domingo, 15 de julio de 2012

Aleida y el Che



¿Sobre qué veredas transitar en un texto dedicado al Che, partiendo que este ha sido escrito por su esposa? En el libro pergeñado por Aleida March, Evocación mi vida al lado del Che, (Espasa, 2008), ¿esperaban una vez más su canonización? ¿Qué aspectos les resultarían imprescindibles? ¿Los consagrados a la liberación de Cuba, su involucramiento en las luchas de África y América Latina o sus relaciones afectivas con su esposo? A mí lo que más me interesaba conocer era cómo transcurrió la vida del guerrillero en sus breves pausas hogareñas y su comportamiento como padre. Su nombre pertenece a la leyenda, realidad y mito se funden. Sobre las hazañas del Che se han vertido miles de páginas. Muchas aluden de manera contradictoria su vida amorosa. Unas enaltecen su condición de asceta, otras resaltan su carácter de macho. Mil y una anécdotas, verdaderas y falsas, salpican su vida.

Desde el anuncio de su publicación disponía de las claves para leerlo. Después de haber consagrado tiempo a la lectura de casi la totalidad de su obra, incluso la antología preparada por Biblioteca Era, precedida por un prólogo de Roberto Fernández Retamar, me interesaban sus relaciones familiares. Cuando todos glorificaban o maldecían su gesta, al empezar a leerle me deleité al deslizarme sobre una prosa saturada de poesía. Pasajes de la guerra revolucionaria (1963), no dejaba espacio a la duda, cargado de metáforas y una enorme capacidad para escribir breves relatos oscilando entre lo anecdótico y lo histórico. Con un estilo apretado, irónico y mordaz daba cuenta incluso de sus titubeos y caídas. Algo similar emerge del Diario del Che en Bolivia (1968). El ejercicio riguroso de la autocrítica no lo deja a salvo. Con nadie fue más severo que consigo mismo.

Culminada la primera etapa de la lucha insurgente, con la entrada de los barbudos a la Habana al despuntar enero de 1959, los primeros días de la pareja fueron una vida de cuartel. Los dos meses que vivieron en Tarará, marcan el inicio de su intimidad. Como romántico incurable, el Che le hizo entrega de su primer regalo: un frasco de perfume Flor de Roca, de Caron. Su boda sería en La Cabaña, el 2 de junio de 1959, a la que asistió como invitado el nicaragüense Rafael Somarriba. Aleida, era una mujer celosa, ¿qué razones tendría? Será verdad entonces lo que dijo una vez Osmany Cienfuegos, ¿qué el Che le había confesado “Yo no le cuido la bragueta a nadie”? Otros más audaces se atrevieron a decir que tuvo amores con Tamara Bunke, Tania, la guerrillera, su compañera de sueños en Bolivia.



Sus relaciones empezaron a tener un giro diferente, mudaron de vivienda hacia la calle 47, entre Conill y Tulipán, en Nuevo Vedado. La familia empezaba a crecer, a Hildita se sumó el nacimiento de Aliucha. Si algo deja claro Aleida, fue que el nacimiento de Camilo le deparó grandes alegrías. Desde siempre deseaba un hijo varón. Encontrándose en Argelia, el 24 de febrero de 1965, nació su quinto hijo, típico latinoamericano se sintió tentado de ponerle Ernesto. Con su manera habitual de entrarle a las cosas de soslayo, escribió una carta dirigida a su nuevo vástago: Ernesto Guevara March (entregarlo en su casa o en la clínica) Habana. Teté dile a la vieja que no voy a comer. Que se porte bien. Dale un beso a tus hermanitos. Tu viejo.  

En las últimas cartas a su mujer, brota la nostalgia e irradia su indeclinable naturaleza poética. Antes de su salida hacia el Congo, disfrazado, bajo el seudónimo de Ramón, vuelve a la carga: “En las noches del trópico volveré a mi viejo y mal ejercido oficio de poeta (no tanto de composición como de pensamiento) y tú serás la única protagonista”. Un tiempo después de su partida, Vilma, la esposa de Raúl, llegó a casa de Aleida a dejar las cartas que escribió a sus padres e hijos, junto con un sobre que decía Solo para ti, unas cintas con poemas grabados en su voz. Aleida después comprendió que había sido fiel a la forma de expresar sus sentimientos. Le grabó a Neruda, Farewell y Veinte Poemas de amor; Vallejo, Piedra sobre piedra y Los heraldos negros; Guillén, La sangre numerosa y el abuelo y a Martínez Villena, La pupila insomne.

En una carta remitida desde el Congo, le llama Mí única en el mundo, un verso prestado al viejo Hikmet, poeta turco revolucionario, con quién se identificaba. Aleida insiste en llegar a verle, se niega y aclara que se ha pasado buena parte de su vida, “teniendo que refrenar el cariño por otras consideraciones, y la gente creyendo que trata con un monstruo mecánico”. Estando en Tanzania (28 de noviembre 1965), le escribe una de esas tantas cartas reveladoras de su personalidad. Contrario a lo que piensan sus detractores, se define como “una mezcla de aventurero y burgués, con una apetencia de hogar terrible pero con ansias de realizar lo soñado”. Sigue pidiendo libros, el listado es grande, pero como afirma, “me he acostumbrado tanto a leer y estudiar que es una segunda naturaleza y hace más grande el contraste con mi aventurerismo”.

