miércoles, 5 de junio de 2013

Una amistad perdurable




A mí no me causó ninguna gracia la aparición del Manual del perfecto idiota latinoamericano (1996), escrito a seis manos por Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa. Evangélicos confesos de la derecha tenían como único propósito poner en ridículo y burlarse de quienes todavía mantenían posiciones de izquierda. Los tres mosqueteros creyeron que había llegado el momento de saldar cuentas con esos especímenes horripilantes, atraídos todavía por ciertos principios venidos a menos, ante el deslumbramiento provocado en ciertos espíritus, por el vertiginoso ascenso del neoliberalismo y el triunfo irremediable del mercado. Revestidos de una pureza beatífica, erigidos en paladines justicieros, alzaron sus espadas para liberarnos de incomprensiones y lecturas sesgadas del acontecer en el subcontinente americano. Creyeron que los tiempos eran propicios para convertirse en jueces severos de antiguas y falsas creencias político-ideológicas.

Los imperialismos deberían mostrarse agradecidos, quedan exculpados de toda responsabilidad por los desmanes cometidos en América Latina y el Caribe. Nadie excepto nosotros mismos -Mendoza, Montaner y Vargas Llosa quedan fuera de toda sospecha- somos culpables del atraso, el subdesarrollo y la pobreza prevalecientes. Los idiotas son los que siguen creyendo, repitiendo y atribuyendo a las grandes potencias, especialmente Estados Unidos, las dificultades del presente. La herencia colonial un espejismo, una falsa quimera, una invención antojadiza. Teníamos que mostrarnos agradecidos frente a ellos por desprendernos las legañas de los ojos. La única y auténtica lectura de lo acontecido nos era revelada. Atribuir cuotas mayores o menores a otros países era permanecer en un estado de idiotez. La metodología aplicada por Juan Bosch en su clásico De Cristóbal Colón a Fidel Castro, quedó intacta. Sigue siendo válida para saber porqué en el Caribe se hablan las lenguas de los colonizadores.

A Mendoza y Montaner, dos de los tres proponentes del nuevo testamento latinoamericano, los había leído, Vargas Llosa me resultaba un perfecto desconocido. Plinio Apuleyo Mendoza alcanzó notoriedad con El olor a la guayaba (1982), conversación literaria con Gabriel García Márquez, libro necesario para introducirte en el conocimiento del portento. Se conocieron en un café de Bogotá cuando el costeño cursaba primero de derecho. La impresión recibida -un caso perdido según Luis Villar Borda su compañero de pupitre- quedó dibujada en Gabo Cartas y recuerdos (Editora Géminis, 2013). No sintonizo con sus anatemas políticos ni sus desencantos ideológicos, pero si con la amistad forjada a través del tiempo, inmune a desavenencias políticas, nacida en los años duros del París de los cincuenta, ajena a las veleidades de la gloria, (La gloria es una mierda, exclamó Verlaine a Darío) sólida, tierna, sentimental, fuera de todo cálculo económico. El libro es un canto a la amistad.

Las revelaciones literarias resultan valiosas para los estudiosos de la obra imperecedera del hijo dilecto de Aracataca. Las cartas sirven para reconstruir su itinerario creativo, permiten conocer que El otoño del patriarca (1975) lo acosó mucho antes (1963) que Cien Años de Soledad (1967) se convirtiera en la gran novela mundial. Eso dice mucho a los expertos, a mí me conmueve la incertidumbre, el hambre que lo consume y el frío glacial atemperado en las parrillas del metro parisino. Esa misma hambre aflora como un cuchillo en la biografía Una vida (2009) de Gerald Martín, incluso tal vez de forma exagerada. En la navidad de 1955, cargada de bruma, en la casa número 17 de la Rue Guénégaud, quedó sellada su amistad. Plinio la cuenta en párrafos enternecedores. La poesía asoma en buena parte de esta historia. Podemos disentir de sus posiciones políticas, nunca sustraernos al peso de una amistad franca, abierta, sin dobleces.

Sin pretenderlo y más allá de su condición de paisano, Plinio se convirtió en ángel protector de Gabo. Venía de Ginebra como reportero de El Espectador y se había quedado varado en Francia. El sueldo jamás llegó. La noche del 24 de diciembre después de cena, bajo una nieve que cubría todo de blanco, García Márquez, corrió como un niño, gozoso que las hilachas besaran su cara. Por vez primera disfrutaba la nieve. Saltaba estremecido. Lleno de una alegría contagiosa, olvidó los sinsabores del momento. Esa noche en el bulevar Saint-Michel sus vidas quedaron entrelazadas para siempre. Vieron nacer y morir sueños y esperanzas. Empezaron a desandar juntos el camino. Un largo peregrinar que empezó por los países del Este de Europa y alcanzó hasta la Unión Soviética, llegaron como miembros de un grupo de danzas folclóricas. El subterfugio utilizado valió la pena.

Vivieron juntos la caída de Pérez Jiménez en Venezuela, Gabo llegaría a Caracas desde París, en la navidad de 1957. Plinio le consiguió un puesto en el equipo periodístico del loco Ramírez Mac Gregor. Luego pasarían a engrosar las filas del emporio del magnate de la prensa venezolana, Miguel Ángel Capriles. Mercedes, el cocodrilo sagrado, empieza su vida al lado de Gabo. El triunfo de la revolución cubana los conducirá a integrarse al buró de Prensa Latina en Bogotá. Plinio como jefe y Gabo como redactor. El affaire Padilla, no solo escindirá sus caminos, estallará al boom en mil pedazos. Plinio firmó por Gabo la carta enviada a Fidel desde Francia. Una corriente de amistad los mantiene unidos. Dirimen sus diferencias sin aspavientos. Cada quien arrea sus propias velas, respetan sus opciones políticas sin menguar o debilitar el cariño que ambos se profesan.

Cuando la fama lo ha encumbrado a los altares, el costeño sabe que entre tumulto que hoy se aglomera a celebrarle, muchos lo veían de reojo. Capítulo bien logrado, Plinio filtra los poses huraños y las respuestas sardónicas ofrecidas a los nuevos contertulios. Gabo sabe tomar distancia incluso de los críticos. Cien años de soledad no figuraba en la lista final de libros para ser premiados por los críticos italianos en el tormentoso 1968 europeo. París había sido sacudida en mayo por la revuelta estudiantil. Sartre y Mitterrand la celebran. El cambio en Italia se produjo cuando consultaron a los lectores, quienes impusieron el libro y ganó el premio por unanimidad. Se suponía, dice a Plinio en carta fechada el 28 de octubre de 1968, que yo iba a recibirlo, pero me negué, y a mi agente le costó una pelota conseguir que lo mandaran por correo. Al final todo quedó muy bien, aclara en la misiva. Tendrían que acostumbrarse a estos desplantes.

