sábado, 11 de agosto de 2012

¿Un Museo Taurino en Juigalpa?


¿Será que cambiaron de opinión o solo se trata de un compás de espera? Algunas  pensaban que las corridas de toros celebradas entre  el 12 al 16 de agosto de 2011 en la Plaza Pueblo Nuevo, serían las últimas en este lugar. Hay quienes de manera insana apuestan por la desaparición de la plaza taurina de las fiestas patronales de mayor arraigo en toda Nicaragua. Sitio sagrado y de consagración. Los toreros y montadores más famosos de las llanerías chontaleñas acuden todos los años a ratificar su valía o imponer sus nombres. Saben que si no lo hacen, decenas de mozalbetes llegarán a poner fin a su fama. Ansiosos por inscribir sus proezas en los anales de la ciudad, confían en sus destrezas y habilidades, dando inicio a un nuevo ciclo histórico. Desde que apareció el Diablito de Muhan nadie le hace sombra. Durante cuatro años consecutivos ha llegado puntual a Pueblo Nuevo a revalidar su grandeza. Su nombre evoca y convoca a los montadores más grandes de todos los tiempos.

Cuando todos creíamos que la tradición venía en picada, una tarde se apareció este adolescente de quince años, pidiendo le entregaran un rejego de 500 kilos. Todos lo quedaron viendo sonrientes. Sus ojillos negros, impacientes, contrastaban con la serenidad de su demanda. Tamaño y peso, tampoco le ayudaban. Demasiado niño, dijeron algunos. No va aguantar ni la arrancada. Dejémosle que se quite lo rijoso. A nadie importaba su suerte. Si así fuese no entregarían toros a jóvenes que ni siquiera saben amarrarse el pantalón. Meterse a la barrera es cuestión de machos. El niño juega a ser hombre. ¡Que la suerte lo acompañe! ¡Ojalá se haya encomendado a Dios y el Espíritu Santo! El que por su gusto muere que lo entierren parado. Aquí no hay misericordia para nadie. Muchachito, asegura bien tus manos en el pretal. ¿Ya te persignaste y colocaste bien las espuelas? Después no digas que no te lo advertimos. ¿Cómo te llamas? Al igual que Catarrán su nombre no importa.


El Diablito se sostuvo firme sobre el astado. El toro brinca, se arremolina, hace mate   a la derecha, luego a la izquierda. Siente que la sangre corre bajo sus ijares. Va perdiendo fuerza. Toma un respiro. Vuelve a sacudirse. Deja de corcovear. ¿Se sabrá vencido? Trota hacia la puerta del coso. El Diablito desprende su mano derecha y alza victoriosa. Los aplausos continúan festejando su gesta. Marcaba el principio de una carrera fulgurante. La primera tarde que lo vi, su nombre sonaba fuerte. Presuntuosos todos le saludaban. Deseaban estrechar su mano. Tómate un trago. Ponen la botella retadora ante sus ojos. Sonríe con ingenuidad. No cede a la tentación. Demasiado niño para meterse en cosas de hombres, dice mi vecino. Antes de venir en búsqueda de su consagración definitiva en la plaza de toros del pueblo, había descrestado decenas de toros en la barrera de Muhan, inicio de su vertiginosa carrera.

En las fiestas de abril del año primero de su despunte, rubricó su firma montando 30 toros los 4 días que duran las fiestas en Muhan. Estaba consciente que mientras no sedujera a los juigalpinos, su fama no trascendería. Tenía que mostrar sus lances en la plaza mayor. Por eso duele que quieran tumbarla. Algunos despistados me dijeron que desean construir el complejo de gobierno. ¿Por qué no lo hacen en otro lugar? Alguien argumentó que los chinamos con sus putas babilónicas y sus roconolas ruidosas desvelan al vecindario. Bajo esa trivialidad ¿qué pretexto se esconde? Hay quienes quieren apropiarse del local. ¿Se decidirá al fin la Alcaldesa María Elena Guerra, a poner la primera piedra antes que concluya su gestión, para luego dar inicio a la construcción de la Plaza de Toros “Vicente Hurtado”? Sería el homenaje esperado al más grande torero de toda Nicaragua. Una plaza digna de la memoria de Catarrán. Todavía queda tiempo para hacerlo.


Juigalpa necesita un redondel diseñado a la usanza de las montaderas autóctonas, donde los campistas exhiban sus habilidades y los montadores de todo Chontales mantengan viva sus rivalidades con el propósito de demostrar quiénes eran los mejores. Los de Hato Grande, San José de los Gómez, Cuapa, San Esteban, La Libertad, Santo Domingo, Acoyapa, Cara de Mono, Muhan o La Gateada, se trenzaban por ser reconocidos como los mejores. Las autoridades edilicias deben apoyar la creación del Museo Taurino de Chontales. El hogar que perennice nombres de toreros, montadores, lazadores, bailadores y criadores de toros, galería que debería estar precedida por Chema Come Cuero. Su vida giraba alrededor de las fiestas, un enfiestado permanente. La peor ofensa que podía recibir era decirle que no habría fiestas agostinas. Soñaba con las fiestas como los criadores de toros desean que sus astados tumben al más diestro  montado.

Un museo con retratos gigantescos de Rito Flores y Agustín Castro, un lugar que reciba los millares de visitantes que llegan a Juigalpa en la mayor romería del año. Un lugar donde puedan conocer esta apasionante historia de caballos y caballeros, que haga justicia a Gloria Sacasa y Alberto Rondón, Isabel y Humberto Mongrío. A la familia Gómez. Donde Catarrán, pintado al óleo por Róger Pérez de la Rocha, muestre su altivez. Punto de convergencia para que los peregrinos llegados de Estados Unidos, Europa y Centro América, quienes después de haberse ido en busca de techo, educación y comida, todos los años regresan acompañados de hijos y nietas, para jactarse de la valentía de los montadores y la destreza de campistas. Un nicho donde estén Concho y Margarito Villagra, Serapio Amador, Servando Campos y María Morales. Antes que el tiempo haga estragos en nuestra memoria, recoger los nombres de Ramón Laguna, Francisco Álvarez y César Rueda, lazadores imbatibles, con sus tiros invertidos levantaban de sus sillas a las personas apretujadas en palco. La prisa con que se monta y la eliminación del bramadero, han incidido de forma negativa.

