sábado, 21 de enero de 2012

Juigalpa: entre la inercia y el caos




Desde Heráclito de Éfeso hasta nuestros días, se han escrito centenares de tesis sobre la teoría del cambio. Nadie se baña dos veces sobre las mismas aguas. Nada permanece igual. Los conceptos de evolución y revolución, mantienen todavía trenzados en discusiones bizantinas a muchos locos de hoy. Su contracara –involución y contra-revolución- continúa en la palestra del debate público. Estimulado por el espectáculo que arroja el paisaje de mi ciudad, voy acercarme a los cambios propiciados por la expansión comercial. Como un cáncer agresivo el crecimiento desmesurado del comercio se ha comido el centro de Juigalpa. Se apodera de las aceras, impone un anillo de acero a Catedral, sitia el Parque Central y bloquea el paso en los amplios corredores de la Escuela José Aníbal Montiel. No contentos expanden sus tentáculos hacia Palo Solo, la Avenida Josefa Toledo de Aguerri y hacia el antiguo Cine Cinthia, convertido en templo de mercaderes.

Para liberar equívocos nada tengo contra las personas que buscan una salida a la falta de empleo, refugiándose en la venta de todo tipo de tiliches. En un país de desempleados, el trabajo informal se ha convertido en colchón amortiguador de las penurias domésticas. Las únicas veces que este fenómeno se presentaba era durante las fiestas agostinas. Los chinamos se instalaban unos días antes de las fiestas patronales, luego levantaban campo. Hoy instalaron sus carpas de manera definitiva y se adueñaron de los espacios públicos, estimulados por la abulia de las autoridades municipales. Todas las viviendas alrededor del parque desaparecieron. Solo una familia –los Bendaña Jarquín- ha resistido el desarraigo. Los demás han vendido al mejor postor. Signo de los tiempos, el centro de gravedad del poder ha mudado de sitio. El esquema dominante fue desfondado. Solo el poder religioso ha permanecido ¿imperturbable? en el mismo lugar, pues aunque lo quisieran no pueden trasladar Catedral a otro sitio.

El fenómeno se repite en otras ciudades del país. Lo mismo acontece en León, Chinandega, Ocotal y Granada. En una complicidad mal entendida, las autoridades locales permiten que la ciudad, a quien deben fomentar su ornato, desarrollo y crecimiento armonioso, continúe siendo transformada en un enorme bazar. En el Parque Central la gente se orina y caga sin escrúpulos. Los altoparlantes elevan los decibeles hasta causar sordera y espanto. En la casa del partido en el poder se despachan las cuestiones de Estado y en sus corredores se venden baratijas como muestra de un rancio populismo. Vivimos en eternas elecciones, los votos cuentan y hay que resguardarlos celosamente. No importa que afeen la ciudad, si al final de la jornada electoral estarán de nuestro lado, justifican y apostrofan los estrategas locales. Las críticas entran por un oído y por el otro salen. No importa. Estamos en el deber de dejar sentada nuestra protesta así resbale a los custodios del poder local. No existe un plan de ornato mucho menos una ley de desarrollo urbano.   

El caos norma el desarrollo de Juigalpa. En cualquier lugar puede instalarse un negocio. ¿Acaso no acontece una situación similar en Managua? Me objetaran ustedes. No me queda más que decirles que la única forma de contener la gangrena sería mediante la expresión de una voluntad política encaminada a poner fin a la gula y  avaricia de muchos. En este pandemónium los más favorecidos son los tagarotes. Esos aliados incondicionales del poder mientras sus negocios no sean perturbados por ninguna autoridad. Los casinos rondan la ciudad. Macao da la bienvenida al turista en solo la entrada a Juigalpa. Mustang Saloon opera a cien metros de Catedral y un poquito más alejado, Atlantic City levanta su pedestal a doscientos metros del templo mayor de los católicos. En la Casa de la Cultura frente a Catedral, en una sumatoria increíble, se rinde culto a Baco, se baila, canta, enseñan artes marciales, venden teléfonos celulares, ropa, esquimos, tinterillos atienden a los incautos y los viejitos han encontrado un lugar para enjugar sus penas los sábados por las noches, sin John Travolta de por medio.

Las ventas de celulares y recargas están diseminadas por toda la ciudad. Los más avispados venden recargas Claro y Movistar. ¿A cuenta de qué guardar las espaldas a los negociantes foráneos? ¡Business is business! La primera vez que vi a un vendedor de periódicos vocear La Prensa y Novedades, tesis y antítesis del somocismo, me quedé perplejo. Los medios condensan para mí las expresiones político-ideológicas. La dimensión mercantil prevalecía en la mentalidad del voceador, instalado en la acera de la Cervecería Victoria, en Managua. Igual ocurre ahora. Sienten que no deben fidelidad a una marca. La venden para subsistir en tiempos aciagos. Las fachadas rojas y verdes, eternos colores de las paralelas históricas, iluminan el camino y trazan la ruta a los peregrinos. Los colores evitan extravíos innecesarios. Rojo-Claro, Verde-Movistar. Aunque en algunas casas anuncian que pueden comprar ambas recargas sin pérdida de tiempo. Las ventas de recargas se codean en un mismo vecindario.

A solo unos metros del Colegio Regina Mundi funciona una cantina. ¿Cómo conciliar ambos intereses? ¿Es posible pensar en la educación integral si al salir de clases las jóvenes ven como cuestión rutinaria la venta de alcohol? ¿Qué malabares tendrían que hacerse para combinar el agua bendita con el guaro?  El crecimiento impetuoso de Juigalpa reclama urgentemente la atención de las autoridades locales y centrales. Deben frenar el relajo. Todavía queda tiempo a la actual administración edilicia. Si en verdad fueron electas para servir a los juigalpinos, un paso firme hacia adelante dejaría un recuerdo imperecedero hacia sus gestores. Los dos mejores alcaldes que ha tenido Juigalpa –Carlos Guerra Colindres y Chaco Deleo- son recordados por su empeño a favor del crecimiento y expansión de la ciudad. Algunos de los asiduos al Parque Central, esos eternos visitantes cotidianos, lamentan en lo que ha sido convertida una de las mejores herencias de Chaco Deleo. El parque dejó de ser lo que antes era, un orgullo de la ciudad y un centro de esparcimiento.