La llegada del Premio Nobel afianzó el aprecio que se guardaban. A Gabo no lo marean las alturas ni lo seduce el dinero. Está vacunado contra el halago. Iluminado por su propia celebridad, el viejo amigo sigue siendo el mismo. Descree de amistades surgidas a partir de su prestigio como escritor laureado. Siguen encontrándose, beben café o almuerzan como lo hicieron en los días de miseria compartida. Gabo invita a Plinio Apuleyo a viajar por Europa en otras condiciones. En algunas de sus cartas da cuenta de sus proyectos literarios, como lo hacía con todos sus amigos. Al enterarse que Plinio estaba escribiendo Gabo Cartas y recuerdos, para que no quedase ningún secreto entre sus vidas, para disipar suposiciones, declara al amigo que nada de lo ocurrido lo tenía previsto.  

-    Todos los días de mi vida me he levantado cagado de susto.
Antes por lo que podía ocurrirme. Ahora por lo que me ha ocurrido”.

Una amistad como esta merece contarse. Los amigos deben quererse y respetarse. La amistad no tiene precio. ¡Lo demás es demagogia!
  

Al ritmo de Pérez-Reverte




Desde que me repantigué en la cama y deslice mis ojos sobre sus páginas, sentí que me deslizaba sobre una mar voluptuosa. En la medida que me adentraba en el vasto universo de su ancha geografía sentí vértigo. El encantamiento y la seducción eran evidentes. Agarré el libro por los cuernos y no quería soltarlo. Tenía tiempo de no sentirme atrapado por un embaucador de serpientes. Cortes, ritmos, sinfonía, baile y canto, dominaban la escena. La prosa fluye, un manantial lleno de sorpresas. El dominio de la técnica corre pareja con distintas historias contadas con habilidad contagiante. Viento huracanado. Un thriller monumental. Iba y venía de una historia a otra. Cuenta con el ingenio suficiente para suspender el relato justamente donde alcanza el clímax. Sostenía cuchillo y tenedor entre mis dedos frente a un plato suculento. ¿Dejaría de trinchar lo que me ofertaba el chef traicionando mi creciente apetito? Al menos yo no estaba dispuesto.

La manera de contar y la forma cadenciosa, llena de guiños, con sus altos y bajos, armoniza con el tango bailado con desenfado malevo en el trasatlántico Cap Polonio de la Hamburg-Sudamerikanische, una noche de noviembre de 1928. Max Costa, el bailarín mundano, venido a menos, víctima de sus propias fullerías, tallado finamente con esmero de escultor, poco a poco va convirtiéndose ante mis ojos en un personaje agradable, un truhan y cazador furtivo, chulo y malandrín de alta estirpe. Salió del arrabal al que jamás quiso volver, dándose la gran vida en Francia, España e Italia. Esa noche muestra sus dotes, su personalidad arrolladora y su belleza latina. Todo movimiento o palabra pronunciada nacen del cálculo. Puestos sus ojos sobre la presa -la bella Meche- asume el comportamiento de un dandy. Mide distancias con escrúpulo de halcón en celo. Su refinamiento y modales resultan cautivantes. No es la novela para contar heroicidades, muertes y disturbios.

Contratado para distraer a las mujeres que viajan en el barco, Max cumple cabalmente su cometido. El argentino aprendió a bailar tangos en París no en su tierra natal. Una historia paralela serpentea, su encuentro en Sorrento, veintinueve años después y un poco antes en Niza, con la mujer de Armando de Troeye, compositor español. La dama sucumbe a sus encantos. Con serenidad habitual Pérez Reverte da forma a la enorme partitura -El tango de la guardia vieja (2012)- rindiéndole homenaje. Al tango original y auténtico, nacido de una mixtura. Una mirada retrospectiva fascinante. Sitúa sus personajes en La Ferroviaria, el boliche ubicado en Barracas, el arrabal donde nació Max Costa. El antro olía a humo de cigarro, porrón de ginebra, pomada para el pelo y carne humana. Un cafiolo con aires de compadrón hace mates, saca a bailar a Meche. Max aclara que un compadrito es un plebeyo de arrabal con aires de valentón pendenciero. El nunca fue ni lo uno ni lo otro. Tenía los amaneramientos de un seductor experimentado.

El malabarista pretende que sepamos que existe un mundo de distancia entre el tango bailado en París y el tango bailado en La Ferroviaria. Las puntas de los pechos de la mujer rozan las carnes de su pareja, sus piernas y caderas giran alrededor de su cintura; los pasos más atrevidos, música y manos despiertas, provocan escenas mordaces. Lejos de los salones y etiqueta, el tango se traduce en sumisión de la hembra, una entrega absoluta y cómplice. En lenguaje sensual describe esos mataderos, lo bailan más rápido y cortado de manera "deliciosamente puerca". Cada escritor habla a través de sus personajes. Pérez-Reverte dice a través de Armando de Troeye que "casi excita mirarlos". El compositor descubre un mundo nuevo, alimenta su imaginación. El tango de salón alisó todas esas posturas gallardas, provocativas, volviéndole más respetable para ser finalmente amansado. Limaron sus mil requiebres fragorosos. Estamos claros, el tango de la guardia vieja, no usaba fuelle ni piano, sino flauta y guitarra. Seríamos ilusos si creyésemos que la domesticación comenzó con el Último tango en París (1972), crecida corriente de erotismo, Marlon Brandon y María Schneider sobornándonos con sus licencias escabrosas.

Con técnica heredada de los mejores narradores del mundo, el relato discurre de manera ascendente. Abre una puerta y cuando creíamos que ya habíamos recorrido todo el edificio, la puerta trasera comunica con otra casa, un nuevo relato despega donde parecía que la historia concluía. Son los mismos actores del drama -Max por supuesto- quien ha sobrevivido a otra de sus trampas. El bailarín mundano cae prisionero de sus propias andanzas. Evita convertirse en aliado de las fuerzas políticas en pugna. Los fascistas lo utilizan como peón, en una novela que el juego de ajedrez viene a ser la otra cara de la luna. Me inclino en evidenciar mis preferencias por el tango, pero no menos sorprendentes son las peripecias, las últimas audacias que ejecuta en su vida, con las que ratifica su amor por Meche. Mientras urdía su golpe final, sucumbe frente a la única mujer que amó. Se entera que Ricardo Keller Insunza, avezado jugador de ajedrez chileno, era su hijo. ¡Jaque al rey! 