A su regreso de África, Aleida fue a su encuentro en Praga. Una estadía de amores intensos y clandestinaje severo. Ambos creyeron que no volverían a verse. Con un pie en el estribo hacia el Congo, su carta olía a final, utiliza un deje poético que me recuerda a Octavio Paz. Cree que carece del “noble oficio de poeta. No es que no tenga cosas dulces. Si supieras las que hay arremolinadas en mi interior. ¡Pero es tan largo, ensortijado y estrecho el caracol que las contiene, que salen cansadas del viaje, malhumoradas, esquivas, y las más dulces son tan frágiles! Quedan trizadas en el trayecto, vibraciones dispersas nada más”. Cuánto la amó, supo decírselo con pasión de hombre y expresión de poeta. “Así te quiero, con recuerdo de café amargo en cada mañana sin nombre y con el olor a carne limpia del hoyuelo de tu rodilla, un tabaco de ceniza equilibrista, y un refunfuño incoherente defendiendo la impoluta almohada (…)

Con un pie puesto en campaña, el poeta se despide cantando a su mujer

Adiós, mi única
No tiembles ante el hambre de los lobos
Ni en el frío estepario de la ausencia;
Del lado del corazón te llevo
Y juntos seguiremos hasta que la ruta se esfume…  

martes, 26 de junio de 2012

Entre verduras, carnes y abarrotes



  
Boceto de portada
Portada del libro


¿Qué circunstancias o motivos inducen a las personas a deshacerse de libros que han adquirido o les han sido regalados? ¿Por qué decidieron venderlos sin tomarse el cuidado de desprender la página donde está escrita la dedicatoria de sus autores? ¿Fue más bien que se los sustrajeron sin haberse dado cuenta? ¿Los dieron prestados a algún amigo que ante un aprieto económico decidieron venderlos? ¿Una situación de penuria los impulsó debido a los bajos precios que pagan en las librerías de remate del Mercado Roberto Huembes que aloja las más grandes y consistentes del país? ¿Será que entraron en contradicción con el autor y de esta manera quieren apartarlo de su vista? ¿Al revisar su biblioteca se percataron que ya no tenían cabida en sus estanterías? ¿Cambiaron de ideología o mudaron de gusto? ¿Sus contenidos dejaron de ser actuales o ya no les interesan?

En dos ocasiones he sido sorprendido por el profesor Fernando Vallejos, en una regalándome la primera edición de Poemas chontaleños (1960), totalmente agotada hace varios soles y la más reciente, entregándome un libro de Ernesto Mejía Sánchez, Recolección a mediodía, Editorial Nueva Nicaragua, (1985), con el boceto de la portada de uno de mis libros, La pasión del habla, (1988). Esta vez mi sorpresa fue doble. Una portada que daba por perdida o desaparecida regresa a mis manos, sirviendo de portada al libro del poeta Mejía Sánchez, pero que además contiene una dedicatoria de mi padre. En vista que la persona a quien obsequió el libro ya falleció, el bibliotecario Mario Arce, puedo conjeturar que fue vendido por sus herederos o bien que le fue sustraído sin haberse jamás dado cuenta cual sería su destino.   

Los dos libros el profesor Vallejo los adquirió en uno de los puestos del Mercado Huembes. Desde hace varios años viene mostrándome títulos raros adquiridos a precios inimaginables. Su biblioteca la ha venido nutriendo a partir de las compras que realiza en lugares insertados entre puestos de verduras, carnes y abarrotes. Se han convertido en genuinos proveedores de libros, incluso por encargo. El volumen de Poemas chontaleños lo devolví a mi padre, para que gozara leyendo el nombre de la persona a quien lo dedicó. Dio por descontado que haya sido este quien lo vendiera y más bien atribuyó a una mala pasada que haya terminado apiñado entre los centenares de libros que ofrecen en venta en el Huembes. En cuanto a mi portada, laboriosamente engarzada en el libro del poeta Mejía Sánchez, la tendré para siempre como un enorme cumplido.

Todo escritor establece relaciones afectivas con los libros nacidos de su inspiración. Cada uno viene al mundo en circunstancias especiales. A todos dispensamos igual cariño, no importa que al final no quedemos lo suficientemente satisfechos con el nuevo vástago traído al mundo. Las causas por las que dispensamos un trato distinto a uno o dos de nuestros engendros, jamás nos llevan a negar la paternidad o maternidad del resto de nuestras criaturas. La pasión del habla es el resultado de las conversaciones que sostuve con Michelle y Armand Mattelart, Tulio Hernández y Enrique González-Manet, durante su estadía en Nicaragua, en la Tercera Asamblea Mundial de Radios Comunitarias (AMARC-3) en 1988, bajo los auspicios de Bosco Parrales, director de la Corporación de Radiodifusión del Pueblo (CORADEP), bajo el nombre Una alternativa democrática y práctica de comunicación para el cambio social.

El belga Armand Mattelart fue de los autores que más influyó en los inicios de mi formación en el campo de la comunicación. Todavía sigue haciéndolo aunque en menor escala. En el caso del cubano González-Manet, su entrega al estudio de las los desafíos que planteaba la comunicación- a partir del desarrollo de los bancos de datos y el surgimiento de los primeros conglomerados mediáticos- fue determinante para que mis intereses intelectuales mudaran de rumbo. La economía política pasó a ocupar un segundo plano cuando conversé con él por primera vez en La Habana en 1980. A partir de entonces tenía plena certeza de los caminos por donde transitaría la comunicación en los años venideros. Bosco aprovechó mi relación con ambas personalidades y me pidió que las invitara a participar  en el encuentro de AMARC-3 que se celebraría en Nicaragua.


¿Cómo iba a desperdiciar la oportunidad de su presencia en nuestro país? El tema de la comunicación ocupaba un lugar central en la agenda de las diferentes fuerzas políticas. La oposición al sandinismo demandaba la entrega de una licencia para operar un canal televisivo. El presidente del Consejo Superior de la Empresa Privada, Enrique Bolaños, fue el encargado de solicitar al gobierno su otorgamiento. En declaraciones al New York Times manifestó que tenían todo lo requerido para su instalación. La promulgación de una nueva ley de medios figuraba entre las diversas demandas del bloque opositor. Meses después se abriría la discusión y aprobación del nuevo estatuto jurídico que normaba el funcionamiento de los medios en Nicaragua. El diálogo con estos expertos, incluyendo al venezolano Tulio Hernández, estaba encaminado a llamar la atención sobre la trascendencia y significado de las comunicaciones en la sociedad contemporánea.

