viernes, 12 de julio de 2013

El tramoyista y sus criaturas




La enajenación provoca a Oscar confusiones, cambio de perspectivas, mundos diferenciados, horror por la realidad circundante, control de vida o muerte sobre criaturas, apego por las reglas del género, incapacidad para desplazarse por los entramados de la vida doméstica, amores precarios, aversión por los animales, reveses inesperados. La historia de su vida -la real y verdadera- fluye paralela a los grandes dramones que lo ascienden como un meteorito hacia la cúspide y con idéntico vértigo lo lanzan al abismo. Santiago Roncagliolo se divierte y nos divierte con Oscar y las mujeres (Alfaguara, 2013), dando vida a un personaje esquizofrénico, venido a menos como guionista, luego de haber gozado las mieles de la fama. Oscar viene a ser la contracara de Pedro Camacho, el sagaz guionista de radionovelas, traído al mundo bajo los fulgores de la pluma y la creatividad ascendente de Mario Vargas Llosa.

Con perspicacia, sentido del humor, Roncagliolo se adentra en un universo que subyuga y concita el interés de millones de televidentes a todo lo largo y ancho del planeta. Salta sobre el escenario para mostrar sus dotes de tramoyista aventajado, como un día lo fuera Pedro Camacho, personaje similar a las criaturas que daba vida en Lima la horrible, manteniendo el oído pegado a la radio de millares de personas que encontraban en sus relatos un sucedáneo para atemperar las dificultades y aflicciones de la vida cotidiana. Camacho sucumbe ante sus propios engendros. Las fronteras entre realidad y ficción, entre una radionovela y otra, comienzan a diluirse y los personajes terminan por volverse seres recurrentes. El haz de las radionovelas peruanas, al final queda atrapado en su propia urdimbre. Un guionista de primera que vuelve más apetecible la lectura de La tía Julia y el escribidor, con mucho de autobiográfica y grandes dosis de ficción.


Roncagliolo penetra en el universo de las telenovelas, poblado de seres singulares, héroes y malvados, tiernos y sentimentales, pobres en su desamparo, insufribles, sin madre ni padre conocidos, carentes de fortuna, bellos y bellas, domésticas de quienes se enamora hasta la perdición el galán de corazón sensible, madres y esposas perversas haciéndoles la vida imposible, amor y odio les inflaman de pasión y cuecen sus entrañas. Roncagliolo situó sus personajes en Miami. Oscar Califatto un personaje idéntico a las criaturas que da vida en su piso. Presa de tics, enemigo a muerte de lo que acontece fuera de su cuarto de escribidor, su ruina se precipita por el abandono de Natalia, su segunda mujer, encargada de ordenar la casa y hacer frente a los desafíos que suponen la vida hogareña. Como ocurre en esos dramones, roto el nexo que lo conecta con el mundo real, naufraga sin rumbo y se percata de la existencia de esa otra realidad a la que ha dado la espalda. 

Con destreza Roncagliolo entreteje el guión de la telenovela con el drama que vive el guionista, solo en su orfandad, muy parecido a los sinsabores por los que pasa María de la Piedad. Ajustes y reajustes en la escritura, vienen dictados las reglas a las que debe atenerse todo escribidor de telenovelas. Los sentimientos están polarizados. La buena de María de la Piedad afronta las tropelías de Cayetana, papel interpretado por Fabiola Tuzard, la esposa que le hace la vida imposible a Marco Aurelio Pesantes, su productor. Fantasía y realidad transcurren por los mismos cauces. Las vicisitudes, esperanzas y desesperanzas por las que atraviesan Oscar y Marco Aurelio son un retrato fiel de lo que ocurre a los personajes de la telenovela. Ambas historias, ambos dramas, digo, se desplazan entrelazados, discurren armoniosos gracias a las truculencias de Roncagliolo. Las dolencias de los personajes son las mismas que acosan a guionista, productor y actriz secundaria.

Oscar lleva una vida semejante a la de sus personajes, una especie de antihéroe sometido a toda clase de infortunios. Pesantes sopla a su oído -lo hace por razones económicas- que la separación de Natalia será su ruina. El amor resulta ser aliciente, fuerza centrípeta, impulso arrollador, única motivación, suprema inspiración para crear a sus engendros. Se escriben para ayudar a soñar. Tienen el mismo origen y las mismas razones por las que se escriben novelas de ficción. Poseen una misma filiación. Las radionovelas, las telenovelas y las novelas son primas hermanas. Roncagliolo evidencia las rayas sanguíneas que subyacen para poner en perspectiva su arte creativo. Un logro estupendo. Oscar y las mujeres es un melodrama, saturado de cursilerías, con cortes perfectos, cuando el relato alcanza el clímax, lleno de sus mismos guiños y giros, cada capítulo viene precedido por el anuncio de las reglas a las que se atienen los guionistas de telenovelas.   

Las telenovelas se parecen y confunden con la vida, tropiezos con los que deben lidiarse día a día. Caídas que invitan a levantarse, lo puro y bello alternan con la maldad y la insidia, con una variante que hace de las telenovelas un plato suculento. Todas pensadas para que las desgracias desaparezcan. Esta es la clave de sus éxitos. Los buenos deben triunfar y los malos perder. Incapaz de caminar sin tropiezos, Oscar encuentra en las mujeres el camino de su redención. Atascado, la seca le atormenta. Ante la pérdida de Natalia se siente imposibilitado de continuar escribiendo el guión con el cual pretende sobrevivir Pesantes, ante las penurias económicas que le acosan. Los ruidos desquician a Oscar. Los propios y los provenientes del apartamento de Beatriz, su vecina. Contrariado golpea su puerta para estrellar los ojos en sus pechos refulgentes. El odio que siente por Beatriz poco a poco muda y se transforma. Opera el milagro, el acontecimiento que Vladimir Propp señala en su estudio sobre la morfología del cuento, como desencadenante de cambios en los personajes.

Como acontece a Oscar, su vecina ha vivido revés tras revés. A través del suicido atempera sus amores contrariados. Consigue redefinir la personalidad de Oscar. En el borde de su muerte reflexiona aquilatando el valor de las telenovelas surgidas de su inspiración. Cuando Oscar titubea, Beatriz le reitera que la gente necesita creer que existen personas dispuestas a todo por sus sentimientos. "Eso no les cambia la vida, pero les anima una hora del día. Necesitan tus fantasías. Y tú necesitas un poco de realidad." Devela las causas por la cuales las personas se someten día a día a pegarse frente al televisor para disfrutar, reír a carcajadas, llorar hasta el suplicio, comerse las uñas, privarse de ir al baño, quedarse en casa, enfurecerse con los políticos cuando imponen cadenas televisivas, privándoles del goce que provocan, no obstante los chorros de lágrimas derramadas capítulo tras capítulo. Son el  espejo donde ven reflejadas sus vidas. El triunfo de los buenos y pobres. La recompensa esperada.

