lunes, 8 de octubre de 2012

Extravíos y reencuentros


A partir de cuarto año de bachillerato tuve la sensación de ser arrollado por un torbellino pasional. El descubrimiento de la filosofía me mantuvo en vilo durante todo el año, el conocimiento de la historia de Nicaragua se manifestó cautivante y la literatura seguía atrayéndome como una aguja imantada. Estaba atrapado por tres corrientes electrizantes. La angustia existencial la dirimí a favor de las ciencias sociales. Creí que había descubierto para siempre el eje de gravitación de mi vida. Saldé cuentas con la literatura, con resolución regalé a mi padre mis libros sobre el tema, parte de los cuales él mismo me había obsequiado. Enrumbé mi entusiasmo por los senderos de la sociología. Me sentí pleno y reconfortado.

Al concluir mis estudios de derecho en la Universidad Centroamericana, seguía apostando a favor de la sociología, no obstante de sostener amores furtivos con la creación literaria. Alternaba mis lecturas sociológicas manteniendo relaciones clandestinas con la literatura. Interesado en continuar estudiando marché a México. Vivía otro desencuentro, había mudado de preferencias. Sentía predilección especial por la Economía Política, me matriculé en esta disciplina en la Universidad Nacional Autónoma de México y Kiko Báez me ayudó a sortear los laberintos de la burocracia universitaria. Al mes ponía los pies en Nicaragua y cuatro años después regresé a la UNAM a estudiar comunicación.

Durante los dos primeros años en Cuidad México, mi gusto por la literatura siguió ocupando un lugar privilegiado. Con cierto pudor fui rehaciendo mi biblioteca literaria. Los estudios de comunicación en vez de enfriar mi ánimo, lo acrecentaron. Mis primeros maestros en el campo de la comunicación, Antonio Gramsci, Armand Mattelart, Jesús Martín Barbero y Ludovico Silva, mancomunados en una complicidad absoluta, ratificaron que el viaje emprendido a través del universo encantado de la literatura era más que acertado. Para esa misma época Roland Barthes y Tzvetan Todorov, me revelaron que todas las disciplinas están contenidas en el movimiento literario.

La literatura mantiene un parentesco inobjetable con la comunicación. Los géneros que más contribuyeron a incrementar la circulación de los periódicos, el número de radioescuchas y televidentes, provienen del campo de la literatura. El folletín, las radionovelas y telenovelas, son hijas del melodrama y de ipegüe, ¿qué vínculos imagina usted pueden existir entre el folletín y las gloriosas barricadas en París de 1848? Contrariando el análisis marxista, Los misterios de Paris (1845), fue vital para que los obreros tomaran conciencia de su condición de explotados. En Socialismo y consolación (1974), Umberto Eco nos muestra con entusiasmo la culpa que asiste a Eugenio Sue en la revuelta parisina.    

Las telenovelas brasileñas tuvieron como primer referente a Jorge Amado, uno de sus más grandes escritores. ¿Cómo entonces darle la espalda a la literatura? Con regocijo celebro que Puntos sobre las Íes, presentado en sociedad por Carlos F Chamorro, cuyo desembarco en el periodismo se produjo a raíz del asesinato a mansalva de su padre, el periodista nicaragüense más emblemático del siglo pasado, haya tenido como escenario la Librería Literato. El muralista mexicano Diego Rivera también tuvo varios amores. Con cierta ironía me sopló al oído: Con la mano derecha pinto retratos que me dan de comer, con la izquierda pinto los murales a través de los cuales me realizo como ser humano. Igual me pasa a mí, pero en menor grado.  

Puntos sobre las Íes es un libro celebratorio. Presa de los arrebatos de la sociología y la economía política, hace treinta y cinco años escribí en coautoría con Eddy Matute Ruiz, Notas sobre acumulación de capital, control natal y desarrollo del Estado en Nicaragua (1977). Años antes Orlando Núñez lamentó que mis escritos sociológicos estuviesen impregnados de literatura. Al despuntar los noventa publicó Sábado de Gloria (1990), novela con que debutó en las letras nacionales. Aún con la afinidad que tiene con su texto sociológico Insurrección de la conciencia, rompió con su manera de enjuiciar al ser humano, al bucear el subconsciente y recrear nuestras obsesiones y veleidades.

Cuando Núñez presentó su novela ya había conciliado mi corazón escindido. Me había hecho el propósito irrenunciable de revisar los supuestos que alimentaban mis sueños. La obra con que inicio el decenio de los noventa, Volver a empezar, significó mi reencuentro con la literatura, lo acontecido en el mundo exigía buscar nuevas claves de lectura y retorné a Juigalpa. El epígrafe que adelanté, “… no se cambia de raíces con solo cambiar de ciudad, se sigue viviendo donde se ha descubierto el mundo”, lo debo al genio de Emir Rodríguez Monegal. Volver a mis raíces significaba también retornar a la literatura de donde había desertado de manera vergonzante.

Si revisan los veintitantos libros escritos durante estos años, se percataran que siempre incluyo un apartado sobre literatura. Durante este año (2012), he mantenido una columna en la Revista Éxito, que circula en Juigalpa, donde abordo temas relacionados con la provincia ganadera y en Confidencial alterno mis trabajos sobre comunicación con recensiones literarias. Jesús Martín Barbero me invito a seguir por este camino. Volver a empezar le pareció lo más atinado. Los estudios de comunicación posibilitaron ajustar mis grandes pasiones. Marx y Barthes insisten que la literatura radica en el arte de la escritura. Ludovico Silva y Franz Mehring vendrían a ratificármelo después.

Entre los sueños desaforados de Julio Verne y las conquistas alcanzadas por el ser humano existen plena coincidencia. El francés confirmó que es más prodigiosa la imaginación literaria que la imaginación científica. Cuando el Apolo 11 alunizó el 20 de julio de 1969 teniendo como tripulantes a Neil Armstrong y Edwin Aldrin, Julio Verne había concebido un siglo atrás, lo que la ciencia y la tecnología se encargarían de reproducir durante el Siglo XX. La literatura una vez más al principio y final de todo lo maravilloso y extraordinario que acontece en nuestras vidas. Internet sintetiza en todo su esplendor el surgimiento de un nuevo lenguaje, la aparición de una nueva sensibilidad y nuevas posibilidades de escritura.       