Uno aprecia el regocijo de Naser y Fernando González, Ney Aguilar y los hermanos Matus, criadores de toros en San Pedro de Lóvago. Son continuadores de la herencia dejada por Alberto Rondón y Ramón Mongrío. Sus toros son tenidos como los más bravíos de Chontales. Igual engreimiento muestran Chilolo García de Santo Domingo y Abelino Martínez de Cuapa. Para Orlando Bravo y Noel Sevilla originarios de Santo Tomás, como sus toros no hay dos. Juan Villagra, con sus espuelas bien puestas, piensa que sus toros son inigualables. Las disputas sordas bajo la mesa, apuntan en una sola dirección: sus toros fueron y seguirán siendo los mejores. Una verdad tan cierta que Fred Ramírez se las arregla para venir a Chontales a comprar los toros con que seduce durante las montaderas en Expica. Viene convencido que llevará toros y más toros, para lucirlos en la feria capitalina y luego rematarlos a buen precio en el rodeo El Zapote, Costa Rica.   

Los juigalpinos deben acudir a los próximos cabildos para plantear la creación de una partida presupuestaria para la construcción de la Plaza y Museo Taurino en Pueblo Nuevo. Ningún concejal podría mostrarse insensible a esta demanda. Todas las ciudades del mundo donde juegan toros cuentan con una plaza donde sus habitantes gozan y se divierten, vibran y sienten, en un ritual inaplazable, el goce de las fiestas de su vida.  Chontales sigue siendo tierra de ganados y ganaderos. Los criadores de toros son los más entusiastas, deben preocuparse que los campistas y lazadores sigan vivos. Este año espero que alguien me haga exclamar alborozado, ¡Viva Chontales! ¡Los lazadores no han muerto!
  

martes, 31 de julio de 2012

La civilización del espectáculo



“En la civilización del espectáculo,
el cómico es el rey”

Mario Vargas Llosa

¿Obtenido el Nobel de Literatura, que obstáculo podría frenar a Mario Vargas Llosa, para escribir una requisitoria aguda, profunda, filosa y desmitificadora del presente? La civilización del espectáculo (2012), ajusta cuentas con la banalización de la cultura propiciada por el advenimiento y primacía de la imagen y la metamorfosis a que ha sido sometido este concepto. Su caracterización de lo que acontece en el ámbito cultural constituye un parte aguas con las otras formas de nombrar el cambio de época al que asistimos. Siguiendo la trayectoria marcada por Daniel Bell, Ernest Mandel, Herbert Marcuse, Guy Debord, Eugene Brzezinski, Manuel Castells, destaca las mutaciones provocadas por la revolución científico-técnica, que tiene su barco de proa en el mundo de tecnologías de comunicación, Vargas Llosa insiste por el lado de la cultura. Su enfoque se concentra en el impacto desmesurado en lo que se ha entendido por cultura, degenerándola en simple espectáculo.

Después de haber exaltado al mercado como absoluto y árbitro imprescindible, termina asestándole una bofetada. Lejos quedaron sus anatemas contra quienes defendieron la cláusula de la excepción cultural. Dejó de pensar que el mercado posee la virtualidad de decidir que es bueno o malo en materia cultural. La defensa que formula de la denominada alta cultura, se debe a su trascendencia en las otras formas de definir la cultura. Se escandaliza de las confusiones generadas entre cultura mundo y cultura de masas. Su visión empalma con la del norteamericano Robert Foster Wallace, para quien la diferencia entre los escritores del presente con los del pasado, es que estos  además de adquirir un compromiso estético, asumían un compromiso ético. Wallace formula su tesis en el análisis fecundo que realiza sobre la obra de Dostoievski. En iguales términos juzga Vargas Llosa las producciones del ruso Tolstoi, el alemán Thomas Mann, el irlandés James Joyce y el norteamericano William Faulkner.    


Toma nota del análisis emprendido por el sociólogo francés Fréderic Martel. Acredita las constataciones que hace en Cultura Mainstream (2010), al registrar una realidad que ni la sociología ni la filosofía habían encarado. Se distancia al creer Martel que la cultura mainstream o cultura del gran público ha democratizado la cultura, arrebatándola a una minoría que la monopolizaba. Para Martel las actividades intelectuales, artísticas y literarias murieron desde hace tiempo, aunque sobrevivan en pequeños nichos sociales. Vargas Llosa estima que la diferencia esencial es que la cultura del pasado pretendía trascender en el tiempo, permanecer viva, mientras la cultura mainstream ha sido fabricada para ser consumida al instante como papas fritas o  popcorn. Igual pasa con las telenovelas brasileñas y Shakira, no duran más tiempo que el de su presentación. Textos y espectáculos se agotan en el acto. No hace concesiones, desestima dos características esenciales de esta cultura: su producción industrial masiva y su éxito comercial. 

Desconozco con que ojos verán los jóvenes el retrato siniestro que hace Vargas Llosa de la época actual, estoy convencido que no les hará ninguna gracia, tampoco lo pretende, solo realiza el diagnóstico de una cultura envuelta en celofán. Vargas Llosa coincide con Anthony Guidens. En Un mundo desbocado (1992) el inglés alude los cambios introducidos en el comportamiento de los hacedores de televisión. Con la caída del muro de Berlín (1989), los camarógrafos hicieron que los jóvenes que lo escalaban bajasen, para que iniciaran de nuevo su ascenso puesto que las cámaras no captaban bien el espectáculo que deseaban transmitir en vivo y directo a todo el planeta. Vargas Llosa cita a Claudio Pérez, enviado especial de El País a la gran manzana, para dar cuenta de la crisis financiera capitalista. Su crónica fechada el 19 de septiembre de 2008, dice que “los tabloides de Nueva York van como locos buscando un bróker que se arroje al vacío desde uno de los rascacielos que albergan los grandes bancos de inversión, los ídolos caídos que el huracán financiero va convirtiendo en cenizas”.