Aun en los detalles y descripciones más prolijas, Pérez-Reverte se muestra impetuoso, apura el ritmo de su canto. La cadencia entre baile y relato son perfectas. Armonía plena. ¿No sería la convicción de que el tango a la vieja usanza entró en barreno, que lo llevó a exclamar acongojado, "la moda se aleja cada vez más de todo esto. Dentro de poco solo se bailará ese otro tango domesticado, inexpresivo y narcótico: el de los salones y el cinematógrafo"? El novelista se adelanta. Deja testimonio del castramiento severo a que viene siendo sometido. Eleva su himno, fluye el ritmo y acelera el compás, para que podamos asomarnos complacidos a la fidelidad con que lo retrata y solazarnos en la pieza que ejecutan y bailan al modo antiguo, en ese mundo encañallecido, donde llevó Max Costa, al matrimonio Insunza y de Troeye. Lo hace antes que el tiempo y las circunstancias lo aniquilen para siempre. Tiene en miras salvarlo del horror de la castración.

La otra cara la constituye un mundo de espías, robos, encuentros y desencuentros amorosos entre Max Costa y Meche Insunza. Las truculencias narrativas y los quiebres repentinos me mantienen en vilo. Espero nuevas sorpresas, otros giros. Avanzo y no hay forma que la intensidad del relato disminuya. El tango de la guardia vieja ratifica la facilidad con que Pérez-Reverte urde historias y se desplaza por diferentes países. Con igual soltura ubica su relato en Buenos Aires, Niza y Sorrento. Las descripciones de estos lugares me recuerdan a Mario Vargas Llosa y Alejo Carpentier, complacidos nos hacen sentir el olor de las calles, la temperatura de su ambiente, la gracia de sus bulines y la majestuosidad de sus catedrales. En la era de la globalización, Pérez-Reverte se sale de su ambiente para ofrecernos la atmósfera, pasiones, triunfos, sinsabores y la densidad de las ciudades donde crea nuevos mundos. ¡Nos hace bailar al ritmo que imprime a su novela!  

martes, 30 de abril de 2013

Para conjurar el olvido



Todo lo que aprendí
se lo debo al bachillerato
Vivir para contarla

A Gustavo Castro Caycedo se le metió entre ceja y ceja que Gabriel García Márquez no había sido lo suficiente justo en la valoración de su paso por el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá. Motivado por lo que consideraba una injusticia, se metió de lleno a escudriñar con meticulosidad los pasos de Gabo durante los 1,375 días que vivió en esa ciudad, comprendidos entre el 8 de marzo de 1943 que ingresó al Liceo hasta el 6 de diciembre de 1946, día y año en que se bachilleró. Con obsesión delirante presenta 83 testimonios de personas entrevistadas a lo largo de tres años. Solo un cariño desmesurado por Zipaquirá pudo haberlo seducido para emprender un camino farragoso, sin titubeos y espíritu de detective. Sintió una herida profunda, un golpe inmerecido, que Gabo dijera “mi internado en Zipaquirá son seis años que recuerdo poco”.

La tesis de Castro Caycedo no deja de ser un desafío incluso para el mismo Gabo. Si Aracataca debe su notoriedad porque allí nació el Nobel colombiano, buena parte de ese mérito obedece a la ciudad, al Liceo y profesores que recondujeron su ruta intelectual. Sin su paso por Zipaquirá no se habría replanteado su condición de poeta, a lo sumo hubiese sido un excelente dibujante y buen caricaturista, pero nunca el extraordinario escritor que todos conocemos, afirma Castro Caicedo. Los testimonios de sus compañeros de banca, sus maestros más queridos y la acogida brindada por la intelectualidad zipaquireña, fueron determinantes -afirma convencido- para que Gabo adquiriera la solidez literaria que lo catapultó a la fama. No escatimó tiempo ni recursos para señalar su despegue y transformación, teniendo como epicentro Zipaquirá y su Liceo de Varones.

El historiador ajusta su visión a la del literato Conrado Zuluaga Osorio, estudioso de la obra de Gabo. El ex-director de la Biblioteca Nacional de Colombia considera que “toda su obra pertenece a un solo libro, a su libro de la soledad, la soledad de un niño asustado y perdido”. Después de haber escuchado decir a los compañeros de estudios más entrañables de Gabo, que el frío lo consumía –Zipaquirá se alza 2,652 metros  sobre el nivel del mar- el miedo aterrador, las pesadillas nocturnas, sus alaridos de espanto por las noches, refractario a la oscuridad, no vaciló en llamar a su obra Gabo: cuatro años de soledad- Su vida en Zipaquirá, (2012). Puntilloso, detallista, imbuido por una enorme pasión, sigue su derrotero por la ciudad, sus escapadas nocturnas, su vida estudiantil y sus escarceos amorosos.

Se siente impelido a demostrar la certeza de sus hallazgos, confrontándoles con las del biógrafo inglés Gerald Martin, a quien más de una vez rectifica. Está persuadido que el viraje más importante en el discurrir creativo de Gabo fue el quiebre que produjo en sus predilecciones, la influencia benefactora del profesor Carlos Julio Calderón. Atrapado por la fiebre de la poesía rescató 14 de sus poemas, los cuales Castro Caycedo no pudo publicar porque no obtuvo el permiso de rigor de Carmen Balcells, su agente literaria radicada en Barcelona. De nada sirvió el intercambio epistolar. En una de sus respuestas la catalana le dice que podría autorizar su publicación “cuando usted me envíe la selección que quiere publicar; quiero pasarlos por los ojos de García Márquez para que el vea cuáles son los que autoriza”.