La portada que recuperé a través del regalo que me hizo el profesor Vallejos la había perdido de vista. Desconozco cómo salió de mis manos, menos la decisión de utilizarla en un texto que no era el mío. ¿Se darían cuenta de esta jugarreta los libreros? ¿Estaban conscientes que se trataba de un embauque? ¿Qué razones pesaron para adquirir un libro donde texto y portada no se corresponden? ¿Quién era la persona que se había quedado con esta portada? ¿Su dibujante? ¿Se le extravió o se la sustrajeron? ¿Cómo llegó a manos del vendedor el libro que mi padre dedicó al bibliotecario Arce? ¿No sería una ocurrencia de las vendedoras o vendedores del Huembes haber utilizado mi portada en un texto donde aparece una dedicatoria con el nombre de mi padre? ¿Nunca se enteró que mi apellido está mal escrito? Con solo el hecho que haya regresado a mis manos me siento satisfecho, plenamente reconfortado.

La portada definitiva de La Pasión del habla la debo al publicista Jacinto Ríos. Discutía con Bosco Parrales su publicación, cuando Jacinto terció y me dijo que me olvidara, que él se encargaría de hacerla. A principios de diciembre me llamó para preguntarme si me gustaba, desde luego, respondí. Me desatendí de la primera propuesta, hasta que el profesor Vallejos vino a recordarme su existencia, entregándome el bosquejo. ¿El librero o la librera no quisieron ver o están acostumbrado a vender libros sin importarle que sus portadas no hayan sido impresas? Con el precio que pago y el regateo inclemente de los lectores, para qué voy a mostrarme tan exigente, pensarían para sus adentros. Aunque debo reconocer una vez más los grandes aportes que realizan a la cultura y educación nacional los libreros o libreras del Huembes. Sin su existencia centenares de personas se privarían del placer de la lectura.

domingo, 17 de junio de 2012

Deuda con Selser sigue pendiente





Existen verdades inobjetables. Los pueblos adquieren compromisos con quienes de una u otra forma, han incidido en la toma de conciencia de su realidad histórica. El periodista Gregorio Selser tuvo el grandísimo acierto contribuir a sacar del ostracismo y el olvido a Augusto C. Sandino. Colocado en una situación de marginalidad, acusado de bandolero y asesino, Selser fue de los primeros en espulgar su lucha y despercudir su rostro de las toneladas de injurias vertidas en su contra. En tiempos aciagos, nadando contra corriente, como lo hizo toda su vida, Selser puso de cabeza la gesta del héroe de las Segovias. Proscrito de los textos de historia, Sandino empezó a ser visto con otros ojos, cuando las nuevas generaciones se iniciaron en la lectura de Sandino, general de hombres libres (Buenos Aires, 1955). La entrega inclaudicable de Sandino por expulsar a la marinería norteamericana y luego por tratar de restablecer una auténtica paz, una vez que estas tuvieron que abandonar el país derrotadas el 2 de enero de 1933, lo convirtieron en héroe nacional.   

Se han escrito muchos libros sobre Sandino, aún así los textos de Selser siguen siendo piedras angulares para conocer su participación en una guerra desigual, carente de recursos bélicos, sin aviones de combate, observación y avituallamiento, pero con más coraje y convicción que los invasores. La lucha guerrillera emprendida por El pequeño ejército loco (1958), como llamó Selser al segundo libro donde testimonia sus andanzas, muestran la fe inquebrantable que aquel tenía en la victoria y la manera que fraguó su estrategia militar, después asumida por otros movimientos de liberación a lo largo del mundo. El Che Guevara tuvo a Sandino como un clásico de la guerra de guerrillas del siglo veinte. Fue su indiscutible maestro. Supo aprovechar muy bien sus lecciones, convirtiéndose en un alumno aventajado.

Santos López, el niño sobreviviente de la noche triste del 21 de febrero de 1934, constituye el eslabón necesario entre la vieja y nueva generación sandinista, Selser viene a ser el hombre lúcido que redimensionó a Sandino. No dio tregua al olvido. Casi con febrilidad ató cabos, releyó sus documentos, valoró su correspondencia y comprobó lo avanzado de sus posiciones político-ideológicas. El nacionalismo y el anti-imperialismo de Sandino cautivaron y explicaron a Selser las razones de su rebeldía. Selser fue un catalizador para que su pensamiento calara profundamente en las nuevas generaciones de nicaragüenses, incluyendo la generación universitaria de 1944. Sandino empezó a ser visto y leído en otras claves, redescubrió su perfil. Los textos de Selser fueron leídos a hurtadillas, luego impresos en hojas mimeografiadas con la intención de elaborar ediciones rústicas, que raudas circulaban en el más absoluto clandestinaje.

Cuando el nombre de Sandino estaba terminantemente prohibido, mucho menos permitido elogiar en público sus proezas, el periodista Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, con arrojo sacó a relucir su nombre dentro de la oscurana somocista; enalteció su entrega terca y su pasión desbordante por una Nicaragua libre de la intervención extranjera. Los editoriales de Pedro Joaquín alumbraron con destellos patrióticos, el exaltado nacionalismo y la gallardía de un hombre que cargó sobre sus hombros todo el peso de la patria mancillada. La gesta de Sandino fue motivo de inspiración en la larga lucha emprendida por Pedro Joaquín contra la dinastía somocista. Tuvo siempre su nombre como referente al que asirse en la hora del desasosiego.