Este frenesí compulsivo permite definir la civilización del espectáculo. Los fotógrafos, como aves de carroña, escrutan los rascacielos para mostrar en vivo su muerte, solo les interesa el hecho convertido en espectáculo. Una cultura “donde en primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, y donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal”. En esta definición se escuchan ecos del discurso situacionista, el francés Debord había caracterizado el nuevo estadio como Sociedad del espectáculo, (1967). Vargas Llosa se mofa se esta cultura al pretender igualar una ópera de Verdi, la filosofía de Kant, con un concierto de los Rolling Stones y una función del Circo Soleil. Cultura light, leve, ligera, fácil, una literatura cuyo único propósito consiste en divertir. Critica el establishment por desalentar, en vez de estimular a quienes escriben obras exigentes, textos que reclaman concentración y esfuerzo de los lectores. Concluyente ratifica lo que todos ya sabemos, “en la civilización de nuestros días es normal y casi obligatorio que la cocina y la moda ocupen buena parte de las secciones dedicadas a la cultura y que los chefs y los “modistos y “modistas” tengan ahora el protagonismo que antes tenían los científicos, los compositores y los filósofos”.


Condena la alcahuetería de los medios en estos cambios, la realizan de manera consciente, sus nexos con las grandes corporaciones financieras y mediáticas les inhibe jugar un rol diferente. La prensa sensacionalista, sostiene Vargas Llosa, nace corrupta. “En vez de rechazar las groseras intromisiones en la vida privada de las gentes, las reclama, pues ese pasatiempo, olfatear la mugre ajena”, creen que “hace más llevadera la jornada del  puntual empleado, del aburrido profesional y la cansada ama de casa”. Un libro de una sola cara, controversial, con cierto deje absolutista, no por eso menos valiente, que generará polémicas por hacer afirmaciones sumamente discutibles y objetables. Un ensayo demoledor sobre los tiempos que corren, invita a la reflexión. Su evocación de Walter Benjamin y Karl Popper, un marxista y un liberal, resulta apropiada. En el momento que el desencanto y la desesperanza cunden y se apodera de muchos, ambos autores “por más que el aire se enrarezca y la vida no les resulte propicia, los dinosaurios pueden arreglárselas para sobrevivir y ser útiles en los tiempos difíciles”. ¡A su magisterio me acojo!      

domingo, 15 de julio de 2012

Aguas negras, cuentas claras



El inicio del encunetado y adoquinado en Juigalpa fue para muchos el anuncio de una nueva era. La primera calle sometida a los apremios de la modernización fue Palo Solo. Dieciocho años antes se había iniciado la instalación de la tubería para llevar el agua potable a las casas. ¿No debió plantearse al mismo tiempo la instalación del alcantarillado para el desagüe de aguas residuales? El retraso con que entramos a la segunda década del siglo veintiuno en materia de salud pública, ratifica que en Juigalpa las autoridades nunca han tenido clara sus prioridades. Ni las actuales ni las de antes. Debieron habérsele plantado al Ejecutivo. Mis alumnos en la universidad creían que cuando hablaba de los “pon pon” era la creación de una imaginación delirante. Solo los estudiantes llegados de las regiones más remotas daban pábulo a mis afirmaciones. Todos reían gozosos al hacer las descripciones de las profundidades que alcanzaban las letrinas. En algunos hogares las hacían tan hondas que a nuestra edad –ocho años- daba miedo asomarse al brocal.

Mientras doña Clotilde Díaz construía su retrete, nos metíamos al patio para ver cuántos metros bajaba hacia el centro de la tierra. Aprovechábamos el descuido de los obreros para lanzar piedras y así calcular la profundidad que iba alcanzando. Creímos que saldrían al otro lado del mundo. Encaramados sobre un tablón, los trabajadores extraían baldes repletos de tierra. A veces se topaban con capas muy sólidas. La jornada se volvía extenuante. Avanzaban bien lento. Afilaban a cada rato sus piochas y barras, nunca utilizaron barrenos. La tierra acumulada la tiraban en la esquina del patio de mi tía Josefa Villanueva. Debido a la inexistencia de botaderos había sido convertido en basurero oficial. El solar quedaba a escasos cien metros de la iglesia. Sus hedores salpicaban el vecindario. Los vientos esparcían la basura hacia el centro de la ciudad. Existía una especie de acuerdo tácito entre mi tía Josefa y las autoridades edilicias a quienes poco importaba su existencia.

En muchas casas pudientes los “pon pon” tenían cuatro tazas. Las diseñaban según el tamaño de las nalgas de sus dueños. Con decirles que en algunos ni siquiera intentábamos sentarnos por temor de escurrirnos hacia el fondo y morir ahogados en mierda. En diversas ocasiones armamos concursos para premiar al culo más educado. Nunca supe a quién se le ocurrió la idea. Sentados en el trono, en una verdadera puja, expectantes, concentrábamos la atención para ver quien lo hacía primero. Parecía que habíamos calibrado nuestros intestinos. ¡El golpe avisa! El premio consistía en un par de caramelos que Fany robaba en la venta de mi tía Rosibel. Al no ponernos de acuerdo sobre el vencedor, más de una vez declaramos desierto el concurso. Entonces quebrábamos en pedacitos los caramelos y los distribuíamos de manera equitativa. El excusado de las Castrillo, una casita en miniatura, era seleccionado para la celebración de estos certámenes. Nunca lo hicimos donde doña Comelia Castilla, pese a quedar dentro de nuestro perímetro de juegos.

