martes, 30 de abril de 2013

Para conjurar el olvido



Todo lo que aprendí
se lo debo al bachillerato
Vivir para contarla

A Gustavo Castro Caycedo se le metió entre ceja y ceja que Gabriel García Márquez no había sido lo suficiente justo en la valoración de su paso por el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá. Motivado por lo que consideraba una injusticia, se metió de lleno a escudriñar con meticulosidad los pasos de Gabo durante los 1,375 días que vivió en esa ciudad, comprendidos entre el 8 de marzo de 1943 que ingresó al Liceo hasta el 6 de diciembre de 1946, día y año en que se bachilleró. Con obsesión delirante presenta 83 testimonios de personas entrevistadas a lo largo de tres años. Solo un cariño desmesurado por Zipaquirá pudo haberlo seducido para emprender un camino farragoso, sin titubeos y espíritu de detective. Sintió una herida profunda, un golpe inmerecido, que Gabo dijera “mi internado en Zipaquirá son seis años que recuerdo poco”.

La tesis de Castro Caycedo no deja de ser un desafío incluso para el mismo Gabo. Si Aracataca debe su notoriedad porque allí nació el Nobel colombiano, buena parte de ese mérito obedece a la ciudad, al Liceo y profesores que recondujeron su ruta intelectual. Sin su paso por Zipaquirá no se habría replanteado su condición de poeta, a lo sumo hubiese sido un excelente dibujante y buen caricaturista, pero nunca el extraordinario escritor que todos conocemos, afirma Castro Caicedo. Los testimonios de sus compañeros de banca, sus maestros más queridos y la acogida brindada por la intelectualidad zipaquireña, fueron determinantes -afirma convencido- para que Gabo adquiriera la solidez literaria que lo catapultó a la fama. No escatimó tiempo ni recursos para señalar su despegue y transformación, teniendo como epicentro Zipaquirá y su Liceo de Varones.

El historiador ajusta su visión a la del literato Conrado Zuluaga Osorio, estudioso de la obra de Gabo. El ex-director de la Biblioteca Nacional de Colombia considera que “toda su obra pertenece a un solo libro, a su libro de la soledad, la soledad de un niño asustado y perdido”. Después de haber escuchado decir a los compañeros de estudios más entrañables de Gabo, que el frío lo consumía –Zipaquirá se alza 2,652 metros  sobre el nivel del mar- el miedo aterrador, las pesadillas nocturnas, sus alaridos de espanto por las noches, refractario a la oscuridad, no vaciló en llamar a su obra Gabo: cuatro años de soledad- Su vida en Zipaquirá, (2012). Puntilloso, detallista, imbuido por una enorme pasión, sigue su derrotero por la ciudad, sus escapadas nocturnas, su vida estudiantil y sus escarceos amorosos.

Se siente impelido a demostrar la certeza de sus hallazgos, confrontándoles con las del biógrafo inglés Gerald Martin, a quien más de una vez rectifica. Está persuadido que el viraje más importante en el discurrir creativo de Gabo fue el quiebre que produjo en sus predilecciones, la influencia benefactora del profesor Carlos Julio Calderón. Atrapado por la fiebre de la poesía rescató 14 de sus poemas, los cuales Castro Caycedo no pudo publicar porque no obtuvo el permiso de rigor de Carmen Balcells, su agente literaria radicada en Barcelona. De nada sirvió el intercambio epistolar. En una de sus respuestas la catalana le dice que podría autorizar su publicación “cuando usted me envíe la selección que quiere publicar; quiero pasarlos por los ojos de García Márquez para que el vea cuáles son los que autoriza”.

La autorización jamás llegó, conociendo a Gabo era de esperarse que no accediera dar luz verde para que se divulgasen unos versos nacidos bajo la inspiración de amores fugaces. Mientras muchos escritores han hecho plata vendiendo sus manuscritos a renombradas universidades estadounidenses, Gabo quemó los cuadernos que utilizó para armar el esqueleto, insuflar de sangre y dar vida a Cien años de soledad. Celoso ha pregonado que no deben mostrarse los recursos de carpintería utilizados, fiel a su credo también quemó las cartas de amor desesperado que envió desde Europa a Mercedes Barcha. No cabe duda  que los poemas dados a conocer por Castro Caycedo forman parte de la pequeña muestra salvada del olvido por amigas y amigos afectuosos. Para bien o para mal, salvaron Poemas desde un caracol supuestamente dedicado a Mercedes, rubricado desde Zipaquirá en 1946.

La vaina de la ortografía, su mala ortografía digo, no ha sido un invento ni un truco de Gabo, sus compañeros de estudios más de una vez lo salvaron del oprobio. Miguel Lozano confiesa que a pesar de ser un buen escritor le fallaba la ortografía. Guillermo Granados y Alvaro Ruiz también dicen lo mismo. En el apartado No 4 de Vivir para contarla (Editorial Diana), dedicado por entero a rememorar su estadía en el Liceo Nacional de Varones, reconoce que Carlos Julio Calderón fue en verdad “el primer maestro que pulverizaba mis borradores con indicaciones pertinentes… y a quien debo mucho en mi vida de escritor”. Sin obviar por supuesto las lecturas en voz alta antes de dormirse, realizadas gracias a la iniciativa del profesor Calderón. Era tanto el interés que despertaban, que en el Liceo se impuso la costumbre de leer en voz alta todas las noches. Eran una fiesta.

En las páginas de Gabo: cuatro años de soledad resplandece nuestro paisano inevitable. Su peso literario se dejó sentir en 1945 cuando el profesor Calderón le encargó varias veces corregir las tareas de literatura de sus compañeros, “materia en la que Gabo tuvo una gran influencia del poeta nicaragüense Rubén Darío”, revela Miguel Ángel Lozano. El Mono Salgar uno de sus amigos más queridos recuerda la primera dedicatoria puesta por Gabo a un libro que le obsequió. “A José Salgar que me ordenó torcerle el cuello al cisne”. Una metáfora que rezume jugos darianos. El estudioso Darío Jaramillo señala que “el pidracielismo marca en Colombia el tránsito del reino de Rubén Darío al reino de Neruda”. Eduardo Angulo nunca olvidará que durante su primera clase, el rector Carlos Martín puso como tema de estudio La marcha triunfal.   