Roncagliolo releva la importancia de un género que cautiva y seduce a millones de personas. Un formato que jamás cansa, un discurso que nunca condena a hijos fuera de matrimonio, no recrimina los amores prohibidos, ni se somete a escarnio las debilidades humanas. El melodrama apasiona como ningún otro género a los latinoamericanos. La mayoría de las estaciones locales incluyen en su programación al menos una telenovela, incluso hay canales que cuentan con cinco y hasta seis telenovelas, especialmente en horario estelar. Algunos tienen en pantalla telenovelas que los nicaragüenses degustaron con fruición durante los ochenta del siglo pasado. Apegado a los dictados del género, Roncagliolo ofrece el happy end. Ese final feliz que aquieta las conciencias y hace estallar de júbilo a quienes estuvieron expectantes, esperando que las pobres y sufridas sean plenamente compensadas. ¡Así sea!  

           

viernes, 5 de julio de 2013

Las niñas de García Márquez



Un breve recorrido sobre el caudal narrativo de Gabriel García Márquez -entre más lo releo más me impresiona- permite corroborar varias constantes. No aludo a su gusto por la hipérbole y la magia poética con que adereza sus creaciones, tampoco la perfección con que delineó el árbol genealógico de los Buendía, al uso reiterado del tres, su obsesión por rendir tributo al amor, la insistencia por los amores imposibles, me refiero a cuatro niñas nacidas bajo los destellos incandescentes de sus desafueros creativos, en cuatro retratos perfectamente esculpidos. Cuatro hijas de su forma de entender las relaciones amorosas, incluyendo sus amores tempranos con el Cocodrilo sagrado. Desde que conoció a Mercedes Barcha en Sucre, quedó prendado de la niña de 13 años, a quien propuso matrimonio. Ya no pudo quitarse de encima el aroma de su piel, la angustia de haberla dejado sola, las dudas de no ser correspondido y la persistencia de su recuerdo colándose en los amaneceres de sus noches de insomnio.

Si nos ajustamos a los criterios que Mario Vargas Llosa establece como esenciales en todo arte creativo, el horizonte queda despejado. En García Márquez: historia de un deicidio (1971), fecundo y aleccionador, la historia personal deviene en factor decisivo a la hora de escribir ficciones. Aureliano Buendía, siguiendo la historia embarazosa de Montescos y Capuletos, se siente atraído por la hija menor de don Apolinar Mascote, el enemigo político de su padre. El hecho que Remedios fuese impúber Aureliano no lo consideró como un tropiezo insalvable. La niña todavía se orinaba en la cama, apenas tenía 9 años. Su piel de lirio y ojos esmeraldas, aguijonearon su corazón. Pilar Ternera, lo dejó llorar en sus brazos. Al acogerlo en su cama, Aureliano le contó su infortunio y encontró a Remedios en los acantilados del dolor, "convertida en un pantano sin horizonte, olorosa a animal crudo y a ropa recién planchada". Alcahuete, Pilar se compromete a servírsela en bandeja. Una niña indiscreta y a la vez madura, sentía la tentación de revelar los secretos de su noche de boda.


Un amor con todas las de ley, igual al que el portento ofreció a Mercedes, enloquecido al ver balancear su cuerpo y escuchar su risa. Una niña con prendas de adulto, cambió por un momento el rumbo de la vida del Coronel Aureliano Buendía, muerta al no poder dar a luz a un par de gemelos atravesados en su vientre. Nadie puso reparos. Las alarmas la disparan los amores febriles entre Florentino Ariza, su acudiente, y América Vicuña, la niña de 12 años llegada de Puerto Padre. Florentino perdió el juicio y así como Pilar Ternera dijo a Aureliano que tendría que terminar de criar a Remedios,  aquel "la cultivó con esmero en un año lento de sábados de circos, de domingos de parques con helados, de atardeceres infantiles con que se ganó su confianza, se ganó su cariño, se la fue llevando de la mano con una suave astucia de abuelo bondadoso hacia su matadero clandestino". ¿Una relación perversa? Cuando anuncia su boda con Fermina Daza, América descree. "Los viejitos no se casan", responde convencida. Jamás supo que Florentino se pasó la vida esperando que el azar le fuese propicio.

La relación y el suicidio de América despertaron una oleada de críticas. Las cosas empeoraron con la aparición de Memoria de mis putas tristes (2004). Muchas se sintieron con derecho a levantar el dedo acusador. La novela fue señalada de hacer apología de la pedofilia. Uno de los pocos que la leyó en otras claves fue el Premio Nobel J. M. Coetzee. Piensa que Gabo la escribió para redimirse por la forma que trata a América. El regalo que decide hacerse el viejo para celebrar sus 90 años de vida con una joven virgen deviene en historia singular. Gracias a la mediación divina," el viejo deja de ser un asiduo visitante de putas, para convertirse en un adorador de la virginidad que a su vez rinde culto al cuerpo de la niña durmiente de manera similar al que un creyente puede rendirle culto a una estatua o a un ícono". Con Delgadina vive una relación edificante. La idolatra. Ni siquiera la toca. Se deleita leyéndole. Traslada su biblioteca al burdel donde le rinde pleitesía. Cambia radicalmente su vida y prodiga como periodista sus mejores reflexiones sobre el arte amar.

La otra criatura -Sierva María de todos los Ángeles- busca como ser salvada por el cura sabio, Cayetano de Laura, lector empedernido. El amor y otros demonios (1994), condensa poesía, la niña es sacrificada por los guardianes del Santo Oficio. La inmolan porque jamás pudieron comunicarse con una niña criada por esclavas, víctima propiciatoria de la falta de comprensión de esa otra cultura incubada en las barracas. Mordida por un perro arrabiado, pese a evidencias de buena salud, pudieron más los prejuicios religiosos. Ante la imposibilidad de conectarse con las lenguas caribes que Sierva hablaba, concluyeron que estaba poseída por el demonio. Llevaba colgados los collares de santería y el escapulario del bautismo. El cura sucumbe. Volvemos escuchar ecos de El amor en los tiempos del cólera (1985). Cuántos años tiene, pregunta la niña a Cayetano. Cumplí treinta y seis en marzo, responde el sacerdote. "Ya es un viejecito, le dijo con cierto deje de burla.