La autorización jamás llegó, conociendo a Gabo era de esperarse que no accediera dar luz verde para que se divulgasen unos versos nacidos bajo la inspiración de amores fugaces. Mientras muchos escritores han hecho plata vendiendo sus manuscritos a renombradas universidades estadounidenses, Gabo quemó los cuadernos que utilizó para armar el esqueleto, insuflar de sangre y dar vida a Cien años de soledad. Celoso ha pregonado que no deben mostrarse los recursos de carpintería utilizados, fiel a su credo también quemó las cartas de amor desesperado que envió desde Europa a Mercedes Barcha. No cabe duda  que los poemas dados a conocer por Castro Caycedo forman parte de la pequeña muestra salvada del olvido por amigas y amigos afectuosos. Para bien o para mal, salvaron Poemas desde un caracol supuestamente dedicado a Mercedes, rubricado desde Zipaquirá en 1946.

La vaina de la ortografía, su mala ortografía digo, no ha sido un invento ni un truco de Gabo, sus compañeros de estudios más de una vez lo salvaron del oprobio. Miguel Lozano confiesa que a pesar de ser un buen escritor le fallaba la ortografía. Guillermo Granados y Alvaro Ruiz también dicen lo mismo. En el apartado No 4 de Vivir para contarla (Editorial Diana), dedicado por entero a rememorar su estadía en el Liceo Nacional de Varones, reconoce que Carlos Julio Calderón fue en verdad “el primer maestro que pulverizaba mis borradores con indicaciones pertinentes… y a quien debo mucho en mi vida de escritor”. Sin obviar por supuesto las lecturas en voz alta antes de dormirse, realizadas gracias a la iniciativa del profesor Calderón. Era tanto el interés que despertaban, que en el Liceo se impuso la costumbre de leer en voz alta todas las noches. Eran una fiesta.

En las páginas de Gabo: cuatro años de soledad resplandece nuestro paisano inevitable. Su peso literario se dejó sentir en 1945 cuando el profesor Calderón le encargó varias veces corregir las tareas de literatura de sus compañeros, “materia en la que Gabo tuvo una gran influencia del poeta nicaragüense Rubén Darío”, revela Miguel Ángel Lozano. El Mono Salgar uno de sus amigos más queridos recuerda la primera dedicatoria puesta por Gabo a un libro que le obsequió. “A José Salgar que me ordenó torcerle el cuello al cisne”. Una metáfora que rezume jugos darianos. El estudioso Darío Jaramillo señala que “el pidracielismo marca en Colombia el tránsito del reino de Rubén Darío al reino de Neruda”. Eduardo Angulo nunca olvidará que durante su primera clase, el rector Carlos Martín puso como tema de estudio La marcha triunfal.   

La escogencia del poema en la asignatura Análisis del Ritmo, dio en el gusto de García Márquez. Desde ese momento lo ganó por completo “porque este era admirador furibundo de ese genial nicaragüense que escribió: ¡Ya viene el cortejo! ¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines. ¡La espada se anuncia con vivo reflejo; ya bien, oro y hierro, el cortejo de los paladines…" El dictador se sintió pobre y minúsculo en el estruendo sísmico de los aplausos que él aprobaba en la sombra pensando madre mía Bendición Alvarado, ese si es un desfile, no las mierdas que me organiza esta gente, sintiéndose disminuido para agregar compungido: cómo es posible que este indio pueda escribir una cosa tan bella con la misma mano con que se limpia el culo, al ratificar años después que la pasión juvenil que sintió por Rubén se mantenía intacta.

Dejo como tarea pendiente a Castro Caycedo o algún estudioso de Gabo que por favor concilie las afirmaciones del zipaquireño con lo dicho por el mago de Aracataca. Contrario a los libros que leyó en el liceo de Zipaquirá, “que ya merecían estar en un mausoleo de autores consagrados”, en Bogotá descubrió un mundo nuevo. Frente a sus ojos desfilaron decenas de libros que “leíamos como pan caliente, recién traducidos e impresos en Buenos Aires después de la larga veda editorial de la segunda guerra europea. Así descubrí para mi suerte a los ya muy descubiertos Jorge Luis Borges, D.H Lawrence y Aldos Huxley, a Graham Greene y Chesterton, a William Irish y Katherine Mansfield y muchos más”. Leyó a James Joyce y Frank Kafka. Pero siguió creyendo que “la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre”, como sostiene Luis Cardoza y Aragón. 

viernes, 29 de marzo de 2013

Carlos y Federico en su balcón





Coherente con su planteamiento que los escritores jamás se jubilan, ¿deberían hacerlo?, la muerte repentina de Carlos Fuentes, sirvió para ratificar su fidelidad a los postulados de su arte narrativo. El anuncio de su fallecimiento fue proseguido de inmediato por la revelación que dejaba un par de libros escritos, uno de los cuales Federico en su balcón (Alfaguara, junio 2012), empezó a circular apenas un mes después de su ingreso definitivo al panteón de los ilustres. Su estela literaria brilla muy alto en el horizonte de la literatura universal, artífice connotado del boom latinoamericano, se pasó toda la vida escribiendo, en un ejercicio experimental y creativo que inició con La región más transparente (1958), profesión de fe por México y esta novela póstuma, donde sigue apegado a la tierra de sus ancestros, sin alejarse ni una sola pulgada. La parca ratificó su tesis. Nuestro paisano mayor, Rubén Darío, había prescrito mucho antes, "cuando una musa te para un hijo, las otras ocho queden en cinta".  

Me pasé toda la vida esperando que el premio Nobel de Literatura le llegara como coronación y reconocimiento a sus aportes a la narrativa latinoamericana. Todos seguimos expectantes a quién le sería entregado primero, si a Carlos Fuentes o Mario Vargas Llosa. El Nobel llegó primero para el peruano y aunque todavía quedaba espacio el tiempo se había achicado tornando casi imposible su otorgamiento para el mexicano. Sigo preguntándome a qué se debió que Fuentes colocara Federico en su balcón fuera del apartado de El tiempo político. Una explicación sería que decidió situarla al mismo nivel de La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Los años con Laura Díaz y La voluntad y la fortuna. Analizada desde diferentes ángulos Federico en su balcón se inscribe dentro del mismo ámbito de La voluntad y la fortuna y de La silla del Águila, con la variante que la primera la dejó fuera y la segunda la incluyó en El tiempo político.