En verdad todo cambia para bien o para mal. En Juigalpa los especialistas en ciencias sociales cuentan con un inmenso laboratorio. También los expertos en desarrollo urbano pueden asomarse para buscar soluciones al intrincado caos que predomina en la ciudad, incitado por los negocios y propiciado por las autoridades. Hasta en el más pobre changarro cobran impuestos por dejar hacer, dejar pasar, expresión de un liberalismo de nuevo cuño. 

La Cultura del Fraude





I. Contexto histórico-político. El fraude en todos sus géneros y variantes se ha convertido en una práctica que llevará tiempo desterrar. Como una pandemia ha terminado enquistándose por todos los intersticios de nuestra sociedad. Durante los últimos años ha multiplicado sus raíces y diversificado sus cabezas, convirtiéndose en una medusa que infecta todo lo que toca. El fraude y su secuela de corrupción tal vez sea la peor herencia somocista. Sus síntomas son puestos al derecho y de revés por Pablo Antonio Cuadra, José Coronel Urtecho y Pedro Joaquín Chamorro, por citar a tres personalidades de la cultura y política nacional. Los estudios de Cuadra sobre “la guatusa”, ese gesto procaz que todos percibimos por muy escondida que este la mano bajo la bolsa del pantalón, alcanza una dimensión patética ante las mudanzas de significado que adquirieron las palabras durante el último decenio del somocismo como lo prueba el poeta Coronel Urtecho y no menos dramática la manera que Chamorro registra en sus editoriales, la burla a que era sometido el pueblo nicaragüense cada vez que era llamado a depositar su voto para escoger a sus autoridades nacionales.

La dimensión política es la más visible y rotunda. El descrédito de la clase política no es un hecho reciente. La expulsión del somocismo mediante una insurrección armada, entre otras razones obedeció a que nadie creía ya en la posibilidad real de bajarlo de la silla mediante una justa electoral. Decidido a mantenerse en el poder más allá de lo establecido en la Constitución Política, el General Anastasio Somoza Debayle buscó alianzas con el doctor Fernando Agüero Rocha, para salvar el impedimento. Instalaron una Asamblea Nacional Constituyente para que elaborara un nuevo estatuto jurídico que le permitiera continuar como presidente de Nicaragua. El viejo Tacho había enseñado a sus hijos que cada vez que enfrentasen estos problemas, recurrieran a los conservadores, ávidos por participar en los repartos de poder en que degeneran los pactos y componendas políticas. Agüero fue la regla no la excepción. Desde entonces –marzo de 1971- dilapidó su enorme carisma e hipotecó el gran ascendiente político que tenía sobre los nicaragüenses.

Pero quien mejor traza el itinerario completo de los fraudes somocistas es Pedro Joaquín Chamorro, en su condición de periodista y como opositor tenaz a los desmanes de la familia dinástica. Pedro Joaquín pulsa a fondo las elecciones para mostrar el pus que destilan y las llagas incurables que dejan sobre el rostro envilecido de la patria. Cuando se embarcó en la invasión armada de Olama y Mollejones -1959- lo hizo porque estaba persuadido que el somocismo nunca se iría si continuaba controlando todos los poderes del Estado y contando los votos las veces que montaba remedos electorales para dar visos de legalidad y legitimidad a sus pantomimas. Los Somoza cuidaban las formas. Jamás se saltaron las trancas de la reelección si antes no procedían a darles un caretazo de legalidad. Trataban de guardar las apariencias jurídicas. Si la Constitución Política prohibía la reelección buscaban como reformarla en el mismo seno de la Asamblea Nacional.
Como cada elección era un montaje que no satisfacía los deseos de cambio que demandaban las mayorías, hubo un momento que el pueblo cansó de tanto engaño. Los encargados de contar los votos, puestos por ellos en esos cargos, lo hacían de forma fraudulenta. Debido al desprestigio del Partido Conservador de Nicaragua (PCN), en las elecciones de 1947 cedió su casilla al Partido Liberal Independiente, -nacido tres años antes de una fractura del Partido Liberal Nacionalista (PLN)- para que corriera como presidente el doctor Enoc Aguado. No contento con birlar el triunfo del PLI y de instalar al doctor Leonardo Arguello, el candidato derrotado, Somoza García lo depuso veinte días después mediante un golpe de Estado. Convenció a los conservadores que les entregaría el poder. Triste momento. Permite comprobar que Emiliano Chamorro había capitulado a favor de Somoza García, inclinando la balanza a su favor, a través de los diputados que controlaba en el Congreso de la República.

¡Lo demás es historia sabida!

II. Otras expresiones no menos dramáticas. Los fraudes electorales constituyen una expresión condensada de los altos índices de corrupción a los que ha arribado la clase política. Su carácter contaminante resulta indiscutible. Una vez infectado el cuerpo político difícilmente se salva el resto de las instituciones que conforman una sociedad. Incluso voy a obviar los fraudes fiscales, cometidos tanto a uno y otro lado de la acera, desde el gobierno hacia las empresas y ciudadanía y desde estas hacia el gobierno. Más bien voy a referirme a aspectos baladíes, no por eso menos significativos del enorme mal que nos aqueja. El magistrado Sergio Cuarezma revela que si para integrar Sala en la Corte Suprema de Justicia y evitar la presencia de otros magistrados, se vuelve necesario cortar la luz, habrá que hacerlo. Si un equipo de beisbol va perdiendo y hay que dejar a oscuras el estadio, pues ¡ni modo! habrá que hacerlo. Si en un juego de volibol no han llegado los seis jugadores que se requieren para evitar el forfeit, dejan a oscuras el local mientras llaman a uno de sus integrantes pidiéndole que apure el paso.     

Igual acontece en la elección de una federación deportiva. Si hay que sentar a una persona que no es miembro de ninguna junta directiva, no importa si su voto les resulta favorable. Las inhabilitaciones de última hora también forman parte de estos juegos de prestidigitación. Para evitar la presencia de una persona cuyo voto agria la fiesta, nada mejor que pedir no lo incorporen alegando cualquier pretexto. Cuando no se comparten los mismos principios y temen por el creciente ascendiente de una persona al interior de un partido político, buscan como expulsarlo porque pone en riesgo el liderazgo del jefe. ¿En base a qué disposición tomar una determinación como esta? Eso es lo de menos, ya encontrarán motivos suficientes, si no los inventan. Algunas personas invitan a sus amigos a formar parte de un jurado calificador con la condición de garantizar su voto de antemano. Está ahí para garantizar la escogencia que el otro determine.