La fascinación por el estudio de la comunicación dejó de provocar desencuentros entre los tres universos que conjugan mi existencia: la literatura, la sociología y el apego a mi terruño. En Puntos sobre las Íes asumo la condición de cronista de uno de los momentos más críticos para la práctica de un periodismo que responda plenamente a las demandas y expectativas de la sociedad nicaragüense. Solo a riesgo de precipitarnos al abismo podemos dar la espalda a todo lo que acontece en el ámbito de la comunicación. Puntos sobre las Íes es una enorme metáfora sobre el presente y el futuro de la comunicación en Nicaragua. Ni más, ni menos. Cuando lo lean comprenderán que digo la verdad y nada más que la verdad.

Juigalpa y sus divisaderos


Divisando Juigalpa desde Tamanes. 
Domingo, 7 de Octubre 2012, Fotografía Nelly Ramírez 

Los seres humanos siempre han tenido especial predilección por las alturas. En el lenguaje político las alturas tienen una connotación particular. Estar en lo alto es estar en la cúspide del poder. Entre más alto más cerca estás del cielo, opinan los creyentes. Nadie quiere estar en la llanura. Las alturas otorgan una situación ventajosa para quienes las detentan. Una herencia de las fortificaciones militares medievales; y una expresión del panóptico de Bentham, colocarse en lo alto para espiar los movimientos de las personas evitando ser vistos. Las tecnologías han facilitado la tarea, según documenta Armand Mattelart en Un mundo vigilado (2007). Los ojos electrónicos pululan por todas partes. Somos sus rehenes muchas veces sin percatarnos. Cada día se adelgaza más la privacidad.

Casa Presidencial estaba ubicada en las alturas de la Loma de Tiscapa, Managua quedaba a sus pies. En Masaya, la fortaleza militar de El Coyotepe, permitía apreciar todos los rumbos cardinales y el privilegio de detectar cualquier desplazamiento de tropas. El Castillo de la Inmaculada Concepción, emplazado en las alturas, fue construido para divisar la llegada de embarcaciones intrusas sobre el Río San Juan. El Fortín, bastión militar de la Guardia Nacional ubicado en la loma de Acosasco, ofrece una vista panorámica de la ciudad de León. Vance Packard en Los buscadores de prestigio (1964), revela la obsesión humana por ubicarse en la parte más alta de la cumbrera social. En Juigalpa se contaban con los dedos de una mano las edificaciones de dos pisos. Solo el comando departamental y el cuartel de la Guardia Nacional, ambos  de dos plantas, fueron pensados respondiendo a una lógica estrictamente militar.

 Construida sobre una pendiente, Juigalpa se escurría hacia el norte. La carretera al Rama fijaba de manera imprecisa los límites hacia el oeste, al este las calles terminaban en un despeñadero. La construcción del mirador en Loma de Tamanes, como resultado del crecimiento, ornato y embellecimiento de la ciudad, estimula otros presagios entre las nuevas generaciones. Tamanes estaba situada fuera de la ciudad, su visita constituía un apetitoso manjar. Las últimas casas quedaban en la periferia del Parque Cantón. Las hermanas Gil eran dueñas y señoras en ese territorio, igual que don Leocadio Téllez. Para visitar la loma nos metíamos por los potreros de Luis Castrillo o de los Montiel. Juigalpa se veía de punta a punta, también Amerrisque, las llanerías chontaleñas y las serranías de las Mesas.

El nombre de Pablo Hurtado (1853-1936), como se llamó al centro educativo más importante de Chontales, fue  un merecido homenaje al insigne educador chontaleño, quién en 1924 ocupó la cartera de Ministro de Instrucción Pública, por decisión del  Presidente Bartolomé Martínez. A partir de 1959 Juigalpa contaba con un edificio de tres pisos, poniendo fin a la diáspora de centros educativos ubicados en el centro de la ciudad. Nuestro goce consistía en subirnos al techo. Jamás medimos el peligro. Desde esa altura la ciudad aparecía espléndida. Veíamos las palmeras de cocos y la torre de la iglesia. Ubicado en el Parque Cantón, su más grande atractivo eran las decenas de palos de mangos. En 1963 se construyó en el mismo sitio el Instituto Nacional de Chontales Josefa Toledo de Aguerri (1866-1962), como tributo a la educadora chontaleña, nombrada Mujer de las Américas (1950), distinción antes solo recibida por Gabriela Mistral, Minerva Bernardino, Eleonor Roosevelt y Carrie Captman. En la parte norte fue construido un estadio de beisbol. Una herida sobre la yugular del parque de pelota ubicado en Pueblo Nuevo.

La instalación del Tanque para almacenar agua potable, deparó nuevas alegrías. Pronto fue convertido en centro de peregrinación. Construido en el lugar más alto de la ciudad, junto a la residencia de Justiniano Barillas, arriba estaba protegido por dos hileras de hierro. Encaramados sobre su plataforma, igual lo hacíamos en Palo Solo, empezamos a elevar barriletes y cometas. El primer divisadero de nuestra generación fue el campanario de la vieja iglesia de Juigalpa, derribada para construir Catedral. Chon Pedorro, el campanero, nos dejaba subir siempre que no armáramos relajo. Una súplica incumplida. Trepábamos las gradas gritando para luego tratar de tocar las campanas. Desde esa altura contemplábamos el norte, sur y oeste de la ciudad. Como el templo permanecía abierto, desafiábamos la ley divina. El padre Francisco Romero, desde su envestidura de dispensador de indulgencias, nos ofrecía el infierno.