La escogencia del poema en la asignatura Análisis del Ritmo, dio en el gusto de García Márquez. Desde ese momento lo ganó por completo “porque este era admirador furibundo de ese genial nicaragüense que escribió: ¡Ya viene el cortejo! ¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines. ¡La espada se anuncia con vivo reflejo; ya bien, oro y hierro, el cortejo de los paladines…" El dictador se sintió pobre y minúsculo en el estruendo sísmico de los aplausos que él aprobaba en la sombra pensando madre mía Bendición Alvarado, ese si es un desfile, no las mierdas que me organiza esta gente, sintiéndose disminuido para agregar compungido: cómo es posible que este indio pueda escribir una cosa tan bella con la misma mano con que se limpia el culo, al ratificar años después que la pasión juvenil que sintió por Rubén se mantenía intacta.

Dejo como tarea pendiente a Castro Caycedo o algún estudioso de Gabo que por favor concilie las afirmaciones del zipaquireño con lo dicho por el mago de Aracataca. Contrario a los libros que leyó en el liceo de Zipaquirá, “que ya merecían estar en un mausoleo de autores consagrados”, en Bogotá descubrió un mundo nuevo. Frente a sus ojos desfilaron decenas de libros que “leíamos como pan caliente, recién traducidos e impresos en Buenos Aires después de la larga veda editorial de la segunda guerra europea. Así descubrí para mi suerte a los ya muy descubiertos Jorge Luis Borges, D.H Lawrence y Aldos Huxley, a Graham Greene y Chesterton, a William Irish y Katherine Mansfield y muchos más”. Leyó a James Joyce y Frank Kafka. Pero siguió creyendo que “la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre”, como sostiene Luis Cardoza y Aragón. 

viernes, 29 de marzo de 2013

Carlos y Federico en su balcón





Coherente con su planteamiento que los escritores jamás se jubilan, ¿deberían hacerlo?, la muerte repentina de Carlos Fuentes, sirvió para ratificar su fidelidad a los postulados de su arte narrativo. El anuncio de su fallecimiento fue proseguido de inmediato por la revelación que dejaba un par de libros escritos, uno de los cuales Federico en su balcón (Alfaguara, junio 2012), empezó a circular apenas un mes después de su ingreso definitivo al panteón de los ilustres. Su estela literaria brilla muy alto en el horizonte de la literatura universal, artífice connotado del boom latinoamericano, se pasó toda la vida escribiendo, en un ejercicio experimental y creativo que inició con La región más transparente (1958), profesión de fe por México y esta novela póstuma, donde sigue apegado a la tierra de sus ancestros, sin alejarse ni una sola pulgada. La parca ratificó su tesis. Nuestro paisano mayor, Rubén Darío, había prescrito mucho antes, "cuando una musa te para un hijo, las otras ocho queden en cinta".  

Me pasé toda la vida esperando que el premio Nobel de Literatura le llegara como coronación y reconocimiento a sus aportes a la narrativa latinoamericana. Todos seguimos expectantes a quién le sería entregado primero, si a Carlos Fuentes o Mario Vargas Llosa. El Nobel llegó primero para el peruano y aunque todavía quedaba espacio el tiempo se había achicado tornando casi imposible su otorgamiento para el mexicano. Sigo preguntándome a qué se debió que Fuentes colocara Federico en su balcón fuera del apartado de El tiempo político. Una explicación sería que decidió situarla al mismo nivel de La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Los años con Laura Díaz y La voluntad y la fortuna. Analizada desde diferentes ángulos Federico en su balcón se inscribe dentro del mismo ámbito de La voluntad y la fortuna y de La silla del Águila, con la variante que la primera la dejó fuera y la segunda la incluyó en El tiempo político.

Durante la última etapa Fuentes siguió experimentando, recurrió a la fragmentación discursiva, saltos inesperados, al análisis político, la reflexión filosófica, la multiplicación de escenarios y personajes, estructuras narrativas con cortes abruptos, creando una atmósfera densa muchas veces difícil de digerir. La irrupción discursiva y la creación simultánea de múltiples voces, un tanto parecido al coro griego, alternaba con historias que se cruzaban y al final quedaban engarzadas, en un juego preciosista, dando cuenta de su enorme capacidad para bordar un inmenso lienzo, en una conjunción de colores y artificios literarios muy suyos. Federico en su balcón participa de esta misma polifonía. Conocedor a fondo del pensamiento de Federico Nietzsche, recurre a su bagaje filosófico para condensar una historia donde los conceptos fundamentales del alemán son expuestos de manera crítica, sometiéndolos al fuego purificador del presente.

El tiempo, el poder, el bien y el mal, la familia, el dolor, el sexo, la historia, la voluntad, la religión, la justicia, son presentados al escarnio a través de la creación de tres personajes paradigmáticos, Saúl, Dante y Aarón. Dispuestos a crear el reino de los cielos sobre la tierra, abanderan una revolución, presa de la corrupción, es liquidada por la restauración, lo que implica el eterno retorno. Saúl, el idealista, muere, inmolado por su mujer María Águila, "Sor Consolota", para no ser víctima de la corruptela que trae aparejado el cambio; Dante, reflexivo, es fusilado por Aarón, quien desea concentrar todo el poder, detrás de estas argucias el militar Andrea del Sargo. Leonardo, hermano de Dante, llamado a gobernar por del Sargo, siempre creyó durante su cautiverio autoimpuesto en casa de Gala, que la sangre prevalece sobre los intereses políticos. Un nudo dramático que ejemplifica la enorme capacidad fabuladora del mexicano.  

Fuentes insiste en experimentar, esta novela-ensayo, está hecha de ideas, frases fulgurantes y reflexiones punzantes. ¿Quién cree que sabe lo último que piensa un muerto si no puede decirlo, si no tiene a quién decírselo? Carlos tuvo tiempo de hablar para nosotros. El retorno de Federico, lo trae al presente para sostener una conversación sobre los temas que ambos  apasionan, obliga a preguntar ¿qué es lo real? No solo lo que vemos, oímos y tocamos. ¿Y lo que imaginamos? ¿No son más reales Hamlet y don Quijote que la mayoría de nuestros contemporáneos? ¿Acaso no es el arte lo que compensa el divorcio de los seres humanos con la naturaleza? El trío Gala-Leonardo-Dante, unidos por la espiritualidad más que por el llamado de la carne, sirve a Fuentes para evocar la relación de Nietzsche con Paul Reé y Lou Andreas-Salomé, mujer excepcional con quien Federico tuvo una relación profunda. ¿Le hace justicia? Da a entender que el alemán, acusado de misógino, no odiaba a las mujeres como sostienen algunos.