Donde estas marrullerías alcanzan mayores alturas es en los concursos de belleza. Al menos puedo dar fe de dos o tres certámenes en lo que he participado. Lo insultante y grosero viene a ser que las jóvenes participantes, sus familiares y amistades, creen en la pureza de la elección. Invierten cuantiosas sumas de dinero en propaganda, gastan enormes cantidades en la compra de vestidos, zapatos, maquillaje, salones de belleza, fajas, carteras, lencería, joyas y demás accesorios, confiadas de participar en un evento ajeno a toda manipulación falsificadora. Creen que la mano del fraude no alcanza estas latitudes. Parten de la sanidad con que se registrará la votación. Confían en la idoneidad de los jurados. Es válido que hagan lobby, incluso que coqueteen. Pero el engaño, la adulteración, tretas y golpes bajos, forman parte de estos eventos, como la lepra se adhiere a la piel del enfermo.

Esta es solo una aproximación al tema. Sigan ustedes armando el puzle. Mientras el cuerpo político no sane, ¿cómo pretender que cure el resto de la sociedad? ¡Cómo! ¡Díganme como!    

Los imperativos de la fama




¿Tito Monterroso será nuestro último gran fabulista? ¿El escritor de lo que se consideró el cuento más corto del mundo, hasta la aparición de El emigrante (2005) del mexicano Luis Felipe Lomelí, será el último representante de habla hispana? ¿El continuador de Esopo y Lafontaine tendrá seguidores? Cuando más se necesita gente de su ingenio ¿no habrá relevo generacional? Evoqué su nombre después de leer la novela más reciente del peruano Santiago Roncagliolo, Tan cerca de la vida (Alfaguara, 2011), una obra menor comparada con Abril Rojo (Premio Alfaguara de Novela 2006) o Memorias de una dama (Alfaguara, 2009). Los motivos para recordar a Tito (1921-2003) obedecen a que en La oveja negra y otras fábulas (1969), cuenta con habitual ironía, como capea la Zorrita los elogios por escribir una obra que mereció reconocimiento unánime. Todos inquirían inquietos cuándo escribiría nuevamente. La Zorrita, musitó: Están esperando que escriba para acabarme, pero como era la Zorrita nunca la escribió.

Nada difícil establecer la filiación de la ficción de Tito con la reciente novela de Roncagliolo. Por viajar a velocidad inmoderada, el peruano no logra prendarnos, aun cuando consigue poner en escena las nuevas formas que adquiere la enajenación contemporánea. El acierto del tema –un universo colmado de máquinas con vida- no se compagina con la pobreza de su narración erótica, falta de clima y ambientación de Tokio, al situar las peripecias de Max en la capital japonesa. Citado en un hotel para asistir al evento que definiría el curso de la Corporación Géminis, se encuentra por primera vez con los avispados artífices del nuevo mundo que se avizora. Sus titubeos recurrentes y semi-inconsciencia, carecen de dramaticidad, la intriga y suspense no desconciertan ni embrujan. No logran la intensidad necesaria para embaucarnos. Los únicos personajes seductores son Mai y Ryukichi. Incluso Kreutz, cuya centralidad discursiva destaca, nunca alcanza el dramatismo que pretende imprimirle.

Tan cerca de la vida bosqueja uno de los dilemas más agudos que enfrenta un novelista laureado, cuya fama empezó a trascender después de la aparición de Pudor (Alfaguara, 2004). Cuando se logra la estatura alcanzada por el peruano, todo escritor tiene que medir sus pasos y caminar con cautela. A no ser que postrado ante el mercado, emprenda un nuevo derrotero. Muchos escritores han sucumbido a esta tentación. Se malogran obnubilados por el dinero. Empiezan a escribir extasiados por la fama, sabedores que la atención dispensada a sus libros, constituye una antesala provechosa. Lejos de proponerse superar con creces las obras que lo colocaron en la cima, deciden transitar por las avenidas pavimentadas de los best-sellers. Un riesgo que Roncagliolo debe asumir seriamente si no desea enajenar su escritura y servilizarse con la lectura rápida y facilona que ofrecen los thriller, pensados precisamente para leerse de un tirón, igual que se engulle la comida chatarra en los food-court.

¿Creerá que los lectores exigentes están de baja? Aún con la aversión que sienten algunos escritores por ganarse buenas sumas de dinero, hasta los más curtidos y famosos han caído de bruces ante los imperativos del mercado. Unos son tan buenos, que no obstante de haberse zambullido en esas aguas perfumadas, salen ilesos. Caso emblemático, William Faulkner. El maestro de maestros, después que sus primeras novelas no tuvieron mayor acogida, forzado por su situación económica, resolvió ganar dinero escribiendo una obra sensacionalista. Faulkner adjuró de su quinta novela, adujo que había traicionado sus principios. A pesar de todo Santuario (1931) continúa leyéndose como uno de los grandes partos de la literatura. ¿Qué camino queda a Roncagliolo sino acrecentar las exigencias que impone haber conquistado aplausos a una edad temprana –los 31 años- para no dilapidar su prestigio?

Los cambios de paradigma impuestos por el ascenso meteórico del micro-relato, no deben interpretarse como si la muerte de la buena literatura está a la vuelta de la esquina. Mientras los seres humanos sigamos prendados porque nos cuenten historias, la literatura seguirá existiendo. Desde los albores de la humanidad, sentados frente a la hoguera, empezamos a escuchar extasiados estas historias. Nunca hemos podido liberarnos de la embriaguez que supone oír a esos prestidigitadores. Con el encanto de su voz y gesticulaciones, nos hacen reflexionar, reír, llorar, darnos cuenta que la imaginación portentosa, es capaz de crear mundos paralelos, llenos de encanto y sortilegio. Nuestra vida cotidiana acrecienta el deseo por conocer nuevas historias. La literatura estaba en ciernes. No importaba si los relatos eran escalofriantes, salpicados de sangre o de mujeres bellas rendidas ante la galantería de los hombres. El viejo Homero viene a ser el referente más antiguo, más antiguo que las historias narradas en la Biblia.     