Entre la parte trasera de la Casa cural y el comando, quedaba un altillo, ocupado ahora por Radio Asunción, decían que estaba embrujado. Los más creativos aseguraban que sus inquilinos eran unos duendecillos. A los seis años subí por primera vez al segundo piso, acompañado de Octavio, sobrino predilecto del padre Romero. Su compañía ahuyentaba mis miedos. ¿Cómo no iba admirarle si comía las hostias por montón sin remordimientos? Mientras no estén benditas, aseguraba el sabio, uno podía atragantárselas sin temor. Siendo fronteriza con el comando, los guardias jamás se interesaron por expulsar a los duendes. La única manera de poner fin a sus impertinencias era exorcizándoles con abundantes raciones de agua bendita. Solo podían ser derrotados por los poderes celestiales. ¿El padre Romero acaso no los tiene? Nunca supimos quién lanzaba las piedrecillas que caían sobre el patio de la Casa cural. ¿Serían Rodolfo o Marino?

La casa de dos pisos habitada por Aurelio Avilés, frente a la Panadería de las hermanas Sánchez, con balcones hacia la calle, Chagueyo los aprovechaba para ver las palomas que deseaba habitarán en su palomar. Todavía lo miro sonriente con las ligas de hule sosteniendo sus mangas. Una vez le pedí me dejara ver el mundo desde ese sitio. Gradas y tambo de maderas, los cables de energía rozaban el techo. Entendí por qué los políticos gustan hablar desde las alturas. Pueden ser vistos desde todos lados y desgranar su voz, el verbo preciso, la diatriba, la falsificación, las descalificaciones, los juegos de palabra, las gesticulaciones, sus breves silencios y promesas de siempre. Nosotros, apenas adolescentes, amábamos esos divisaderos. Las alturas no nos  mareaban. Nunca sufrimos los arrebatos que padecen los oradores incendiarios. Eran lugares para enamorarse o estar enamorados.

La albarrada de Amerrisque templaba los ánimos y sacudía las melenas de las muchachas; desde estos lugares divisábamos nuestro porvenir unas veces seguro y otras veces incierto. 

domingo, 23 de septiembre de 2012

La Casa Verde




Celia no estaba consciente que al haber pintado de verde el putal ubicado en las postrimerías del barrio Pueblo Nuevo, ratificaba que la vida muchas veces se encarga de convertir la ficción en realidad. Durante una de nuestras incursiones en la zona prohibida, elogié su decisión de rendir tributo a Mario Vargas Llosa. El verde de los techos y paredes de su bulín era su más grande homenaje. No sabía de la existencia del peruano, ni idea de la novela que había dado fama al prostíbulo nacido bajo el esplendor de su pluma. Espero que no te cobre por aprovecharte de su ingenio. Ni siquiera se inmutó. Celia siguió apacible y difirió por enésima vez mi petición de llevarla a la cama. Su argumento no apaciguaba mis ilusiones perdidas. Todavía eres niño, ve con las muchachas. ¿Si te parezco niño por qué me envías donde las otras que no me gustan? No hubo manera, en vez de disminuir mis fiebres aumentaban.

Para engatusarla y ver si conseguía arrastrarla hacia los precipicios, amplié mi disertación. Aunque lo niegues alguien debió instruirte. Vos no tomaste la decisión porque así se le antojó a tu regalada gana. Voy a terminar creyendo que tienes un amante ilustrado. Tu decisión no fue al azar. En muchos países los centros de poder llevan nombres similares. La sede de la presidencia de  Estados Unidos se llama Casa Blanca. En ella habita el presidente y su señora. Por la confianza que me había dado agregué, en esos sitios no solo se cuecen habas, también güevos. Al principio no entendió. Tuve que ser más explícito. Según recoge la historia, el Presidente John Kennedy, amante empedernido, llevaba a las divas de mayor renombre del celuloide a compartir sus horas de angustia. El poder es un poderoso afrodisíaco, como apuntó Henry Kissinger.

Mito o realidad se decía que en las inmediaciones de Casa Colorada, ubicada en las estribaciones de las sierras de Managua, Eros y Baco, contertulios afines, eran invitados permanentes en las francachelas que se armaban en ese lugar, rumores que nadie se encargaba de atajar, eran leyenda urbana. A lo mejor era todo lo contrario, todos se congregaban a rezar el rosario. Vaya usted a saber. Sin solución de continuidad, la aparición de la Casa Amarilla después del terremoto, evitó que se apagaran los fuegos que incendiaban los días y las noches en los alrededores de los Transportes Vargas. Celia tuvo que haberla conocido durante sus viajes a Managua, en busca de mariposas y rosas frescas para adornar su jardín. La Casa Amarilla no agota su significación simbólica como ingenuamente pretenden algunos, al tomarla como referente para dar direcciones.

A centenares de managuas y jóvenes llegados a la capital, la estancia les deparó dicha y felicidad. Mis compañeros en la universidad fueron asiduos. En algunos mentideros exaltaban “Los tres platos” como el menú más completo de la casa. En sus inicios el santo y seña para identificarla, provino de uno de los servicios ofrecidos por sus pobladoras. Su preparación era gourmet, con un nivel de refinamiento de alta cocina francesa. En paradas de buses, bares, restaurantes, oficinas, universidades, colegios, cines, fondas y sitios de recreación, elogiaban la delicadeza y esmero que ponían por hacer suspirar, voltear los ojos al derecho y ponerlos de revés, arquear el cuerpo, jadear, estremecer y en algunas ocasiones hasta convulsionar a sus visitantes. Ni en El Mandrake y La Ortensia, menos en el Tico-Nica y La Julia, nunca en El Cuarto Bate y La Conga Roja, lograron patentar algo tan exquisito. Todo gracias a los dones especiales de las chicas de la Casa Amarilla.  

¿Quién las instruía? ¿Dónde habían decantado su arte? ¿A quién atribuir ese amaneramiento? Como las antiguas cortesanas parisinas o las geishas japonesas, mostraban sapiencia. Su prestigio logró expandirse más allá de las fronteras patrias. Ignoro a quien se le ocurrió llamar “pitoreta”, al platillo preparado por estas  jóvenes que luego formaron parte del cortejo de las fundadoras de la Casa Amarilla. Es posible que en una vuelta de mano, algún ingenioso cafiche o un visitante agradecido, decidiera reconocer sus virtudes, nombrando esta relación intimista con ese apelativo. Algunos compañeros en la universidad decían que irían donde las “pitoretas”. Cuando indagué de qué se trataba, creyeron que me hacía el tonto. ¿Me vas a decir que nunca has ido a la Casa Amarilla?  Si les decía la verdad no iban a creerlo, así es que respondí de manera afirmativa. 