Cuenta José Román En maldito país (1983) - un libro que tuvo que esperar cincuenta años después de haber sido escrito (1933) para ser publicado - que una noche en México, recién iniciado el primer movimiento revolucionario en la Costa Caribe nicaragüense (principios de 1926), el asalto de un banco en Bluefields, encabezado por el liberal Luis Beltrán Sandoval, estando Sandino en un restaurante, “leyendo con unos amigos los cables de la prensa diaria, manifesté ciertos deseos de volver a Nicaragua a pelear por mi partido, abanderado entonces del anti-imperialismo… un mejicano que estaba muy tomado de licor me dijo: «No, compadre, ¡qué se va a ir usted! Los nicaragüenses son todos una bola de vendepatrias… que me achacaran de  vendepatria, aunque fuera un borracho el que lo hacía, eso sí era culpa mía y de todos los nicaragüenses faltos de patriotismo… en verdad, por culpa del tratado Bryan-Chamorro, a los nicaragüenses nos llaman en  todas partes vendepatrias”.

Front Cover "—Sin una idea fija, pues, sin un propósito determinado, arrastrado por una fuerza magnética, ciega e irresistible, -declara a Román- tomé el vapor México y el 15 de mayo desembarqué en Veracruz. De allí partí a Guatemala por la vía ferroviaria. De Guatemala pasé a El Salvador y después a Nicaragua." Este es el registro de su decisión histórica de incorporarse a la guerra constitucionalista. Por donde analicemos el trayecto que empieza en 1926 y culmina con su asesinato el 21 de febrero de 1934, nos percatamos que el nombre de Gregorio Selser está íntimamente ligado con Nicaragua. Gran conocedor de la historia de nuestro país, escudriñó también el trecho que va de la Guerra Nacional (1856), al ascenso de los Somoza al poder, mediante el asesinato a mansalva de Sandino. En su libro Nicaragua, de Walker a Somoza, (Mex-Sur Editorial, México, 1984), Selser resalta los nexos de la Doctrina del Destino Manifiesto con la historia nacional.

¿Cuándo y en qué circunstancias leyó los textos de Selser el mejor intérprete de Sandino, el joven Carlos Fonseca Amador?  En pleno auge de los movimientos de liberación nacional, buscando como liberarse del oprobio somocista, con plena seguridad, el matagalpino cuyas lecturas de la historia nacional y mundial, sustentaban su decisión de enfrentar a la dinastía en el plano de la lucha armada, supo inspirarse en la lucha del guerrillero nicaragüense, denominando el movimiento político militar que lideraba, como Frente Sandinista de Liberación Nacional. Un nuevo aniversario del nacimiento de Gregorio Selser, (el 2 de julio estaría cumpliendo 90 años) convoca a la reflexión. Selser hizo justicia ayudando a rescatar la figura de Sandino, sin embargo se ha hecho muy poco para reconocer sus aportes al conocimiento de la historia nacional. Aunque todo lo que hizo por nuestro país, lo hizo por principio. ¡Y los principios no se negocian, se reconocen y exaltan!

lunes, 4 de junio de 2012

¡El Mayales desbordado!



                                                                Río Mayales, 1961


“Tengo un río que va caminando con el tiempo,
hemos crecido juntos, su edad pertenece a mis
días de gloria y noches de hastío.”
Jorge Eliecer Rothschuh


Jamás imaginé que entre los bajos de Comabanca y Paiguas, podría surgir un barrio. ¿Cómo imaginarlo en una hondonada anegada por el Mayales, convertida en varias ocasiones en un gigantesco playón? En 1968 se realizó un estudio sobre el crecimiento urbano de Juigalpa. Las conclusiones eran catastróficas. La ciudad estaba entrampada y no tenía lugar hacia donde expandirse. En dirección oeste, las lomas constituían un valladar. Las casas de los Zúñiga, ubicadas tres cuadras al oeste de la gasolinera Esso, eran las últimas construcciones. Símbolo de atraso todavía sigue en pie la casa de la finca que fue de Papa Lovo. El problema era mayor hacia el este. La ciudad estaba cortada a tajos por los acantilados frente Amerrisque. Igual drama se presentaba hacia el norte y sur. Las casas de doña Goya Zelaya, Goya Alvares y las Castilla fijaban el límite norte y la gasolinera Texaco de Uben Gadea establecía su frontera sur.

Las dimensiones de Juigalpa al despegar el segundo decenio del siglo veintiuno eran impensables. El empuje urbano desbordó la ciudad por sus cuatro costados. Concibo el surgimiento del barrio San Antonio después de La Tonga y los numerosos barrios surgidos hacia el oeste y noroeste, pero no la creación de Paiguas. ¿Será que están convencidos que el Mayales jamás volverá a salirse de madre como ocurrió a finales de los años cincuenta del siglo pasado? ¿Su confianza no será exagerada? En 1959 en nuestra aula de clases de cuarto grado estrenábamos el Centro Escolar Pablo Hurtado, subidos en nuestros pupitres en el tercer piso, la profesora María Luisa Zeledón nos permitió esa mañana divisar el río en todo su esplendor. En vez de continuar su curso y doblar en la poza de Comabanca, el Mayales siguió recto. Atravesó de punta a punta el lugar donde ahora se levanta el barrio Paiguas.