Después supimos que el viaje fraguado al estilo Julio Verne, obedecía a que todos querían disponer de sumideros que de ser posible durasen toda una vida. El tiempo ha venido a darles la razón. El primer retrete del que guardo recuerdo estaba ubicado en la casa que albergaba al Instituto Nacional de Chontales, donde hoy es el Hotel Mayales, quedaba en el fondo del patio, un banco con dos pequeñas tazas de madera. Como no estaba iluminado a nadie se le antojaba ir de noche. Creo que este fue un tropiezo que enfrentó la mayoría de los hogares juigalpinos. Tampoco tengo claro cómo no se enfermaban si tomaban agua del pozo que quedada a pocos metros del “pon pon”. En mi vecindario casi todas disponían de ojos de agua. Muchas veces ni siquiera tomaban el cuidado de ponerles tapas de madera. De cuando en vez les echaban baldes de agua con creolina. ¿Cómo hacíamos para modular nuestros estómagos como si se tratara de una orquesta? No lo sé.

Las lluvias anegaban el barrio. Alcanzaban su mayor velocidad frente a doña Minar Cruz, y luego penetraban por la esquina en casa de mi tía Rosibel. En invierno nos íbamos a bañar a escasos metros del basurero de mi tía Josefa, en los límites del predio de don Fernando y doña Alba Montiel. Las aguas se deslizaban a orillas del pozo Calicanto y se estancaban en el patio de Ángel María, para luego caer en el Mayales. Para rehabilitar la calle tuvieron que hacer ese enorme muro. Desde la altura se aprecia todavía el hueco donde varias generaciones iban a chapalear aguas lodosas sin temer sus consecuencias. Una sola vez nos zambullimos en ese lugar. Jorge Eliécer y yo la pagamos caro. Mi madre nos fue a sacar a las seis y media de la mañana. Nos hizo caminar desnudos hasta la esquina del instituto. Una vergüenza que todavía no supero, pese haber recibido el golpe a los cinco años de edad. Tampoco puedo hacerme de la vista gorda ante la carencia de un sistema de alcantarillado en Juigalpa. Un tema de salud pública que exige respuesta inmediata.

Para sortear el infortunio en casas, centros de negocios, restaurantes, bares y discotecas, han construido pozos sépticos. La indolencia de las autoridades edilicias y de salud nunca ha sido confrontada. Las aguas siguen escurriéndose por las calles de Juigalpa. Ningún alcalde se ha interesado en poner fin al drama. En algunos tramos el hedor es permanente. Se encharcan frente a las instalaciones centrales de Claro y el Templo Evangélico. Hay que caminar con cuidado para que los carros no salpiquen tus ropas. La mortificación se repite en el trecho que baja desde donde don Leovigildo Jarquín hasta la esquina de doña Pastorcita Díaz. Las aguas hacen un remanso en la esquina de  Mongrío. Las ondulaciones del adoquinado entre los Figueroa Escobar y Ortega Castillo, retienen las aguas y la fetidez subsiste. Igual pasa en las esquinas de don Pancho Ramírez, Rafael Acevedo, René Meneses, Biblioteca Municipal, etc. ¿De qué adelanto hablamos? La expansión comercial por sí misma no es indicador de progreso.

Los inodoros los descubrí en la capital. Para mí fue una novedad jalar la cadena y ver como el agua se tragaba la mierda arrastrándola hacia el Lago Xolotlán. Una cagada mayor de la que los Managua ni nosotros nos hemos podido librar. ¿Será así por los siglos de los siglos? Amén. 

Aleida y el Che



¿Sobre qué veredas transitar en un texto dedicado al Che, partiendo que este ha sido escrito por su esposa? En el libro pergeñado por Aleida March, Evocación mi vida al lado del Che, (Espasa, 2008), ¿esperaban una vez más su canonización? ¿Qué aspectos les resultarían imprescindibles? ¿Los consagrados a la liberación de Cuba, su involucramiento en las luchas de África y América Latina o sus relaciones afectivas con su esposo? A mí lo que más me interesaba conocer era cómo transcurrió la vida del guerrillero en sus breves pausas hogareñas y su comportamiento como padre. Su nombre pertenece a la leyenda, realidad y mito se funden. Sobre las hazañas del Che se han vertido miles de páginas. Muchas aluden de manera contradictoria su vida amorosa. Unas enaltecen su condición de asceta, otras resaltan su carácter de macho. Mil y una anécdotas, verdaderas y falsas, salpican su vida.

Desde el anuncio de su publicación disponía de las claves para leerlo. Después de haber consagrado tiempo a la lectura de casi la totalidad de su obra, incluso la antología preparada por Biblioteca Era, precedida por un prólogo de Roberto Fernández Retamar, me interesaban sus relaciones familiares. Cuando todos glorificaban o maldecían su gesta, al empezar a leerle me deleité al deslizarme sobre una prosa saturada de poesía. Pasajes de la guerra revolucionaria (1963), no dejaba espacio a la duda, cargado de metáforas y una enorme capacidad para escribir breves relatos oscilando entre lo anecdótico y lo histórico. Con un estilo apretado, irónico y mordaz daba cuenta incluso de sus titubeos y caídas. Algo similar emerge del Diario del Che en Bolivia (1968). El ejercicio riguroso de la autocrítica no lo deja a salvo. Con nadie fue más severo que consigo mismo.

Culminada la primera etapa de la lucha insurgente, con la entrada de los barbudos a la Habana al despuntar enero de 1959, los primeros días de la pareja fueron una vida de cuartel. Los dos meses que vivieron en Tarará, marcan el inicio de su intimidad. Como romántico incurable, el Che le hizo entrega de su primer regalo: un frasco de perfume Flor de Roca, de Caron. Su boda sería en La Cabaña, el 2 de junio de 1959, a la que asistió como invitado el nicaragüense Rafael Somarriba. Aleida, era una mujer celosa, ¿qué razones tendría? Será verdad entonces lo que dijo una vez Osmany Cienfuegos, ¿qué el Che le había confesado “Yo no le cuido la bragueta a nadie”? Otros más audaces se atrevieron a decir que tuvo amores con Tamara Bunke, Tania, la guerrillera, su compañera de sueños en Bolivia.