Yo les había hablado en primer año que en Juigalpa había una Casa Verde. No podían tomarme por puritano. El paralelismo que hice entre La casa verde, novela dos veces premiada y el putal de Celia igualmente pintado de verde arrancó carcajadas. Cuando conocí la Casa Rosada en Buenos Aires, regresé de golpe al despertar de mi juventud. Estaba convencido que en esos escondrijos no solo se despachaban asuntos de Estado, también se fraguaban amores furtivos. A muchas personas apetece ir al encuentro de Eros en esos lugares. Tienen  fantasías eróticas recurrentes. Para saberse machos o tal vez desesperados otros sienten el apremio de anotar en sus hojas de vida, cada uno de sus polvos como estilaba Florentino Ariza. No importa que los mandatarios no sepan coger, lo que vale es haber entrado a la cueva del poder y contar mañana a sus amigas que habían sentido el placer de las alturas.

Siempre me he preguntado quién puso Casa Mamón al palacete construido por el Presidente Arnoldo Alemán. ¿Una ocurrencia popular? Conociendo lo irreverente que somos los nicaragüenses, el nombre que se presta a distintas lecturas. En el Diccionario de Español de Nicaragua, el director de la Academia Nicaragüense de la Lengua, Francisco Arellano Oviedo, define la acepción Mamar: “Aprovechar (alguien) un cargo público para obtener ventajas económicas ilícitas. 2. – la teta: loc. v. Aprovechar (alguien) los bienes del Estado para lucrarse”, (P. 288). ¿No existe acto más obsceno que apropiarse indebidamente los caudales públicos? En los aposentos del poder se estila coger por partida doble: maman la teta al pueblo y se coge a diestra y siniestra, ya sea en ese mismo lugar o en cualquier otro. La sede del poder, afirman los caudillos, “está donde yo diga”. El poder radica donde su majestad diga.

La Casa Verde y la Casa Amarilla son primas hermanas en la concupiscencia. ¿Y las demás?

sábado, 11 de agosto de 2012

¿Un Museo Taurino en Juigalpa?


¿Será que cambiaron de opinión o solo se trata de un compás de espera? Algunas  pensaban que las corridas de toros celebradas entre  el 12 al 16 de agosto de 2011 en la Plaza Pueblo Nuevo, serían las últimas en este lugar. Hay quienes de manera insana apuestan por la desaparición de la plaza taurina de las fiestas patronales de mayor arraigo en toda Nicaragua. Sitio sagrado y de consagración. Los toreros y montadores más famosos de las llanerías chontaleñas acuden todos los años a ratificar su valía o imponer sus nombres. Saben que si no lo hacen, decenas de mozalbetes llegarán a poner fin a su fama. Ansiosos por inscribir sus proezas en los anales de la ciudad, confían en sus destrezas y habilidades, dando inicio a un nuevo ciclo histórico. Desde que apareció el Diablito de Muhan nadie le hace sombra. Durante cuatro años consecutivos ha llegado puntual a Pueblo Nuevo a revalidar su grandeza. Su nombre evoca y convoca a los montadores más grandes de todos los tiempos.

Cuando todos creíamos que la tradición venía en picada, una tarde se apareció este adolescente de quince años, pidiendo le entregaran un rejego de 500 kilos. Todos lo quedaron viendo sonrientes. Sus ojillos negros, impacientes, contrastaban con la serenidad de su demanda. Tamaño y peso, tampoco le ayudaban. Demasiado niño, dijeron algunos. No va aguantar ni la arrancada. Dejémosle que se quite lo rijoso. A nadie importaba su suerte. Si así fuese no entregarían toros a jóvenes que ni siquiera saben amarrarse el pantalón. Meterse a la barrera es cuestión de machos. El niño juega a ser hombre. ¡Que la suerte lo acompañe! ¡Ojalá se haya encomendado a Dios y el Espíritu Santo! El que por su gusto muere que lo entierren parado. Aquí no hay misericordia para nadie. Muchachito, asegura bien tus manos en el pretal. ¿Ya te persignaste y colocaste bien las espuelas? Después no digas que no te lo advertimos. ¿Cómo te llamas? Al igual que Catarrán su nombre no importa.


El Diablito se sostuvo firme sobre el astado. El toro brinca, se arremolina, hace mate   a la derecha, luego a la izquierda. Siente que la sangre corre bajo sus ijares. Va perdiendo fuerza. Toma un respiro. Vuelve a sacudirse. Deja de corcovear. ¿Se sabrá vencido? Trota hacia la puerta del coso. El Diablito desprende su mano derecha y alza victoriosa. Los aplausos continúan festejando su gesta. Marcaba el principio de una carrera fulgurante. La primera tarde que lo vi, su nombre sonaba fuerte. Presuntuosos todos le saludaban. Deseaban estrechar su mano. Tómate un trago. Ponen la botella retadora ante sus ojos. Sonríe con ingenuidad. No cede a la tentación. Demasiado niño para meterse en cosas de hombres, dice mi vecino. Antes de venir en búsqueda de su consagración definitiva en la plaza de toros del pueblo, había descrestado decenas de toros en la barrera de Muhan, inicio de su vertiginosa carrera.