Jamás habíamos visto algo tan maravilloso; impetuoso, arrastraba árboles, cerdos, gallinas y tumbaba milpas. Una visión que nuestras pupilas retuvieron para siempre. Un año antes, después de las fiestas agostinas, había acompañado a William Castrillo Ugarte a dejar a la finca de Chiguan Solís, el caballo que este le había dado prestado. Las aguas rebasaban sus límites a la altura del paso de Panmuca. Sentí miedo cruzarlo. William, intrépido, me dijo que me pegara a sus espaldas y que nada nos iba a pasar. El caballo nadaba manoteando sus patas delanteras, íbamos suspendidos, apenas rozábamos su lomo. Las aguas ladeaban nuestros cuerpos, hasta dejarlos casi cruzados. Al regreso, sin ropas, animado por William desafié por primera vez sus aguas. Con los años sería de nuestras aventuras favoritas. Todos los jóvenes de nuestra generación lo hicimos.
Esa mañana de junio durante el recreo subimos el muro construido en la parte norte, para aprovechar los niveles del terreno. El río continuaba dando tumbos hasta empalmar con el paso de Paiguas. La gente aglomerada en la Terraza Palo Solo disfrutaba el espectáculo. El timbre sonó, embelesados ante el paisaje ninguno de nosotros se movió. La enorme crecida seguía el curso marcado por los fuertes aguaceros. Toda la noche anterior había llovido. Los campesinos no pudieron bajar a Juigalpa. En Panmuca no había puente. Entre extasiados y compungidos acamparon frente a la casa ubicada en el sector norte de la finca Santa Matilde. Igual ocurrió en Paiguas. Nadie desafió su bravura. La incomunicación entre uno y otro lado del Mayales duró dos días. ¡Ni quiera mi diosito lindo! ¡Hay del que se enfermara! ¡Las tres divinas personas nos valgan!

En esa noche de espanto los campesinos escucharon tronar sus aguas. Algunos alcanzaron a poner en resguardo sus gallinas, cerdos y ganados. La venta de leche en algunos lugares quedó pospuesta. Esperaron que las aguas bajaran de nivel. Era un secreto a voces que ciertos ganaderos aguaban la leche para incrementar sus ganancias. A mis seis años, un día dije a doña Panchita Rizo, cuando me despachaba dos helados de cocoa, que por favor me les echara agüita, fue como espantar un avispero: ¡Yo vendo helados de leche con cocoa no con agua! En esa época costaban diez centavos. Ahora que el córdoba no vale nada entiendo a mis abuelas, con un real podían comprar un atado de dulce. Cuando digo a mis alumnos que en 1969 celebraba mi cobro de caja chica en La Prensa, comiéndome en El Eskimo un Banana Split por el valor de tres córdobas, no me creen. Hoy día valen cuarenta y ocho.       

¿Cuántas veces al salir de clases nos fuimos al río por la tarde, mientras estudiábamos en el Centro Escolar Pablo Hurtado? La primera vez que mis compañeros decidieron retar Comabanca, ni siquiera me atreví asomarme a sus aguas. Sandro Andrés Enríquez y Juan Pablo Alonso, competían divertidos cruzando una y otra vez de orilla a orilla, una poza habitada por lagartos. Crecí divisando la empalizada de Comabanca desde la Terraza Palo Solo. Pasaron años antes de convertirla en nuestra poza predilecta. Primero lo hicimos en la poza de Paiguas, a la que me llevó Nelson Gil. Creyéndonos hombrecitos, desafiamos sus fuertes correntones. Esperábamos que llenara, nos ubicábamos río arriba, para luego cruzarlo sumergiéndonos en la parte inferior que rozaba la tierra. Una locurita vista en la distancia.

Con la deforestación Mayales ha sido herido de muerte. Nada queda de la majestuosidad de sus aguas. Las pozas donde nos zambullíamos están secas. No podríamos hacernos un clavado o tirar un zapotazo. Desde el puente construido sobre el paso de Panmuca, solo se divisan lajas. En el paso de Paiguas igual. La poza de Comabanca perdió su encanto. ¿No se saldrá de madre el Mayales nunca más? Al menos eso piensan las familias que decidieron construir sus casas en un bajío que jamás se nos ocurrió podía albergar un barrio. ¿Con el cambio climático no podría ocurrir una llena similar a la que vimos en 1959? ¿Sus habitantes no temen que una noche el Mayales se vengue y tengan que ser ellos los que paguen los desafueros cometidos en su contra? Los habitantes del barrio Paiguas dan por hecho que el Mayales no volverá a ser lo que un día fue.          

martes, 15 de mayo de 2012

Disputas culinarias


A mi madre, María Elba Villanueva













La cocina y sus ingredientes han venido a ocupar un lugar prominente en la determinación de la identidad cultural. Sobre este anchuroso océano navega Jaime Wheelock Román. Dueño de una visión totalizante, con ánimo revelador elabora un ensayo integral donde nada queda fuera de su escrutinio histórico-etnológico. La comida nicaragüense (1998), como lo reconoce Carlos Mántica, constituye “un inmenso depósito donde podemos escarbar nuestras raíces y saborear capítulos olvidados de nuestro ancestro cultural”. Ya antes José Coronel Urtecho con cierto deje irónico en Elogio de la cocina nicaragüense  nos hacía ver que “dice más sobre la historia de Nicaragua un silencioso nacatamal que todas las páginas de don José Dolores Gámez sobre la colonia”, (Reflexiones sobre la historia de Nicaragua, 2001).

Las disputas culinarias levantan polvo y generan animadversiones. Los pueblos sienten orgullo por los distintos platos que preparan en sus cocinas, ateniéndose a viejas recetas o nuevos preparos surgidos de su inspiración. Un rivense jamás admitirá que las rosquillas de Somoto son mejores que las suyas, aunque los viejanos piensen todo lo contrario. Las suyas son únicas. No hay manera de ponerles de acuerdo. Apuestan que su textura es mejor y la diferencia de colores entre una rosquilla y otra se debe a la originalidad de sus recetas. El tema me acosa desde que los camoapas protestaron cuando afirmé que el Morir soñando era un preparado especial cuya originalidad se debía al ingenio de Manuel Miranda. Armaron una alharaca que me llevó a constatar que tenían toda la razón, sin obviar que la autoría primigenia del brebaje se debe a un chontaleño.

