmanes causados por los dictadores. El argentino Leopoldo Brizuela vuelve sobre el tema para mostrar las secuelas sicológicas, heridas profundas y difíciles de restañar en la vida de millones de latinoamericanos.

En pleno siglo veintiuno no puede sustraerse de los horrores de la dictadura argentina instalada entre 1976 y 1983. Un zarpazo encabezado por el General Jorge Rafael Videla, el Brigadier Orlando Ramón Agosti y el Almirante Emilio Eduardo Massera, jefe de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA). Cuando pensaba que todo era pasado, el pasado que atormentaba la vida del escritor Leonardo Bazán, regresa a casa en horas de la madruga del domingo 30 de marzo de 2010, para convertirse en testigo incómodo de una requisa de la Policía Científica en su vecindario. Este hecho crispa sus nervios, atormenta de nuevo su espíritu, revive sucesos ocurridos en esa mismo lugar treinta y cuatro años antes en plena dictadura militar. Solo podrá restablecer su equilibrio emocional si vomita lo acontecido en ambas noches.

Las pesadillas de Bazán tienen su origen en la complicidad y colaboración de su padre con las fuerzas tenebrosas en la llamada guerra sucia contra la subversión. Antonio Bazán, egresado de la ESMA, se une a los sicarios en la captura nocturna, víctima también de los miedos que abruman a la sociedad argentina. Nadie está libre de sospechas, ni siquiera los antiguos miembros del estamento militar. Las razias están a la orden del día. Brizuela filtra los sedimentos nazistas encharcados en las fuerzas armadas argentinas. El pasado nunca se va, cuando menos lo espera regresa, vuelve a perturbar lo que ya creía olvidado. Bazán no logra asimilar que la víctima haya sido la familia Kuperman. ¿Cómo conseguirlo si gracias a esas personas descubrió sus dotes artísticas? La práctica de la delación se extiende sobre todo el intersticio social, traducida en una forma de sobrevivencia.

Siempre que estoy frente a un texto con las implicaciones políticas y el desquiciamiento que provocan la persecución, la soplonería, el espionaje, los teléfonos intervenidos, la doble moral, la insinceridad, las desapariciones nocturnas, las acusaciones infundadas, me pregunto en qué claves lo leerán quiénes han sido miembros de los aparatos represivos. ¿Justificarán estas atrocidades como una forma de aquietar sus conciencias? ¿Considerarán legítimo acorralar a sus víctimas? ¿Sufrirán trastornos sicológicos de los que ya nunca se repondrán? Los padecimientos que marcan el destino del escritor Leonardo Bazán solo podrá superarlos si rompe el silencio. El desasosiego y el miedo originados por la intervención artera de su padre lo persiguen. Algo tendrá que hacer para evitar las torturas que no lo dejan vivir en paz.

Cuenta con una ventaja a su favor, puede investigar los hechos y armar el rompecabezas que lo conducirá a superar la vergüenza que le acosa. En la medida que va dando forma a su novela, Leonardo Bazán marcha camino a su redención. No deja de inquietarme que personaje y novelista comiencen nombre y apellido con las mismas letras. Malicioso constato que ambos han estudiado letras e imparten talleres literarios. ¿Será que me deslizo por la pendiente equivocada? Estoy convencido y creo no equivocarme que Leopoldo Brizuela sufre los mismos espantos y horrores que aquejan a toda su generación. Asume el papel de testigo privilegiado. De no ser así no habría escrito En una misma noche. Se ciñe al itinerario de millares de familias desparecidas, muertas y torturadas, les presta su voz y reivindica sus reclamos. Una voz clara y contundente.


Con avances y retrocesos, con sus dudas y certezas, Bazán está persuadido que solo tiene una opción: contar en detalle, en párrafos escalofriantes, los golpes inmerecidos, los miedos recurrentes que le asedian, miedos persistentes agobian todavía con sus días y noches a las madres de la Plaza de Mayo. El juego dialéctico es perfecto. Bazán dice que si fuese llamado como testigo diría... Este recurso estilístico le permite formalizar por escrito su declaración. Testigo de descargo, une lo ocurrido la noche de 1976 con la noche sombría del 30 marzo de 2010. La sensación que trasmite ratifica y renueva sus temores. Es como si la historia argentina no hubiese podido salirse del pozo de la infamia. Los métodos de persecución de ayer son los mismos de ahora. Traza la línea de continuidad de manera nítida, con la obsesión del eterno perseguido.

Para salir del trance Bazán toca el piano mientras los milicos guiados por su padre sacan intempestivamente de su casa a la familia Kuperman. Entonces era apenas un niño, en el presente recurre a la escritura como catarsis. Salta la herencia sanguínea de ilustres predecesores. En las honras fúnebres de Julio César, el soldado más diestro de sus legiones, Marco Antonio, pronuncia un discurso frente a sus restos. Para sortear el momento Shakespeare expresa lo que supuestamente no quería decir para ensalzar a César. Demuestra que era superior a sus asesinos. Faulkner enfatiza que si el escritor no saca a la superficie los demonios que sitian su mente, padecerá de locura, sufrirá por no haber sido capaz de revelar y rebelarse. Brizuela sabe que si quería salvarse solo le quedaba "velar por que ese caos se organizara con una forma nueva, medianamente armónica, en un relato nuevo".

Las reacciones del pueblo argentino ante la muerte de Videla (17 de marzo de 2013) actualiza la pertinencia de la novela de Brizuela. Mientras persistan los efectos y tormentos heredados de las dictaduras militares, los escritores latinoamericanos seguirán aireando sus fantasmas una y otra vez, realidades obsecuentes que afligen y angustian sus vidas. La carta dirigida a la familia Videla por el periodista argentino Jorge Kostinguer, solo constituye un pié de página, ni siquiera el epílogo de Una misma noche:


"Ahí está el cuerpo. Sin habeas corpus, ahí tienen el cuerpo. Unos papeles y es suyo, llévense el envase de su pariente. Cuentan ustedes con un cuerpo. Que les conste que lo reciben sin quemaduras ni moretones. Podríamos haberlo golpeado al menos, que ya hubiera estado pago. Pero nosotros preferimos no hacerlo, eso que sí hizo este cuerpo que ustedes van a enterrar. No lo tiramos desde un avión, no lo animamos a cantar con descargas de picana. Que cante, por ejemplo, adónde están nuestros cuerpos, los de nuestros compañeros. No fue violado. No tuvo un hijo costado en el pecho mientras le daban máquina. No lo fusilamos para decir que murió en un enfrentamiento. No lo mezclamos con cemento. No lo enterramos en cualquier parte como NN. No le robamos a sus nietos. Acá tienen el cuerpo".