Carlos revela el embrujo de Federico por Lou Andreas-Salomé. ¿Busca como redimirlo frente a la historia? No solo se vale de su pensamiento para urdir esta novela-ensayo, fue Freud quien anticipó el carácter y temperamento de Lou Andreas-Salomé. La descripción que hace es idéntico al triángulo amoroso imposible entre Leonardo-Dante y Gala. El vienés asegura que "Quien se le acercaba recibía la más intensa impresión de la autenticidad y la armonía de su ser, y también podía comprobar, para su asombro, que todas las debilidades femeninas y quizá la mayoría de las debilidades humanas le eran ajenas, o las había vencido en el curso de su vida". Persiste en esta alegoría, Fuentes la extrapola al cuido tierno y sentimental que Aarón dispensa a Elisa, niña abusada por sus padres, prostituida y mancillada, la mima pero no la toca, con quien el gobernante se acostaba todas las noches después de su jornada cotidiana dispensándole el mejor de los tratos.

Siempre que leo una novela busco en sus páginas, historias arrebatadoras, mentiras-verdaderas, tramas complejas, personajes escabrosos, iracundos, tiernos y sentimentales, todo lo contrario de lo que pretendo encontrar en un ensayo o una investigación. Carlos desde su balcón logra destilar por el mismo alambique ternura, crueldad, infamia, horror, sabiduría, lecciones de buen y mal gobierno, abusos, petulancia y orgullo. Una novela en todo el sentido de la palabra y yo su lector como lo piensa Carlos Fuentes; cuando leo "un libro titulado, por ejemplo, Federico en su balcón, tienes que tener fe en la ficción que te cuentas, das por descontado que ha habido y habrá varios lectores distintos de un mismo libro". Contrario a lo que me ocurrió con La voluntad y la fortuna, fárrago intragable, el libro póstumo de Fuentes, cargado de cierto pesimismo, no por eso menos apasionante, resulta primo hermano de La silla del Águila, lo leí en clave de novela. ¡No faltaba más!

martes, 26 de marzo de 2013

Moteles y correrías




Cuando Silvia Torres escribió en Confidencial criticando las ofertas puestas en línea por los administradores del Motel Vistas de Asososca, muchachas a la carta y descuentos especiales para militares y policías, registraba un fenómeno sociocultural en plena expansión. Me llevó a preguntarme, ¿Cuántos moteles realmente existen en Nicaragua? ¿Las estadísticas dadas a conocer por el Instituto Nicaragüense de Turismo (INTUR) son fiables? ¿La determinación de Fantasía y Casanova de colocar dos grandes rótulos anunciándose en el mero centro de la capital, en el costado oeste de la Rotonda Rubén Darío, expresa una mayor permisividad de parte de una sociedad pacata ante la existencia de estos lugares? ¿La controversia generada por Torres demuestra un giro radical en la conducta de los nicaragüenses? Se quiera o no los moteles son una realidad insoslayable, tanto que Noelia Sánchez, directora de Empresas y Actividades Turísticas de INTUR, expresó hace ocho años que esa institución se encargaba de capacitar y publicitar en los suplementos turísticos, brochures y página web.


Las declaraciones de Sánchez fueron vertidas a los periodistas Amparo Aguilera y Wilder Pérez, un joven matrimonio a quien se le ocurrió escribir El anónimo mundo de los moteles, que La Prensa se encargó de publicar el 14 de febrero de 2005. No dejaba de ser sintomático que el diario hubiese decidido publicar el reportaje el mismo día de celebración de los enamorados. ¿Podíamos colegir que muchas parejas se darían cita ese día en algunos de estos centros expansivos que sitian Managua por sus cuatro costados? Para evitar aspavientos los firmantes eran pareja, circunstancia que dejaba al periódico fuera de los dardos envenenados que pudieran lanzar algunas almas piadosas, vigilantes de las sanas costumbres y la moral pública. Lo que no acabé  jamás de entender fue que Sánchez dijera "nosotros los vemos como los conceptualiza la Organización Mundial de Turismo, como lugares para descansar". Por mucho que rumié la frase no alcancé a descifrarla. Ella misma estaba convencida que se dedicaban a satisfacer otras necesidades perentorias.

Para salir de dudas hice un sondeo entre una veintena de jóvenes, mujeres y hombres, indagando si visitaban moteles con la intención de descansar. Fui objeto de sorna, risitas, incluso pensaron que les tomaba el pelo. No te hagas el dundo mi querido Guillermo, vos sabes que nadie va a los moteles con la sana intención de descansar. Podemos hacer una interpretación extensiva de lo dicho por la funcionaria de INTUR, dijo Mirta. ¿Cómo es eso? Tal vez quiso decir r-e-l-a-x. Llegas para no ser presa de asaltos y a conjurar el amor. Por más que se diga no son escondrijos, aunque uno tenga que mimetizarse para evitar que lenguas sedicentes denigren y eleven plegarias pese a incurrir en prácticas similares. Sin lugar a dudas confunde los moteles gringos con los moteles que pululan por todo el país y esa ya es otra cosa, corrigió Alfonso. Solo basta atenernos a sus nombres para salir de dudas, añadió Darling. Me parece que esa es una forma acertada para que no sigas creyendo en santos que orinan, se ufanó Cindy.