Demetrio Picado, el cantinero de Camoapa, quedó consagrado para siempre en la obra de Wheelock Román. La receta que incorporó en el texto le fue proporcionada por el químico lugareño. Los juigalpinos por mucho que corroboremos el dato, siguen sosteniendo que el Morir soñando tiene hundidas las raíces en sus fiestas patronales. Para disipar dudas el Comité de las Fiestas Agostinas (2011), lo distribuyó embotellado entre los asistentes a estas celebraciones. El proceso de elaboración de ambas combinaciones es diferente. El de Camoapa es a base de maíz y el de Juigalpa de caña de azúcar. En Nicaragua, el queso chontaleño es el mejor del país. Tanto que en algunos mercados capitalinos y en ciertos expendios se oferta “queso chontaleño”, elaborado quien sabe dónde. En relación al queso chontaleño no caben dudas, en torno a los mejores quesillos, las apreciaciones se dividen y las disputas persisten.

Después que los nagaroteños decidieron preparar el quesillo más grande del mundo, con el propósito expreso de entrar en los Guiness record, las querellas empeoraron. Adujeron que nadie les hacía sombra. Ni siquiera los de La Paz Centro. Para un chontaleño sostener esta tesis constituye una herejía, una especie de blasfemia. Solo quien no haya probado un quesillo chontaleño elaborado en Santo Tomás, se atrevería hacer semejante afirmación, sostienen los santo tomasinos. Incluso alegan que la leche con que preparan los quesillos de Nagarote y La Paz Centro, llega de Chontales. Para ellos no alcanzan el sabor y la exquisitez de los chontaleños, debido a la calidad de la crema y la mantequilla con que son sazonados. ¿Existirá alguna forma de acercar posiciones? No lo creo. Nadie cede un palmo.

En algunos lugares de Miami, donde millares de nicaragüenses han migrado, llevando a tuto la patria estomacal, según la metáfora feliz de Lizandro Chávez Alfaro, los letreros ofertan la venta de quesos chontaleños. No pude ver ni uno solo que anuncie quesos de otro lugar de Nicaragua. En cambio pude leer diversos anuncios vendiendo quesillos de Nagarote como de Chontales. Esa astilla basta para comprender que las disputas sobrepasan el territorio nacional. En la Costa Caribe ocurre un fenómeno parecido. En Bilwi no hay quien admita que el rondón que preparan en Bluefields sea mucho más gustoso que el elaborado por ellos. En Masatepe siguen sosteniendo que el mejor mondongo de Nicaragua se come en esta ciudad. Un juicio similar vierten en torno a la tamuga. Los lugareños sienten que nadie les pisa la lengua. ¿Una verdad inobjetable? Los leoneses apuestan que como sus sopas ninguna.

Uno podría suponer que el mejor pescado se come en Corinto, San Juan del Sur, Bilwi o Bluefields, bajo el axioma “pescado solo en puerto”. La verdad es que el pescado sin espinas de Tipitapa, continúa siendo el más cotizado. En ciertos restaurantes lo hacen idéntico. Una manera explícita de reconocer lo gustoso de su salsa y lo fácil que resulta comerlo extrayendo sus espinas. En mi niñez, cuando íbamos de regreso a Juigalpa, nuestro padre nos invitaba a comer pescado, podíamos escogerlo entre las decenas que nadaban en una pileta del restaurante Las Silva. La misma disputa existe en torno al café. Café de palo, enfatizan los norteños. Un matagalpino jamás va aceptar que el mejor café que se bebe en Nicaragua es jinotegano o a la inversa. Mientras las discusiones persisten, con aire de yo no fui, en Dipilto afirman que como su café no hay dos. En Ocotal las calabazas y las montucas solo ellos saben prepararlas. Las montucas son reclamadas también por los estelianos.

Los leoneses ríen cuando escuchan que los granadinos sirven el mejor vajo. ¡Puras locuritas! ¡El vajo, las morongas y las enchiladas leonesas no admiten parangón! Lo mejor que tienen los granadinos es el vigorón y eso que la yuca es de Masaya. ¿No ha escuchado usted que a los masayas les llaman come yucas? ¿Cómo zanjar las diferencias? ¿Las rivalidades políticas entre leoneses y granadinos continúan por esta vía? Para nuestra suerte el pinol, el pinolillo y el gallo pinto, están lejos de estas disputas. Con lo caro que están los frijoles y el arroz, solo en pocos sitios saben preparar nuestro plato mayor. Ni en las fritangas puede comerse un buen gallo pinto. Los frijoles ralean, no saben freírlos. El gallo pinto que sirven en la Costa Caribe, preparado a base de coco, tiene un gusto especial, delicioso al paladar. Lástima que en algunos lugares han dejado de hacerlo de esta manera. Las Güirilas El Tata, en el Km. 62 de la carretera al Rama, son las mejores, nada comparables con las del Empalme de Sébaco. También ofrecen chicha, posol, tiste, pinol y pinolillo, preparados por Octavio Toledo, afirman orgullosos chontaleños y boqueños.