En las fiestas de abril del año primero de su despunte, rubricó su firma montando 30 toros los 4 días que duran las fiestas en Muhan. Estaba consciente que mientras no sedujera a los juigalpinos, su fama no trascendería. Tenía que mostrar sus lances en la plaza mayor. Por eso duele que quieran tumbarla. Algunos despistados me dijeron que desean construir el complejo de gobierno. ¿Por qué no lo hacen en otro lugar? Alguien argumentó que los chinamos con sus putas babilónicas y sus roconolas ruidosas desvelan al vecindario. Bajo esa trivialidad ¿qué pretexto se esconde? Hay quienes quieren apropiarse del local. ¿Se decidirá al fin la Alcaldesa María Elena Guerra, a poner la primera piedra antes que concluya su gestión, para luego dar inicio a la construcción de la Plaza de Toros “Vicente Hurtado”? Sería el homenaje esperado al más grande torero de toda Nicaragua. Una plaza digna de la memoria de Catarrán. Todavía queda tiempo para hacerlo.


Juigalpa necesita un redondel diseñado a la usanza de las montaderas autóctonas, donde los campistas exhiban sus habilidades y los montadores de todo Chontales mantengan viva sus rivalidades con el propósito de demostrar quiénes eran los mejores. Los de Hato Grande, San José de los Gómez, Cuapa, San Esteban, La Libertad, Santo Domingo, Acoyapa, Cara de Mono, Muhan o La Gateada, se trenzaban por ser reconocidos como los mejores. Las autoridades edilicias deben apoyar la creación del Museo Taurino de Chontales. El hogar que perennice nombres de toreros, montadores, lazadores, bailadores y criadores de toros, galería que debería estar precedida por Chema Come Cuero. Su vida giraba alrededor de las fiestas, un enfiestado permanente. La peor ofensa que podía recibir era decirle que no habría fiestas agostinas. Soñaba con las fiestas como los criadores de toros desean que sus astados tumben al más diestro  montado.

Un museo con retratos gigantescos de Rito Flores y Agustín Castro, un lugar que reciba los millares de visitantes que llegan a Juigalpa en la mayor romería del año. Un lugar donde puedan conocer esta apasionante historia de caballos y caballeros, que haga justicia a Gloria Sacasa y Alberto Rondón, Isabel y Humberto Mongrío. A la familia Gómez. Donde Catarrán, pintado al óleo por Róger Pérez de la Rocha, muestre su altivez. Punto de convergencia para que los peregrinos llegados de Estados Unidos, Europa y Centro América, quienes después de haberse ido en busca de techo, educación y comida, todos los años regresan acompañados de hijos y nietas, para jactarse de la valentía de los montadores y la destreza de campistas. Un nicho donde estén Concho y Margarito Villagra, Serapio Amador, Servando Campos y María Morales. Antes que el tiempo haga estragos en nuestra memoria, recoger los nombres de Ramón Laguna, Francisco Álvarez y César Rueda, lazadores imbatibles, con sus tiros invertidos levantaban de sus sillas a las personas apretujadas en palco. La prisa con que se monta y la eliminación del bramadero, han incidido de forma negativa.

Uno aprecia el regocijo de Naser y Fernando González, Ney Aguilar y los hermanos Matus, criadores de toros en San Pedro de Lóvago. Son continuadores de la herencia dejada por Alberto Rondón y Ramón Mongrío. Sus toros son tenidos como los más bravíos de Chontales. Igual engreimiento muestran Chilolo García de Santo Domingo y Abelino Martínez de Cuapa. Para Orlando Bravo y Noel Sevilla originarios de Santo Tomás, como sus toros no hay dos. Juan Villagra, con sus espuelas bien puestas, piensa que sus toros son inigualables. Las disputas sordas bajo la mesa, apuntan en una sola dirección: sus toros fueron y seguirán siendo los mejores. Una verdad tan cierta que Fred Ramírez se las arregla para venir a Chontales a comprar los toros con que seduce durante las montaderas en Expica. Viene convencido que llevará toros y más toros, para lucirlos en la feria capitalina y luego rematarlos a buen precio en el rodeo El Zapote, Costa Rica.   

Los juigalpinos deben acudir a los próximos cabildos para plantear la creación de una partida presupuestaria para la construcción de la Plaza y Museo Taurino en Pueblo Nuevo. Ningún concejal podría mostrarse insensible a esta demanda. Todas las ciudades del mundo donde juegan toros cuentan con una plaza donde sus habitantes gozan y se divierten, vibran y sienten, en un ritual inaplazable, el goce de las fiestas de su vida.  Chontales sigue siendo tierra de ganados y ganaderos. Los criadores de toros son los más entusiastas, deben preocuparse que los campistas y lazadores sigan vivos. Este año espero que alguien me haga exclamar alborozado, ¡Viva Chontales! ¡Los lazadores no han muerto!
  

martes, 31 de julio de 2012

La civilización del espectáculo



“En la civilización del espectáculo,
el cómico es el rey”

Mario Vargas Llosa

¿Obtenido el Nobel de Literatura, que obstáculo podría frenar a Mario Vargas Llosa, para escribir una requisitoria aguda, profunda, filosa y desmitificadora del presente? La civilización del espectáculo (2012), ajusta cuentas con la banalización de la cultura propiciada por el advenimiento y primacía de la imagen y la metamorfosis a que ha sido sometido este concepto. Su caracterización de lo que acontece en el ámbito cultural constituye un parte aguas con las otras formas de nombrar el cambio de época al que asistimos. Siguiendo la trayectoria marcada por Daniel Bell, Ernest Mandel, Herbert Marcuse, Guy Debord, Eugene Brzezinski, Manuel Castells, destaca las mutaciones provocadas por la revolución científico-técnica, que tiene su barco de proa en el mundo de tecnologías de comunicación, Vargas Llosa insiste por el lado de la cultura. Su enfoque se concentra en el impacto desmesurado en lo que se ha entendido por cultura, degenerándola en simple espectáculo.

Después de haber exaltado al mercado como absoluto y árbitro imprescindible, termina asestándole una bofetada. Lejos quedaron sus anatemas contra quienes defendieron la cláusula de la excepción cultural. Dejó de pensar que el mercado posee la virtualidad de decidir que es bueno o malo en materia cultural. La defensa que formula de la denominada alta cultura, se debe a su trascendencia en las otras formas de definir la cultura. Se escandaliza de las confusiones generadas entre cultura mundo y cultura de masas. Su visión empalma con la del norteamericano Robert Foster Wallace, para quien la diferencia entre los escritores del presente con los del pasado, es que estos  además de adquirir un compromiso estético, asumían un compromiso ético. Wallace formula su tesis en el análisis fecundo que realiza sobre la obra de Dostoievski. En iguales términos juzga Vargas Llosa las producciones del ruso Tolstoi, el alemán Thomas Mann, el irlandés James Joyce y el norteamericano William Faulkner.    