Sus relaciones empezaron a tener un giro diferente, mudaron de vivienda hacia la calle 47, entre Conill y Tulipán, en Nuevo Vedado. La familia empezaba a crecer, a Hildita se sumó el nacimiento de Aliucha. Si algo deja claro Aleida, fue que el nacimiento de Camilo le deparó grandes alegrías. Desde siempre deseaba un hijo varón. Encontrándose en Argelia, el 24 de febrero de 1965, nació su quinto hijo, típico latinoamericano se sintió tentado de ponerle Ernesto. Con su manera habitual de entrarle a las cosas de soslayo, escribió una carta dirigida a su nuevo vástago: Ernesto Guevara March (entregarlo en su casa o en la clínica) Habana. Teté dile a la vieja que no voy a comer. Que se porte bien. Dale un beso a tus hermanitos. Tu viejo.  

En las últimas cartas a su mujer, brota la nostalgia e irradia su indeclinable naturaleza poética. Antes de su salida hacia el Congo, disfrazado, bajo el seudónimo de Ramón, vuelve a la carga: “En las noches del trópico volveré a mi viejo y mal ejercido oficio de poeta (no tanto de composición como de pensamiento) y tú serás la única protagonista”. Un tiempo después de su partida, Vilma, la esposa de Raúl, llegó a casa de Aleida a dejar las cartas que escribió a sus padres e hijos, junto con un sobre que decía Solo para ti, unas cintas con poemas grabados en su voz. Aleida después comprendió que había sido fiel a la forma de expresar sus sentimientos. Le grabó a Neruda, Farewell y Veinte Poemas de amor; Vallejo, Piedra sobre piedra y Los heraldos negros; Guillén, La sangre numerosa y el abuelo y a Martínez Villena, La pupila insomne.

En una carta remitida desde el Congo, le llama Mí única en el mundo, un verso prestado al viejo Hikmet, poeta turco revolucionario, con quién se identificaba. Aleida insiste en llegar a verle, se niega y aclara que se ha pasado buena parte de su vida, “teniendo que refrenar el cariño por otras consideraciones, y la gente creyendo que trata con un monstruo mecánico”. Estando en Tanzania (28 de noviembre 1965), le escribe una de esas tantas cartas reveladoras de su personalidad. Contrario a lo que piensan sus detractores, se define como “una mezcla de aventurero y burgués, con una apetencia de hogar terrible pero con ansias de realizar lo soñado”. Sigue pidiendo libros, el listado es grande, pero como afirma, “me he acostumbrado tanto a leer y estudiar que es una segunda naturaleza y hace más grande el contraste con mi aventurerismo”.

A su regreso de África, Aleida fue a su encuentro en Praga. Una estadía de amores intensos y clandestinaje severo. Ambos creyeron que no volverían a verse. Con un pie en el estribo hacia el Congo, su carta olía a final, utiliza un deje poético que me recuerda a Octavio Paz. Cree que carece del “noble oficio de poeta. No es que no tenga cosas dulces. Si supieras las que hay arremolinadas en mi interior. ¡Pero es tan largo, ensortijado y estrecho el caracol que las contiene, que salen cansadas del viaje, malhumoradas, esquivas, y las más dulces son tan frágiles! Quedan trizadas en el trayecto, vibraciones dispersas nada más”. Cuánto la amó, supo decírselo con pasión de hombre y expresión de poeta. “Así te quiero, con recuerdo de café amargo en cada mañana sin nombre y con el olor a carne limpia del hoyuelo de tu rodilla, un tabaco de ceniza equilibrista, y un refunfuño incoherente defendiendo la impoluta almohada (…)

Con un pie puesto en campaña, el poeta se despide cantando a su mujer

Adiós, mi única
No tiembles ante el hambre de los lobos
Ni en el frío estepario de la ausencia;
Del lado del corazón te llevo
Y juntos seguiremos hasta que la ruta se esfume…  

martes, 26 de junio de 2012

Entre verduras, carnes y abarrotes



  
Boceto de portada
Portada del libro


¿Qué circunstancias o motivos inducen a las personas a deshacerse de libros que han adquirido o les han sido regalados? ¿Por qué decidieron venderlos sin tomarse el cuidado de desprender la página donde está escrita la dedicatoria de sus autores? ¿Fue más bien que se los sustrajeron sin haberse dado cuenta? ¿Los dieron prestados a algún amigo que ante un aprieto económico decidieron venderlos? ¿Una situación de penuria los impulsó debido a los bajos precios que pagan en las librerías de remate del Mercado Roberto Huembes que aloja las más grandes y consistentes del país? ¿Será que entraron en contradicción con el autor y de esta manera quieren apartarlo de su vista? ¿Al revisar su biblioteca se percataron que ya no tenían cabida en sus estanterías? ¿Cambiaron de ideología o mudaron de gusto? ¿Sus contenidos dejaron de ser actuales o ya no les interesan?

En dos ocasiones he sido sorprendido por el profesor Fernando Vallejos, en una regalándome la primera edición de Poemas chontaleños (1960), totalmente agotada hace varios soles y la más reciente, entregándome un libro de Ernesto Mejía Sánchez, Recolección a mediodía, Editorial Nueva Nicaragua, (1985), con el boceto de la portada de uno de mis libros, La pasión del habla, (1988). Esta vez mi sorpresa fue doble. Una portada que daba por perdida o desaparecida regresa a mis manos, sirviendo de portada al libro del poeta Mejía Sánchez, pero que además contiene una dedicatoria de mi padre. En vista que la persona a quien obsequió el libro ya falleció, el bibliotecario Mario Arce, puedo conjeturar que fue vendido por sus herederos o bien que le fue sustraído sin haberse jamás dado cuenta cual sería su destino.   

Los dos libros el profesor Vallejo los adquirió en uno de los puestos del Mercado Huembes. Desde hace varios años viene mostrándome títulos raros adquiridos a precios inimaginables. Su biblioteca la ha venido nutriendo a partir de las compras que realiza en lugares insertados entre puestos de verduras, carnes y abarrotes. Se han convertido en genuinos proveedores de libros, incluso por encargo. El volumen de Poemas chontaleños lo devolví a mi padre, para que gozara leyendo el nombre de la persona a quien lo dedicó. Dio por descontado que haya sido este quien lo vendiera y más bien atribuyó a una mala pasada que haya terminado apiñado entre los centenares de libros que ofrecen en venta en el Huembes. En cuanto a mi portada, laboriosamente engarzada en el libro del poeta Mejía Sánchez, la tendré para siempre como un enorme cumplido.