Durante la última etapa Fuentes siguió experimentando, recurrió a la fragmentación discursiva, saltos inesperados, al análisis político, la reflexión filosófica, la multiplicación de escenarios y personajes, estructuras narrativas con cortes abruptos, creando una atmósfera densa muchas veces difícil de digerir. La irrupción discursiva y la creación simultánea de múltiples voces, un tanto parecido al coro griego, alternaba con historias que se cruzaban y al final quedaban engarzadas, en un juego preciosista, dando cuenta de su enorme capacidad para bordar un inmenso lienzo, en una conjunción de colores y artificios literarios muy suyos. Federico en su balcón participa de esta misma polifonía. Conocedor a fondo del pensamiento de Federico Nietzsche, recurre a su bagaje filosófico para condensar una historia donde los conceptos fundamentales del alemán son expuestos de manera crítica, sometiéndolos al fuego purificador del presente.

El tiempo, el poder, el bien y el mal, la familia, el dolor, el sexo, la historia, la voluntad, la religión, la justicia, son presentados al escarnio a través de la creación de tres personajes paradigmáticos, Saúl, Dante y Aarón. Dispuestos a crear el reino de los cielos sobre la tierra, abanderan una revolución, presa de la corrupción, es liquidada por la restauración, lo que implica el eterno retorno. Saúl, el idealista, muere, inmolado por su mujer María Águila, "Sor Consolota", para no ser víctima de la corruptela que trae aparejado el cambio; Dante, reflexivo, es fusilado por Aarón, quien desea concentrar todo el poder, detrás de estas argucias el militar Andrea del Sargo. Leonardo, hermano de Dante, llamado a gobernar por del Sargo, siempre creyó durante su cautiverio autoimpuesto en casa de Gala, que la sangre prevalece sobre los intereses políticos. Un nudo dramático que ejemplifica la enorme capacidad fabuladora del mexicano.  

Fuentes insiste en experimentar, esta novela-ensayo, está hecha de ideas, frases fulgurantes y reflexiones punzantes. ¿Quién cree que sabe lo último que piensa un muerto si no puede decirlo, si no tiene a quién decírselo? Carlos tuvo tiempo de hablar para nosotros. El retorno de Federico, lo trae al presente para sostener una conversación sobre los temas que ambos  apasionan, obliga a preguntar ¿qué es lo real? No solo lo que vemos, oímos y tocamos. ¿Y lo que imaginamos? ¿No son más reales Hamlet y don Quijote que la mayoría de nuestros contemporáneos? ¿Acaso no es el arte lo que compensa el divorcio de los seres humanos con la naturaleza? El trío Gala-Leonardo-Dante, unidos por la espiritualidad más que por el llamado de la carne, sirve a Fuentes para evocar la relación de Nietzsche con Paul Reé y Lou Andreas-Salomé, mujer excepcional con quien Federico tuvo una relación profunda. ¿Le hace justicia? Da a entender que el alemán, acusado de misógino, no odiaba a las mujeres como sostienen algunos.

Carlos revela el embrujo de Federico por Lou Andreas-Salomé. ¿Busca como redimirlo frente a la historia? No solo se vale de su pensamiento para urdir esta novela-ensayo, fue Freud quien anticipó el carácter y temperamento de Lou Andreas-Salomé. La descripción que hace es idéntico al triángulo amoroso imposible entre Leonardo-Dante y Gala. El vienés asegura que "Quien se le acercaba recibía la más intensa impresión de la autenticidad y la armonía de su ser, y también podía comprobar, para su asombro, que todas las debilidades femeninas y quizá la mayoría de las debilidades humanas le eran ajenas, o las había vencido en el curso de su vida". Persiste en esta alegoría, Fuentes la extrapola al cuido tierno y sentimental que Aarón dispensa a Elisa, niña abusada por sus padres, prostituida y mancillada, la mima pero no la toca, con quien el gobernante se acostaba todas las noches después de su jornada cotidiana dispensándole el mejor de los tratos.

Siempre que leo una novela busco en sus páginas, historias arrebatadoras, mentiras-verdaderas, tramas complejas, personajes escabrosos, iracundos, tiernos y sentimentales, todo lo contrario de lo que pretendo encontrar en un ensayo o una investigación. Carlos desde su balcón logra destilar por el mismo alambique ternura, crueldad, infamia, horror, sabiduría, lecciones de buen y mal gobierno, abusos, petulancia y orgullo. Una novela en todo el sentido de la palabra y yo su lector como lo piensa Carlos Fuentes; cuando leo "un libro titulado, por ejemplo, Federico en su balcón, tienes que tener fe en la ficción que te cuentas, das por descontado que ha habido y habrá varios lectores distintos de un mismo libro". Contrario a lo que me ocurrió con La voluntad y la fortuna, fárrago intragable, el libro póstumo de Fuentes, cargado de cierto pesimismo, no por eso menos apasionante, resulta primo hermano de La silla del Águila, lo leí en clave de novela. ¡No faltaba más!

martes, 26 de marzo de 2013

Moteles y correrías




Cuando Silvia Torres escribió en Confidencial criticando las ofertas puestas en línea por los administradores del Motel Vistas de Asososca, muchachas a la carta y descuentos especiales para militares y policías, registraba un fenómeno sociocultural en plena expansión. Me llevó a preguntarme, ¿Cuántos moteles realmente existen en Nicaragua? ¿Las estadísticas dadas a conocer por el Instituto Nicaragüense de Turismo (INTUR) son fiables? ¿La determinación de Fantasía y Casanova de colocar dos grandes rótulos anunciándose en el mero centro de la capital, en el costado oeste de la Rotonda Rubén Darío, expresa una mayor permisividad de parte de una sociedad pacata ante la existencia de estos lugares? ¿La controversia generada por Torres demuestra un giro radical en la conducta de los nicaragüenses? Se quiera o no los moteles son una realidad insoslayable, tanto que Noelia Sánchez, directora de Empresas y Actividades Turísticas de INTUR, expresó hace ocho años que esa institución se encargaba de capacitar y publicitar en los suplementos turísticos, brochures y página web.


Las declaraciones de Sánchez fueron vertidas a los periodistas Amparo Aguilera y Wilder Pérez, un joven matrimonio a quien se le ocurrió escribir El anónimo mundo de los moteles, que La Prensa se encargó de publicar el 14 de febrero de 2005. No dejaba de ser sintomático que el diario hubiese decidido publicar el reportaje el mismo día de celebración de los enamorados. ¿Podíamos colegir que muchas parejas se darían cita ese día en algunos de estos centros expansivos que sitian Managua por sus cuatro costados? Para evitar aspavientos los firmantes eran pareja, circunstancia que dejaba al periódico fuera de los dardos envenenados que pudieran lanzar algunas almas piadosas, vigilantes de las sanas costumbres y la moral pública. Lo que no acabé  jamás de entender fue que Sánchez dijera "nosotros los vemos como los conceptualiza la Organización Mundial de Turismo, como lugares para descansar". Por mucho que rumié la frase no alcancé a descifrarla. Ella misma estaba convencida que se dedicaban a satisfacer otras necesidades perentorias.