Toma nota del análisis emprendido por el sociólogo francés Fréderic Martel. Acredita las constataciones que hace en Cultura Mainstream (2010), al registrar una realidad que ni la sociología ni la filosofía habían encarado. Se distancia al creer Martel que la cultura mainstream o cultura del gran público ha democratizado la cultura, arrebatándola a una minoría que la monopolizaba. Para Martel las actividades intelectuales, artísticas y literarias murieron desde hace tiempo, aunque sobrevivan en pequeños nichos sociales. Vargas Llosa estima que la diferencia esencial es que la cultura del pasado pretendía trascender en el tiempo, permanecer viva, mientras la cultura mainstream ha sido fabricada para ser consumida al instante como papas fritas o  popcorn. Igual pasa con las telenovelas brasileñas y Shakira, no duran más tiempo que el de su presentación. Textos y espectáculos se agotan en el acto. No hace concesiones, desestima dos características esenciales de esta cultura: su producción industrial masiva y su éxito comercial. 

Desconozco con que ojos verán los jóvenes el retrato siniestro que hace Vargas Llosa de la época actual, estoy convencido que no les hará ninguna gracia, tampoco lo pretende, solo realiza el diagnóstico de una cultura envuelta en celofán. Vargas Llosa coincide con Anthony Guidens. En Un mundo desbocado (1992) el inglés alude los cambios introducidos en el comportamiento de los hacedores de televisión. Con la caída del muro de Berlín (1989), los camarógrafos hicieron que los jóvenes que lo escalaban bajasen, para que iniciaran de nuevo su ascenso puesto que las cámaras no captaban bien el espectáculo que deseaban transmitir en vivo y directo a todo el planeta. Vargas Llosa cita a Claudio Pérez, enviado especial de El País a la gran manzana, para dar cuenta de la crisis financiera capitalista. Su crónica fechada el 19 de septiembre de 2008, dice que “los tabloides de Nueva York van como locos buscando un bróker que se arroje al vacío desde uno de los rascacielos que albergan los grandes bancos de inversión, los ídolos caídos que el huracán financiero va convirtiendo en cenizas”.

Este frenesí compulsivo permite definir la civilización del espectáculo. Los fotógrafos, como aves de carroña, escrutan los rascacielos para mostrar en vivo su muerte, solo les interesa el hecho convertido en espectáculo. Una cultura “donde en primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal”. En esta definición se escuchan ecos del discurso situacionista, el francés Debord había caracterizado el nuevo estadio como Sociedad del espectáculo, (1967). Vargas Llosa se mofa se esta cultura al pretender igualar una ópera de Verdi, la filosofía de Kant, con un concierto de los Rolling Stones y una función del Circo Soleil. Cultura light, leve, ligera, fácil, una literatura cuyo único propósito consiste en divertir. Critica el establishment por desalentar, en vez de estimular a quienes escriben obras exigentes, textos que reclaman concentración y esfuerzo de los lectores. Concluyente ratifica lo que todos ya sabemos, “en la civilización de nuestros días es normal y casi obligatorio que la cocina y la moda ocupen buena parte de las secciones dedicadas a la cultura y que los chefs y los “modistos y “modistas” tengan ahora el protagonismo que antes tenían los científicos, los compositores y los filósofos”.


Condena la alcahuetería de los medios en estos cambios, la realizan de manera consciente, sus nexos con las grandes corporaciones financieras y mediáticas les inhibe jugar un rol diferente. La prensa sensacionalista, sostiene Vargas Llosa, nace corrupta. “En vez de rechazar las groseras intromisiones en la vida privada de las gentes, las reclama, pues ese pasatiempo, olfatear la mugre ajena”, creen que “hace más llevadera la jornada del  puntual empleado, del aburrido profesional y la cansada ama de casa”. Un libro de una sola cara, controversial, con cierto deje absolutista, no por eso menos valiente, que generará polémicas por hacer afirmaciones sumamente discutibles y objetables. Un ensayo demoledor sobre los tiempos que corren, invita a la reflexión. Su evocación de Walter Benjamin y Karl Popper, un marxista y un liberal, resulta apropiada. En el momento que el desencanto y la desesperanza cunden y se apodera de muchos, ambos autores “por más que el aire se enrarezca y la vida no les resulte propicia, los dinosaurios pueden arreglárselas para sobrevivir y ser útiles en los tiempos difíciles”. ¡A su magisterio me acojo!      

domingo, 15 de julio de 2012

Aguas negras, cuentas claras



El inicio del encunetado y adoquinado en Juigalpa fue para muchos el anuncio de una nueva era. La primera calle sometida a los apremios de la modernización fue Palo Solo. Dieciocho años antes se había iniciado la instalación de la tubería para llevar el agua potable a las casas. ¿No debió plantearse al mismo tiempo la instalación del alcantarillado para el desagüe de aguas residuales? El retraso con que entramos a la segunda década del siglo veintiuno en materia de salud pública, ratifica que en Juigalpa las autoridades nunca han tenido clara sus prioridades. Ni las actuales ni las de antes. Debieron habérsele plantado al Ejecutivo. Mis alumnos en la universidad creían que cuando hablaba de los “pon pon” era la creación de una imaginación delirante. Solo los estudiantes llegados de las regiones más remotas daban pábulo a mis afirmaciones. Todos reían gozosos al hacer las descripciones de las profundidades que alcanzaban las letrinas. En algunos hogares las hacían tan hondas que a nuestra edad –ocho años- daba miedo asomarse al brocal.