Comenzaron a soltar una lluvia de nombres, una marejada sin fin, muy parecida a esas sesiones que acostumbran los publicistas para mejorar la calidad de sus propuestas. Animado pedí me dejaran anotarlos. A mí el que más me gusta es La esquina fiel, un matadero de mala muerte ubicado en el tope de la Rotonda de Bello Horizonte. Me refiero a su nombre porque yo prefiero El colibrí, insistió Darling. En la entrada a Granada hay un motel de nombre esplendoroso, se llama La cita y eso que los granadinos son un poco puritanos. Me sorprendió que en la colonia Primero de Mayo, lo hayan bautizado como Flor de mayo, me recuerda La María de los guardias de Carlos Mejía Godoy, él la llama flor de bartolina, una metáfora a toda madre, adujo Silvia. ¿Me van a decir que nunca han oído nombrar el Secret´s? El más idiota de todos es La siesta, se ve que sus dueños no saben nada de estas lides, alzó su voz Ariel. ¿A quién se le ocurre que uno va a un motel a siestear, una va a fiestear que es distinto, acotó. Observé que se relamía la lengua. Mis predilectos, adelantó Yamel, quien pensé que no abriría la boca, son Frenessy y El paraíso. Con solo oír sus nombres se me erizan los pelos, remató Gema. En verdad que son nombres apetitosos, querrás decir excitantes, corrigió Alma.

Mientras los jóvenes opinaban recordé que los moteles siguen creciendo a lo largo y ancho del territorio nacional, negocios exitosos, muy rentables. Los medios día ¡quién lo diría! operan a capacidad plena. El desfile de autos de todas las marcas indica que sus visitantes pertenecen a distintos estratos sociales. Existen de diferentes precios, según los gustos más exigentes. ¿Un cambio en las costumbres? Mientras cavilaba Cindy se quejó, escuché decirle que debían fijar las arañas, mucho se deslizan, antes pude leer en internet a un contertulio agradecido, solicitar a los regentes del Casanova que instalaran tubos en el centro de las suites. Esta misma petición formulada varias veces, me permitió comprobar que las redes sociales han sido colonizadas también para estos menesteres. Para recomponer su imagen los operadores de Vistas de Asososca contrataron los servicios de la firma Creativa de Comunicaciones. Menuda tarea encomendaron a sus dos jóvenes artífices, José Román Rivas y Marcela Urroz, un matrimonio graduado en la extinta Facultad de Comunicación de la Universidad Centroamericana (UCA). Sin lugar a dudas en épocas de crisis pueden echar mano de los creativos para superar los inconvenientes causados por Torres.

En esas estaba cuando Gilma se adelantó diciendo que entre Casanova y Fantasía, prefería el segundo. Estuve en un cuarto llamado Volcano, hace honor a su nombre, tiene piedras volcánicas, esas mismas que escupe el San Cristóbal cuando truena. Aunque es un gusto muy caro, mi novio afirmó que me llevaría de nuevo. ¿En Juigalpa no hay moteles? Si pero sus nombres no invitan al placer ni convocan a Eros, con decirles que uno se llama San Antonio. ¡Qué blasfemia! protestó Vanessa. Sus dueños se van a condenar. Espérate no estés de santulona, advirtió Milena. Se ve que conoces sus correrías, dije para disipar el trance. Por lo sugestivo a mí me gustan El recreo y Las brisas. A mí no, contesto Delia. Esos son los nombres de dos barrios. Ve que tonta te veo. Se quejaron de La siesta. ¿Cuál es su antítesis? ¡Haber díganme! Uno va a recrearse y no dejen de pensar en las brisas que caen del cielo. En mis años mozos el nombre que más me impactó es El Nido, un motel que había en Masaya carretera hacia Granada. Memito, no nos vengas con cuentos, en ese metedero fuiste más de una vez acurrucar tu palomita. ¡Podría ser! 

*Fotografías tomadas de internet.



domingo, 24 de marzo de 2013

El amante uruguayo


Desde el anuncio de su lanzamiento, El amante uruguayo (2012) venía precedido de mala fama entre algunas almas circunspectas. En otros términos invitaba a su lectura para saber de qué se trataba el entuerto. Se escucharon voces en coro, acusándole de inexacto y mentiroso, las polémicas se desataron a uno y otro lado del Atlántico. Escritores, biógrafos, amigos y familiares de Enrique Amorín y Federico García Lorca, se adelantaron desmintiendo a su autor, el peruano Santiago Roncagliolo. Los más dolidos son los intelectuales uruguayos, quienes consideran su contenido como "un disparate y con poca rigurosidad". Las aseveraciones de Roncagliolo se prestan al debate, no a simples descalificaciones espurias. Tuvo el cuidado de trasvasar sus señalamientos en un mar de ambigüedades, afirmaciones y contra-afirmaciones, que abren espacio a la duda y la especulación. La casa editorial Punto de lectura añade que se trata de "una historia real".

Lo que más ha llamado la atención son sus planteamientos acerca de la posibilidad que los restos de García Lorca hayan sido sacados de España de manera subrepticia y depositados en una pequeña caja por Amorín, en el memorial que levantó en Salto (1953), a orillas del rio que separa Uruguay de Argentina, para testimoniar afecto al poeta andaluz. Con la intención de hacerme mi propio juicio, emprendí la travesía de las 396 páginas escritas con esmero. El orquestador se muestra como un avezado jugador de póker, fullero hace chamarro, sube la parada, baraja los naipes y comportándose como prestidigitador, saca de su chistera una serie de conjeturas, dudas, elucubraciones proseguidas por rectificaciones, que al final uno no queda claro si los restos de García Lorca están, pueden que estén, pero que en verdad no están donde Roncagliolo pretendía suponer que estaban. Ni siquiera se requería escudriñar sus páginas para percatarnos de sus malabarismos retóricos.

En el apartado Epílogo porteño deja un reguero de pistas para evitar extravíos. La redacción de Roncagliolo habla por sí sola, primero especula: "Quizá el monumento era simplemente un monumento y Amorín esperaba que le recordase al mundo su relación con el mejor poeta español del siglo XX ... O quizá al revés: pensaba que esos documentos dirigirían la atención de las generaciones futuras hacia lo que está enterrado detrás del muro, en el túmulo del poeta, aquella caja del tamaño de un depósito de huesos". Roncagliolo salió en busca de la verdad -el esclarecimiento de su tesis lo exigía- viajó a Salto acompañado por la documentalista Susana Garrido y el abogado Pablo Suárez, para develar el misterio, ese misterio que él ayuda a crecer como una inmensa bola de nieve, frente a la caja abren un diálogo sonso, medrosos, como si se trataba de deshojar una margarita, la abrimos o no la abrimos, la abrimos o no ... abstiéndose de hacerlo. El experto en thriller olvidó que existen pruebas de ADN para evitar el naufragio.