Nadie se sintió ofendido por la muerte incomprensible de Sirva María, nadie exaltó la forma enajenada con que se enamoró Florentino Ariza de Fermina Daza. Contrario a lo esperado, decidió conservarse virgen para ella. Una decisión insólita en un continente machista. Las cuatro niñas son hijas de un escultor preciosista. Cada descripción un dechado de poesía. El mismo infortunio corrieron los amoríos de Fonchito, el hijastro, con doña Lucrecia, la bella madrastra, seducida por sus encantos y precocidad. Vargas Llosa fue mandado a la hoguera. ¿Debió negarse doña Lucrecia? Jamás leí estos libros sometido a los caprichos de una moral timorata que condena al fuego luciferino estas expresiones amorosas. Las cuatro niñas de García Márquez -cuatro ángeles tutelares- forman parte del torrente creativo de un novelista que supo escribir en páginas arrebatadas los amores desaforados que provocan los amores prohibidos. Como afirma Carlos Monsiváis, "basta con que lo prohíban para que me interesen".  

lunes, 24 de junio de 2013

¡Expiando culpas!



¿Podemos pensar que los grandes temas que un día fagocitaron el interés de los grandes novelistas desaparezcan para siempre? Algunos pregoneros han dado de alta a las obras de ficción ligadas con los dictadores latinoamericanos. Nuevos desafíos y urgencias convocan a los escritores de esta región del mundo, proclaman con cierta razón a grandes voces. El narcotráfico, crimen organizado, trata de personas y migraciones, forman parte de la lista de temas que deberían priorizar, según prescriben críticos y creadores. Una misma noche (Premio Alfaguara de Novela 2012), ejemplifica que los escritores latinoamericanos todavía no pueden librarse del oprobio y desmanes causados por los dictadores. El argentino Leopoldo Brizuela vuelve sobre el tema para mostrar las secuelas sicológicas, heridas profundas y difíciles de restañar en la vida de millones de latinoamericanos.

En pleno siglo veintiuno no puede sustraerse de los horrores de la dictadura argentina instalada entre 1976 y 1983. Un zarpazo encabezado por el General Jorge Rafael Videla, el Brigadier Orlando Ramón Agosti y el Almirante Emilio Eduardo Massera, jefe de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA). Cuando pensaba que todo era pasado, el pasado que atormentaba la vida del escritor Leonardo Bazán, regresa a casa en horas de la madruga del domingo 30 de marzo de 2010, para convertirse en testigo incómodo de una requisa de la Policía Científica en su vecindario. Este hecho crispa sus nervios, atormenta de nuevo su espíritu, revive sucesos ocurridos en esa mismo lugar treinta y cuatro años antes en plena dictadura militar. Solo podrá restablecer su equilibrio emocional si vomita lo acontecido en ambas noches.

Las pesadillas de Bazán tienen su origen en la complicidad y colaboración de su padre con las fuerzas tenebrosas en la llamada guerra sucia contra la subversión. Antonio Bazán, egresado de la ESMA, se une a los sicarios en la captura nocturna, víctima también de los miedos que abruman a la sociedad argentina. Nadie está libre de sospechas, ni siquiera los antiguos miembros del estamento militar. Las razias están a la orden del día. Brizuela filtra los sedimentos nazistas encharcados en las fuerzas armadas argentinas. El pasado nunca se va, cuando menos lo espera regresa, vuelve a perturbar lo que ya creía olvidado. Bazán no logra asimilar que la víctima haya sido la familia Kuperman. ¿Cómo conseguirlo si gracias a esas personas descubrió sus dotes artísticas? La práctica de la delación se extiende sobre todo el intersticio social, traducida en una forma de sobrevivencia.

Siempre que estoy frente a un texto con las implicaciones políticas y el desquiciamiento que provocan la persecución, la soplonería, el espionaje, los teléfonos intervenidos, la doble moral, la insinceridad, las desapariciones nocturnas, las acusaciones infundadas, me pregunto en qué claves lo leerán quiénes han sido miembros de los aparatos represivos. ¿Justificarán estas atrocidades como una forma de aquietar sus conciencias? ¿Considerarán legítimo acorralar a sus víctimas? ¿Sufrirán trastornos sicológicos de los que ya nunca se repondrán? Los padecimientos que marcan el destino del escritor Leonardo Bazán solo podrá superarlos si rompe el silencio. El desasosiego y el miedo originados por la intervención artera de su padre lo persiguen. Algo tendrá que hacer para evitar las torturas que no lo dejan vivir en paz.

Cuenta con una ventaja a su favor, puede investigar los hechos y armar el rompecabezas que lo conducirá a superar la vergüenza que le acosa. En la medida que va dando forma a su novela, Leonardo Bazán marcha camino a su redención. No deja de inquietarme que personaje y novelista comiencen nombre y apellido con las mismas letras. Malicioso constato que ambos han estudiado letras e imparten talleres literarios. ¿Será que me deslizo por la pendiente equivocada? Estoy convencido y creo no equivocarme que Leopoldo Brizuela sufre los mismos espantos y horrores que aquejan a toda su generación. Asume el papel de testigo privilegiado. De no ser así no habría escrito En una misma noche. Se ciñe al itinerario de millares de familias desparecidas, muertas y torturadas, les presta su voz y reivindica sus reclamos. Una voz clara y contundente.


Con avances y retrocesos, con sus dudas y certezas, Bazán está persuadido que solo tiene una opción: contar en detalle, en párrafos escalofriantes, los golpes inmerecidos, los miedos recurrentes que le asedian, miedos persistentes agobian todavía con sus días y noches a las madres de la Plaza de Mayo. El juego dialéctico es perfecto. Bazán dice que si fuese llamado como testigo diría... Este recurso estilístico le permite formalizar por escrito su declaración. Testigo de descargo, une lo ocurrido la noche de 1976 con la noche sombría del 30 marzo de 2010. La sensación que trasmite ratifica y renueva sus temores. Es como si la historia argentina no hubiese podido salirse del pozo de la infamia. Los métodos de persecución de ayer son los mismos de ahora. Traza la línea de continuidad de manera nítida, con la obsesión del eterno perseguido.

Para salir del trance Bazán toca el piano mientras los milicos guiados por su padre sacan intempestivamente de su casa a la familia Kuperman. Entonces era apenas un niño, en el presente recurre a la escritura como catarsis. Salta la herencia sanguínea de ilustres predecesores. En las honras fúnebres de Julio César, el soldado más diestro de sus legiones, Marco Antonio, pronuncia un discurso frente a sus restos. Para sortear el momento Shakespeare expresa lo que supuestamente no quería decir para ensalzar a César. Demuestra que era superior a sus asesinos. Faulkner enfatiza que si el escritor no saca a la superficie los demonios que sitian su mente, padecerá de locura, sufrirá por no haber sido capaz de revelar y rebelarse. Brizuela sabe que si quería salvarse solo le quedaba "velar por que ese caos se organizara con una forma nueva, medianamente armónica, en un relato nuevo".