Mientras doña Clotilde Díaz construía su retrete, nos metíamos al patio para ver cuántos metros bajaba hacia el centro de la tierra. Aprovechábamos el descuido de los obreros para lanzar piedras y así calcular la profundidad que iba alcanzando. Creímos que saldrían al otro lado del mundo. Encaramados sobre un tablón, los trabajadores extraían baldes repletos de tierra. A veces se topaban con capas muy sólidas. La jornada se volvía extenuante. Avanzaban bien lento. Afilaban a cada rato sus piochas y barras, nunca utilizaron barrenos. La tierra acumulada la tiraban en la esquina del patio de mi tía Josefa Villanueva. Debido a la inexistencia de botaderos había sido convertido en basurero oficial. El solar quedaba a escasos cien metros de la iglesia. Sus hedores salpicaban el vecindario. Los vientos esparcían la basura hacia el centro de la ciudad. Existía una especie de acuerdo tácito entre mi tía Josefa y las autoridades edilicias a quienes poco importaba su existencia.

En muchas casas pudientes los “pon pon” tenían cuatro tazas. Las diseñaban según el tamaño de las nalgas de sus dueños. Con decirles que en algunos ni siquiera intentábamos sentarnos por temor de escurrirnos hacia el fondo y morir ahogados en mierda. En diversas ocasiones armamos concursos para premiar al culo más educado. Nunca supe a quién se le ocurrió la idea. Sentados en el trono, en una verdadera puja, expectantes, concentrábamos la atención para ver quien lo hacía primero. Parecía que habíamos calibrado nuestros intestinos. ¡El golpe avisa! El premio consistía en un par de caramelos que Fany robaba en la venta de mi tía Rosibel. Al no ponernos de acuerdo sobre el vencedor, más de una vez declaramos desierto el concurso. Entonces quebrábamos en pedacitos los caramelos y los distribuíamos de manera equitativa. El excusado de las Castrillo, una casita en miniatura, era seleccionado para la celebración de estos certámenes. Nunca lo hicimos donde doña Comelia Castilla, pese a quedar dentro de nuestro perímetro de juegos.

Después supimos que el viaje fraguado al estilo Julio Verne, obedecía a que todos querían disponer de sumideros que de ser posible durasen toda una vida. El tiempo ha venido a darles la razón. El primer retrete del que guardo recuerdo estaba ubicado en la casa que albergaba al Instituto Nacional de Chontales, donde hoy es el Hotel Mayales, quedaba en el fondo del patio, un banco con dos pequeñas tazas de madera. Como no estaba iluminado a nadie se le antojaba ir de noche. Creo que este fue un tropiezo que enfrentó la mayoría de los hogares juigalpinos. Tampoco tengo claro cómo no se enfermaban si tomaban agua del pozo que quedada a pocos metros del “pon pon”. En mi vecindario casi todas disponían de ojos de agua. Muchas veces ni siquiera tomaban el cuidado de ponerles tapas de madera. De cuando en vez les echaban baldes de agua con creolina. ¿Cómo hacíamos para modular nuestros estómagos como si se tratara de una orquesta? No lo sé.

Las lluvias anegaban el barrio. Alcanzaban su mayor velocidad frente a doña Minar Cruz, y luego penetraban por la esquina en casa de mi tía Rosibel. En invierno nos íbamos a bañar a escasos metros del basurero de mi tía Josefa, en los límites del predio de don Fernando y doña Alba Montiel. Las aguas se deslizaban a orillas del pozo Calicanto y se estancaban en el patio de Ángel María, para luego caer en el Mayales. Para rehabilitar la calle tuvieron que hacer ese enorme muro. Desde la altura se aprecia todavía el hueco donde varias generaciones iban a chapalear aguas lodosas sin temer sus consecuencias. Una sola vez nos zambullimos en ese lugar. Jorge Eliécer y yo la pagamos caro. Mi madre nos fue a sacar a las seis y media de la mañana. Nos hizo caminar desnudos hasta la esquina del instituto. Una vergüenza que todavía no supero, pese haber recibido el golpe a los cinco años de edad. Tampoco puedo hacerme de la vista gorda ante la carencia de un sistema de alcantarillado en Juigalpa. Un tema de salud pública que exige respuesta inmediata.

Para sortear el infortunio en casas, centros de negocios, restaurantes, bares y discotecas, han construido pozos sépticos. La indolencia de las autoridades edilicias y de salud nunca ha sido confrontada. Las aguas siguen escurriéndose por las calles de Juigalpa. Ningún alcalde se ha interesado en poner fin al drama. En algunos tramos el hedor es permanente. Se encharcan frente a las instalaciones centrales de Claro y el Templo Evangélico. Hay que caminar con cuidado para que los carros no salpiquen tus ropas. La mortificación se repite en el trecho que baja desde donde don Leovigildo Jarquín hasta la esquina de doña Pastorcita Díaz. Las aguas hacen un remanso en la esquina de  Mongrío. Las ondulaciones del adoquinado entre los Figueroa Escobar y Ortega Castillo, retienen las aguas y la fetidez subsiste. Igual pasa en las esquinas de don Pancho Ramírez, Rafael Acevedo, René Meneses, Biblioteca Municipal, etc. ¿De qué adelanto hablamos? La expansión comercial por sí misma no es indicador de progreso.

Los inodoros los descubrí en la capital. Para mí fue una novedad jalar la cadena y ver como el agua se tragaba la mierda arrastrándola hacia el Lago Xolotlán. Una cagada mayor de la que los Managua ni nosotros nos hemos podido librar. ¿Será así por los siglos de los siglos? Amén. 

Aleida y el Che



¿Sobre qué veredas transitar en un texto dedicado al Che, partiendo que este ha sido escrito por su esposa? En el libro pergeñado por Aleida March, Evocación mi vida al lado del Che, (Espasa, 2008), ¿esperaban una vez más su canonización? ¿Qué aspectos les resultarían imprescindibles? ¿Los consagrados a la liberación de Cuba, su involucramiento en las luchas de África y América Latina o sus relaciones afectivas con su esposo? A mí lo que más me interesaba conocer era cómo transcurrió la vida del guerrillero en sus breves pausas hogareñas y su comportamiento como padre. Su nombre pertenece a la leyenda, realidad y mito se funden. Sobre las hazañas del Che se han vertido miles de páginas. Muchas aluden de manera contradictoria su vida amorosa. Unas enaltecen su condición de asceta, otras resaltan su carácter de macho. Mil y una anécdotas, verdaderas y falsas, salpican su vida.