Al echar a perder la oportunidad restó veracidad a su requisitoria, dejando más cabos sueltos que los existentes al momento de iniciar su largo periplo. Pese a estos desmanes El amante uruguayo resulta embriagador, fascinante, aclara y enceguece. ¿Una investigación seria pierde legitimidad por haber sido escrita de manera calculada para evitar enjuiciamientos legales? La recreación político-cultural de las décadas del veinte en Argentina y del treinta y el cuarenta en España y Francia, son una visión esclarecedora de los ambientes y cambios experimentados por dos grandes creadores latinoamericanos, los antagónicos Jorge Luis Borges y Pablo Neruda. Un aporte sustantivo para comprender la forma que el entorno cotidiano y la vida política inciden en la creación literaria. Los hechos que obligaron hacer un giro a la literatura borgeana ocurrieron en Uruguay y la muerte de García Lorca en España, cambió el rumbo de la poseía de Pablo Neruda.

El compadrito quedó pasmado al observar en una taberna como un capanga dio muerte a un borracho que le infortunaba. Borges, retraído congénito, quedó impactado por el asesinato y más todavía al encontrarse al día siguiente con el matón sentado en el mismo lugar tomando la misma bebida. Roncagliolo deja constancia de su azoramiento. "Quedó tan marcado con la experiencia que cambió su literatura. En parte gracias a ese viaje, se convirtió en un nuevo y muy audaz narrador". Consternado por el asesinato de García Lorca, Neruda mudó de piel y temperamento. El poeta chileno insufló su poesía con nuevos destellos. "A su llegada a España, dice de Neruda el peruano, era prácticamente apolítico, un bohemio de izquierdas". Con el corazón en llagas escribió España en el corazón, cuya primera edición se elaboró con papel reciclado, banderas, uniformes ensangrentados y se imprimió en un taller donde trabajan soldados republicanos. Una manifestación de fe y esperanza.

Es probable que los remolinos de fuego originados por El amante uruguayo tengan que ver también en su acritud hacia Enrique Amorín. Juzga la literatura del uruguayo como falta de estilo, le cree megalómano, piensa que carece de voz personal, camaleón social y político, advenedizo, con grandes dotes histriónicos, una veleta que cambia según los tiempos que se viven, irremediablemente gay, seductor de artistas, mecenas interesado, anatemas constantes e implacables que no dejan de perturbar el ánimo. Pero ¿por qué espantarse con una obra como El amante uruguayo? ¿Desmerita al poeta su condición sexual? Las disputas y rencores en marcha forman parte de las grillas continuas suscitadas por los intelectuales. Si la pretensión de Santiago Roncagliolo era escribir una crónica provocadora lo consiguió por completo. Los ardides y tretas publicitarias que utilizó Enrique Amorín en su momento, no dejan de estar presentes en este discurso, escrito en buena prosa, con esa misma elegancia imperturbable que lucen todos los que escriben para Vanity y Vogue.

Su objetivo se complica al pretender escribir un texto ceñido a la realidad de la cual se aparta cada vez que desea elucubrar, llenar vacíos y tender puentes, haciendo suposiciones, jamás afirmaciones categóricas. El amante uruguayo se inscribe dentro de la corriente inaugurada por el nuevo periodismo estadounidense. ¿Emulo de A sangre fría de Truman Capote o Noticia de un secuestro de Gabriel García Márquez? Un libro ambicioso, donde Roncagliolo despliega sus dotes de investigador acucioso, sagaz tramoyista coloca de manera virtuosa las piezas sobre el escenario, aunque resulta extemporáneo el énfasis por resaltar la condición homosexual de Amorín y García Lorca. Latinoamericano al fin, muestra su condición homofóbica, olvidando que los tiempos cambian. Nadie recuerda las tropelías de la Inglaterra victoriana contra Oscar Wilde, todos tenemos presente la obra de uno de los más grandes esteticistas de todos los tiempos. Colocar otro baldón sobre García Lorca convierte sus aseveraciones en un fogonazo innecesario y a destiempo. 

*Fotografías tomadas de Internet

domingo, 10 de febrero de 2013

Rito, El Toro




Esa tarde salí en su búsqueda, su fama aplaudida por todos, tanto que sus hazañas eran objeto de conversaciones y conjeturas. Mis compañeros más avispados referían en los recreos con lujo de detalles la forma vertiginosa que subía los árboles, siempre pegaba en el blanco, parecía que tenía instalada una mira telescópica, se zambullía en el Mayales durante tres minutos, eso era lo de menos aducían gozosos, lo impactante es que emerge a la superficie con una ristra de cangrejos ensartados en un mecate. La manera con que describían su temeridad me hacía pensar que se trataba de un héroe. Vieras como corre por el monte, salta sobre los breñales y jamás pierde el rastro de las iguanas. Bayardo, su sobrino corrigió el dato, lo que pasa es que Tarzán marca el rumbo y él jamás lo pierde. El culto que la muchachada del barrio Virgen María rendía a cada uno de sus logros le bañaba de una aureola que acrecentaba su popularidad.

Para esos días los pasquines fagocitaban mi interés, por solo un córdoba podía alquilar diez ejemplares de mis héroes más connotados, Tarzán, el hombre mono; Supermán, Batman y Robín, Roy Rogers, El llanero solitario, Hopalong Cassidy y Chanoc. Mi predilecto seguía siendo El fantasma. Todos los días al regresar de clases por la mañana leía por entregas la tira que aparecía en Novedades. Se desplazaba por la selva enmascarado, metido en un traje hermético, ¡cómo hacía para orinar! Dueño de un brioso caballo blanco, protegía las tribus africanas de la avaricia de los malhechores, aliado de los pigmeos y sus dardos venenosos. Uno de mis deseos era tener un perro como el suyo. Diablo le ayudaba en todos sus trances. El venezolano Ludovico Silva haría escarnio después mostrando que la mayoría de los superhéroes eran eunucos. A la par de los penecas fui poco a poco ampliando mi radio de lectura, empezaron a gustarme las novelas de vaqueros, un año después salte a las radionovelas de la Mundial.