Mudan los temas y en eso Santiago Roncagliolo se muestra sensible, perspicaz, hijo de su tiempo. Ante la deshumanización provocada por el desarrollo vertiginoso de las nuevas tecnologías y el crecimiento desmesurado de la robótica, Tan cerca de la vida es un canto de advertencia. Lúcido confronta la época que nos ha correspondido vivir. Cuenta que el ser humano continúa atentando contra su propia existencia. Nos  recuerda que no ha desistido de su proyecto alucinante de producir vida, insertando inteligencia artificial sobre el esqueleto humano, creando seres que respondan a los desafíos que plantea el desarrollo posmoderno. Los estudiantes de medicina practican sobre los cuerpos de los muertos abandonados en la morgue, los brujos de la inteligencia artificial ocupan estos cuerpos para insuflarles vida y satisfacer las exigencias del presente. El viejo tema hobsiano. El hombre lobo del hombre. De estas atrocidades no podemos culpar a las mujeres. Los robots, mitad personas mitad artefactos, cogen, lloran y cantan como lo hacemos nosotros.     

Para saber si actuamos bien o mal, eterno dilema axiológico, Roncagliolo tiene el acierto de introducir la conciencia a través del japonés Ryukichi. Ese alter ego interpela a Max, haciéndole saber que se presta a una monstruosidad, el destino de la humanidad está en juego. Tan cerca de la vida debió recordarle que estando en la cumbre, el relato demandaba mayor fuerza persuasiva, una atmósfera distinta para hacernos sentir su pretensión de estar en Japón y que su novela no podía transcurrir en otro ámbito, igual que don Quijote fuera de Castilla la Mancha, Pedro Páramo lejos de Comala y los Buendía más allá de Macondo. En muchos relatos no importa tanto qué se cuenta, sino cómo se cuenta. ¡Los imperativos de la fama son ineludibles! 

Una mujer grandiosa






No todo el mundo puede, en el momento dado
reconocer a su mujer y casarse con ella.
Pequeña biografía de mi mujer
José Coronel Urtecho

Cuando te llegan voces una y otra vez reconociendo los logros de una mujer, cuando amigas y amigos te soplan al oído la fortaleza de su temperamento, la firmeza con que asume sus tareas, su visión de la vida y la convicción que generan sus palabras, no  queda más alternativa que conocerla, para comprobar hasta donde sus cumplidos son exagerados o se ajustan plenamente a la descripción que hacen de una mujer pionera en la diversificación de numerosas actividades dentro de un mismo espacio. Todas las versiones coincidían. A su afabilidad y cortesía, había que agregar la firmeza con que sostiene las riendas de una hacienda cafetalera, dentro de la cual ha creado un enclave. Solo viéndola podrás darte cuenta que no exageramos. No se trata de aplausos inmerecidos. Esos dejémoslos a los cronistas de notas sociales, tienen la habilidad de convertir en grandes a los enanos del circo. Esas bufonadas nada tienen que ver con lo que contamos. No recargamos la lengua, para qué tantas preguntas, sacia tu curiosidad por cuenta propia.

Mis interrogantes no tenían la intención de abrir espacio a la duda -no objetaba-trataba de reconocer en cada una de los esbozos, los diferentes caminos que les habían llevado a generar las mismas convicciones. Era curioso que la información fluyera de boca en boca y no transitara por las páginas ociosas de los diarios, radioemisoras y estaciones televisivas. Nunca había leído un reportaje, ni escuchado una entrevista radial o televisiva sobre su quehacer. Algunos noticieros están demasiado ocupados con la nota roja, haciendo escarmiento con los pobres, revictimizando a las mujeres. Esa actitud al menos permite comprender sus graves omisiones. Replegados en los barrios, por las noches infligen doble zarpazo sobre las víctimas del oprobio. Sus croniquillas suman a la degradación cotidiana de los hechores, la versión retorcida de quienes han decidido que las mujeres caben en sus páginas, micrófonos y pantallas, solo cuando reciben trompadas, son ultrajadas o asesinadas.   

Tampoco debo esperar que los historiadores inscriban su nombre y relaten sus proezas, dedicados como están a escribir solo sus embrollos. Muchas versiones ofrecidas acerca de los grandes acontecimientos que hicieron crujir los cimientos de nuestra sociedad, distan mucho de la verdad verdadera. Los novelistas, esos otros grandes tramposos, ofrecen en las páginas de sus ficciones, relatos apegados a la verdad, fácilmente acabas descubriéndolos. Es cierto que los mezclan con sus grandes mentiras, pero jamás dicen que debemos atenernos fielmente en todo lo que afirman. Incrédulos del mundo, tiene razón Gabo, tengo que adelantarme a los pretenciosos, antes que retuerzan la verdadera historia de una mujer, sin otro propósito que haber decidido regir su vida y dirigir su equipo de trabajo, fundando su propio imperio, sin otras armas que una mística asombrosa, empeño diario y desvelos recurrentes, para ofrecer testimonio de la grandeza de todas las pares de su especie. 

Tuve que reconstruir su historia paso a paso, ver donde encontraba fisuras, rendijas, cojeras, pequeños traspiés, para encontrarme que su discurrir por la vida ha sido la de una joven que decidió casarse a los veinte años de edad, nacida en 1947 en Alemania, un país devastado por la guerra, sangrando por todos sus costados. Para saber cómo fue ese calvario, tendrían que empinarse las páginas de Erick María Remarque. En Sin novedad en el frente (1929), previno los horrores y atrocidades de la Primera Guerra Mundial, después escribió Tres hombres y una mujer (1937), desgarrador da cuenta de las secuelas incurables que dejan los confrontamientos bélicos. De esto nada tengo que contarles, los nicaragüenses vivimos en carne propia, durante los ochenta, una guerra impuesta que provocó desolación, luto y desarraigo, carencia de alimentos, rencores, fricciones y una polarización que todavía asoma su odioso rostro. Debo a mi padre la lectura de ambos libros, en los años iniciales cuando me sumergía en las profundidades de esas aguas cristalinas.