Para salir de dudas hice un sondeo entre una veintena de jóvenes, mujeres y hombres, indagando si visitaban moteles con la intención de descansar. Fui objeto de sorna, risitas, incluso pensaron que les tomaba el pelo. No te hagas el dundo mi querido Guillermo, vos sabes que nadie va a los moteles con la sana intención de descansar. Podemos hacer una interpretación extensiva de lo dicho por la funcionaria de INTUR, dijo Mirta. ¿Cómo es eso? Tal vez quiso decir r-e-l-a-x. Llegas para no ser presa de asaltos y a conjurar el amor. Por más que se diga no son escondrijos, aunque uno tenga que mimetizarse para evitar que lenguas sedicentes denigren y eleven plegarias pese a incurrir en prácticas similares. Sin lugar a dudas confunde los moteles gringos con los moteles que pululan por todo el país y esa ya es otra cosa, corrigió Alfonso. Solo basta atenernos a sus nombres para salir de dudas, añadió Darling. Me parece que esa es una forma acertada para que no sigas creyendo en santos que orinan, se ufanó Cindy.

Comenzaron a soltar una lluvia de nombres, una marejada sin fin, muy parecida a esas sesiones que acostumbran los publicistas para mejorar la calidad de sus propuestas. Animado pedí me dejaran anotarlos. A mí el que más me gusta es La esquina fiel, un matadero de mala muerte ubicado en el tope de la Rotonda de Bello Horizonte. Me refiero a su nombre porque yo prefiero El colibrí, insistió Darling. En la entrada a Granada hay un motel de nombre esplendoroso, se llama La cita y eso que los granadinos son un poco puritanos. Me sorprendió que en la colonia Primero de Mayo, lo hayan bautizado como Flor de mayo, me recuerda La María de los guardias de Carlos Mejía Godoy, él la llama flor de bartolina, una metáfora a toda madre, adujo Silvia. ¿Me van a decir que nunca han oído nombrar el Secret´s? El más idiota de todos es La siesta, se ve que sus dueños no saben nada de estas lides, alzó su voz Ariel. ¿A quién se le ocurre que uno va a un motel a siestear, una va a fiestear que es distinto, acotó. Observé que se relamía la lengua. Mis predilectos, adelantó Yamel, quien pensé que no abriría la boca, son Frenessy y El paraíso. Con solo oír sus nombres se me erizan los pelos, remató Gema. En verdad que son nombres apetitosos, querrás decir excitantes, corrigió Alma.

Mientras los jóvenes opinaban recordé que los moteles siguen creciendo a lo largo y ancho del territorio nacional, negocios exitosos, muy rentables. Los medios día ¡quién lo diría! operan a capacidad plena. El desfile de autos de todas las marcas indica que sus visitantes pertenecen a distintos estratos sociales. Existen de diferentes precios, según los gustos más exigentes. ¿Un cambio en las costumbres? Mientras cavilaba Cindy se quejó, escuché decirle que debían fijar las arañas, mucho se deslizan, antes pude leer en internet a un contertulio agradecido, solicitar a los regentes del Casanova que instalaran tubos en el centro de las suites. Esta misma petición formulada varias veces, me permitió comprobar que las redes sociales han sido colonizadas también para estos menesteres. Para recomponer su imagen los operadores de Vistas de Asososca contrataron los servicios de la firma Creativa de Comunicaciones. Menuda tarea encomendaron a sus dos jóvenes artífices, José Román Rivas y Marcela Urroz, un matrimonio graduado en la extinta Facultad de Comunicación de la Universidad Centroamericana (UCA). Sin lugar a dudas en épocas de crisis pueden echar mano de los creativos para superar los inconvenientes causados por Torres.

En esas estaba cuando Gilma se adelantó diciendo que entre Casanova y Fantasía, prefería el segundo. Estuve en un cuarto llamado Volcano, hace honor a su nombre, tiene piedras volcánicas, esas mismas que escupe el San Cristóbal cuando truena. Aunque es un gusto muy caro, mi novio afirmó que me llevaría de nuevo. ¿En Juigalpa no hay moteles? Si pero sus nombres no invitan al placer ni convocan a Eros, con decirles que uno se llama San Antonio. ¡Qué blasfemia! protestó Vanessa. Sus dueños se van a condenar. Espérate no estés de santulona, advirtió Milena. Se ve que conoces sus correrías, dije para disipar el trance. Por lo sugestivo a mí me gustan El recreo y Las brisas. A mí no, contesto Delia. Esos son los nombres de dos barrios. Ve que tonta te veo. Se quejaron de La siesta. ¿Cuál es su antítesis? ¡Haber díganme! Uno va a recrearse y no dejen de pensar en las brisas que caen del cielo. En mis años mozos el nombre que más me impactó es El Nido, un motel que había en Masaya carretera hacia Granada. Memito, no nos vengas con cuentos, en ese metedero fuiste más de una vez acurrucar tu palomita. ¡Podría ser! 

*Fotografías tomadas de internet.



domingo, 24 de marzo de 2013

El amante uruguayo


Desde el anuncio de su lanzamiento, El amante uruguayo (2012) venía precedido de mala fama entre algunas almas circunspectas. En otros términos invitaba a su lectura para saber de qué se trataba el entuerto. Se escucharon voces en coro, acusándole de inexacto y mentiroso, las polémicas se desataron a uno y otro lado del Atlántico. Escritores, biógrafos, amigos y familiares de Enrique Amorín y Federico García Lorca, se adelantaron desmintiendo a su autor, el peruano Santiago Roncagliolo. Los más dolidos son los intelectuales uruguayos, quienes consideran su contenido como "un disparate y con poca rigurosidad". Las aseveraciones de Roncagliolo se prestan al debate, no a simples descalificaciones espurias. Tuvo el cuidado de trasvasar sus señalamientos en un mar de ambigüedades, afirmaciones y contra-afirmaciones, que abren espacio a la duda y la especulación. La casa editorial Punto de lectura añade que se trata de "una historia real".