Lo encontré sentado sobre una piedra en el costado norte de la pared de la casa de talquezal de doña Eduarda, su madre. Estaba abstraído viendo una perrera que se disputaban los muchachos recién salidos de clase. Su figura no me dijo nada. Pelo ensortijado, negro, descalzo y con la camisa abierta, más bien daba un aire anodino, todo contrastaba con la descripción que me habían hecho mis compañeros de juegos de beisbol, en los predios montosos frente al comedor de doña Manuela Carazo. Sus más fervientes seguidores eran sus sobrinos, Bayardo, Donald y Luis, todos hijos de Dora, su hermana. No escatimaban adjetivos para reseñar sus andanzas. Se llevó un papel a la boca y lo mordisqueó. Luego lanzó un escupitajo. Un sol apaciguado caía sobre el techo de la casa de doña Clara Díaz. No comprendía porque no le había conocido antes, vivía a escasos metros de este lugar.

Todos los medios días a Jorge Eliécer o a mí nos tocaba ir a comprar las tortillas  donde doña Clara. Chancha Ruca jamás me había hablado de Rito, eso demeritaba un tanto  su apostura y gallardía. De pronto silbó y se le acercó un perro mediano, flaco, gris desleído sobre el lomo y blanquizco en la parte del pecho. El perro se acercó le acarició la cabeza y se echó a su lado. Los quedé viendo un rato y me acerqué cauteloso. Hola le dije, me quedó mirando, alzó y bajó el brazo en señal de saludo. No sabía cómo iniciar la plática. El único motivo por el que salí a su encuentro era para que me invitara a ir de cacería con él. El perro cómo se llama, pregunté, Tarzán me respondió de inmediato. Cuándo vas a ir a garrobear. En este mes lo hago diario, se animó a decirme.

Me gustaría acompañarte; para que me espantes los garrobos, no niño misión imposible, me vas atrasar y voy a volver con las manos vacías. Eso crees vos, tiro mejor de lo que crees. ¡Ah estos niños! Se levantó y desesperezó. Al acercármele comprobé que tenía una complexión fuerte. Me pidió que le mostrara mi honda. Lanzó una carcajada al comprobar que era de hules rojos. Con esos hules ni lagartijas matas. Se metió la mano en la bolsa trasera izquierda de su pantalón. Me entregó la suya y me pidió que hiciera algunos tiros. Me costaba estirarla. Ya ves, no podes ir conmigo, sos demasiado tierno. Si le pegas en la punta, señaló con el dedo un poste de madera ubicado en la esquina del patio de los Nicaragua, puede ser que te invite. Me animé a tirar y di justo donde él pretendía. Esas chiripas cualquiera las hace, si quebrás ese aislante te llevo.

Miré el hilo telefónico y comprobé que estaba construido de vidrio granítico. La piedra no le hizo mella. Me pidió su honda y disparó haciendo añicos el aislante. Nada perdés en llevarme, te prometo que haré lo que digas. La mañana siguiente bajamos rumbo a Paiguas, cruzamos el río y caminamos hacia la quebrada de Carca. El perro flaco, esmirriado no se separaba de su lado. Voy a treparme a ese Guanacaste y no hagas bulla, no quiero que espantes las iguanas. Miré hacia arriba y no divisé nada, pensé que fantaseaba. El árbol medía en su base más de dos metros. Cómo va hacer, me pregunté. Tomó impulso y se sostuvo con las manos y los pies, luego empezó a  escalar. Un prodigio la velocidad con que lo hacía. Como mono se encaramó sobre una de las ramas más gruesas y empinadas. El perro permanecía echado observando. Las ramas más altas eran sacudidas por el viento que bajaba de Amerrisque.

Se sentó en su vértice, sacó la tiradora y disparó con soltura, escuché el ruido de las hojas y de pronto un animal venía en picada, no había terminado de caer cuando Tarzán tenía atrapado el garrobo lapo entre sus dientes. Si me lo hubieran contado no lo hubiese creído, hubiera pensado que se trataba de una de esas fábulas que tejen los pueblos para ennoblecer a ciertas personas. En un suspiro lo tenía a mi lado. Le quitó al perro el garrobo, le amarró las patas y pidió lo cuidara. Volvió a encaramarse al árbol para repetir la hazaña. Entonces supe que no eran cuentos los que escuchaba en los mentideros de Juigalpa. Con el tiempo pude verle buceando entre los pedregales de Paiguas. En  Agosto de mi fiesta primera, lo vi bailar el Toro Huaco como un virtuoso y por la tarde del día siguiente montar un toro. Esas eran sus grandes credenciales. Rito, El Toro, con justicia ha sido consagrado por todos los que le conocimos. 

martes, 22 de enero de 2013

Literatura y deportes




Cada vez que interrogan a Edgar Tijerino dónde se siente más a gusto, si en la televisión, la radio o la prensa escrita, siempre ofrece la misma respuesta. No se cansa de repetir, como si fuese una lección aprendida o de un estribillo, que se siente más cómodo nadando sobre el universo sin fin de la palabra impresa. Una pasión absorbente marca el ritmo de sus días y sus noches. Es sobre el teclado de la computadora donde se siente más firme y seguro. Disipada la angustia de la pantalla en blanco, ejerce el oficio de cronista deportivo con la misma fogosidad y entusiasmo del primer día. Una idéntica obsesión como la que inquietaba al minotauro, consume su energía y atormenta su pluma. Salir del airoso del laberinto, sin haber recibido siquiera una estocada.

El medio fondista no había empezado a correr cuando el poeta develó la estela resplandeciente que dejaría su paso por el mundo encantado del deporte. La firmeza con que imprimía sus huellas y la convicción con que esculpía sus primeros trazos, llevó a mi padre a certificar su registro de nacimiento. Cuando Tijerino apenas daba sus primeros pasos, -¿estímulo y desafío?- afirmó que pasaba “del tablero de ajedrez a la máquina de escribir con la misma destreza con que toma la raqueta y a la pluma vuelve para verternos –sudor y aliento- las múltiples escenas vividas u observadas en el cuadrilátero, la cancha o el estadio”,  dándole “a las palabras su conveniente peso”. Para el especialista en literatura, diestro  cazatalentos de grandes ligas, no fue tarea difícil descubrir la veta inagotable de su candente prosa. Alta llama que nos ilumina a todos.