jueves, 20 de junio de 2013

Una chontaleña excepcional


A Nelly feminista

¿Cuáles serán las celebraciones que harán las mujeres nicaragüenses para conmemorar los noventaicinco años de fundación de la Revista Femenina Ilustrada? En distintos momentos sus pares han destacado que Josefa Toledo de Aguerri (1866-1962), creadora e impulsora de esta feliz iniciativa, fue pionera en la propagación de ideas feministas en el páramo por el que transcurría la vida del país en la segunda década del Siglo XX. De manera unánime han reconocido su condición de forjadora de la pedagogía moderna en Nicaragua y de haberse distinguido como la primera mujer Directora General de Instrucción Pública (1924), cargo en el que estuvo apenas unos meses por haber sido consecuente con su manera de entender la vida: "muy independiente y cuestionadora". Sin estos atributos hubiese sido imposible que emprendiera, terca y beligerante, los diversos proyectos que la convirtieron en una mujer pionera. Su sensibilidad y amplitud por poner en perspectiva los derechos que asisten a las mujeres, dejaron huellas imborrables en el movimiento feminista nicaragüense. Siempre vio hacia adelante sin importar los tropiezos.

Doña Chepita creó la Revista Femenina Ilustrada (1918-1921), estando en el poder su coterráneo, el Conservador Emiliano Chamorro Vargas, a la postre fundador en Chinandega de la primera Escuela de Agricultura en Nicaragua. Emiliano siempre la hostigó. Al hacer un balance somero de los logros alcanzados por la revista durante sus dos primeros años de existencia (No 25, octubre-1920), el rivense M. A. Ortega destaca que ya se podían "vislumbrar las primeras fulguraciones del pensamiento femenil, romper las viejas creencias animando a la mujer por la vía de su propia cultura, y verla avanzar entusiasta a la conquista del puesto que por derecho le corresponde en el concierto de la sociedad humana". La revista empieza a fructificar, su pensamiento germina. Estaba convencida que hacía falta una tribuna para desandar el camino, imponiéndose la tarea de forjar la arquitectura, elaborar los planos y convertirse en artífice de la Revista femenina ilustrada. El parto de la chontaleña fue una especie de fait-lux, un hágase la luz y la luz empezó a iluminar el camino por donde debían transitar las mujeres nicaragüenses.

La revista vino a ser el primer esfuerzo audaz realizado por una mujer, creando un medio de comunicación que asumiera la defensa del feminismo en Nicaragua. Los temas centrales convocan a su emancipación económica y a la reivindicación del verdadero lugar que les corresponde ocupar en la sociedad nicaragüense. A través de varios números plantea como eje discursivo la independencia económica de la mujer y la importancia del estudio como condición imprescindible para alcanzar sus propias metas. Insistirá en remarcar sus derechos y la necesidad apremiante de participar de manera beligerante "en los trabajos, atribuciones, puestos públicos y privados a que es llamado el hombre". Su reclamo permanente, su visión diáfana y su práctica constante, hicieron de la Revista femenina ilustrada el canal natural para concientizar a las mujeres. Doña Chepita misma se convirtió en un modelo a seguir. Solo basta indagar su vida para comprobar que se ciñó a su propio itinerario. Siempre tuvo propósitos claros.

¿Cómo resonarían en octubre de 1920, en el seno de la sociedad patriarcal nicaragüense, las observaciones punzantes de la hondureña Lucila Gamero de Medina, miembro del Comité
Auxiliar de Mujeres de Estados Unidos, que aparecen en su No 25? Interpela e invita a la reflexión a las mujeres. "En su estado célibe, ¿quién le asegura que va a casarse convenientemente o que siempre tendrá quien satisfaga sus necesidades pecuniarias? Y si se casa, ¿está cierta que su marido podrá atender, toda la vida, sus obligaciones domésticas? ¿Y las enfermedades? ¿Y los malos negocios? ¿Y los vicios? ¿Y la muerte? Cuando esto ocurre, la infeliz mujer -sujeto pasivo- se ve en la situación más angustiosa, y su familia reducida a la miseria, presentando cuadros tristísimos, que torturan el alma al verlos". Una realidad persistente invita a trazar su propio proyecto de vida y a estudiar para labrarse su propia autonomía, ante el cuadro adverso que tienen que enfrentar, en una sociedad que no logra deshacerse del lastre androcéntrico, excluyente y discriminatorio.  A delinear con esmero el curso de sus vidas.

Estaba convencida que el estudio debía formar parte del credo integral de las mujeres. Doña Chepita encontró en sus alumnas sus mejores aliadas y en cada una de sus conquistas demostró que esta era la ruta indicada. El magisterio y la Revista femenina ilustrada son dos caras de un mismo empeño, un solo esfuerzo en dos trincheras aparentemente distintas. Como afirman las mujeres de Puntos de encuentro, al distinguirla como la primera feminista nicaragüense, "el colegio dirigido por ella era el único donde las mujeres podían obtener su bachillerato, para luego ingresar a la universidad, Elba Ochomogo, primera nicaragüense que concluyó sus estudios universitarios, graduándose como farmaceuta, fue alumna de doña Chepita". Tuvo la dicha también de preparar  "a Concepción Palacios Herrera, la primera nica que llegó a ser Doctora en Medicina". Dos ejemplos para no confundir el camino. El estudio siempre ha sido factor de crecimiento intelectual y toma de conciencia. El estudio siempre el estudio.

La revista nacida de su inspiración fue ventana abierta, espacio amplio y convincente, bajo cuyos pliegues se respiraban aires renovadores. Alta cumbrera para que las mujeres nicaragüenses divisaran las banderas desplegadas por el mundo por quienes se esmeraban en conseguir la plena igualdad entre los seres humanos. Multiplicó su mirada y vertió lo que pensaban y hacían las mujeres chilenas, rusas, japonesas, cubanas, estadounidenses, españolas. Tenía la intención que sus demandas y reclamos fueran un eco multiplicado y comprendieran que ninguna estaba sola en esta empresa liberadora. En las bitácoras de sus viajes anotaba todo lo que veía y podía ser útil para el país. Son un espejo resplandeciente. Era un ver para vernos. Lo acontecido a lo largo del planeta no podía serle ajeno. Las mujeres compartían un mismo destino y había que hermanar sus luchas. Doña Chepita, miraba y registraba todo lo sucedido, con el ánimo que conocieran y replicaran sus metas.      