Sus ancestros la trajeron a Nicaragua a los dos años de nacida. Su bisabuelo, Alberto Vogl, había llegado medio siglo atrás, invitado por el gobierno para desarrollar el cultivo del café en el norte del país. Contrario a lo esperado, su bisabuela Rosenda Baldizon, fue quien enseñó a su marido a cultivar el grano y se encargó que mascullara el español. A mediados de los sesenta la joven llegó a Managua a estudiar en el Colegio Teresiano. Un año después Eddy la cautivó y en 1967 ya estaban casados. En enero miles de nicaragüenses habían muerto a lo largo de la Avenida Roosevelt, demandaban a los Somoza que dejaran el poder. Eddy participó en la asonada, era miembro de CIVES, la agrupación juvenil nacida bajo el liderazgo de Pedro Joaquín Chamorro. La sangre corrió sobre el pavimento, centenares de nicaragüenses murieron en la intentona y otro tanto fue a parar a las cárceles. La experiencia fallida condujo cuatro años después, al pacto Somoza-Agüero. Pedro Joaquín decidió emprender su propio camino, ajeno a toda pretensión pactista. 

A los tres años de casada, la alemana-nicaragüense dejaba ver su temple. Junto a su esposo fundaron Estructuras Kuhl, donde se multiplicó al infinito. Asumió el cargo de secretaria, manejaba la contabilidad, se hizo responsable de las cobranzas y para que no quedara ninguna duda de sus destrezas y habilidades, manejaba el camión Unimag, para acarrear los materiales que requería la fábrica. Dejó ver el rasgo más sobresaliente de su vida: aprendió a soldar y se fajaba hombro a hombre con los soldadores más resueltos. ¿Cómo no acompañar a esta mujer en cada una de sus realizaciones, si contagiaba con la fuerza de su ejemplo? Machistas hasta donde no decir, eran desafiados por una mujer, quien demostraba en la práctica, que podía hacer su trabajo y el de ellos sin mostrar cansancio, ni rehuir a la jornada laboral establecida. Una mujer capaz de asumir tareas estrictamente reservadas a los machos, sus dotes excepcionales la hacían sobresalir con luz propia entre la vocinglería machista.

En el año dos mil inauguró el nuevo siglo, haciéndose cargo de la conducción de Selva Negra, nombrado así en homenaje a la región donde nació en Alemania, su abuelo paterno, Carlos Hayn. Tuve que esperarme diez años para conocerla de cuerpo entero. La noche de nuestra llegada, Eddy se comprometió con nosotros sin habérselo pedido. Un ofrecimiento que vendría a colmar mi interés por saber cómo ajustaban sus medidas con la dimensión creada en mi mente por mis amigos, acerca su genio y figura. Durante el desayuno nos ubicamos con Nelly en la parte de afuera, frente a la laguna artificial, el paraíso recobrado ofrece al paisaje una tonalidad diferente. Un remanso de paz. La neblina envuelve las montañas. A eso de las diez, como si fuésemos amigos de siempre, Mausi se acercó a nosotros, extendió la mano y dijo, Eddy me pidió que hiciera un recorrido con ustedes por toda la finca. Me esperan unos minutos, tengo que llevar un medicamento, una de mis hijas está enferma. ¿Tienen tiempo? Te esperamos. Somos todo tuyo.

Comenzó el recital, con fluidez fue dibujando con su voz cada uno de los lugares creados bajo su inspiración. Al mando de su camioneta, desgajaba su discurso, empiezo a sumergirme en su mundo. Me importa un bledo no comprender sus explicaciones eruditas sobre la miel del café y el procesamiento riguroso a que es sometida. En la medida que avanzamos, con su ojo de águila caza desperfectos, madera tirada en el camino, tareas sin completar. Desde que iniciamos la travesía lleva un walkie talkie en su mano izquierda. Por tercera ocasión llama a uno de los trabajadores haciéndole recomendaciones, pidiendo que coordine bien las actividades, pero nada interfiere su discurso. Lejos está de esas guías desabridas con sabiduría prestada, carentes de voz propia, Mausi sabe lo que dice, pero gusta más cómo lo dice. Sus palabras están cargadas de autenticidad, en un país donde cada día están perdiendo valor. Las deja caer en cascada, como se deslizan las aguas celestes en las distintas quebradas que bañan Selva Negra.  

Entro en un nuevo estadio, abandono el cuaderno de notas. Crece mi interés por escuchar su canto. Empiezo a dar la razón a su marido y amigos. Mausi es el alma de Selva Negra. El concepto de cabañas y senderos, la preservación del bosque, la fabricación de quesos y salchichas, las tres generaciones de trabajadores que han nacido, crecido y vuelto a nacer en Selva Negra, la certificación obtenida de  Rainforest Alliance, la fabricación anual de mil toneladas de abono orgánico, los traspiés por no haber conseguido montar un sistema de generación de energía eólica, son para mí un pretexto magnífico. Su voz encantada seduce, desde hace rato solo me importan su coherencia y energía infinitas. Es la tercera vez que encuentro una persona que me hechiza con la magia de sus palabras. El habla, ese invento prodigioso, recurso de clérigos iluminados y políticos grandilocuentes, viene a ser un enorme atributo de esta mujer grandiosa, quien ha hecho de su hotel, su vida misma. Eddy que es historiador, le ha dedicado su mejor estudio, Nicaragua y su café (2004), como muestra de afecto entrañable por su ángel tutelar.

Managua en nuestras vidas







Un acierto notable de los antropólogos ha sido determinar con agudeza los referentes que apuntalan nuestra identidad. Otro acierto importante está ligado con la forma que identificamos los rumbos de la ciudad, los nexos que guarda con los acontecimientos históricos y sus relaciones con nuestras vidas, la de nuestros amigos y familiares. La esquina de El Hormiguero, centro penitenciario ubicado en la Avenida Roosevelt, la arteria más importante de la capital, jamás podrá ser olvidada por quienes estuvieron presos en esos calabozos. La manera con que identifican la Roosevelt, centenares de personas que marcharon hacia la loma de Tiscapa el 22 de enero de 1967, arengados por Fernando Agüero, líder carismático Conservador, será igualmente dramática para quienes sabemos que en las inmediaciones del Campo de Marte, fue detenido Augusto C. Sandino y los generales Francisco Estrada y Juan Pablo Umanzor, la noche aciaga del 21 de febrero de 1934.