Desde entonces Edgar Tijerino se dedicó con esmero a construir, con la misma deleitación que sienten los artistas, su propio edificio literario. En cada crónica estampó su estilo. Piedra, arena, cemento, arcilla y hierro, fueron las bases que utilizó para moldear su estructura granítica. Sobre las paredes dibujó arabescos y en sus vitrales escribe los nombres de cada uno de los portentos que han venido alimentando su insaciable sed. Alzó la mirada y encontró en el nuevo periodismo estadounidense, alimento para su voz, recursos e imágenes para tallar su propio estilo. Norman Mailer, Tom Wolfe, Truman Capote y Guy Talase, marcaron el camino. En García Márquez encontró plena justificación para el uso desmesurado de la desmesurada hipérbole. Una constante de la que no se separa ni para tomar respiro.

Sabedor que la musa de los escritores son sus grandes lecturas, fue más allá de las novelas de Carpentier, Cortázar, Sábato, Fuentes, Vargas Llosa, Cabrera Infante, Donoso, Edwards, Chávez Alfaro, Ramírez, Allende, para citar unos cuantos y buscó en la poesía de nuestro bardo mayor metáforas deslumbrantes para reforzar su prosa, pulcritud, dicha y pesadumbre, sitiando, citando a nuestro inmortal Darío. Se metió a escudriñar la obra literaria de Pablo Antonio Cuadra y no contento aún cayó seducido ante los ensayos de Jorge Luis Borges. Encontró en sus páginas agua para mitigar su espanto y suficientes razones para continuar su larga caminata.  Tuvo que recrear su vista sobre este anchuroso mural. En la escritura todos somos hijos y deudores. Larga es la ascendencia de Edgar Tijerino.

Si las deudas de Edgar Tijerino son muchísimas, vasta resulta su amplia descendencia. Padre de prole numerosa, hasta en los que niegan paternidad alguna, las rayas sanguíneas delatan su herencia. Desde que Edgar irrumpió en el firmamento de la crónica deportiva asentó su liderazgo. Con velocidad plusmarquista tumbó marcas, contagió escenarios y desbordó cauces. Cronista deportivo es quien sabe de deportes. Aunque conviene decir que en Nicaragua los cronistas deportivos son pocos, muy pocos. Unos saben de boxeo, otros futbol y todos, casi todos, beisbol. Edgar es ave raris. Con la misma soltura y sabiduría habla de futbol, beisbol, boxeo, tenis, ciclismo, motociclismo, igual diserta sobre política, deporte mundial y da cuenta de los sin sabores cotidianos que confronta la pobretería.

Con decisión se ha esmerado en imponer su estilo literario y con obcecación se ha dado a la tarea de imponer su sello. Para que su nombre perdure debe escribir de tal manera que los hechos cotidianos no devoren su prosa. El periodismo tiene atado su cordón umbilical con lo perecedero. Solo cuando los periodistas se imponen la tarea de convertir cada uno de sus escritos en una pieza trascedente logran que sus crónicas se conviertan en invaluables documentos. Aun así muchas veces tienen que reescribir sus escritos. Las lecciones de Kapuscinski saltan a la vista. A la par de sus despachos internacionales, siempre tomó tiempo para escribir para la posteridad. En Edgar existe una vocación casi enfermiza para que sus escritos no se agoten una vez concluido el día. Ese espíritu anima su prosa.

Uno percibe hacia donde orienta sus intereses cuando establece comparaciones entre sus escritores más queridos y admirados. Entre el libro de Javier Marías, Salvajes y sentimentales y letras de futbol (2000), proseguido de una segunda edición en 2010 donde incorporó treinta nuevos ensayos y el texto de Eduardo Galeano Futbol a sol y sombra y otros escritos (1995) y sus distintas ampliaciones, Tijerino prefiere al uruguayo. La razón es obvia. El español trata que sus lectores comprendamos que sabe futbol, Galeano prefiere hacer gambetas, lanzar chilenas, disparar al arco y realizar quiebres de cintura con el lenguaje. Una escogencia muy a tono con su temperamento de escritor. Galeano sabe tanto de futbol como Marías. Nada más que Galeano creyó necesario “pedir a las palabras lo que la pelota, tan deseada, me había negado”.

Debemos sentirnos orgullosos de tener un cronista deportivo de la talla de Edgar Tijerino. Con el paso del tiempo el interés por depurar su prosa se ha acrecentado. Si a mi padre, Guillermo Rothschuh Tablada correspondió dar el disparo de salida a la vertiginosa carrera de escritor de Edgar Tijerino, una amistad fundada en el respeto y admiración, confesiones y complicidades me permiten testimoniar su valía de escritor. Nadie pone en duda los grandes méritos que lo condujeron al Salón de la Fama del Deporte de Nicaragua. De Cayaso a Nemesio (2012), salda deudas con las viejas y nuevas glorias que han enaltecido el beisbol y hace un reconocimiento explícito a Carlos García, el dirigente más connotado de una práctica deportiva que necesita reinventarse, para alcanzar las alturas de otros tiempos. ¡A su magisterio atengámonos!

Los hijos de los días




Con la aparición de Espejos (2008), Eduardo Galeano amplió su visión de lo acontecido. Ejerciendo el oficio de cronista, quedó insatisfecho al haber solo puesto en perspectiva en prosa poética, los acontecimientos históricos más importantes ocurridos en la América nuestra, con su trilogía Memorias del fuego (1982-1986), un oleaje intenso frente a las boberías de falsos pregoneros. Espejos es un libro mucho más ambicioso, su recorrido histórico abarca el universo, dándonos una versión ajena a las veleidades de los poderosos. No contento todavía tiene la audacia de desplazarse a sus anchas sobre los cinco continentes, sus islas y afluentes, elabora un calendario sui generis. Los hijos y los días (2012), una travesía por los trescientos sesenta y seis días del año -febrero alcanza los veintinueve días- insiste en pregonar que la historia real y verdadera ha sido forjada por triunfadores y vencidos, poetas y militares, curas y obispos, putas y cantantes, artistas y científicos, deportistas y periodistas.