Para convencerlas de la necesidad de conquistar el voto y evitar encontronazos políticos, publicó el Programa del Partido Nacional Sufragista (Revista femenina ilustrada, No. 32. Mayo 1921 p. 17), con el antetítulo Mujer Moderna Cubana. Era su manera de filtrar los acontecimientos más importantes realizados por las mujeres a lo largo del planeta y eludir los manotazos de los políticos. Lo hacía no sólo con el ánimo que se enteraran de lo ocurrido, pretendía que instalaran en su imaginario las bondades que se derivarían para todas si conseguían alcanzar el voto femenino. Cuánto orgullo sentiría al saber que la maestra normalista, Juana Molina, graduada en sus aulas, había logrado por unanimidad, ser proclamada representante de la colonia latina en el Cosmopolitan Club de la afamada Universidad de Columbia. El antetítulo al trabajo que le remitió desde Nueva York, resulta elocuente: Frutos de nuestro huerto. ¡No era para menos mostrar los primeros resultados de la cosecha!

Los temas educativos tuvieron igualmente prioridad en la Revista femenina ilustrada. Admiradora de su coterráneo Pablo Hurtado, otra luminaria chontaleña, publicó en dos entregas las críticas enviadas por este al presidente Diego Manuel Chamorro, refutando el informe presentado por el especialista estadounidense George F. Shoens. Uno de los argumentos esgrimidos por Hurtado, objetando al experto, conserva su actualidad para el  magisterio nacional. Estaba convencido que no es el número de asignaturas lo que volvía difícil la ejecución del plan de estudios vigente en 1915, como afirmaba el estadounidense. Más bien lo atribuye a "que el personal docente no ha tenido una preparación adecuada". Para demostrar el equívoco de Shoens, ratifica que "la escuela no cambiado de fin, lo que ha cambiado son los métodos que se siguen para alcanzar el fin que se propone la escuela". Doña Chepita mostraba su beneplácito con las tesis sustentadas por Hurtado.


La revista tenía un perfil claro y una definición precisa de sus objetivos. A noventaicinco años de haber irrumpido en una sociedad donde la mujer carecía de voz y rostro, el más grande merecimiento de la directora-fundadora de la Revista femenina ilustrada, fue haber comprendido la dimensión del desafío que tenían por delante las mujeres. Con mano firme trazó la geografía y acogió la historia como elementos vertebrales de su discurso feminista. No deja de sorprender que la migración sea un mal crónico de la sociedad nicaragüense. Cuando se embarcaba en Corinto, doña Chepita se impresionó, tanto que caracterizó muy bien el fenómeno de la importación y exportación de bienes y personas. Al país ingresaban en ese momento pacas de cabuya beneficiada en El Salvador, mientras jóvenes nicaragüenses salían al exterior en busca de trabajo. El eterno drama. Dolida exclama: "Es severa tarea sustraerse ... del medio en que se nace , ciertamente, pues el gobierno está en el deber de dar a la generación presente, una potente fuerza activa que constituya su poder en las luchas diarias de la vida". El hecho lo dejó registrado el 15 de septiembre de 1920. ¡En las mismas estamos!

*Fotografías tomadas de Internet

miércoles, 5 de junio de 2013

Una amistad perdurable




A mí no me causó ninguna gracia la aparición del Manual del perfecto idiota latinoamericano (1996), escrito a seis manos por Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa. Evangélicos confesos de la derecha tenían como único propósito poner en ridículo y burlarse de quienes todavía mantenían posiciones de izquierda. Los tres mosqueteros creyeron que había llegado el momento de saldar cuentas con esos especímenes horripilantes, atraídos todavía por ciertos principios venidos a menos, ante el deslumbramiento provocado en ciertos espíritus, por el vertiginoso ascenso del neoliberalismo y el triunfo irremediable del mercado. Revestidos de una pureza beatífica, erigidos en paladines justicieros, alzaron sus espadas para liberarnos de incomprensiones y lecturas sesgadas del acontecer en el subcontinente americano. Creyeron que los tiempos eran propicios para convertirse en jueces severos de antiguas y falsas creencias político-ideológicas.

Los imperialismos deberían mostrarse agradecidos, quedan exculpados de toda responsabilidad por los desmanes cometidos en América Latina y el Caribe. Nadie excepto nosotros mismos -Mendoza, Montaner y Vargas Llosa quedan fuera de toda sospecha- somos culpables del atraso, el subdesarrollo y la pobreza prevalecientes. Los idiotas son los que siguen creyendo, repitiendo y atribuyendo a las grandes potencias, especialmente Estados Unidos, las dificultades del presente. La herencia colonial un espejismo, una falsa quimera, una invención antojadiza. Teníamos que mostrarnos agradecidos frente a ellos por desprendernos las legañas de los ojos. La única y auténtica lectura de lo acontecido nos era revelada. Atribuir cuotas mayores o menores a otros países era permanecer en un estado de idiotez. La metodología aplicada por Juan Bosch en su clásico De Cristóbal Colón a Fidel Castro, quedó intacta. Sigue siendo válida para saber porqué en el Caribe se hablan las lenguas de los colonizadores.

A Mendoza y Montaner, dos de los tres proponentes del nuevo testamento latinoamericano, los había leído, Vargas Llosa me resultaba un perfecto desconocido. Plinio Apuleyo Mendoza alcanzó notoriedad con El olor a la guayaba (1982), conversación literaria con Gabriel García Márquez, libro necesario para introducirte en el conocimiento del portento. Se conocieron en un café de Bogotá cuando el costeño cursaba primero de derecho. La impresión recibida -un caso perdido según Luis Villar Borda su compañero de pupitre- quedó dibujada en Gabo Cartas y recuerdos (Editora Géminis, 2013). No sintonizo con sus anatemas políticos ni sus desencantos ideológicos, pero si con la amistad forjada a través del tiempo, inmune a desavenencias políticas, nacida en los años duros del París de los cincuenta, ajena a las veleidades de la gloria, (La gloria es una mierda, exclamó Verlaine a Darío) sólida, tierna, sentimental, fuera de todo cálculo económico. El libro es un canto a la amistad.

Las revelaciones literarias resultan valiosas para los estudiosos de la obra imperecedera del hijo dilecto de Aracataca. Las cartas sirven para reconstruir su itinerario creativo, permiten conocer que El otoño del patriarca (1975) lo acosó mucho antes (1963) que Cien Años de Soledad (1967) se convirtiera en la gran novela mundial. Eso dice mucho a los expertos, a mí me conmueve la incertidumbre, el hambre que lo consume y el frío glacial atemperado en las parrillas del metro parisino. Esa misma hambre aflora como un cuchillo en la biografía Una vida (2009) de Gerald Martín, incluso tal vez de forma exagerada. En la navidad de 1955, cargada de bruma, en la casa número 17 de la Rue Guénégaud, quedó sellada su amistad. Plinio la cuenta en párrafos enternecedores. La poesía asoma en buena parte de esta historia. Podemos disentir de sus posiciones políticas, nunca sustraernos al peso de una amistad franca, abierta, sin dobleces.