Las reacciones del pueblo argentino ante la muerte de Videla (17 de marzo de 2013) actualiza la pertinencia de la novela de Brizuela. Mientras persistan los efectos y tormentos heredados de las dictaduras militares, los escritores latinoamericanos seguirán aireando sus fantasmas una y otra vez, realidades obsecuentes que afligen y angustian sus vidas. La carta dirigida a la familia Videla por el periodista argentino Jorge Kostinguer, solo constituye un pié de página, ni siquiera el epílogo de Una misma noche:


"Ahí está el cuerpo. Sin habeas corpus, ahí tienen el cuerpo. Unos papeles y es suyo, llévense el envase de su pariente. Cuentan ustedes con un cuerpo. Que les conste que lo reciben sin quemaduras ni moretones. Podríamos haberlo golpeado al menos, que ya hubiera estado pago. Pero nosotros preferimos no hacerlo, eso que sí hizo este cuerpo que ustedes van a enterrar. No lo tiramos desde un avión, no lo animamos a cantar con descargas de picana. Que cante, por ejemplo, adónde están nuestros cuerpos, los de nuestros compañeros. No fue violado. No tuvo un hijo costado en el pecho mientras le daban máquina. No lo fusilamos para decir que murió en un enfrentamiento. No lo mezclamos con cemento. No lo enterramos en cualquier parte como NN. No le robamos a sus nietos. Acá tienen el cuerpo".

jueves, 20 de junio de 2013

Una chontaleña excepcional


A Nelly feminista

¿Cuáles serán las celebraciones que harán las mujeres nicaragüenses para conmemorar los noventaicinco años de fundación de la Revista Femenina Ilustrada? En distintos momentos sus pares han destacado que Josefa Toledo de Aguerri (1866-1962), creadora e impulsora de esta feliz iniciativa, fue pionera en la propagación de ideas feministas en el páramo por el que transcurría la vida del país en la segunda década del Siglo XX. De manera unánime han reconocido su condición de forjadora de la pedagogía moderna en Nicaragua y de haberse distinguido como la primera mujer Directora General de Instrucción Pública (1924), cargo en el que estuvo apenas unos meses por haber sido consecuente con su manera de entender la vida: "muy independiente y cuestionadora". Sin estos atributos hubiese sido imposible que emprendiera, terca y beligerante, los diversos proyectos que la convirtieron en una mujer pionera. Su sensibilidad y amplitud por poner en perspectiva los derechos que asisten a las mujeres, dejaron huellas imborrables en el movimiento feminista nicaragüense. Siempre vio hacia adelante sin importar los tropiezos.

Doña Chepita creó la Revista Femenina Ilustrada (1918-1921), estando en el poder su coterráneo, el Conservador Emiliano Chamorro Vargas, a la postre fundador en Chinandega de la primera Escuela de Agricultura en Nicaragua. Emiliano siempre la hostigó. Al hacer un balance somero de los logros alcanzados por la revista durante sus dos primeros años de existencia (No 25, octubre-1920), el rivense M. A. Ortega destaca que ya se podían "vislumbrar las primeras fulguraciones del pensamiento femenil, romper las viejas creencias animando a la mujer por la vía de su propia cultura, y verla avanzar entusiasta a la conquista del puesto que por derecho le corresponde en el concierto de la sociedad humana". La revista empieza a fructificar, su pensamiento germina. Estaba convencida que hacía falta una tribuna para desandar el camino, imponiéndose la tarea de forjar la arquitectura, elaborar los planos y convertirse en artífice de la Revista femenina ilustrada. El parto de la chontaleña fue una especie de fait-lux, un hágase la luz y la luz empezó a iluminar el camino por donde debían transitar las mujeres nicaragüenses.

La revista vino a ser el primer esfuerzo audaz realizado por una mujer, creando un medio de comunicación que asumiera la defensa del feminismo en Nicaragua. Los temas centrales convocan a su emancipación económica y a la reivindicación del verdadero lugar que les corresponde ocupar en la sociedad nicaragüense. A través de varios números plantea como eje discursivo la independencia económica de la mujer y la importancia del estudio como condición imprescindible para alcanzar sus propias metas. Insistirá en remarcar sus derechos y la necesidad apremiante de participar de manera beligerante "en los trabajos, atribuciones, puestos públicos y privados a que es llamado el hombre". Su reclamo permanente, su visión diáfana y su práctica constante, hicieron de la Revista femenina ilustrada el canal natural para concientizar a las mujeres. Doña Chepita misma se convirtió en un modelo a seguir. Solo basta indagar su vida para comprobar que se ciñó a su propio itinerario. Siempre tuvo propósitos claros.

¿Cómo resonarían en octubre de 1920, en el seno de la sociedad patriarcal nicaragüense, las observaciones punzantes de la hondureña Lucila Gamero de Medina, miembro del Comité
Auxiliar de Mujeres de Estados Unidos, que aparecen en su No 25? Interpela e invita a la reflexión a las mujeres. "En su estado célibe, ¿quién le asegura que va a casarse convenientemente o que siempre tendrá quien satisfaga sus necesidades pecuniarias? Y si se casa, ¿está cierta que su marido podrá atender, toda la vida, sus obligaciones domésticas? ¿Y las enfermedades? ¿Y los malos negocios? ¿Y los vicios? ¿Y la muerte? Cuando esto ocurre, la infeliz mujer -sujeto pasivo- se ve en la situación más angustiosa, y su familia reducida a la miseria, presentando cuadros tristísimos, que torturan el alma al verlos". Una realidad persistente invita a trazar su propio proyecto de vida y a estudiar para labrarse su propia autonomía, ante el cuadro adverso que tienen que enfrentar, en una sociedad que no logra deshacerse del lastre androcéntrico, excluyente y discriminatorio.  A delinear con esmero el curso de sus vidas.

Estaba convencida que el estudio debía formar parte del credo integral de las mujeres. Doña Chepita encontró en sus alumnas sus mejores aliadas y en cada una de sus conquistas demostró que esta era la ruta indicada. El magisterio y la Revista femenina ilustrada son dos caras de un mismo empeño, un solo esfuerzo en dos trincheras aparentemente distintas. Como afirman las mujeres de Puntos de encuentro, al distinguirla como la primera feminista nicaragüense, "el colegio dirigido por ella era el único donde las mujeres podían obtener su bachillerato, para luego ingresar a la universidad, Elba Ochomogo, primera nicaragüense que concluyó sus estudios universitarios, graduándose como farmaceuta, fue alumna de doña Chepita". Tuvo la dicha también de preparar  "a Concepción Palacios Herrera, la primera nica que llegó a ser Doctora en Medicina". Dos ejemplos para no confundir el camino. El estudio siempre ha sido factor de crecimiento intelectual y toma de conciencia. El estudio siempre el estudio.