 No sé de qué manera expresarlo. Como acto de justicia o como un sentido reclamo. El mejor nacatamal que me he comido en los últimos años, lo comí en Miami. ¿Será que para evitar el desarraigo y mostrarse fieles a sus ancestros, los nicas se esmeran por darles el punto que les daban sus mayores, antes que los empacaran y  fabricaran en serie, para venderlos refrigerados en los supermercados? No creo en definiciones esencialistas. Introducirle al nacatamal dos ciruelas o tres pasas, no los universaliza, como piensan algunos mequetrefes. Todo está sujeto a cambios. Nuevas combinaciones darán como resultado nuevos platos, otras chanfainas.        

martes, 1 de mayo de 2012

Tomás, orfebre de la palabra


1981, Tomás Borge, Guillermo Rothschuh Villanueva, Danilo Aguirre

La primera vez que leí un texto de Tomás quedé convencido que era un poeta en todo el sentido de la palabra. Ni siquiera lo leí a hurtadillas, la edición mimeografiada de Carlos, el amanecer dejó de ser una tentación, circulaba de mano en mano en los corrillos universitarios. Burló la censura de sus carceleros y camino por el mundo con luz propia. Escrito en un estilo que después se volvería inconfundible para mí, rendía tributo a la trayectoria ejemplar de un hombre que había tenido el acierto de descubrir a Sandino, en los bajos de las catacumbas. Sostenido por una tersura poética, las metáforas salían a su encuentro. Delicado tejido para tan alto ideal, la historia del movimiento sandinista y las acciones concretas para redimir Nicaragua del oprobio somocista, impulsadas bajo la terquedad indeclinable de Carlos Fonseca, florecían en cada una de sus páginas.


La captura de Tomás en la Colonia Centroamérica y las fotografías posteriores en La Prensa, mostraban el filo de sus huesos. Esposado a una cama del Hospital Militar, lo habían llevado para reponerse de la huelga de hambre que se había impuesto. Desde 1975 su nombre, junto con el de Germán Pomares y Modesto, formaban parte de la leyenda que se tejía alrededor de los guerrilleros sandinistas. Las plazas fueron el lugar de su consagración definitiva. Tenía la gracia de generar empatía entre las multitudes. A gritos pedían que hablara porque la claridad de su voz y la elocuencia de sus palabras servían de calmantes para sus nervios o eran lo suficientemente convincentes para definir las tareas que correspondía desarrollar en los primeros días del proceso revolucionario. Nadie brilló tanto como lo logró Tomás al hacer contacto con las muchedumbres.


Sentía una devoción especial por los poetas y escritores. A muchos parecía una herejía que el ministerio bajo su mando invitase a Julio Cortázar, Juan Gelman, Eduardo Galeano, Claribel Alegría, para que hablasen a la tropa. El mejor homenaje que pudo tributarle Mario Vargas Llosa, cuando llegó a Nicaragua a tomarle el pulso a la revolución para sentarla en el banquillo de los acusados, fue reconocer el goce que sentía Tomás, al agarrar por el cuello a las palabras, someterlas al fuego purificador de su verbo, para luego soltarlas como estrellas fugaces. En su firmamento solo la poesía no tenía límites. Amó al pueblo con amor de poeta y se entregó a la revolución con amor de hombre. Dos formas de expresar una misma pasión. Era capaz de besar la luna y estrujar el sol, en una mañana de verano o en una noche de invierno.




Nada le deparó más tristeza que la crítica acerva de sus compañeros, por haber homenajeado al poeta Pablo Antonio Cuadra. Cuando la distancia entre Tomás y Pablo era gigantesca, para rumiar su dolor dispuso incluir en el calendario del Ministerio del Interior, un poema del disidente y crítico acérrimo de la revolución. Jamás lo van a entender, me expresó. Con ese gesto evitó la angustia de condenar a un hombre cuya poesía pertenecía y pertenece a todos los nicaragüenses. En son de broma decía que esa era una forma de expropiar la poesía de PAC. Cortaba a trazos sus discursos, limaba sus aristas, pulía una y otra vez las palabras, buscaba el verbo adecuado hasta encontrarlo agazapado en los rincones de la tarde. Luego lanzaba sus palabras al viento, porque estaba persuadido que el pueblo las atrapaba gozoso entre sus redes, como quien caza mariposas de diversos colores.       


En los momentos más aciagos de la guerra supo conciliar intereses irreconciliables. En la celebración del Día de la Madre en Nicaragua, ante una plaza llena en la ciudad de León, con deje quejumbroso habló del dolor de las madres, quiso que sus palabras fuesen bálsamo derramado a sus pies. Contradijo el eslogan oficial que partía en dos el llanto de las madres, reconocían solo el dolor de las madres lineadas al lado de la revolución. Con voz clara y sin ambages afirmó que en la guerra solo había madres que lloraban a sus deudos. Ese era Tomás, impredecible y contradictorio como somos todos los seres humanos. Sentía en carne propia el dolor y el llanto por la sangre derramada. A veces vi en sus gestos la dulzura del gorrión y otras la ferocidad del león. Pasados los años la historia ser encargará de su juzgar y valorar su condición de hombre de Estado. Claro que se equivocó, pero tuvo el coraje de pedir perdón por sus errores y el de sus compañeros de ruta. 

Confesiones al pie del desván




¿Cómo será la lectura que emprenden los psiquiatras y psicólogos ante una obra escrita deliberadamente para que sus personajes confiesen sus grandezas y miserias? ¿Una aventura un tanto distinta a la nuestra? ¿Qué verán ellos que no vemos nosotros?  Me formulo estas interrogantes después de atravesar mares y desiertos, cumbres empinadas y fosos profundos, titubeos y rencores que animan y calcinan la vida de diez mujeres, reunidas por primera y única vez por su psiquiatra, con el ánimo de compartir sus respectivas historias con la certeza que sus heridas empiezan a sanar a partir del momento que rompen el silencio. Segismundo Freud emprendió un camino similar en sentido inverso. Se metió a escudriñar la obra del Cisne de Avon, para concluir que William Shakespeare se había adentrado en las profundidades de la psique humana, hasta donde él no había logrado penetrar con el bisturí del psicoanálisis.