Sin pretenderlo y más allá de su condición de paisano, Plinio se convirtió en ángel protector de Gabo. Venía de Ginebra como reportero de El Espectador y se había quedado varado en Francia. El sueldo jamás llegó. La noche del 24 de diciembre después de cena, bajo una nieve que cubría todo de blanco, García Márquez, corrió como un niño, gozoso que las hilachas besaran su cara. Por vez primera disfrutaba la nieve. Saltaba estremecido. Lleno de una alegría contagiosa, olvidó los sinsabores del momento. Esa noche en el bulevar Saint-Michel sus vidas quedaron entrelazadas para siempre. Vieron nacer y morir sueños y esperanzas. Empezaron a desandar juntos el camino. Un largo peregrinar que empezó por los países del Este de Europa y alcanzó hasta la Unión Soviética, llegaron como miembros de un grupo de danzas folclóricas. El subterfugio utilizado valió la pena.

Vivieron juntos la caída de Pérez Jiménez en Venezuela, Gabo llegaría a Caracas desde París, en la navidad de 1957. Plinio le consiguió un puesto en el equipo periodístico del loco Ramírez Mac Gregor. Luego pasarían a engrosar las filas del emporio del magnate de la prensa venezolana, Miguel Ángel Capriles. Mercedes, el cocodrilo sagrado, empieza su vida al lado de Gabo. El triunfo de la revolución cubana los conducirá a integrarse al buró de Prensa Latina en Bogotá. Plinio como jefe y Gabo como redactor. El affaire Padilla, no solo escindirá sus caminos, estallará al boom en mil pedazos. Plinio firmó por Gabo la carta enviada a Fidel desde Francia. Una corriente de amistad los mantiene unidos. Dirimen sus diferencias sin aspavientos. Cada quien arrea sus propias velas, respetan sus opciones políticas sin menguar o debilitar el cariño que ambos se profesan.

Cuando la fama lo ha encumbrado a los altares, el costeño sabe que entre tumulto que hoy se aglomera a celebrarle, muchos lo veían de reojo. Capítulo bien logrado, Plinio filtra los poses huraños y las respuestas sardónicas ofrecidas a los nuevos contertulios. Gabo sabe tomar distancia incluso de los críticos. Cien años de soledad no figuraba en la lista final de libros para ser premiados por los críticos italianos en el tormentoso 1968 europeo. París había sido sacudida en mayo por la revuelta estudiantil. Sartre y Mitterrand la celebran. El cambio en Italia se produjo cuando consultaron a los lectores, quienes impusieron el libro y ganó el premio por unanimidad. Se suponía, dice a Plinio en carta fechada el 28 de octubre de 1968, que yo iba a recibirlo, pero me negué, y a mi agente le costó una pelota conseguir que lo mandaran por correo. Al final todo quedó muy bien, aclara en la misiva. Tendrían que acostumbrarse a estos desplantes.

La llegada del Premio Nobel afianzó el aprecio que se guardaban. A Gabo no lo marean las alturas ni lo seduce el dinero. Está vacunado contra el halago. Iluminado por su propia celebridad, el viejo amigo sigue siendo el mismo. Descree de amistades surgidas a partir de su prestigio como escritor laureado. Siguen encontrándose, beben café o almuerzan como lo hicieron en los días de miseria compartida. Gabo invita a Plinio Apuleyo a viajar por Europa en otras condiciones. En algunas de sus cartas da cuenta de sus proyectos literarios, como lo hacía con todos sus amigos. Al enterarse que Plinio estaba escribiendo Gabo Cartas y recuerdos, para que no quedase ningún secreto entre sus vidas, para disipar suposiciones, declara al amigo que nada de lo ocurrido lo tenía previsto.  

-    Todos los días de mi vida me he levantado cagado de susto.
Antes por lo que podía ocurrirme. Ahora por lo que me ha ocurrido”.

Una amistad como esta merece contarse. Los amigos deben quererse y respetarse. La amistad no tiene precio. ¡Lo demás es demagogia!
  

Al ritmo de Pérez-Reverte




Desde que me repantigué en la cama y deslice mis ojos sobre sus páginas, sentí que me deslizaba sobre una mar voluptuosa. En la medida que me adentraba en el vasto universo de su ancha geografía sentí vértigo. El encantamiento y la seducción eran evidentes. Agarré el libro por los cuernos y no quería soltarlo. Tenía tiempo de no sentirme atrapado por un embaucador de serpientes. Cortes, ritmos, sinfonía, baile y canto, dominaban la escena. La prosa fluye, un manantial lleno de sorpresas. El dominio de la técnica corre pareja con distintas historias contadas con habilidad contagiante. Viento huracanado. Un thriller monumental. Iba y venía de una historia a otra. Cuenta con el ingenio suficiente para suspender el relato justamente donde alcanza el clímax. Sostenía cuchillo y tenedor entre mis dedos frente a un plato suculento. ¿Dejaría de trinchar lo que me ofertaba el chef traicionando mi creciente apetito? Al menos yo no estaba dispuesto.

La manera de contar y la forma cadenciosa, llena de guiños, con sus altos y bajos, armoniza con el tango bailado con desenfado malevo en el trasatlántico Cap Polonio de la Hamburg-Sudamerikanische, una noche de noviembre de 1928. Max Costa, el bailarín mundano, venido a menos, víctima de sus propias fullerías, tallado finamente con esmero de escultor, poco a poco va convirtiéndose ante mis ojos en un personaje agradable, un truhan y cazador furtivo, chulo y malandrín de alta estirpe. Salió del arrabal al que jamás quiso volver, dándose la gran vida en Francia, España e Italia. Esa noche muestra sus dotes, su personalidad arrolladora y su belleza latina. Todo movimiento o palabra pronunciada nacen del cálculo. Puestos sus ojos sobre la presa -la bella Meche- asume el comportamiento de un dandy. Mide distancias con escrúpulo de halcón en celo. Su refinamiento y modales resultan cautivantes. No es la novela para contar heroicidades, muertes y disturbios.

Contratado para distraer a las mujeres que viajan en el barco, Max cumple cabalmente su cometido. El argentino aprendió a bailar tangos en París no en su tierra natal. Una historia paralela serpentea, su encuentro en Sorrento, veintinueve años después y un poco antes en Niza, con la mujer de Armando de Troeye, compositor español. La dama sucumbe a sus encantos. Con serenidad habitual Pérez Reverte da forma a la enorme partitura -El tango de la guardia vieja (2012)- rindiéndole homenaje. Al tango original y auténtico, nacido de una mixtura. Una mirada retrospectiva fascinante. Sitúa sus personajes en La Ferroviaria, el boliche ubicado en Barracas, el arrabal donde nació Max Costa. El antro olía a humo de cigarro, porrón de ginebra, pomada para el pelo y carne humana. Un cafiolo con aires de compadrón hace mates, saca a bailar a Meche. Max aclara que un compadrito es un plebeyo de arrabal con aires de valentón pendenciero. El nunca fue ni lo uno ni lo otro. Tenía los amaneramientos de un seductor experimentado.