La revista nacida de su inspiración fue ventana abierta, espacio amplio y convincente, bajo cuyos pliegues se respiraban aires renovadores. Alta cumbrera para que las mujeres nicaragüenses divisaran las banderas desplegadas por el mundo por quienes se esmeraban en conseguir la plena igualdad entre los seres humanos. Multiplicó su mirada y vertió lo que pensaban y hacían las mujeres chilenas, rusas, japonesas, cubanas, estadounidenses, españolas. Tenía la intención que sus demandas y reclamos fueran un eco multiplicado y comprendieran que ninguna estaba sola en esta empresa liberadora. En las bitácoras de sus viajes anotaba todo lo que veía y podía ser útil para el país. Son un espejo resplandeciente. Era un ver para vernos. Lo acontecido a lo largo del planeta no podía serle ajeno. Las mujeres compartían un mismo destino y había que hermanar sus luchas. Doña Chepita, miraba y registraba todo lo sucedido, con el ánimo que conocieran y replicaran sus metas.      

Para convencerlas de la necesidad de conquistar el voto y evitar encontronazos políticos, publicó el Programa del Partido Nacional Sufragista (Revista femenina ilustrada, No. 32. Mayo 1921 p. 17), con el antetítulo Mujer Moderna Cubana. Era su manera de filtrar los acontecimientos más importantes realizados por las mujeres a lo largo del planeta y eludir los manotazos de los políticos. Lo hacía no sólo con el ánimo que se enteraran de lo ocurrido, pretendía que instalaran en su imaginario las bondades que se derivarían para todas si conseguían alcanzar el voto femenino. Cuánto orgullo sentiría al saber que la maestra normalista, Juana Molina, graduada en sus aulas, había logrado por unanimidad, ser proclamada representante de la colonia latina en el Cosmopolitan Club de la afamada Universidad de Columbia. El antetítulo al trabajo que le remitió desde Nueva York, resulta elocuente: Frutos de nuestro huerto. ¡No era para menos mostrar los primeros resultados de la cosecha!

Los temas educativos tuvieron igualmente prioridad en la Revista femenina ilustrada. Admiradora de su coterráneo Pablo Hurtado, otra luminaria chontaleña, publicó en dos entregas las críticas enviadas por este al presidente Diego Manuel Chamorro, refutando el informe presentado por el especialista estadounidense George F. Shoens. Uno de los argumentos esgrimidos por Hurtado, objetando al experto, conserva su actualidad para el  magisterio nacional. Estaba convencido que no es el número de asignaturas lo que volvía difícil la ejecución del plan de estudios vigente en 1915, como afirmaba el estadounidense. Más bien lo atribuye a "que el personal docente no ha tenido una preparación adecuada". Para demostrar el equívoco de Shoens, ratifica que "la escuela no cambiado de fin, lo que ha cambiado son los métodos que se siguen para alcanzar el fin que se propone la escuela". Doña Chepita mostraba su beneplácito con las tesis sustentadas por Hurtado.


La revista tenía un perfil claro y una definición precisa de sus objetivos. A noventaicinco años de haber irrumpido en una sociedad donde la mujer carecía de voz y rostro, el más grande merecimiento de la directora-fundadora de la Revista femenina ilustrada, fue haber comprendido la dimensión del desafío que tenían por delante las mujeres. Con mano firme trazó la geografía y acogió la historia como elementos vertebrales de su discurso feminista. No deja de sorprender que la migración sea un mal crónico de la sociedad nicaragüense. Cuando se embarcaba en Corinto, doña Chepita se impresionó, tanto que caracterizó muy bien el fenómeno de la importación y exportación de bienes y personas. Al país ingresaban en ese momento pacas de cabuya beneficiada en El Salvador, mientras jóvenes nicaragüenses salían al exterior en busca de trabajo. El eterno drama. Dolida exclama: "Es severa tarea sustraerse ... del medio en que se nace , ciertamente, pues el gobierno está en el deber de dar a la generación presente, una potente fuerza activa que constituya su poder en las luchas diarias de la vida". El hecho lo dejó registrado el 15 de septiembre de 1920. ¡En las mismas estamos!

*Fotografías tomadas de Internet

miércoles, 5 de junio de 2013

Una amistad perdurable




A mí no me causó ninguna gracia la aparición del Manual del perfecto idiota latinoamericano (1996), escrito a seis manos por Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa. Evangélicos confesos de la derecha tenían como único propósito poner en ridículo y burlarse de quienes todavía mantenían posiciones de izquierda. Los tres mosqueteros creyeron que había llegado el momento de saldar cuentas con esos especímenes horripilantes, atraídos todavía por ciertos principios venidos a menos, ante el deslumbramiento provocado en ciertos espíritus, por el vertiginoso ascenso del neoliberalismo y el triunfo irremediable del mercado. Revestidos de una pureza beatífica, erigidos en paladines justicieros, alzaron sus espadas para liberarnos de incomprensiones y lecturas sesgadas del acontecer en el subcontinente americano. Creyeron que los tiempos eran propicios para convertirse en jueces severos de antiguas y falsas creencias político-ideológicas.

Los imperialismos deberían mostrarse agradecidos, quedan exculpados de toda responsabilidad por los desmanes cometidos en América Latina y el Caribe. Nadie excepto nosotros mismos -Mendoza, Montaner y Vargas Llosa quedan fuera de toda sospecha- somos culpables del atraso, el subdesarrollo y la pobreza prevalecientes. Los idiotas son los que siguen creyendo, repitiendo y atribuyendo a las grandes potencias, especialmente Estados Unidos, las dificultades del presente. La herencia colonial un espejismo, una falsa quimera, una invención antojadiza. Teníamos que mostrarnos agradecidos frente a ellos por desprendernos las legañas de los ojos. La única y auténtica lectura de lo acontecido nos era revelada. Atribuir cuotas mayores o menores a otros países era permanecer en un estado de idiotez. La metodología aplicada por Juan Bosch en su clásico De Cristóbal Colón a Fidel Castro, quedó intacta. Sigue siendo válida para saber porqué en el Caribe se hablan las lenguas de los colonizadores.

A Mendoza y Montaner, dos de los tres proponentes del nuevo testamento latinoamericano, los había leído, Vargas Llosa me resultaba un perfecto desconocido. Plinio Apuleyo Mendoza alcanzó notoriedad con El olor a la guayaba (1982), conversación literaria con Gabriel García Márquez, libro necesario para introducirte en el conocimiento del portento. Se conocieron en un café de Bogotá cuando el costeño cursaba primero de derecho. La impresión recibida -un caso perdido según Luis Villar Borda su compañero de pupitre- quedó dibujada en Gabo Cartas y recuerdos (Editora Géminis, 2013). No sintonizo con sus anatemas políticos ni sus desencantos ideológicos, pero si con la amistad forjada a través del tiempo, inmune a desavenencias políticas, nacida en los años duros del París de los cincuenta, ajena a las veleidades de la gloria, (La gloria es una mierda, exclamó Verlaine a Darío) sólida, tierna, sentimental, fuera de todo cálculo económico. El libro es un canto a la amistad.