Además de ser la capital latinoamericana con el mayor número de árboles por kilometro cuadrado, Managua tiene un significado especial para todos los nicaragüenses. Lo relevante son las razones por las cuáles cada uno de nosotros se identifica con esta urbe. Su elección como capital de Nicaragua en 1852, está vinculada por las desavenencias históricas entre leoneses y granadinos. La inflexión que marcó su ascenso influyó en la vida del país. El hecho de convertirse en eje de gravitación de la política nacional, determinó cambios sustantivos en el discurrir cotidiano de todos los nicaragüenses. El terremoto que la puso de rodillas el 23 de diciembre de 1972 además de asestarle un golpe mortal, estremeció los corazones y movilizó la infantería de marina estadounidense. Para proteger a Anastasio Somoza Debayle, acantonó tropas donde hoy se levanta Plaza Inter, en las vecindades de Casa Presidencial que había sido destruida. A partir de ese día dejó de ser sede de la presidencia de la república.



Managua para millares de nicaragüenses es el lugar donde falleció su padre o detuvieron a su hermano por razones políticas. Sigue atrayendo hacia su ratonera a millares de nicaragüenses en busca de trabajo. La Plaza de la República se convirtió en centro de disputas políticas. Escenario donde se concentraron triunfantes las huestes guerrilleras el 20 de julio de 1979, su centro fue transformado en una atractiva fuente cantarina por el Presidente Arnoldo Alemán. La devastación de la obra arquitectónica por instrucciones del Comandante Daniel Ortega, acción recriminada por el Alcalde Nicho Marenco, le valió críticas de su antiguo compañero de luchas y precipitó su desplome de la gracia presidencial. El significado de esa fuente no será igual para estos actores de la política vernácula, pero tiene un denominador común para estos tres miembros de la clase política. Se erige como lugar de desencuentro en sus vidas y por más que lo deseen, ninguno puede obviar sus repercusiones personales.

El monumento a Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, levantado en el mismo lugar donde segaron su vida gatilleros a sueldo el 10 de enero de 1978, rememora la personalidad del periodista inclaudicable. La casa donde murió en combate desigual Julio Buitrago el 15 de julio de 1969, cañoneada por la gendarmería de la Guardia Nacional, tiene un significado diferente para sandinistas que para miembros de la extinta corporación militar al servicio de la familia Somoza. Las placas puestas en los distintos barrios capitalinos, donde cayeron combatiendo centenares de jóvenes por la desaparición del somocismo, son un recordatorio permanente del oprobio de la guerra. Como sostiene Erasmo de Rotterdam, la guerra es dulce solo para quienes no la sufren. Axioma que jamás deberíamos olvidar.

Los recuerdos de Papa Beto sobre la vieja Managua, difieren de las evocaciones de Onofre Guevara. Las reminiscencias de Norberto Herrera sobre el barrio Los Ángeles,  distan de la prodigalidad de las remembranzas de Roberto Sánchez Ramírez. El barrio San Sebastián adquiere igual intensidad en los escritos de Sergio García Quintero y en las crónicas pendientes de Danilo Aguirre Solís. La Managua evocada por Róger Fischer es un tanto parecida a la exaltada por Juan Aburto. Las obsesiones que acosan a Bayardo Cuadra ofreciendo frenético su visión de la vieja Managua, son las mismas que persiguen a Mario Fulvio Espinoza. La precipitación del centro nocturno Plaza provoca efectos diversos en la memoria de Gustavo Tablada Zelaya que en los míos. Mi llegada tardía la noche del 22 de diciembre a entregarle el jeep que me había dado prestado para asistir a una cita amorosa le salvó la vida. Él tenía que estar adentro esa noche, mi retraso pospuso su encuentro con la muerte.

Por donde se analice, nuestras vidas están íntimamente conectadas con el territorio que habitamos. César Vallejo me mostró que una casa cobra vida cuando empezamos habitarla. Antes es un centro inerte, sin ningún significado. Espacio y tiempo seguirán ejerciendo sobre nosotros las huellas de su impronta. La historia la hacen los humanos, pero muchas veces olvidan la trascendencia de sus actos. El tiempo de la familia seguirá mediando entre el tiempo de la historia y el tiempo de la vida, como nos instruyó desde siempre el inglés Richard Hoggart. Nadie podría vivir sin sentirse atado a una identidad, moldeada por los hechos cotidianos; las sacudidas políticas y los acontecimientos telúricos rasgan la piel de nuestras sociedades. Una calle no solo facilita el tránsito vehicular, fue escenario de una contienda militar o el asalto de una tropa. Somos hijos de nuestro tiempo y herederos inevitables del pasado. No hay futuro sin presente, ni presente sin pasado.

Una clave para leer los tiempos -y no hay tiempo sin historia- me la enseñó Honorato de Balzac. Cuando ya no queden manuscritos, ni papeles a los que podamos asomarnos para conocer la historia de una ciudad, tenemos que alzar la mirada y fijarnos en la arquitectura de sus casas y en los distintos estilos de sus edificios. Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), la gente gritaba, ¡No disparen contra nuestras estatuas! Trataban de preservar sus monumentos. Las esculturas dan cuenta de la historia. No se trata de mármol o cemento congelado. Arrasada una ciudad, devastada por la guerra o la estulticia humana, en esas luchas cruentas donde se elimina la creación del otro, su herencia arquitectónica, la memoria de cada uno de nosotros, sigue y seguirá siendo el más grande reservorio. Recordamos las plazas, casas, edificios, las rebeliones armadas y las sacudidas de la naturaleza, porque fueron inclementes con la vida de nuestros hijos, hermanos y amigos.     

Una calle anónima para ustedes tiene trascendencia para la madre cuyo hijo perdió un ojo debido a los golpes recibidos por quienes creen ser los genuinos representantes del presente y forjadores del porvenir. ¡Vea usted por favor que disparate!





   

¡Imagínelo cómo quiera!