El malabarista pretende que sepamos que existe un mundo de distancia entre el tango bailado en París y el tango bailado en La Ferroviaria. Las puntas de los pechos de la mujer rozan las carnes de su pareja, sus piernas y caderas giran alrededor de su cintura; los pasos más atrevidos, música y manos despiertas, provocan escenas mordaces. Lejos de los salones y etiqueta, el tango se traduce en sumisión de la hembra, una entrega absoluta y cómplice. En lenguaje sensual describe esos mataderos, lo bailan más rápido y cortado de manera "deliciosamente puerca". Cada escritor habla a través de sus personajes. Pérez-Reverte dice a través de Armando de Troeye que "casi excita mirarlos". El compositor descubre un mundo nuevo, alimenta su imaginación. El tango de salón alisó todas esas posturas gallardas, provocativas, volviéndole más respetable para ser finalmente amansado. Limaron sus mil requiebres fragorosos. Estamos claros, el tango de la guardia vieja, no usaba fuelle ni piano, sino flauta y guitarra. Seríamos ilusos si creyésemos que la domesticación comenzó con el Último tango en París (1972), crecida corriente de erotismo, Marlon Brandon y María Schneider sobornándonos con sus licencias escabrosas.

Con técnica heredada de los mejores narradores del mundo, el relato discurre de manera ascendente. Abre una puerta y cuando creíamos que ya habíamos recorrido todo el edificio, la puerta trasera comunica con otra casa, un nuevo relato despega donde parecía que la historia concluía. Son los mismos actores del drama -Max por supuesto- quien ha sobrevivido a otra de sus trampas. El bailarín mundano cae prisionero de sus propias andanzas. Evita convertirse en aliado de las fuerzas políticas en pugna. Los fascistas lo utilizan como peón, en una novela que el juego de ajedrez viene a ser la otra cara de la luna. Me inclino en evidenciar mis preferencias por el tango, pero no menos sorprendentes son las peripecias, las últimas audacias que ejecuta en su vida, con las que ratifica su amor por Meche. Mientras urdía su golpe final, sucumbe frente a la única mujer que amó. Se entera que Ricardo Keller Insunza, avezado jugador de ajedrez chileno, era su hijo. ¡Jaque al rey! 

Aun en los detalles y descripciones más prolijas, Pérez-Reverte se muestra impetuoso, apura el ritmo de su canto. La cadencia entre baile y relato son perfectas. Armonía plena. ¿No sería la convicción de que el tango a la vieja usanza entró en barreno, que lo llevó a exclamar acongojado, "la moda se aleja cada vez más de todo esto. Dentro de poco solo se bailará ese otro tango domesticado, inexpresivo y narcótico: el de los salones y el cinematógrafo"? El novelista se adelanta. Deja testimonio del castramiento severo a que viene siendo sometido. Eleva su himno, fluye el ritmo y acelera el compás, para que podamos asomarnos complacidos a la fidelidad con que lo retrata y solazarnos en la pieza que ejecutan y bailan al modo antiguo, en ese mundo encañallecido, donde llevó Max Costa, al matrimonio Insunza y de Troeye. Lo hace antes que el tiempo y las circunstancias lo aniquilen para siempre. Tiene en miras salvarlo del horror de la castración.

La otra cara la constituye un mundo de espías, robos, encuentros y desencuentros amorosos entre Max Costa y Meche Insunza. Las truculencias narrativas y los quiebres repentinos me mantienen en vilo. Espero nuevas sorpresas, otros giros. Avanzo y no hay forma que la intensidad del relato disminuya. El tango de la guardia vieja ratifica la facilidad con que Pérez-Reverte urde historias y se desplaza por diferentes países. Con igual soltura ubica su relato en Buenos Aires, Niza y Sorrento. Las descripciones de estos lugares me recuerdan a Mario Vargas Llosa y Alejo Carpentier, complacidos nos hacen sentir el olor de las calles, la temperatura de su ambiente, la gracia de sus bulines y la majestuosidad de sus catedrales. En la era de la globalización, Pérez-Reverte se sale de su ambiente para ofrecernos la atmósfera, pasiones, triunfos, sinsabores y la densidad de las ciudades donde crea nuevos mundos. ¡Nos hace bailar al ritmo que imprime a su novela!  

martes, 30 de abril de 2013

Para conjurar el olvido



Todo lo que aprendí
se lo debo al bachillerato
Vivir para contarla

A Gustavo Castro Caycedo se le metió entre ceja y ceja que Gabriel García Márquez no había sido lo suficiente justo en la valoración de su paso por el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá. Motivado por lo que consideraba una injusticia, se metió de lleno a escudriñar con meticulosidad los pasos de Gabo durante los 1,375 días que vivió en esa ciudad, comprendidos entre el 8 de marzo de 1943 que ingresó al Liceo hasta el 6 de diciembre de 1946, día y año en que se bachilleró. Con obsesión delirante presenta 83 testimonios de personas entrevistadas a lo largo de tres años. Solo un cariño desmesurado por Zipaquirá pudo haberlo seducido para emprender un camino farragoso, sin titubeos y espíritu de detective. Sintió una herida profunda, un golpe inmerecido, que Gabo dijera “mi internado en Zipaquirá son seis años que recuerdo poco”.

La tesis de Castro Caycedo no deja de ser un desafío incluso para el mismo Gabo. Si Aracataca debe su notoriedad porque allí nació el Nobel colombiano, buena parte de ese mérito obedece a la ciudad, al Liceo y profesores que recondujeron su ruta intelectual. Sin su paso por Zipaquirá no se habría replanteado su condición de poeta, a lo sumo hubiese sido un excelente dibujante y buen caricaturista, pero nunca el extraordinario escritor que todos conocemos, afirma Castro Caicedo. Los testimonios de sus compañeros de banca, sus maestros más queridos y la acogida brindada por la intelectualidad zipaquireña, fueron determinantes -afirma convencido- para que Gabo adquiriera la solidez literaria que lo catapultó a la fama. No escatimó tiempo ni recursos para señalar su despegue y transformación, teniendo como epicentro Zipaquirá y su Liceo de Varones.