Desde el anuncio de su publicación disponía de las claves para leerlo. Después de haber consagrado tiempo a la lectura de casi la totalidad de su obra, incluso la antología preparada por Biblioteca Era, precedida por un prólogo de Roberto Fernández Retamar, me interesaban sus relaciones familiares. Cuando todos glorificaban o maldecían su gesta, al empezar a leerle me deleité al deslizarme sobre una prosa saturada de poesía. Pasajes de la guerra revolucionaria (1963), no dejaba espacio a la duda, cargado de metáforas y una enorme capacidad para escribir breves relatos oscilando entre lo anecdótico y lo histórico. Con un estilo apretado, irónico y mordaz daba cuenta incluso de sus titubeos y caídas. Algo similar emerge del Diario del Che en Bolivia (1968). El ejercicio riguroso de la autocrítica no lo deja a salvo. Con nadie fue más severo que consigo mismo.

Culminada la primera etapa de la lucha insurgente, con la entrada de los barbudos a la Habana al despuntar enero de 1959, los primeros días de la pareja fueron una vida de cuartel. Los dos meses que vivieron en Tarará, marcan el inicio de su intimidad. Como romántico incurable, el Che le hizo entrega de su primer regalo: un frasco de perfume Flor de Roca, de Caron. Su boda sería en La Cabaña, el 2 de junio de 1959, a la que asistió como invitado el nicaragüense Rafael Somarriba. Aleida, era una mujer celosa, ¿qué razones tendría? Será verdad entonces lo que dijo una vez Osmany Cienfuegos, ¿qué el Che le había confesado “Yo no le cuido la bragueta a nadie”? Otros más audaces se atrevieron a decir que tuvo amores con Tamara Bunke, Tania, la guerrillera, su compañera de sueños en Bolivia.



Sus relaciones empezaron a tener un giro diferente, mudaron de vivienda hacia la calle 47, entre Conill y Tulipán, en Nuevo Vedado. La familia empezaba a crecer, a Hildita se sumó el nacimiento de Aliucha. Si algo deja claro Aleida, fue que el nacimiento de Camilo le deparó grandes alegrías. Desde siempre deseaba un hijo varón. Encontrándose en Argelia, el 24 de febrero de 1965, nació su quinto hijo, típico latinoamericano se sintió tentado de ponerle Ernesto. Con su manera habitual de entrarle a las cosas de soslayo, escribió una carta dirigida a su nuevo vástago: Ernesto Guevara March (entregarlo en su casa o en la clínica) Habana. Teté dile a la vieja que no voy a comer. Que se porte bien. Dale un beso a tus hermanitos. Tu viejo.  

En las últimas cartas a su mujer, brota la nostalgia e irradia su indeclinable naturaleza poética. Antes de su salida hacia el Congo, disfrazado, bajo el seudónimo de Ramón, vuelve a la carga: “En las noches del trópico volveré a mi viejo y mal ejercido oficio de poeta (no tanto de composición como de pensamiento) y tú serás la única protagonista”. Un tiempo después de su partida, Vilma, la esposa de Raúl, llegó a casa de Aleida a dejar las cartas que escribió a sus padres e hijos, junto con un sobre que decía Solo para ti, unas cintas con poemas grabados en su voz. Aleida después comprendió que había sido fiel a la forma de expresar sus sentimientos. Le grabó a Neruda, Farewell y Veinte Poemas de amor; Vallejo, Piedra sobre piedra y Los heraldos negros; Guillén, La sangre numerosa y el abuelo y a Martínez Villena, La pupila insomne.

En una carta remitida desde el Congo, le llama Mí única en el mundo, un verso prestado al viejo Hikmet, poeta turco revolucionario, con quién se identificaba. Aleida insiste en llegar a verle, se niega y aclara que se ha pasado buena parte de su vida, “teniendo que refrenar el cariño por otras consideraciones, y la gente creyendo que trata con un monstruo mecánico”. Estando en Tanzania (28 de noviembre 1965), le escribe una de esas tantas cartas reveladoras de su personalidad. Contrario a lo que piensan sus detractores, se define como “una mezcla de aventurero y burgués, con una apetencia de hogar terrible pero con ansias de realizar lo soñado”. Sigue pidiendo libros, el listado es grande, pero como afirma, “me he acostumbrado tanto a leer y estudiar que es una segunda naturaleza y hace más grande el contraste con mi aventurerismo”.

A su regreso de África, Aleida fue a su encuentro en Praga. Una estadía de amores intensos y clandestinaje severo. Ambos creyeron que no volverían a verse. Con un pie en el estribo hacia el Congo, su carta olía a final, utiliza un deje poético que me recuerda a Octavio Paz. Cree que carece del “noble oficio de poeta. No es que no tenga cosas dulces. Si supieras las que hay arremolinadas en mi interior. ¡Pero es tan largo, ensortijado y estrecho el caracol que las contiene, que salen cansadas del viaje, malhumoradas, esquivas, y las más dulces son tan frágiles! Quedan trizadas en el trayecto, vibraciones dispersas nada más”. Cuánto la amó, supo decírselo con pasión de hombre y expresión de poeta. “Así te quiero, con recuerdo de café amargo en cada mañana sin nombre y con el olor a carne limpia del hoyuelo de tu rodilla, un tabaco de ceniza equilibrista, y un refunfuño incoherente defendiendo la impoluta almohada (…)

Con un pie puesto en campaña, el poeta se despide cantando a su mujer

Adiós, mi única
No tiembles ante el hambre de los lobos
Ni en el frío estepario de la ausencia;
Del lado del corazón te llevo
Y juntos seguiremos hasta que la ruta se esfume…