Las revelaciones literarias resultan valiosas para los estudiosos de la obra imperecedera del hijo dilecto de Aracataca. Las cartas sirven para reconstruir su itinerario creativo, permiten conocer que El otoño del patriarca (1975) lo acosó mucho antes (1963) que Cien Años de Soledad (1967) se convirtiera en la gran novela mundial. Eso dice mucho a los expertos, a mí me conmueve la incertidumbre, el hambre que lo consume y el frío glacial atemperado en las parrillas del metro parisino. Esa misma hambre aflora como un cuchillo en la biografía Una vida (2009) de Gerald Martín, incluso tal vez de forma exagerada. En la navidad de 1955, cargada de bruma, en la casa número 17 de la Rue Guénégaud, quedó sellada su amistad. Plinio la cuenta en párrafos enternecedores. La poesía asoma en buena parte de esta historia. Podemos disentir de sus posiciones políticas, nunca sustraernos al peso de una amistad franca, abierta, sin dobleces.

Sin pretenderlo y más allá de su condición de paisano, Plinio se convirtió en ángel protector de Gabo. Venía de Ginebra como reportero de El Espectador y se había quedado varado en Francia. El sueldo jamás llegó. La noche del 24 de diciembre después de cena, bajo una nieve que cubría todo de blanco, García Márquez, corrió como un niño, gozoso que las hilachas besaran su cara. Por vez primera disfrutaba la nieve. Saltaba estremecido. Lleno de una alegría contagiosa, olvidó los sinsabores del momento. Esa noche en el bulevar Saint-Michel sus vidas quedaron entrelazadas para siempre. Vieron nacer y morir sueños y esperanzas. Empezaron a desandar juntos el camino. Un largo peregrinar que empezó por los países del Este de Europa y alcanzó hasta la Unión Soviética, llegaron como miembros de un grupo de danzas folclóricas. El subterfugio utilizado valió la pena.

Vivieron juntos la caída de Pérez Jiménez en Venezuela, Gabo llegaría a Caracas desde París, en la navidad de 1957. Plinio le consiguió un puesto en el equipo periodístico del loco Ramírez Mac Gregor. Luego pasarían a engrosar las filas del emporio del magnate de la prensa venezolana, Miguel Ángel Capriles. Mercedes, el cocodrilo sagrado, empieza su vida al lado de Gabo. El triunfo de la revolución cubana los conducirá a integrarse al buró de Prensa Latina en Bogotá. Plinio como jefe y Gabo como redactor. El affaire Padilla, no solo escindirá sus caminos, estallará al boom en mil pedazos. Plinio firmó por Gabo la carta enviada a Fidel desde Francia. Una corriente de amistad los mantiene unidos. Dirimen sus diferencias sin aspavientos. Cada quien arrea sus propias velas, respetan sus opciones políticas sin menguar o debilitar el cariño que ambos se profesan.

Cuando la fama lo ha encumbrado a los altares, el costeño sabe que entre tumulto que hoy se aglomera a celebrarle, muchos lo veían de reojo. Capítulo bien logrado, Plinio filtra los poses huraños y las respuestas sardónicas ofrecidas a los nuevos contertulios. Gabo sabe tomar distancia incluso de los críticos. Cien años de soledad no figuraba en la lista final de libros para ser premiados por los críticos italianos en el tormentoso 1968 europeo. París había sido sacudida en mayo por la revuelta estudiantil. Sartre y Mitterrand la celebran. El cambio en Italia se produjo cuando consultaron a los lectores, quienes impusieron el libro y ganó el premio por unanimidad. Se suponía, dice a Plinio en carta fechada el 28 de octubre de 1968, que yo iba a recibirlo, pero me negué, y a mi agente le costó una pelota conseguir que lo mandaran por correo. Al final todo quedó muy bien, aclara en la misiva. Tendrían que acostumbrarse a estos desplantes.

La llegada del Premio Nobel afianzó el aprecio que se guardaban. A Gabo no lo marean las alturas ni lo seduce el dinero. Está vacunado contra el halago. Iluminado por su propia celebridad, el viejo amigo sigue siendo el mismo. Descree de amistades surgidas a partir de su prestigio como escritor laureado. Siguen encontrándose, beben café o almuerzan como lo hicieron en los días de miseria compartida. Gabo invita a Plinio Apuleyo a viajar por Europa en otras condiciones. En algunas de sus cartas da cuenta de sus proyectos literarios, como lo hacía con todos sus amigos. Al enterarse que Plinio estaba escribiendo Gabo Cartas y recuerdos, para que no quedase ningún secreto entre sus vidas, para disipar suposiciones, declara al amigo que nada de lo ocurrido lo tenía previsto.  

-    Todos los días de mi vida me he levantado cagado de susto.
Antes por lo que podía ocurrirme. Ahora por lo que me ha ocurrido”.

Una amistad como esta merece contarse. Los amigos deben quererse y respetarse. La amistad no tiene precio. ¡Lo demás es demagogia!
  

Al ritmo de Pérez-Reverte




Desde que me repantigué en la cama y deslice mis ojos sobre sus páginas, sentí que me deslizaba sobre una mar voluptuosa. En la medida que me adentraba en el vasto universo de su ancha geografía sentí vértigo. El encantamiento y la seducción eran evidentes. Agarré el libro por los cuernos y no quería soltarlo. Tenía tiempo de no sentirme atrapado por un embaucador de serpientes. Cortes, ritmos, sinfonía, baile y canto, dominaban la escena. La prosa fluye, un manantial lleno de sorpresas. El dominio de la técnica corre pareja con distintas historias contadas con habilidad contagiante. Viento huracanado. Un thriller monumental. Iba y venía de una historia a otra. Cuenta con el ingenio suficiente para suspender el relato justamente donde alcanza el clímax. Sostenía cuchillo y tenedor entre mis dedos frente a un plato suculento. ¿Dejaría de trinchar lo que me ofertaba el chef traicionando mi creciente apetito? Al menos yo no estaba dispuesto.

La manera de contar y la forma cadenciosa, llena de guiños, con sus altos y bajos, armoniza con el tango bailado con desenfado malevo en el trasatlántico Cap Polonio de la Hamburg-Sudamerikanische, una noche de noviembre de 1928. Max Costa, el bailarín mundano, venido a menos, víctima de sus propias fullerías, tallado finamente con esmero de escultor, poco a poco va convirtiéndose ante mis ojos en un personaje agradable, un truhan y cazador furtivo, chulo y malandrín de alta estirpe. Salió del arrabal al que jamás quiso volver, dándose la gran vida en Francia, España e Italia. Esa noche muestra sus dotes, su personalidad arrolladora y su belleza latina. Todo movimiento o palabra pronunciada nacen del cálculo. Puestos sus ojos sobre la presa -la bella Meche- asume el comportamiento de un dandy. Mide distancias con escrúpulo de halcón en celo. Su refinamiento y modales resultan cautivantes. No es la novela para contar heroicidades, muertes y disturbios.