Lo que más ha llamado la atención son sus planteamientos acerca de la posibilidad que los restos de García Lorca hayan sido sacados de España de manera subrepticia y depositados en una pequeña caja por Amorín, en el memorial que levantó en Salto (1953), a orillas del rio que separa Uruguay de Argentina, para testimoniar afecto al poeta andaluz. Con la intención de hacerme mi propio juicio, emprendí la travesía de las 396 páginas escritas con esmero. El orquestador se muestra como un avezado jugador de póker, fullero hace chamarro, sube la parada, baraja los naipes y comportándose como prestidigitador, saca de su chistera una serie de conjeturas, dudas, elucubraciones proseguidas por rectificaciones, que al final uno no queda claro si los restos de García Lorca están, pueden que estén, pero que en verdad no están donde Roncagliolo pretendía suponer que estaban. Ni siquiera se requería escudriñar sus páginas para percatarnos de sus malabarismos retóricos.

En el apartado Epílogo porteño deja un reguero de pistas para evitar extravíos. La redacción de Roncagliolo habla por sí sola, primero especula: "Quizá el monumento era simplemente un monumento y Amorín esperaba que le recordase al mundo su relación con el mejor poeta español del siglo XX ... O quizá al revés: pensaba que esos documentos dirigirían la atención de las generaciones futuras hacia lo que está enterrado detrás del muro, en el túmulo del poeta, aquella caja del tamaño de un depósito de huesos". Roncagliolo salió en busca de la verdad -el esclarecimiento de su tesis lo exigía- viajó a Salto acompañado por la documentalista Susana Garrido y el abogado Pablo Suárez, para develar el misterio, ese misterio que él ayuda a crecer como una inmensa bola de nieve, frente a la caja abren un diálogo sonso, medrosos, como si se trataba de deshojar una margarita, la abrimos o no la abrimos, la abrimos o no ... abstiéndose de hacerlo. El experto en thriller olvidó que existen pruebas de ADN para evitar el naufragio.

Al echar a perder la oportunidad restó veracidad a su requisitoria, dejando más cabos sueltos que los existentes al momento de iniciar su largo periplo. Pese a estos desmanes El amante uruguayo resulta embriagador, fascinante, aclara y enceguece. ¿Una investigación seria pierde legitimidad por haber sido escrita de manera calculada para evitar enjuiciamientos legales? La recreación político-cultural de las décadas del veinte en Argentina y del treinta y el cuarenta en España y Francia, son una visión esclarecedora de los ambientes y cambios experimentados por dos grandes creadores latinoamericanos, los antagónicos Jorge Luis Borges y Pablo Neruda. Un aporte sustantivo para comprender la forma que el entorno cotidiano y la vida política inciden en la creación literaria. Los hechos que obligaron hacer un giro a la literatura borgeana ocurrieron en Uruguay y la muerte de García Lorca en España, cambió el rumbo de la poseía de Pablo Neruda.

El compadrito quedó pasmado al observar en una taberna como un capanga dio muerte a un borracho que le infortunaba. Borges, retraído congénito, quedó impactado por el asesinato y más todavía al encontrarse al día siguiente con el matón sentado en el mismo lugar tomando la misma bebida. Roncagliolo deja constancia de su azoramiento. "Quedó tan marcado con la experiencia que cambió su literatura. En parte gracias a ese viaje, se convirtió en un nuevo y muy audaz narrador". Consternado por el asesinato de García Lorca, Neruda mudó de piel y temperamento. El poeta chileno insufló su poesía con nuevos destellos. "A su llegada a España, dice de Neruda el peruano, era prácticamente apolítico, un bohemio de izquierdas". Con el corazón en llagas escribió España en el corazón, cuya primera edición se elaboró con papel reciclado, banderas, uniformes ensangrentados y se imprimió en un taller donde trabajan soldados republicanos. Una manifestación de fe y esperanza.

Es probable que los remolinos de fuego originados por El amante uruguayo tengan que ver también en su acritud hacia Enrique Amorín. Juzga la literatura del uruguayo como falta de estilo, le cree megalómano, piensa que carece de voz personal, camaleón social y político, advenedizo, con grandes dotes histriónicos, una veleta que cambia según los tiempos que se viven, irremediablemente gay, seductor de artistas, mecenas interesado, anatemas constantes e implacables que no dejan de perturbar el ánimo. Pero ¿por qué espantarse con una obra como El amante uruguayo? ¿Desmerita al poeta su condición sexual? Las disputas y rencores en marcha forman parte de las grillas continuas suscitadas por los intelectuales. Si la pretensión de Santiago Roncagliolo era escribir una crónica provocadora lo consiguió por completo. Los ardides y tretas publicitarias que utilizó Enrique Amorín en su momento, no dejan de estar presentes en este discurso, escrito en buena prosa, con esa misma elegancia imperturbable que lucen todos los que escriben para Vanity y Vogue.

Su objetivo se complica al pretender escribir un texto ceñido a la realidad de la cual se aparta cada vez que desea elucubrar, llenar vacíos y tender puentes, haciendo suposiciones, jamás afirmaciones categóricas. El amante uruguayo se inscribe dentro de la corriente inaugurada por el nuevo periodismo estadounidense. ¿Emulo de A sangre fría de Truman Capote o Noticia de un secuestro de Gabriel García Márquez? Un libro ambicioso, donde Roncagliolo despliega sus dotes de investigador acucioso, sagaz tramoyista coloca de manera virtuosa las piezas sobre el escenario, aunque resulta extemporáneo el énfasis por resaltar la condición homosexual de Amorín y García Lorca. Latinoamericano al fin, muestra su condición homofóbica, olvidando que los tiempos cambian. Nadie recuerda las tropelías de la Inglaterra victoriana contra Oscar Wilde, todos tenemos presente la obra de uno de los más grandes esteticistas de todos los tiempos. Colocar otro baldón sobre García Lorca convierte sus aseveraciones en un fogonazo innecesario y a destiempo. 