El historiador ajusta su visión a la del literato Conrado Zuluaga Osorio, estudioso de la obra de Gabo. El ex-director de la Biblioteca Nacional de Colombia considera que “toda su obra pertenece a un solo libro, a su libro de la soledad, la soledad de un niño asustado y perdido”. Después de haber escuchado decir a los compañeros de estudios más entrañables de Gabo, que el frío lo consumía –Zipaquirá se alza 2,652 metros  sobre el nivel del mar- el miedo aterrador, las pesadillas nocturnas, sus alaridos de espanto por las noches, refractario a la oscuridad, no vaciló en llamar a su obra Gabo: cuatro años de soledad- Su vida en Zipaquirá, (2012). Puntilloso, detallista, imbuido por una enorme pasión, sigue su derrotero por la ciudad, sus escapadas nocturnas, su vida estudiantil y sus escarceos amorosos.

Se siente impelido a demostrar la certeza de sus hallazgos, confrontándoles con las del biógrafo inglés Gerald Martin, a quien más de una vez rectifica. Está persuadido que el viraje más importante en el discurrir creativo de Gabo fue el quiebre que produjo en sus predilecciones, la influencia benefactora del profesor Carlos Julio Calderón. Atrapado por la fiebre de la poesía rescató 14 de sus poemas, los cuales Castro Caycedo no pudo publicar porque no obtuvo el permiso de rigor de Carmen Balcells, su agente literaria radicada en Barcelona. De nada sirvió el intercambio epistolar. En una de sus respuestas la catalana le dice que podría autorizar su publicación “cuando usted me envíe la selección que quiere publicar; quiero pasarlos por los ojos de García Márquez para que el vea cuáles son los que autoriza”.

La autorización jamás llegó, conociendo a Gabo era de esperarse que no accediera dar luz verde para que se divulgasen unos versos nacidos bajo la inspiración de amores fugaces. Mientras muchos escritores han hecho plata vendiendo sus manuscritos a renombradas universidades estadounidenses, Gabo quemó los cuadernos que utilizó para armar el esqueleto, insuflar de sangre y dar vida a Cien años de soledad. Celoso ha pregonado que no deben mostrarse los recursos de carpintería utilizados, fiel a su credo también quemó las cartas de amor desesperado que envió desde Europa a Mercedes Barcha. No cabe duda  que los poemas dados a conocer por Castro Caycedo forman parte de la pequeña muestra salvada del olvido por amigas y amigos afectuosos. Para bien o para mal, salvaron Poemas desde un caracol supuestamente dedicado a Mercedes, rubricado desde Zipaquirá en 1946.

La vaina de la ortografía, su mala ortografía digo, no ha sido un invento ni un truco de Gabo, sus compañeros de estudios más de una vez lo salvaron del oprobio. Miguel Lozano confiesa que a pesar de ser un buen escritor le fallaba la ortografía. Guillermo Granados y Alvaro Ruiz también dicen lo mismo. En el apartado No 4 de Vivir para contarla (Editorial Diana), dedicado por entero a rememorar su estadía en el Liceo Nacional de Varones, reconoce que Carlos Julio Calderón fue en verdad “el primer maestro que pulverizaba mis borradores con indicaciones pertinentes… y a quien debo mucho en mi vida de escritor”. Sin obviar por supuesto las lecturas en voz alta antes de dormirse, realizadas gracias a la iniciativa del profesor Calderón. Era tanto el interés que despertaban, que en el Liceo se impuso la costumbre de leer en voz alta todas las noches. Eran una fiesta.

En las páginas de Gabo: cuatro años de soledad resplandece nuestro paisano inevitable. Su peso literario se dejó sentir en 1945 cuando el profesor Calderón le encargó varias veces corregir las tareas de literatura de sus compañeros, “materia en la que Gabo tuvo una gran influencia del poeta nicaragüense Rubén Darío”, revela Miguel Ángel Lozano. El Mono Salgar uno de sus amigos más queridos recuerda la primera dedicatoria puesta por Gabo a un libro que le obsequió. “A José Salgar que me ordenó torcerle el cuello al cisne”. Una metáfora que rezume jugos darianos. El estudioso Darío Jaramillo señala que “el pidracielismo marca en Colombia el tránsito del reino de Rubén Darío al reino de Neruda”. Eduardo Angulo nunca olvidará que durante su primera clase, el rector Carlos Martín puso como tema de estudio La marcha triunfal.   

La escogencia del poema en la asignatura Análisis del Ritmo, dio en el gusto de García Márquez. Desde ese momento lo ganó por completo “porque este era admirador furibundo de ese genial nicaragüense que escribió: ¡Ya viene el cortejo! ¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines. ¡La espada se anuncia con vivo reflejo; ya bien, oro y hierro, el cortejo de los paladines…" El dictador se sintió pobre y minúsculo en el estruendo sísmico de los aplausos que él aprobaba en la sombra pensando madre mía Bendición Alvarado, ese si es un desfile, no las mierdas que me organiza esta gente, sintiéndose disminuido para agregar compungido: cómo es posible que este indio pueda escribir una cosa tan bella con la misma mano con que se limpia el culo, al ratificar años después que la pasión juvenil que sintió por Rubén se mantenía intacta.

Dejo como tarea pendiente a Castro Caycedo o algún estudioso de Gabo que por favor concilie las afirmaciones del zipaquireño con lo dicho por el mago de Aracataca. Contrario a los libros que leyó en el liceo de Zipaquirá, “que ya merecían estar en un mausoleo de autores consagrados”, en Bogotá descubrió un mundo nuevo. Frente a sus ojos desfilaron decenas de libros que “leíamos como pan caliente, recién traducidos e impresos en Buenos Aires después de la larga veda editorial de la segunda guerra europea. Así descubrí para mi suerte a los ya muy descubiertos Jorge Luis Borges, D.H Lawrence y Aldos Huxley, a Graham Greene y Chesterton, a William Irish y Katherine Mansfield y muchos más”. Leyó a James Joyce y Frank Kafka. Pero siguió creyendo que “la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre”, como sostiene Luis Cardoza y Aragón. 

viernes, 29 de marzo de 2013

Carlos y Federico en su balcón





Coherente con su planteamiento que los escritores jamás se jubilan, ¿deberían hacerlo?, la muerte repentina de Carlos Fuentes, sirvió para ratificar su fidelidad a los postulados de su arte narrativo. El anuncio de su fallecimiento fue proseguido de inmediato por la revelación que dejaba un par de libros escritos, uno de los cuales Federico en su balcón (Alfaguara, junio 2012), empezó a circular apenas un mes después de su ingreso definitivo al panteón de los ilustres. Su estela literaria brilla muy alto en el horizonte de la literatura universal, artífice connotado del boom latinoamericano, se pasó toda la vida escribiendo, en un ejercicio experimental y creativo que inició con La región más transparente (1958), profesión de fe por México y esta novela póstuma, donde sigue apegado a la tierra de sus ancestros, sin alejarse ni una sola pulgada. La parca ratificó su tesis. Nuestro paisano mayor, Rubén Darío, había prescrito mucho antes, "cuando una musa te para un hijo, las otras ocho queden en cinta".  