Contratado para distraer a las mujeres que viajan en el barco, Max cumple cabalmente su cometido. El argentino aprendió a bailar tangos en París no en su tierra natal. Una historia paralela serpentea, su encuentro en Sorrento, veintinueve años después y un poco antes en Niza, con la mujer de Armando de Troeye, compositor español. La dama sucumbe a sus encantos. Con serenidad habitual Pérez Reverte da forma a la enorme partitura -El tango de la guardia vieja (2012)- rindiéndole homenaje. Al tango original y auténtico, nacido de una mixtura. Una mirada retrospectiva fascinante. Sitúa sus personajes en La Ferroviaria, el boliche ubicado en Barracas, el arrabal donde nació Max Costa. El antro olía a humo de cigarro, porrón de ginebra, pomada para el pelo y carne humana. Un cafiolo con aires de compadrón hace mates, saca a bailar a Meche. Max aclara que un compadrito es un plebeyo de arrabal con aires de valentón pendenciero. El nunca fue ni lo uno ni lo otro. Tenía los amaneramientos de un seductor experimentado.

El malabarista pretende que sepamos que existe un mundo de distancia entre el tango bailado en París y el tango bailado en La Ferroviaria. Las puntas de los pechos de la mujer rozan las carnes de su pareja, sus piernas y caderas giran alrededor de su cintura; los pasos más atrevidos, música y manos despiertas, provocan escenas mordaces. Lejos de los salones y etiqueta, el tango se traduce en sumisión de la hembra, una entrega absoluta y cómplice. En lenguaje sensual describe esos mataderos, lo bailan más rápido y cortado de manera "deliciosamente puerca". Cada escritor habla a través de sus personajes. Pérez-Reverte dice a través de Armando de Troeye que "casi excita mirarlos". El compositor descubre un mundo nuevo, alimenta su imaginación. El tango de salón alisó todas esas posturas gallardas, provocativas, volviéndole más respetable para ser finalmente amansado. Limaron sus mil requiebres fragorosos. Estamos claros, el tango de la guardia vieja, no usaba fuelle ni piano, sino flauta y guitarra. Seríamos ilusos si creyésemos que la domesticación comenzó con el Último tango en París (1972), crecida corriente de erotismo, Marlon Brandon y María Schneider sobornándonos con sus licencias escabrosas.

Con técnica heredada de los mejores narradores del mundo, el relato discurre de manera ascendente. Abre una puerta y cuando creíamos que ya habíamos recorrido todo el edificio, la puerta trasera comunica con otra casa, un nuevo relato despega donde parecía que la historia concluía. Son los mismos actores del drama -Max por supuesto- quien ha sobrevivido a otra de sus trampas. El bailarín mundano cae prisionero de sus propias andanzas. Evita convertirse en aliado de las fuerzas políticas en pugna. Los fascistas lo utilizan como peón, en una novela que el juego de ajedrez viene a ser la otra cara de la luna. Me inclino en evidenciar mis preferencias por el tango, pero no menos sorprendentes son las peripecias, las últimas audacias que ejecuta en su vida, con las que ratifica su amor por Meche. Mientras urdía su golpe final, sucumbe frente a la única mujer que amó. Se entera que Ricardo Keller Insunza, avezado jugador de ajedrez chileno, era su hijo. ¡Jaque al rey! 

Aun en los detalles y descripciones más prolijas, Pérez-Reverte se muestra impetuoso, apura el ritmo de su canto. La cadencia entre baile y relato son perfectas. Armonía plena. ¿No sería la convicción de que el tango a la vieja usanza entró en barreno, que lo llevó a exclamar acongojado, "la moda se aleja cada vez más de todo esto. Dentro de poco solo se bailará ese otro tango domesticado, inexpresivo y narcótico: el de los salones y el cinematógrafo"? El novelista se adelanta. Deja testimonio del castramiento severo a que viene siendo sometido. Eleva su himno, fluye el ritmo y acelera el compás, para que podamos asomarnos complacidos a la fidelidad con que lo retrata y solazarnos en la pieza que ejecutan y bailan al modo antiguo, en ese mundo encañallecido, donde llevó Max Costa, al matrimonio Insunza y de Troeye. Lo hace antes que el tiempo y las circunstancias lo aniquilen para siempre. Tiene en miras salvarlo del horror de la castración.

La otra cara la constituye un mundo de espías, robos, encuentros y desencuentros amorosos entre Max Costa y Meche Insunza. Las truculencias narrativas y los quiebres repentinos me mantienen en vilo. Espero nuevas sorpresas, otros giros. Avanzo y no hay forma que la intensidad del relato disminuya. El tango de la guardia vieja ratifica la facilidad con que Pérez-Reverte urde historias y se desplaza por diferentes países. Con igual soltura ubica su relato en Buenos Aires, Niza y Sorrento. Las descripciones de estos lugares me recuerdan a Mario Vargas Llosa y Alejo Carpentier, complacidos nos hacen sentir el olor de las calles, la temperatura de su ambiente, la gracia de sus bulines y la majestuosidad de sus catedrales. En la era de la globalización, Pérez-Reverte se sale de su ambiente para ofrecernos la atmósfera, pasiones, triunfos, sinsabores y la densidad de las ciudades donde crea nuevos mundos. ¡Nos hace bailar al ritmo que imprime a su novela!  

martes, 30 de abril de 2013

Para conjurar el olvido



Todo lo que aprendí
se lo debo al bachillerato
Vivir para contarla

A Gustavo Castro Caycedo se le metió entre ceja y ceja que Gabriel García Márquez no había sido lo suficiente justo en la valoración de su paso por el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá. Motivado por lo que consideraba una injusticia, se metió de lleno a escudriñar con meticulosidad los pasos de Gabo durante los 1,375 días que vivió en esa ciudad, comprendidos entre el 8 de marzo de 1943 que ingresó al Liceo hasta el 6 de diciembre de 1946, día y año en que se bachilleró. Con obsesión delirante presenta 83 testimonios de personas entrevistadas a lo largo de tres años. Solo un cariño desmesurado por Zipaquirá pudo haberlo seducido para emprender un camino farragoso, sin titubeos y espíritu de detective. Sintió una herida profunda, un golpe inmerecido, que Gabo dijera “mi internado en Zipaquirá son seis años que recuerdo poco”.