Todo escritor establece relaciones afectivas con los libros nacidos de su inspiración. Cada uno viene al mundo en circunstancias especiales. A todos dispensamos igual cariño, no importa que al final no quedemos lo suficientemente satisfechos con el nuevo vástago traído al mundo. Las causas por las que dispensamos un trato distinto a uno o dos de nuestros engendros, jamás nos llevan a negar la paternidad o maternidad del resto de nuestras criaturas. La pasión del habla es el resultado de las conversaciones que sostuve con Michelle y Armand Mattelart, Tulio Hernández y Enrique González-Manet, durante su estadía en Nicaragua, en la Tercera Asamblea Mundial de Radios Comunitarias (AMARC-3) en 1988, bajo los auspicios de Bosco Parrales, director de la Corporación de Radiodifusión del Pueblo (CORADEP), bajo el nombre Una alternativa democrática y práctica de comunicación para el cambio social.

El belga Armand Mattelart fue de los autores que más influyó en los inicios de mi formación en el campo de la comunicación. Todavía sigue haciéndolo aunque en menor escala. En el caso del cubano González-Manet, su entrega al estudio de las los desafíos que planteaba la comunicación- a partir del desarrollo de los bancos de datos y el surgimiento de los primeros conglomerados mediáticos- fue determinante para que mis intereses intelectuales mudaran de rumbo. La economía política pasó a ocupar un segundo plano cuando conversé con él por primera vez en La Habana en 1980. A partir de entonces tenía plena certeza de los caminos por donde transitaría la comunicación en los años venideros. Bosco aprovechó mi relación con ambas personalidades y me pidió que las invitara a participar  en el encuentro de AMARC-3 que se celebraría en Nicaragua.


¿Cómo iba a desperdiciar la oportunidad de su presencia en nuestro país? El tema de la comunicación ocupaba un lugar central en la agenda de las diferentes fuerzas políticas. La oposición al sandinismo demandaba la entrega de una licencia para operar un canal televisivo. El presidente del Consejo Superior de la Empresa Privada, Enrique Bolaños, fue el encargado de solicitar al gobierno su otorgamiento. En declaraciones al New York Times manifestó que tenían todo lo requerido para su instalación. La promulgación de una nueva ley de medios figuraba entre las diversas demandas del bloque opositor. Meses después se abriría la discusión y aprobación del nuevo estatuto jurídico que normaba el funcionamiento de los medios en Nicaragua. El diálogo con estos expertos, incluyendo al venezolano Tulio Hernández, estaba encaminado a llamar la atención sobre la trascendencia y significado de las comunicaciones en la sociedad contemporánea.

La portada que recuperé a través del regalo que me hizo el profesor Vallejos la había perdido de vista. Desconozco cómo salió de mis manos, menos la decisión de utilizarla en un texto que no era el mío. ¿Se darían cuenta de esta jugarreta los libreros? ¿Estaban conscientes que se trataba de un embauque? ¿Qué razones pesaron para adquirir un libro donde texto y portada no se corresponden? ¿Quién era la persona que se había quedado con esta portada? ¿Su dibujante? ¿Se le extravió o se la sustrajeron? ¿Cómo llegó a manos del vendedor el libro que mi padre dedicó al bibliotecario Arce? ¿No sería una ocurrencia de las vendedoras o vendedores del Huembes haber utilizado mi portada en un texto donde aparece una dedicatoria con el nombre de mi padre? ¿Nunca se enteró que mi apellido está mal escrito? Con solo el hecho que haya regresado a mis manos me siento satisfecho, plenamente reconfortado.

La portada definitiva de La Pasión del habla la debo al publicista Jacinto Ríos. Discutía con Bosco Parrales su publicación, cuando Jacinto terció y me dijo que me olvidara, que él se encargaría de hacerla. A principios de diciembre me llamó para preguntarme si me gustaba, desde luego, respondí. Me desatendí de la primera propuesta, hasta que el profesor Vallejos vino a recordarme su existencia, entregándome el bosquejo. ¿El librero o la librera no quisieron ver o están acostumbrado a vender libros sin importarle que sus portadas no hayan sido impresas? Con el precio que pago y el regateo inclemente de los lectores, para qué voy a mostrarme tan exigente, pensarían para sus adentros. Aunque debo reconocer una vez más los grandes aportes que realizan a la cultura y educación nacional los libreros o libreras del Huembes. Sin su existencia centenares de personas se privarían del placer de la lectura.

domingo, 17 de junio de 2012

Deuda con Selser sigue pendiente





Existen verdades inobjetables. Los pueblos adquieren compromisos con quienes de una u otra forma, han incidido en la toma de conciencia de su realidad histórica. El periodista Gregorio Selser tuvo el grandísimo acierto contribuir a sacar del ostracismo y el olvido a Augusto C. Sandino. Colocado en una situación de marginalidad, acusado de bandolero y asesino, Selser fue de los primeros en espulgar su lucha y despercudir su rostro de las toneladas de injurias vertidas en su contra. En tiempos aciagos, nadando contra corriente, como lo hizo toda su vida, Selser puso de cabeza la gesta del héroe de las Segovias. Proscrito de los textos de historia, Sandino empezó a ser visto con otros ojos, cuando las nuevas generaciones se iniciaron en la lectura de Sandino, general de hombres libres (Buenos Aires, 1955). La entrega inclaudicable de Sandino por expulsar a la marinería norteamericana y luego por tratar de restablecer una auténtica paz, una vez que estas tuvieron que abandonar el país derrotadas el 2 de enero de 1933, lo convirtieron en héroe nacional.   