*Fotografías tomadas de Internet

domingo, 10 de febrero de 2013

Rito, El Toro




Esa tarde salí en su búsqueda, su fama aplaudida por todos, tanto que sus hazañas eran objeto de conversaciones y conjeturas. Mis compañeros más avispados referían en los recreos con lujo de detalles la forma vertiginosa que subía los árboles, siempre pegaba en el blanco, parecía que tenía instalada una mira telescópica, se zambullía en el Mayales durante tres minutos, eso era lo de menos aducían gozosos, lo impactante es que emerge a la superficie con una ristra de cangrejos ensartados en un mecate. La manera con que describían su temeridad me hacía pensar que se trataba de un héroe. Vieras como corre por el monte, salta sobre los breñales y jamás pierde el rastro de las iguanas. Bayardo, su sobrino corrigió el dato, lo que pasa es que Tarzán marca el rumbo y él jamás lo pierde. El culto que la muchachada del barrio Virgen María rendía a cada uno de sus logros le bañaba de una aureola que acrecentaba su popularidad.

Para esos días los pasquines fagocitaban mi interés, por solo un córdoba podía alquilar diez ejemplares de mis héroes más connotados, Tarzán, el hombre mono; Supermán, Batman y Robín, Roy Rogers, El llanero solitario, Hopalong Cassidy y Chanoc. Mi predilecto seguía siendo El fantasma. Todos los días al regresar de clases por la mañana leía por entregas la tira que aparecía en Novedades. Se desplazaba por la selva enmascarado, metido en un traje hermético, ¡cómo hacía para orinar! Dueño de un brioso caballo blanco, protegía las tribus africanas de la avaricia de los malhechores, aliado de los pigmeos y sus dardos venenosos. Uno de mis deseos era tener un perro como el suyo. Diablo le ayudaba en todos sus trances. El venezolano Ludovico Silva haría escarnio después mostrando que la mayoría de los superhéroes eran eunucos. A la par de los penecas fui poco a poco ampliando mi radio de lectura, empezaron a gustarme las novelas de vaqueros, un año después salte a las radionovelas de la Mundial.

Lo encontré sentado sobre una piedra en el costado norte de la pared de la casa de talquezal de doña Eduarda, su madre. Estaba abstraído viendo una perrera que se disputaban los muchachos recién salidos de clase. Su figura no me dijo nada. Pelo ensortijado, negro, descalzo y con la camisa abierta, más bien daba un aire anodino, todo contrastaba con la descripción que me habían hecho mis compañeros de juegos de beisbol, en los predios montosos frente al comedor de doña Manuela Carazo. Sus más fervientes seguidores eran sus sobrinos, Bayardo, Donald y Luis, todos hijos de Dora, su hermana. No escatimaban adjetivos para reseñar sus andanzas. Se llevó un papel a la boca y lo mordisqueó. Luego lanzó un escupitajo. Un sol apaciguado caía sobre el techo de la casa de doña Clara Díaz. No comprendía porque no le había conocido antes, vivía a escasos metros de este lugar.

Todos los medios días a Jorge Eliécer o a mí nos tocaba ir a comprar las tortillas  donde doña Clara. Chancha Ruca jamás me había hablado de Rito, eso demeritaba un tanto  su apostura y gallardía. De pronto silbó y se le acercó un perro mediano, flaco, gris desleído sobre el lomo y blanquizco en la parte del pecho. El perro se acercó le acarició la cabeza y se echó a su lado. Los quedé viendo un rato y me acerqué cauteloso. Hola le dije, me quedó mirando, alzó y bajó el brazo en señal de saludo. No sabía cómo iniciar la plática. El único motivo por el que salí a su encuentro era para que me invitara a ir de cacería con él. El perro cómo se llama, pregunté, Tarzán me respondió de inmediato. Cuándo vas a ir a garrobear. En este mes lo hago diario, se animó a decirme.

Me gustaría acompañarte; para que me espantes los garrobos, no niño misión imposible, me vas atrasar y voy a volver con las manos vacías. Eso crees vos, tiro mejor de lo que crees. ¡Ah estos niños! Se levantó y desesperezó. Al acercármele comprobé que tenía una complexión fuerte. Me pidió que le mostrara mi honda. Lanzó una carcajada al comprobar que era de hules rojos. Con esos hules ni lagartijas matas. Se metió la mano en la bolsa trasera izquierda de su pantalón. Me entregó la suya y me pidió que hiciera algunos tiros. Me costaba estirarla. Ya ves, no podes ir conmigo, sos demasiado tierno. Si le pegas en la punta, señaló con el dedo un poste de madera ubicado en la esquina del patio de los Nicaragua, puede ser que te invite. Me animé a tirar y di justo donde él pretendía. Esas chiripas cualquiera las hace, si quebrás ese aislante te llevo.

Miré el hilo telefónico y comprobé que estaba construido de vidrio granítico. La piedra no le hizo mella. Me pidió su honda y disparó haciendo añicos el aislante. Nada perdés en llevarme, te prometo que haré lo que digas. La mañana siguiente bajamos rumbo a Paiguas, cruzamos el río y caminamos hacia la quebrada de Carca. El perro flaco, esmirriado no se separaba de su lado. Voy a treparme a ese Guanacaste y no hagas bulla, no quiero que espantes las iguanas. Miré hacia arriba y no divisé nada, pensé que fantaseaba. El árbol medía en su base más de dos metros. Cómo va hacer, me pregunté. Tomó impulso y se sostuvo con las manos y los pies, luego empezó a  escalar. Un prodigio la velocidad con que lo hacía. Como mono se encaramó sobre una de las ramas más gruesas y empinadas. El perro permanecía echado observando. Las ramas más altas eran sacudidas por el viento que bajaba de Amerrisque.

Se sentó en su vértice, sacó la tiradora y disparó con soltura, escuché el ruido de las hojas y de pronto un animal venía en picada, no había terminado de caer cuando Tarzán tenía atrapado el garrobo lapo entre sus dientes. Si me lo hubieran contado no lo hubiese creído, hubiera pensado que se trataba de una de esas fábulas que tejen los pueblos para ennoblecer a ciertas personas. En un suspiro lo tenía a mi lado. Le quitó al perro el garrobo, le amarró las patas y pidió lo cuidara. Volvió a encaramarse al árbol para repetir la hazaña. Entonces supe que no eran cuentos los que escuchaba en los mentideros de Juigalpa. Con el tiempo pude verle buceando entre los pedregales de Paiguas. En  Agosto de mi fiesta primera, lo vi bailar el Toro Huaco como un virtuoso y por la tarde del día siguiente montar un toro. Esas eran sus grandes credenciales. Rito, El Toro, con justicia ha sido consagrado por todos los que le conocimos.