Me pasé toda la vida esperando que el premio Nobel de Literatura le llegara como coronación y reconocimiento a sus aportes a la narrativa latinoamericana. Todos seguimos expectantes a quién le sería entregado primero, si a Carlos Fuentes o Mario Vargas Llosa. El Nobel llegó primero para el peruano y aunque todavía quedaba espacio el tiempo se había achicado tornando casi imposible su otorgamiento para el mexicano. Sigo preguntándome a qué se debió que Fuentes colocara Federico en su balcón fuera del apartado de El tiempo político. Una explicación sería que decidió situarla al mismo nivel de La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Los años con Laura Díaz y La voluntad y la fortuna. Analizada desde diferentes ángulos Federico en su balcón se inscribe dentro del mismo ámbito de La voluntad y la fortuna y de La silla del Águila, con la variante que la primera la dejó fuera y la segunda la incluyó en El tiempo político.

Durante la última etapa Fuentes siguió experimentando, recurrió a la fragmentación discursiva, saltos inesperados, al análisis político, la reflexión filosófica, la multiplicación de escenarios y personajes, estructuras narrativas con cortes abruptos, creando una atmósfera densa muchas veces difícil de digerir. La irrupción discursiva y la creación simultánea de múltiples voces, un tanto parecido al coro griego, alternaba con historias que se cruzaban y al final quedaban engarzadas, en un juego preciosista, dando cuenta de su enorme capacidad para bordar un inmenso lienzo, en una conjunción de colores y artificios literarios muy suyos. Federico en su balcón participa de esta misma polifonía. Conocedor a fondo del pensamiento de Federico Nietzsche, recurre a su bagaje filosófico para condensar una historia donde los conceptos fundamentales del alemán son expuestos de manera crítica, sometiéndolos al fuego purificador del presente.

El tiempo, el poder, el bien y el mal, la familia, el dolor, el sexo, la historia, la voluntad, la religión, la justicia, son presentados al escarnio a través de la creación de tres personajes paradigmáticos, Saúl, Dante y Aarón. Dispuestos a crear el reino de los cielos sobre la tierra, abanderan una revolución, presa de la corrupción, es liquidada por la restauración, lo que implica el eterno retorno. Saúl, el idealista, muere, inmolado por su mujer María Águila, "Sor Consolota", para no ser víctima de la corruptela que trae aparejado el cambio; Dante, reflexivo, es fusilado por Aarón, quien desea concentrar todo el poder, detrás de estas argucias el militar Andrea del Sargo. Leonardo, hermano de Dante, llamado a gobernar por del Sargo, siempre creyó durante su cautiverio autoimpuesto en casa de Gala, que la sangre prevalece sobre los intereses políticos. Un nudo dramático que ejemplifica la enorme capacidad fabuladora del mexicano.  

Fuentes insiste en experimentar, esta novela-ensayo, está hecha de ideas, frases fulgurantes y reflexiones punzantes. ¿Quién cree que sabe lo último que piensa un muerto si no puede decirlo, si no tiene a quién decírselo? Carlos tuvo tiempo de hablar para nosotros. El retorno de Federico, lo trae al presente para sostener una conversación sobre los temas que ambos  apasionan, obliga a preguntar ¿qué es lo real? No solo lo que vemos, oímos y tocamos. ¿Y lo que imaginamos? ¿No son más reales Hamlet y don Quijote que la mayoría de nuestros contemporáneos? ¿Acaso no es el arte lo que compensa el divorcio de los seres humanos con la naturaleza? El trío Gala-Leonardo-Dante, unidos por la espiritualidad más que por el llamado de la carne, sirve a Fuentes para evocar la relación de Nietzsche con Paul Reé y Lou Andreas-Salomé, mujer excepcional con quien Federico tuvo una relación profunda. ¿Le hace justicia? Da a entender que el alemán, acusado de misógino, no odiaba a las mujeres como sostienen algunos.

Carlos revela el embrujo de Federico por Lou Andreas-Salomé. ¿Busca como redimirlo frente a la historia? No solo se vale de su pensamiento para urdir esta novela-ensayo, fue Freud quien anticipó el carácter y temperamento de Lou Andreas-Salomé. La descripción que hace es idéntico al triángulo amoroso imposible entre Leonardo-Dante y Gala. El vienés asegura que "Quien se le acercaba recibía la más intensa impresión de la autenticidad y la armonía de su ser, y también podía comprobar, para su asombro, que todas las debilidades femeninas y quizá la mayoría de las debilidades humanas le eran ajenas, o las había vencido en el curso de su vida". Persiste en esta alegoría, Fuentes la extrapola al cuido tierno y sentimental que Aarón dispensa a Elisa, niña abusada por sus padres, prostituida y mancillada, la mima pero no la toca, con quien el gobernante se acostaba todas las noches después de su jornada cotidiana dispensándole el mejor de los tratos.

Siempre que leo una novela busco en sus páginas, historias arrebatadoras, mentiras-verdaderas, tramas complejas, personajes escabrosos, iracundos, tiernos y sentimentales, todo lo contrario de lo que pretendo encontrar en un ensayo o una investigación. Carlos desde su balcón logra destilar por el mismo alambique ternura, crueldad, infamia, horror, sabiduría, lecciones de buen y mal gobierno, abusos, petulancia y orgullo. Una novela en todo el sentido de la palabra y yo su lector como lo piensa Carlos Fuentes; cuando leo "un libro titulado, por ejemplo, Federico en su balcón, tienes que tener fe en la ficción que te cuentas, das por descontado que ha habido y habrá varios lectores distintos de un mismo libro". Contrario a lo que me ocurrió con La voluntad y la fortuna, fárrago intragable, el libro póstumo de Fuentes, cargado de cierto pesimismo, no por eso menos apasionante, resulta primo hermano de La silla del Águila, lo leí en clave de novela. ¡No faltaba más!

martes, 26 de marzo de 2013

Moteles y correrías




Cuando Silvia Torres escribió en Confidencial criticando las ofertas puestas en línea por los administradores del Motel Vistas de Asososca, muchachas a la carta y descuentos especiales para militares y policías, registraba un fenómeno sociocultural en plena expansión. Me llevó a preguntarme, ¿Cuántos moteles realmente existen en Nicaragua? ¿Las estadísticas dadas a conocer por el Instituto Nicaragüense de Turismo (INTUR) son fiables? ¿La determinación de Fantasía y Casanova de colocar dos grandes rótulos anunciándose en el mero centro de la capital, en el costado oeste de la Rotonda Rubén Darío, expresa una mayor permisividad de parte de una sociedad pacata ante la existencia de estos lugares? ¿La controversia generada por Torres demuestra un giro radical en la conducta de los nicaragüenses? Se quiera o no los moteles son una realidad insoslayable, tanto que Noelia Sánchez, directora de Empresas y Actividades Turísticas de INTUR, expresó hace ocho años que esa institución se encargaba de capacitar y publicitar en los suplementos turísticos, brochures y página web.