Se han escrito muchos libros sobre Sandino, aún así los textos de Selser siguen siendo piedras angulares para conocer su participación en una guerra desigual, carente de recursos bélicos, sin aviones de combate, observación y avituallamiento, pero con más coraje y convicción que los invasores. La lucha guerrillera emprendida por El pequeño ejército loco (1958), como llamó Selser al segundo libro donde testimonia sus andanzas, muestran la fe inquebrantable que aquel tenía en la victoria y la manera que fraguó su estrategia militar, después asumida por otros movimientos de liberación a lo largo del mundo. El Che Guevara tuvo a Sandino como un clásico de la guerra de guerrillas del siglo veinte. Fue su indiscutible maestro. Supo aprovechar muy bien sus lecciones, convirtiéndose en un alumno aventajado.

Santos López, el niño sobreviviente de la noche triste del 21 de febrero de 1934, constituye el eslabón necesario entre la vieja y nueva generación sandinista, Selser viene a ser el hombre lúcido que redimensionó a Sandino. No dio tregua al olvido. Casi con febrilidad ató cabos, releyó sus documentos, valoró su correspondencia y comprobó lo avanzado de sus posiciones político-ideológicas. El nacionalismo y el anti-imperialismo de Sandino cautivaron y explicaron a Selser las razones de su rebeldía. Selser fue un catalizador para que su pensamiento calara profundamente en las nuevas generaciones de nicaragüenses, incluyendo la generación universitaria de 1944. Sandino empezó a ser visto y leído en otras claves, redescubrió su perfil. Los textos de Selser fueron leídos a hurtadillas, luego impresos en hojas mimeografiadas con la intención de elaborar ediciones rústicas, que raudas circulaban en el más absoluto clandestinaje.

Cuando el nombre de Sandino estaba terminantemente prohibido, mucho menos permitido elogiar en público sus proezas, el periodista Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, con arrojo sacó a relucir su nombre dentro de la oscurana somocista; enalteció su entrega terca y su pasión desbordante por una Nicaragua libre de la intervención extranjera. Los editoriales de Pedro Joaquín alumbraron con destellos patrióticos, el exaltado nacionalismo y la gallardía de un hombre que cargó sobre sus hombros todo el peso de la patria mancillada. La gesta de Sandino fue motivo de inspiración en la larga lucha emprendida por Pedro Joaquín contra la dinastía somocista. Tuvo siempre su nombre como referente al que asirse en la hora del desasosiego.

Cuenta José Román En maldito país (1983) - un libro que tuvo que esperar cincuenta años después de haber sido escrito (1933) para ser publicado - que una noche en México, recién iniciado el primer movimiento revolucionario en la Costa Caribe nicaragüense (principios de 1926), el asalto de un banco en Bluefields, encabezado por el liberal Luis Beltrán Sandoval, estando Sandino en un restaurante, “leyendo con unos amigos los cables de la prensa diaria, manifesté ciertos deseos de volver a Nicaragua a pelear por mi partido, abanderado entonces del anti-imperialismo… un mejicano que estaba muy tomado de licor me dijo: «No, compadre, ¡qué se va a ir usted! Los nicaragüenses son todos una bola de vendepatrias… que me achacaran de  vendepatria, aunque fuera un borracho el que lo hacía, eso sí era culpa mía y de todos los nicaragüenses faltos de patriotismo… en verdad, por culpa del tratado Bryan-Chamorro, a los nicaragüenses nos llaman en  todas partes vendepatrias”.

Front Cover "—Sin una idea fija, pues, sin un propósito determinado, arrastrado por una fuerza magnética, ciega e irresistible, -declara a Román- tomé el vapor México y el 15 de mayo desembarqué en Veracruz. De allí partí a Guatemala por la vía ferroviaria. De Guatemala pasé a El Salvador y después a Nicaragua." Este es el registro de su decisión histórica de incorporarse a la guerra constitucionalista. Por donde analicemos el trayecto que empieza en 1926 y culmina con su asesinato el 21 de febrero de 1934, nos percatamos que el nombre de Gregorio Selser está íntimamente ligado con Nicaragua. Gran conocedor de la historia de nuestro país, escudriñó también el trecho que va de la Guerra Nacional (1856), al ascenso de los Somoza al poder, mediante el asesinato a mansalva de Sandino. En su libro Nicaragua, de Walker a Somoza, (Mex-Sur Editorial, México, 1984), Selser resalta los nexos de la Doctrina del Destino Manifiesto con la historia nacional.

¿Cuándo y en qué circunstancias leyó los textos de Selser el mejor intérprete de Sandino, el joven Carlos Fonseca Amador?  En pleno auge de los movimientos de liberación nacional, buscando como liberarse del oprobio somocista, con plena seguridad, el matagalpino cuyas lecturas de la historia nacional y mundial, sustentaban su decisión de enfrentar a la dinastía en el plano de la lucha armada, supo inspirarse en la lucha del guerrillero nicaragüense, denominando el movimiento político militar que lideraba, como Frente Sandinista de Liberación Nacional. Un nuevo aniversario del nacimiento de Gregorio Selser, (el 2 de julio estaría cumpliendo 90 años) convoca a la reflexión. Selser hizo justicia ayudando a rescatar la figura de Sandino, sin embargo se ha hecho muy poco para reconocer sus aportes al conocimiento de la historia nacional. Aunque todo lo que hizo por nuestro país, lo hizo por principio. ¡Y los principios no se negocian, se reconocen y exaltan!

lunes, 4 de junio de 2012

¡El Mayales desbordado!



                                                                Río Mayales, 1961


“Tengo un río que va caminando con el tiempo,
hemos crecido juntos, su edad pertenece a mis
días de gloria y noches de hastío.”
Jorge Eliecer Rothschuh


Jamás imaginé que entre los bajos de Comabanca y Paiguas, podría surgir un barrio. ¿Cómo imaginarlo en una hondonada anegada por el Mayales, convertida en varias ocasiones en un gigantesco playón? En 1968 se realizó un estudio sobre el crecimiento urbano de Juigalpa. Las conclusiones eran catastróficas. La ciudad estaba entrampada y no tenía lugar hacia donde expandirse. En dirección oeste, las lomas constituían un valladar. Las casas de los Zúñiga, ubicadas tres cuadras al oeste de la gasolinera Esso, eran las últimas construcciones. Símbolo de atraso todavía sigue en pie la casa de la finca que fue de Papa Lovo. El problema era mayor hacia el este. La ciudad estaba cortada a tajos por los acantilados frente Amerrisque. Igual drama se presentaba hacia el norte y sur. Las casas de doña Goya Zelaya, Goya Alvares y las Castilla fijaban el límite norte y la gasolinera Texaco de Uben Gadea establecía su frontera sur.