Marcela Serrano a sus Diez mujeres (2011), las sienta en el desván para que cada una confiese sus temores, animadversiones, aciertos, caídas y recaídas. Cierra el ciclo de su sanación, juntándolas con el propósito que se conozcan y expresen en voz alta, las razones y sinrazones por las cuales habían requerido de su paciente y cuidadosa labor terapéutica. Este recurso permite a Serrano narrar en primera persona los sinsabores que las acosan. Una modalidad estilística que facilita a la autora contar historias. Su habilidad consiste en dotarlas de voz propia, según sus experiencias de vida, procedencia social y formación académica. No hay coro aunque las voces se multipliquen, caso contrario no hubiese logrado construir el sólido andamiaje de la novela. Cada una desahoga sus penas desde sus múltiples heridas, ámbitos sociales, prácticas y rutinas laborales. Sus giros lingüísticos son distintos. Se mueven en universos diferentes. Las hermana la desdicha y el desasosiego.

Como reconoce Luisa, uno de los personajes más entrañables, hablar “nos va hacer bien”. Todas están conscientes que para lograr su cura deben airear las cosas que duelen. Mi complicidad con Luisa es absoluta. Una campesina llegada del sur a Santiago. Como las mariposas, la luz cegadora de la capital la atrajo a su trampa. Llega al consultorio de Natasha buscando remedio para su mal, la desaparición forzada de Carlos, el dirigente obrero consecuente con sus principios políticos lucha por el cambio, levantado en vilo de su cama empijamado por los militares que hacen coro a la satrapía de Pinochet. Marcela Serrano logra un retrato similar, aunque en muchísima menor escala, al que dibuja Tomás Eloy Martínez en Purgatorio (2008) con la que cierra su prodigiosa obra literaria. En Argentina y Chile las madres todavía indagan angustiadas el paradero de esposos, hijos, hermanos desaparecidos. Como no acompañar a Luisa en su sufrimiento. ¿Podrá restañarse algún día este dolor?

También me siento emparentado con Guadalupe. Obligada por su madre va donde Natasha. La envía como conejilla de indias, para que analice su lesbianismo, una situación que según ella la hace “demasiado distinta al resto de las mujeres”. Su relato me sobrecoge. Aunque quieran torcer el rumbo de sus preferencias sexuales, persevera. Un padre comprensivo le pregunta si se había acostado alguna vez con un hombre, ante su respuesta negativa le increpa, “No decidas que prefieres vainilla si no has probado chocolate”. Incomprendida se hacía pasar por alguien que no era. Con razón exclama que entre los diversos tipos de discriminación que hay en el mundo, ninguno como el que sufren las lesbianas. La decisión de Serrano me enternece. Presta voz y argumentos para que Guadalupe expurgue sus inseguridades por haber nacido distinta. Cuando Ximena le pregunta si ha pensado capitular ante tanta hostilidad, Yo no me rindo, responde.

Ana Rosa y Layla viven atormentadas por un mismo trauma. Las dos víctimas de violación. La primera por parte de su abuelo y la segunda por tres soldados israelíes. Puntualiza sus penas con palabras parecidas con las que define Hamlet el acto de pensar. Al evocar el suplicio a que fue sometida por los jóvenes judíos, expresa que “recordarlo todo es equivalente a tomar un cuchillo cada mañana y rebanarse distintas partes del cuerpo con su filo”. ¿Cómo pretender que Layla acepte gustosa el hijo nacido de la violación? Echada de casa por su padre debido a que no era capaz de criar un bastardo, su dolor se multiplica. Durante su última sesión dispara ráfagas contra “niños y niñas medio estúpidos a quienes les gusta el periodismo porque creen que los llevará a la tele”. Serrano desliza sin contemplaciones uno de los juicios más severos contra Chile, “uno de los países más clasistas y racistas del mundo”. Un anatema que redime la condición de proscrita de Layla.

El contrapunto del lenguaje acampesinado de Luisa, adquiere otro resplandor a través de Simona, culta, educada, cargada de una beatería lingüística que entrados los años juzga inadecuada. En el colegio de niñas ricas donde asistió en su adolescencia, “vivíamos saturadas de escrúpulos morales inútiles”. La autocrítica incluye la pobreza del vocabulario de su clase social. Una coerción social severa deja demasiadas cosas sin nombrar. Creció sin saber qué hacer con el fuego que consumía sus entrañas. Calenturas, opta por llamar al llamado imperativo de la carrne. Jamás se le hubiera ocurrido no llegar virgen al matrimonio. Serrano pasa revista sobre el entramado social chileno, estrujando la doble moral expresada a través del doble lenguaje al que recurre Simona. Uno en la universidad y otro en casa. Demasiadas melindrosas, los genitales carecían de nombres. Un tema que sigue apasionándome. Las palabras que aluden el sexo convertidas en auténticos tabúes.

Me conmueve Francisca víctima del egoísmo de su madre. La más feliz de todas, Juana, pese a sus grandes desdichas, tuvo una vida afectiva plena, aún cuando no conoció a su padre y quedó igualmente embarazada por un hombre que no la merecía. Mané fue presa de sus propios fantasmas y Andrea no sabe cómo congeniar con la fama, una adicción que la constriñe y separa del mundo. Ernesto Sábato define a los escritores como monotemáticos. Un solo tema consume sus vidas, lo quieran o no, en cada creación sacan a flote sus obsesiones, hablan a través de sus personajes. Se vengan de sus adversarios, citan a sus escritores más queridos, la arremeten contra quienes adversan o no quieren. Conocedor del oficio, Vargas Llosa sostiene que toda obra de ficción es un acto de striptease. No menos certero, Freud, basa todo su sistema catártico en la magia de las palabras. Al juntar a todas sus pacientes y ponerlas hablar, no solo Natasha se siente bien. Creo que desde entonces Marcela Serrano duerme mejor.