Me pasó por tonto, lo cierto es que cuando uno lee una novela, sobre todo una novela como Cien años de soledad, resulta pueril trenzarse con alguien tratando de convencerle cómo debe imaginar sus personajes. La discusión surgió por el elogio que dispensé a doña Yamina, la única mujer valiosa en una familia que llevo dos años de conocer. La esposa ideal, flaca y rocallosa, como la definiría el poeta Carlos Martínez Rivas. Una mujer espléndida a quien comparé con Úrsula Iguarán, mientras platicaba con Nelly. Compartíamos sus dotes de matrona extraordinaria. Sostén de su marido, hacendosa, eje de gravitación de su familia, cuya edad resulta imposible descifrar.

¿Su vejez se percibe prematura debido a que ha tenido que echarse encima el trabajo de su marido y laborar de sol a sol? Sus hijos no son buenos para nada, tanto que pareciese que no fuesen suyos. Su talante y la firmeza de sus pasos no compaginan para nada con la edad incierta que brota de sus huesos. Menuda, pura fibra, servicial, incansable, los años no hacen mella en su carácter y en la forma que multiplica los panes. Una mujer sobre cuyos hombros recae el peso de su hogar. Eso imaginé cuando afirmé convencido que ella era para mí el retrato perfecto de Úrsula Iguarán. Conciliaba la descripción de García Márquez con su figura.

No había terminado de hablar cuando Nelly me refutó, diciéndome que no le parecía que fuese el retrato perfecto de la fundadora del reino de Macondo. Yo la imaginó más alta, replicó convencida. Pues para mí su figura calza con la forma que García Márquez la pinta de cuerpo entero. ¿Por qué pretendes imponerme  tu criterio? No la imagino así y con eso basta, remató convencida. Sentí su argumento como un piquete de culebra. Corté la llamada telefónica. No había avanzado diez pasos cuando rectifiqué mi juicio. No el de doña Yamina, sino haber pretendido convencer a Nelly que estaba equivocada.

No hay mayor liberalidad que la que ofrece la lectura de novelas. Cada uno de nosotros puede imaginar como mejor plazca, el blanco que tiñe de canas, el verde encendido de sus ojos, la altura de sus huesos, la redondez de sus pezones y la manera condescendiente con que actúa frente a las expresiones disparatadas de su familia. Una liberalidad que sobrepasa la manera como las concibe el escritor, por mucho que insista en delinear sus contornos, definir sus pestañas, la altivez de su rostro y el estruendo contagioso de su risa. Una vez que percibimos su aroma, será distinto para todos. ¡Lo demás es retórica!         

Aun cuando haga burla de su físico, como hace Mario Vargas Llosa, con las actrices y actores radiales que pueblan el mundo de La tía Julia y el escribidor. Instalado en su butaca de director de orquesta, el narrador omnisciente, se da el lujo de meterse con sus engendros y develar su anatomía, el grueso de su voz, la seducción que emanan sus palabras, el porte varonil y la elegancia con que caminan por el mundo. No contento, una vez atrapados por su capacidad de convencimiento, hace un recuento de sus fisonomías, para que nos demos cuenta de la disonancia imperceptible entre las modulaciones de sus voces y su fealdad física. La radio induce a imaginar. La galanura de sus voces y la melodía de sus entonaciones las traducimos en una belleza realmente inexistente.

El hechizo de la radio deviene porque invita a imaginar todo cuanto dice. Las descripciones de los narradores siempre terminamos completándolas. Creamos un mundo propio. Cada radioescucha comienza hacerse un retrato, un perfil y a sumergirse en su propia atmósfera. Un fenómeno similar acontece con la lectura de novelas. Las mediaciones se originan por la forma que hemos pulido nuestra sensibilidad. Nuestra educación y prácticas culturales en las que vivimos inmersos, se convierten en sensores extraordinarios. Mi error fue pretender que Nelly aceptara mi retrato de Úrsula Iguarán, cuando ella ya tenía el suyo.

En las novelas yo imagino y tú imaginas, al final es posible que la idea que nos hacemos de un personaje coincida. Nadie discute la figura que nos presenta el cine de Don Quijote de la Mancha. Flaco, desgarbado, con una imaginación delirante, afiebrada, lanza en ristre deshace entuertos y se enamora perdidamente de Dulcinea, trastornado por la lectura de los libros de caballería. Esto solo indica la fuerza persuasiva del escritor. Nos envuelve en su mundo, en el cine concluimos aceptando la manera que presenta a sus divas y divos. El lado débil de la cinematografía es dar todo frito. La trama puede ser compleja, muy enrevesada, pero no deja que nuestra imaginación delinee cada personaje a nuestro antojo.

Yo jamás pude hacerme una imagen distinta de Alejandro Mayta. Vargas Llosa se pasó toda la novela haciéndome creer que Mayta era homosexual. Gay, como los llaman los locos de hoy, satisface sus caprichos revolcándose con hombres en la cama. No cuestiono su decisión, cada quien es dueño de su cuerpo y hace con él lo que estime conveniente. Me refiero a la forma casi subrepticia que coló en mi imaginación. El logro del peruano radica en su capacidad sugestiva. En la fuerza de sus metáforas. Una vez seducido por la magia deslumbrante de su imaginación, no puedo concebir a Mayta de otra manera, por mucho que haya insistido Vargas Llosa al final de su novela, que nunca ha sido marica. ¡Qué manera de jugar con nosotros! 

Nelly nunca objetó la delgadez de doña Yamina, rechazó su altura. Esa diferencia enuncia que no hay dos lectores iguales. No me atreví a replicarle que la imagen perfecta del Coronel Aureliano Buendía, ya me la había formado desde que leí Cien años de soledad hace muchas lunas. Siendo apenas imberbe, después de concluida su lectura, una vez fijada en mi imaginación el carácter, el temple, el aire distraído y melancólico del Coronel Aureliano Buendía, me fui directamente al álbum de fotografías de mis padres y solo fue para cerciorarme que en verdad mi tío Ramón Tablada Mora, era la persona que había inspirado a García Márquez. ¿Qué estoy equivocado? ¡Cómo voy a estarlo si cada uno de nosotros puedo imaginarlo como quiere! ¡Por favor no armemos otra discusión! 