Las dimensiones de Juigalpa al despegar el segundo decenio del siglo veintiuno eran impensables. El empuje urbano desbordó la ciudad por sus cuatro costados. Concibo el surgimiento del barrio San Antonio después de La Tonga y los numerosos barrios surgidos hacia el oeste y noroeste, pero no la creación de Paiguas. ¿Será que están convencidos que el Mayales jamás volverá a salirse de madre como ocurrió a finales de los años cincuenta del siglo pasado? ¿Su confianza no será exagerada? En 1959 en nuestra aula de clases de cuarto grado estrenábamos el Centro Escolar Pablo Hurtado, subidos en nuestros pupitres en el tercer piso, la profesora María Luisa Zeledón nos permitió esa mañana divisar el río en todo su esplendor. En vez de continuar su curso y doblar en la poza de Comabanca, el Mayales siguió recto. Atravesó de punta a punta el lugar donde ahora se levanta el barrio Paiguas.

Jamás habíamos visto algo tan maravilloso; impetuoso, arrastraba árboles, cerdos, gallinas y tumbaba milpas. Una visión que nuestras pupilas retuvieron para siempre. Un año antes, después de las fiestas agostinas, había acompañado a William Castrillo Ugarte a dejar a la finca de Chiguan Solís, el caballo que este le había dado prestado. Las aguas rebasaban sus límites a la altura del paso de Panmuca. Sentí miedo cruzarlo. William, intrépido, me dijo que me pegara a sus espaldas y que nada nos iba a pasar. El caballo nadaba manoteando sus patas delanteras, íbamos suspendidos, apenas rozábamos su lomo. Las aguas ladeaban nuestros cuerpos, hasta dejarlos casi cruzados. Al regreso, sin ropas, animado por William desafié por primera vez sus aguas. Con los años sería de nuestras aventuras favoritas. Todos los jóvenes de nuestra generación lo hicimos.
Esa mañana de junio durante el recreo subimos el muro construido en la parte norte, para aprovechar los niveles del terreno. El río continuaba dando tumbos hasta empalmar con el paso de Paiguas. La gente aglomerada en la Terraza Palo Solo disfrutaba el espectáculo. El timbre sonó, embelesados ante el paisaje ninguno de nosotros se movió. La enorme crecida seguía el curso marcado por los fuertes aguaceros. Toda la noche anterior había llovido. Los campesinos no pudieron bajar a Juigalpa. En Panmuca no había puente. Entre extasiados y compungidos acamparon frente a la casa ubicada en el sector norte de la finca Santa Matilde. Igual ocurrió en Paiguas. Nadie desafió su bravura. La incomunicación entre uno y otro lado del Mayales duró dos días. ¡Ni quiera mi diosito lindo! ¡Hay del que se enfermara! ¡Las tres divinas personas nos valgan!

En esa noche de espanto los campesinos escucharon tronar sus aguas. Algunos alcanzaron a poner en resguardo sus gallinas, cerdos y ganados. La venta de leche en algunos lugares quedó pospuesta. Esperaron que las aguas bajaran de nivel. Era un secreto a voces que ciertos ganaderos aguaban la leche para incrementar sus ganancias. A mis seis años, un día dije a doña Panchita Rizo, cuando me despachaba dos helados de cocoa, que por favor me les echara agüita, fue como espantar un avispero: ¡Yo vendo helados de leche con cocoa no con agua! En esa época costaban diez centavos. Ahora que el córdoba no vale nada entiendo a mis abuelas, con un real podían comprar un atado de dulce. Cuando digo a mis alumnos que en 1969 celebraba mi cobro de caja chica en La Prensa, comiéndome en El Eskimo un Banana Split por el valor de tres córdobas, no me creen. Hoy día valen cuarenta y ocho.       

¿Cuántas veces al salir de clases nos fuimos al río por la tarde, mientras estudiábamos en el Centro Escolar Pablo Hurtado? La primera vez que mis compañeros decidieron retar Comabanca, ni siquiera me atreví asomarme a sus aguas. Sandro Andrés Enríquez y Juan Pablo Alonso, competían divertidos cruzando una y otra vez de orilla a orilla, una poza habitada por lagartos. Crecí divisando la empalizada de Comabanca desde la Terraza Palo Solo. Pasaron años antes de convertirla en nuestra poza predilecta. Primero lo hicimos en la poza de Paiguas, a la que me llevó Nelson Gil. Creyéndonos hombrecitos, desafiamos sus fuertes correntones. Esperábamos que llenara, nos ubicábamos río arriba, para luego cruzarlo sumergiéndonos en la parte inferior que rozaba la tierra. Una locurita vista en la distancia.

Con la deforestación Mayales ha sido herido de muerte. Nada queda de la majestuosidad de sus aguas. Las pozas donde nos zambullíamos están secas. No podríamos hacernos un clavado o tirar un zapotazo. Desde el puente construido sobre el paso de Panmuca, solo se divisan lajas. En el paso de Paiguas igual. La poza de Comabanca perdió su encanto. ¿No se saldrá de madre el Mayales nunca más? Al menos eso piensan las familias que decidieron construir sus casas en un bajío que jamás se nos ocurrió podía albergar un barrio. ¿Con el cambio climático no podría ocurrir una llena similar a la que vimos en 1959? ¿Sus habitantes no temen que una noche el Mayales se vengue y tengan que ser ellos los que paguen los desafueros cometidos en su contra? Los habitantes del barrio Paiguas dan por hecho que el Mayales no volverá a ser lo que un día fue.