Las declaraciones de Sánchez fueron vertidas a los periodistas Amparo Aguilera y Wilder Pérez, un joven matrimonio a quien se le ocurrió escribir El anónimo mundo de los moteles, que La Prensa se encargó de publicar el 14 de febrero de 2005. No dejaba de ser sintomático que el diario hubiese decidido publicar el reportaje el mismo día de celebración de los enamorados. ¿Podíamos colegir que muchas parejas se darían cita ese día en algunos de estos centros expansivos que sitian Managua por sus cuatro costados? Para evitar aspavientos los firmantes eran pareja, circunstancia que dejaba al periódico fuera de los dardos envenenados que pudieran lanzar algunas almas piadosas, vigilantes de las sanas costumbres y la moral pública. Lo que no acabé  jamás de entender fue que Sánchez dijera "nosotros los vemos como los conceptualiza la Organización Mundial de Turismo, como lugares para descansar". Por mucho que rumié la frase no alcancé a descifrarla. Ella misma estaba convencida que se dedicaban a satisfacer otras necesidades perentorias.

Para salir de dudas hice un sondeo entre una veintena de jóvenes, mujeres y hombres, indagando si visitaban moteles con la intención de descansar. Fui objeto de sorna, risitas, incluso pensaron que les tomaba el pelo. No te hagas el dundo mi querido Guillermo, vos sabes que nadie va a los moteles con la sana intención de descansar. Podemos hacer una interpretación extensiva de lo dicho por la funcionaria de INTUR, dijo Mirta. ¿Cómo es eso? Tal vez quiso decir r-e-l-a-x. Llegas para no ser presa de asaltos y a conjurar el amor. Por más que se diga no son escondrijos, aunque uno tenga que mimetizarse para evitar que lenguas sedicentes denigren y eleven plegarias pese a incurrir en prácticas similares. Sin lugar a dudas confunde los moteles gringos con los moteles que pululan por todo el país y esa ya es otra cosa, corrigió Alfonso. Solo basta atenernos a sus nombres para salir de dudas, añadió Darling. Me parece que esa es una forma acertada para que no sigas creyendo en santos que orinan, se ufanó Cindy.

Comenzaron a soltar una lluvia de nombres, una marejada sin fin, muy parecida a esas sesiones que acostumbran los publicistas para mejorar la calidad de sus propuestas. Animado pedí me dejaran anotarlos. A mí el que más me gusta es La esquina fiel, un matadero de mala muerte ubicado en el tope de la Rotonda de Bello Horizonte. Me refiero a su nombre porque yo prefiero El colibrí, insistió Darling. En la entrada a Granada hay un motel de nombre esplendoroso, se llama La cita y eso que los granadinos son un poco puritanos. Me sorprendió que en la colonia Primero de Mayo, lo hayan bautizado como Flor de mayo, me recuerda La María de los guardias de Carlos Mejía Godoy, él la llama flor de bartolina, una metáfora a toda madre, adujo Silvia. ¿Me van a decir que nunca han oído nombrar el Secret´s? El más idiota de todos es La siesta, se ve que sus dueños no saben nada de estas lides, alzó su voz Ariel. ¿A quién se le ocurre que uno va a un motel a siestear, una va a fiestear que es distinto, acotó. Observé que se relamía la lengua. Mis predilectos, adelantó Yamel, quien pensé que no abriría la boca, son Frenessy y El paraíso. Con solo oír sus nombres se me erizan los pelos, remató Gema. En verdad que son nombres apetitosos, querrás decir excitantes, corrigió Alma.

Mientras los jóvenes opinaban recordé que los moteles siguen creciendo a lo largo y ancho del territorio nacional, negocios exitosos, muy rentables. Los medios día ¡quién lo diría! operan a capacidad plena. El desfile de autos de todas las marcas indica que sus visitantes pertenecen a distintos estratos sociales. Existen de diferentes precios, según los gustos más exigentes. ¿Un cambio en las costumbres? Mientras cavilaba Cindy se quejó, escuché decirle que debían fijar las arañas, mucho se deslizan, antes pude leer en internet a un contertulio agradecido, solicitar a los regentes del Casanova que instalaran tubos en el centro de las suites. Esta misma petición formulada varias veces, me permitió comprobar que las redes sociales han sido colonizadas también para estos menesteres. Para recomponer su imagen los operadores de Vistas de Asososca contrataron los servicios de la firma Creativa de Comunicaciones. Menuda tarea encomendaron a sus dos jóvenes artífices, José Román Rivas y Marcela Urroz, un matrimonio graduado en la extinta Facultad de Comunicación de la Universidad Centroamericana (UCA). Sin lugar a dudas en épocas de crisis pueden echar mano de los creativos para superar los inconvenientes causados por Torres.

En esas estaba cuando Gilma se adelantó diciendo que entre Casanova y Fantasía, prefería el segundo. Estuve en un cuarto llamado Volcano, hace honor a su nombre, tiene piedras volcánicas, esas mismas que escupe el San Cristóbal cuando truena. Aunque es un gusto muy caro, mi novio afirmó que me llevaría de nuevo. ¿En Juigalpa no hay moteles? Si pero sus nombres no invitan al placer ni convocan a Eros, con decirles que uno se llama San Antonio. ¡Qué blasfemia! protestó Vanessa. Sus dueños se van a condenar. Espérate no estés de santulona, advirtió Milena. Se ve que conoces sus correrías, dije para disipar el trance. Por lo sugestivo a mí me gustan El recreo y Las brisas. A mí no, contesto Delia. Esos son los nombres de dos barrios. Ve que tonta te veo. Se quejaron de La siesta. ¿Cuál es su antítesis? ¡Haber díganme! Uno va a recrearse y no dejen de pensar en las brisas que caen del cielo. En mis años mozos el nombre que más me impactó es El Nido, un motel que había en Masaya carretera hacia Granada. Memito, no nos vengas con cuentos, en ese metedero fuiste más de una vez acurrucar tu palomita. ¡Podría ser! 

*Fotografías tomadas de internet.