El cuento del cuento





A Julio Valle Castillo, quien leyó el cuento

En algún momento de mi vida escribí dos cuentos, ambos sobre mujeres. En uno defendía a una madre excluida de participar en una fiesta de fin de año. Su hijo se había bachillerado en el único colegio privado de mi pueblo y la fiesta sería en el Club Social donde celebraban entonces la culminación de estudios de secundaria. La directiva acostumbraba pedir le enviaran la lista de bachilleres. Como toda organización excluyente, se reservaban el derecho de admisión. Cuando se enteraron que entre los jóvenes que asistirían al baile iría el hijo de la dueña de uno de los burdeles más famosos en la comarca ganadera, vetaron su ingreso. El conflicto motivó mis inquietudes de novel escritor. Tenía frente a mí una carnada suculenta y la iba a masticar así me atragantara.

Alimentado por mis primeras lecturas, decidí convertir en cuento esto que hoy les cuento. Al conocerse la decisión de los directivos del club la discusión sacudió la modorra. Como ocurre en estos casos los afectos se partieron. Surgieron dos bandos. Los que defendían la determinación de los capirotes y quienes alegaron que iba contra su condición de madre y no debían negárseles el ingreso al local. Al final prevaleció la determinación de los directivos del club. Los alegatos a favor de la madre no encontraron eco entre los puristas. No podían aceptar la ofensa que significaba que la dueña del bulín ingresara a los salones del club, bastión de una alcurnia venida a menos. Imaginé entonces la vergüenza que debieron pasar madre e hijo. La moral pueblerina se salió con la suya. 

Una de las delicias de mi niñez, fue crecer en un pueblo donde las distancias sociales jamás alcanzaron a mi generación. Nuestros padres tuvieron el cuidado de enviarnos a  las escuelas públicas. A la salida de clases coincidíamos en el Parque Central. Armábamos perreras con los lustradores, muy pocos de ellos compañeros de pupitre. Nadie indagaba el palo genealógico para conocer las ramas donde estábamos colgados como monos, según la costumbre de algunas familias encumbradas. Crecimos libres de atavismos sociales y culturales. Ninguno se creía más. Nadie se sabía menos. En ese remanso bucólico todos éramos iguales, miembros de una tribu que gustaba armar despelotes. Nuestro único temor era ser presa de los policías escolares. La contracara del club, la Biblioteca Infantil. Todos podíamos entrar.

Uno se percataba fácilmente que algo anómalo estaba ocurriendo al cerrarles el paso a una madre y su hijo, en un armatoste de cemento ubicado en las fronteras de nuestro parque de diversiones. Si todos formábamos parte de aquella parroquia, resultaba difícil entender la proscripción impuesta a una familia. ¿Qué tenía que ver el joven recién bachillerado con los negocios de su madre? ¿En dónde radicaba su delito, su grandísimo delito? La experiencia sirvió para darnos cuenta que pese a coincidir en el mismo espacio, la existencia del club expresaba que no todos éramos iguales. Empezaba a tomar conciencia de las diferencias existentes entre lo público y lo privado. El parque era de todos y el club de una minoría que no solo se sabía distinta, también lo practicaba.

Mientras en nuestra casa nos catequizaban hablándonos de igualdad, comprobaba que entre los seres humanos existían barreras infranqueables. Comprendí que las lecciones recibidas durante los Cursos de Verano inaugurados por el Rector Magnífico, Mariano Fiallos Gil, en Juigalpa, donde asistí por primera y única vez a una clase formal dictada por mi padre, eran una realidad ineludible. Le escuché hablar de monopolios, oligopolios, clases sociales, desigualdades económicas, latifundios, minifundios y discriminación social y racial. Apenas tenía 12 años y aquellas enseñanzas explosionaron en mi cara cinco años después. El razonamiento inapelable fue que esculcando hacia el interior de nuestras familias, nos daríamos cuenta que había un loco, un cirquero y una puta.  

En esa época había leído parte de la narrativa social latinoamericana y resultaba imposible eludir su influencia. La Vorágine y Huasipungo habían calado mis huesos. La muerte de Artemio Cruz, Rayuela, La ciudad y los Perros y Cien años de Soledad vendrían después. Ya había degustado a los nicaragüenses Emilio Quintana y Adolfo Calero Orozco y al costarricense Carlos Luis Fallas. Mi herejía fue leer a Shakespeare en tercero y desde entonces no he podido soltarlo. El escándalo penetró en nuestro hogar. Inclinamos la balanza a favor de los apestados. No contento decidí escribir un cuento recreando el incidente. Los dislates alimentan la imaginación. Me encargue de añadir otros aspectos que dieran cuenta de la magnitud de la afrenta. ¿En qué se diferencia una madre propietaria de un prostíbulo de una madre dueña de un hotel?

Este mismo argumento utilicé para convencer a Tomás Borge. Una de las consignas en los ochenta sostenía, “Bendito el vientre que pare un hijo sandinista”. En una guerra civil quienes más sufren son las madres al ver morir a sus hijos. Sufre igual la madre sandinista que la madre de un contra, le dije. Tomás pronunció en León un discurso donde exaltó a las madres sin referencias banderizas. Dejó atrás por un momento el fatídico maniqueísmo que tantos estragos continúa haciendo entre los nicaragüenses. Los políticos, según donde estén, consideran que ellos son los buenos y los otros los malos. Todavía hay pendejos que creen estos disparates. Tito Monterroso en La Oveja negra y otras fábulas se mofa de esta visión simplista. Léanla para no continuar siendo presa de los demagogos. 

No me costó escribir El putómetro. Su trama es sencilla. Los socios del club, para no enfrentar situaciones parecidas, decidieron en Asamblea General, solicitar a una firma norteamericana, les vendiese su último invento. Con el putómetro se acabarían las dudas para siempre. Su virtuosismo consistía en que era capaz de medir el grado de virginidad. No escatimaron dinero en su compra. Lo solicitaron a General Electric, firma pionera en electrónica. Fue la novedad del año. No deseaban correr ningún riesgo en la escogencia de la futura novia del club. Estaban a las puertas de las elecciones. Como tenían previsto, llegó a tiempo. La resolución dictada era que todas las aspirantes tenían que someterse a la prueba. Las consecuencias fueron fatales. Ese año no se presentó ninguna candidata.