La tesis de Castro Caycedo no deja de ser un desafío incluso para el mismo Gabo. Si Aracataca debe su notoriedad porque allí nació el Nobel colombiano, buena parte de ese mérito obedece a la ciudad, al Liceo y profesores que recondujeron su ruta intelectual. Sin su paso por Zipaquirá no se habría replanteado su condición de poeta, a lo sumo hubiese sido un excelente dibujante y buen caricaturista, pero nunca el extraordinario escritor que todos conocemos, afirma Castro Caicedo. Los testimonios de sus compañeros de banca, sus maestros más queridos y la acogida brindada por la intelectualidad zipaquireña, fueron determinantes -afirma convencido- para que Gabo adquiriera la solidez literaria que lo catapultó a la fama. No escatimó tiempo ni recursos para señalar su despegue y transformación, teniendo como epicentro Zipaquirá y su Liceo de Varones.

El historiador ajusta su visión a la del literato Conrado Zuluaga Osorio, estudioso de la obra de Gabo. El ex-director de la Biblioteca Nacional de Colombia considera que “toda su obra pertenece a un solo libro, a su libro de la soledad, la soledad de un niño asustado y perdido”. Después de haber escuchado decir a los compañeros de estudios más entrañables de Gabo, que el frío lo consumía –Zipaquirá se alza 2,652 metros  sobre el nivel del mar- el miedo aterrador, las pesadillas nocturnas, sus alaridos de espanto por las noches, refractario a la oscuridad, no vaciló en llamar a su obra Gabo: cuatro años de soledad- Su vida en Zipaquirá, (2012). Puntilloso, detallista, imbuido por una enorme pasión, sigue su derrotero por la ciudad, sus escapadas nocturnas, su vida estudiantil y sus escarceos amorosos.

Se siente impelido a demostrar la certeza de sus hallazgos, confrontándoles con las del biógrafo inglés Gerald Martin, a quien más de una vez rectifica. Está persuadido que el viraje más importante en el discurrir creativo de Gabo fue el quiebre que produjo en sus predilecciones, la influencia benefactora del profesor Carlos Julio Calderón. Atrapado por la fiebre de la poesía rescató 14 de sus poemas, los cuales Castro Caycedo no pudo publicar porque no obtuvo el permiso de rigor de Carmen Balcells, su agente literaria radicada en Barcelona. De nada sirvió el intercambio epistolar. En una de sus respuestas la catalana le dice que podría autorizar su publicación “cuando usted me envíe la selección que quiere publicar; quiero pasarlos por los ojos de García Márquez para que el vea cuáles son los que autoriza”.

La autorización jamás llegó, conociendo a Gabo era de esperarse que no accediera dar luz verde para que se divulgasen unos versos nacidos bajo la inspiración de amores fugaces. Mientras muchos escritores han hecho plata vendiendo sus manuscritos a renombradas universidades estadounidenses, Gabo quemó los cuadernos que utilizó para armar el esqueleto, insuflar de sangre y dar vida a Cien años de soledad. Celoso ha pregonado que no deben mostrarse los recursos de carpintería utilizados, fiel a su credo también quemó las cartas de amor desesperado que envió desde Europa a Mercedes Barcha. No cabe duda  que los poemas dados a conocer por Castro Caycedo forman parte de la pequeña muestra salvada del olvido por amigas y amigos afectuosos. Para bien o para mal, salvaron Poemas desde un caracol supuestamente dedicado a Mercedes, rubricado desde Zipaquirá en 1946.

La vaina de la ortografía, su mala ortografía digo, no ha sido un invento ni un truco de Gabo, sus compañeros de estudios más de una vez lo salvaron del oprobio. Miguel Lozano confiesa que a pesar de ser un buen escritor le fallaba la ortografía. Guillermo Granados y Alvaro Ruiz también dicen lo mismo. En el apartado No 4 de Vivir para contarla (Editorial Diana), dedicado por entero a rememorar su estadía en el Liceo Nacional de Varones, reconoce que Carlos Julio Calderón fue en verdad “el primer maestro que pulverizaba mis borradores con indicaciones pertinentes… y a quien debo mucho en mi vida de escritor”. Sin obviar por supuesto las lecturas en voz alta antes de dormirse, realizadas gracias a la iniciativa del profesor Calderón. Era tanto el interés que despertaban, que en el Liceo se impuso la costumbre de leer en voz alta todas las noches. Eran una fiesta.

En las páginas de Gabo: cuatro años de soledad resplandece nuestro paisano inevitable. Su peso literario se dejó sentir en 1945 cuando el profesor Calderón le encargó varias veces corregir las tareas de literatura de sus compañeros, “materia en la que Gabo tuvo una gran influencia del poeta nicaragüense Rubén Darío”, revela Miguel Ángel Lozano. El Mono Salgar uno de sus amigos más queridos recuerda la primera dedicatoria puesta por Gabo a un libro que le obsequió. “A José Salgar que me ordenó torcerle el cuello al cisne”. Una metáfora que rezume jugos darianos. El estudioso Darío Jaramillo señala que “el pidracielismo marca en Colombia el tránsito del reino de Rubén Darío al reino de Neruda”. Eduardo Angulo nunca olvidará que durante su primera clase, el rector Carlos Martín puso como tema de estudio La marcha triunfal.   

La escogencia del poema en la asignatura Análisis del Ritmo, dio en el gusto de García Márquez. Desde ese momento lo ganó por completo “porque este era admirador furibundo de ese genial nicaragüense que escribió: ¡Ya viene el cortejo! ¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines. ¡La espada se anuncia con vivo reflejo; ya bien, oro y hierro, el cortejo de los paladines…" El dictador se sintió pobre y minúsculo en el estruendo sísmico de los aplausos que él aprobaba en la sombra pensando madre mía Bendición Alvarado, ese si es un desfile, no las mierdas que me organiza esta gente, sintiéndose disminuido para agregar compungido: cómo es posible que este indio pueda escribir una cosa tan bella con la misma mano con que se limpia el culo, al ratificar años después que la pasión juvenil que sintió por Rubén se mantenía intacta.

Dejo como tarea pendiente a Castro Caycedo o algún estudioso de Gabo que por favor concilie las afirmaciones del zipaquireño con lo dicho por el mago de Aracataca. Contrario a los libros que leyó en el liceo de Zipaquirá, “que ya merecían estar en un mausoleo de autores consagrados”, en Bogotá descubrió un mundo nuevo. Frente a sus ojos desfilaron decenas de libros que “leíamos como pan caliente, recién traducidos e impresos en Buenos Aires después de la larga veda editorial de la segunda guerra europea. Así descubrí para mi suerte a los ya muy descubiertos Jorge Luis Borges, D.H Lawrence y Aldos Huxley, a Graham Greene y Chesterton, a William Irish y Katherine Mansfield y muchos más”. Leyó a James Joyce y Frank Kafka. Pero siguió creyendo que “la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre”, como sostiene Luis Cardoza y Aragón.