Los hijos y los días un texto de historia singular, teñido por una diversidad de colores, ofrece nombres, hechos y circunstancias, asomándose a un universo distinto. Devela a los conjurados y restituye su dignidad a los vilipendiados. Abre puertas y ventanas para que penetre el sol e ilumine con sus destellos los rincones oscuros, las mentiras y atrocidades, las humillaciones padecidas por negros, amarillos, rojos, mulatos y blancos, las mentiras y dobleces de los diarios y dueños de medios más reputados del planeta. Ricos y poderosos lo acusarán de apostata y los miserables, los injustamente olvidados, dirán que se trata de un justiciero. Cronista desacomplejado acomete una empresa alucinante, a contra pelo de falsas versiones y omisiones vulgares, Galeano opta por escudriñar la historia universal para revelarnos y rebelarse contra omisiones y engrandecimientos insidiosos. Se atiene al dato y lo configura dentro del amplio contexto en que se dio. Ese es su método.

Igual que en los textos anteriores Nicaragua resplandece en sus páginas. Certero rinde homenaje al Güeguence, solícito recuerda al mundo que el 25 de enero el pueblo de Nicaragua agasaja al ocurrente, el pícaro recorre las calles, canta y baila, “y por su obra y gracia todos se vuelven cuenteros, cantores y bailanderos”. El embustero tiene razones para hacerlo. El aire festivo puesto en escena, lo conduce a proclamar ese día como El derecho a la picardía. Galeano se atiene a la versión popular, no la adultera, la refuerza, se ciñe a la sentencia del maestro enredador. Lo que no puedes ganar, empátalo. Lo que no puedes empatar, enrédalo. Ante las recriminaciones de última hora, condenando las güeguenzadas de los nicaragüenses, ¿Qué otro camino queda al pueblo frente al poder avasallante de ricos y políticos sino hacerse el pendejo? Celebra jubiloso al “inventón de palabras que nada significan, maestro de diabluras que el Diablo envidia, deshumillador de los humillados, jodón, jodido, jodedor”.

Amigo de contrastar, en un juego dialéctico, Galeano elige el 27 de abril para hablar de Las vueltas de la vida. Sin escandalizar o tal vez todo lo contrario, ya que gente conocida actuó a contrapelo de viejos principios. En verdad resulta difícil digerir que haya sido el Partido Conservador, quien estando en el poder reconoció a las mujeres el 27 de abril de 1837, el derecho de abortar si su vida corría peligro y quienes lucharon por acabar todo vestigio de las paralelas históricas, en un acto inimaginable “Ciento setenta años después, en ese mismo día, los legisladores que se decían revolucionarios sandinistas prohibieron el aborto en cualquier circunstancia, y así condenaron a las mujeres pobres a la cárcel o al cementerio”. Como canta el panameño Rubén Blades en versos inolvidables, la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida. ¿Quién iba a pensar que por razones electoreras una agrupación política que se decía de vanguardia, condenase al oprobio y a la sin razón a millares de mujeres nicaragüenses?

Con la autoridad y consecuencia ganada a puro pulso, exalta la manera de juzgar de Carlos Fonseca Amador. Nombra el 30 de julio Día de la amistad. Eleva su gesto y aplaude su decisión, al recordar que amigo es el que critica de frente y elogia por la espalda, una práctica olvidada que deberíamos integrar en nuestro credo cotidiano. Con nobleza proclama que amigo verdadero es amigo en las cuatro estaciones. Los otros, critica Galeano, son amigos del verano, no más. ¿Cómo no elogiar esa postura? Una lección heredada por uno de los grandes forjadores de una nueva patria. En 1970 entrevistado en la cárcel de Alajuela, Costa Rica, Carlos Fonseca Amador, proclamó su ascesis. Una nueva moral que perturbó el sueño de los insulsos. Preguntado sobre su manera de ser, respondió al periodista, soy asceta y lo siguió siendo hasta su muerte. En esa fragua fueron forjados sus primeros seguidores, alto pedestal para iluminar el camino y al caminante.

Galeano escudriña a fondo la historia, el 8 de octubre Nicaragua alcanza a colarse en Los hijos de los días, concentra su mirada en Los tres, como llama a las proezas del Che, Emiliano Zapata y Augusto César Sandino. Las coincidencias les hermanan. En 1919 Emiliano Zapata fue acribillado en México, en 1934 asesinaron a Sandino en Nicaragua y en 1967 cayó prisionero el Che y luego fue asesinado en Bolivia. Los tres, recuerda Galeano, tenían la misma edad, estaban por cumplir cuarenta años. Los tres cayeron a balazos, a traición, en emboscada. Los tres latinoamericanos del siglo veinte, compartieron el mapa y el tiempo. Los tres fueron castigados por negarse a repetir la servidumbre. La consecuencia de sus actos, palabra comprometida, palabra cumplida, sigue siendo recordatorio permanente. Son los abanderados de los humillados y vencidos. Tienden un puente que viene desde América del Norte, pasa por América Central y se extiende hasta América del Sur. Gesto y gesta se acoplan, son hermanos siameses.

Los medios y sus artífices figuran como modeladores de la historia, Galeano brinda otra versión del nacimiento del cine y quién y para qué creo la opinión pública, relata la historia de Tarzán, destaca que Rupert Murdoch fue lector aventajado de Marx y Lenin, pone sal al nacimiento de las caricaturas políticas, abre el cerrojo al primer vampiro, para sentirse descorazonado con las vampiritas y vampiritos cursilones de Hollywood, redime su deuda con Emilio Salgari y realiza una lectura diferente de la invasión de los marcianos a Estados Unidos, dramatizada por Orson Welles. Visibiliza a decenas de mujeres invisibilizadas por los traficantes de género. Devuelve su honra a las putas mancilladas. Ofrenda sendos tributos a Rosa Luxemburgo, Doria, Camille, Louise Michell, Matilde Landa y Rosa Darks, al ubicar sus luchas en justa dimensión. Los hijos y los días muestra la otra cara de la historia vetada por juiciosos escribanos al servicio de intereses oficiales y oficiosos. Un calendario refractario al elogio fácil y dulzón.