domingo, 17 de junio de 2012

Deuda con Selser sigue pendiente





Existen verdades inobjetables. Los pueblos adquieren compromisos con quienes de una u otra forma, han incidido en la toma de conciencia de su realidad histórica. El periodista Gregorio Selser tuvo el grandísimo acierto contribuir a sacar del ostracismo y el olvido a Augusto C. Sandino. Colocado en una situación de marginalidad, acusado de bandolero y asesino, Selser fue de los primeros en espulgar su lucha y despercudir su rostro de las toneladas de injurias vertidas en su contra. En tiempos aciagos, nadando contra corriente, como lo hizo toda su vida, Selser puso de cabeza la gesta del héroe de las Segovias. Proscrito de los textos de historia, Sandino empezó a ser visto con otros ojos, cuando las nuevas generaciones se iniciaron en la lectura de Sandino, general de hombres libres (Buenos Aires, 1955). La entrega inclaudicable de Sandino por expulsar a la marinería norteamericana y luego por tratar de restablecer una auténtica paz, una vez que estas tuvieron que abandonar el país derrotadas el 2 de enero de 1933, lo convirtieron en héroe nacional.   

Se han escrito muchos libros sobre Sandino, aún así los textos de Selser siguen siendo piedras angulares para conocer su participación en una guerra desigual, carente de recursos bélicos, sin aviones de combate, observación y avituallamiento, pero con más coraje y convicción que los invasores. La lucha guerrillera emprendida por El pequeño ejército loco (1958), como llamó Selser al segundo libro donde testimonia sus andanzas, muestran la fe inquebrantable que aquel tenía en la victoria y la manera que fraguó su estrategia militar, después asumida por otros movimientos de liberación a lo largo del mundo. El Che Guevara tuvo a Sandino como un clásico de la guerra de guerrillas del siglo veinte. Fue su indiscutible maestro. Supo aprovechar muy bien sus lecciones, convirtiéndose en un alumno aventajado.

Santos López, el niño sobreviviente de la noche triste del 21 de febrero de 1934, constituye el eslabón necesario entre la vieja y nueva generación sandinista, Selser viene a ser el hombre lúcido que redimensionó a Sandino. No dio tregua al olvido. Casi con febrilidad ató cabos, releyó sus documentos, valoró su correspondencia y comprobó lo avanzado de sus posiciones político-ideológicas. El nacionalismo y el anti-imperialismo de Sandino cautivaron y explicaron a Selser las razones de su rebeldía. Selser fue un catalizador para que su pensamiento calara profundamente en las nuevas generaciones de nicaragüenses, incluyendo la generación universitaria de 1944. Sandino empezó a ser visto y leído en otras claves, redescubrió su perfil. Los textos de Selser fueron leídos a hurtadillas, luego impresos en hojas mimeografiadas con la intención de elaborar ediciones rústicas, que raudas circulaban en el más absoluto clandestinaje.

Cuando el nombre de Sandino estaba terminantemente prohibido, mucho menos permitido elogiar en público sus proezas, el periodista Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, con arrojo sacó a relucir su nombre dentro de la oscurana somocista; enalteció su entrega terca y su pasión desbordante por una Nicaragua libre de la intervención extranjera. Los editoriales de Pedro Joaquín alumbraron con destellos patrióticos, el exaltado nacionalismo y la gallardía de un hombre que cargó sobre sus hombros todo el peso de la patria mancillada. La gesta de Sandino fue motivo de inspiración en la larga lucha emprendida por Pedro Joaquín contra la dinastía somocista. Tuvo siempre su nombre como referente al que asirse en la hora del desasosiego.

Cuenta José Román En maldito país (1983) - un libro que tuvo que esperar cincuenta años después de haber sido escrito (1933) para ser publicado - que una noche en México, recién iniciado el primer movimiento revolucionario en la Costa Caribe nicaragüense (principios de 1926), el asalto de un banco en Bluefields, encabezado por el liberal Luis Beltrán Sandoval, estando Sandino en un restaurante, “leyendo con unos amigos los cables de la prensa diaria, manifesté ciertos deseos de volver a Nicaragua a pelear por mi partido, abanderado entonces del anti-imperialismo… un mejicano que estaba muy tomado de licor me dijo: «No, compadre, ¡qué se va a ir usted! Los nicaragüenses son todos una bola de vendepatrias… que me achacaran de  vendepatria, aunque fuera un borracho el que lo hacía, eso sí era culpa mía y de todos los nicaragüenses faltos de patriotismo… en verdad, por culpa del tratado Bryan-Chamorro, a los nicaragüenses nos llaman en  todas partes vendepatrias”.

Front Cover "—Sin una idea fija, pues, sin un propósito determinado, arrastrado por una fuerza magnética, ciega e irresistible, -declara a Román- tomé el vapor México y el 15 de mayo desembarqué en Veracruz. De allí partí a Guatemala por la vía ferroviaria. De Guatemala pasé a El Salvador y después a Nicaragua." Este es el registro de su decisión histórica de incorporarse a la guerra constitucionalista. Por donde analicemos el trayecto que empieza en 1926 y culmina con su asesinato el 21 de febrero de 1934, nos percatamos que el nombre de Gregorio Selser está íntimamente ligado con Nicaragua. Gran conocedor de la historia de nuestro país, escudriñó también el trecho que va de la Guerra Nacional (1856), al ascenso de los Somoza al poder, mediante el asesinato a mansalva de Sandino. En su libro Nicaragua, de Walker a Somoza, (Mex-Sur Editorial, México, 1984), Selser resalta los nexos de la Doctrina del Destino Manifiesto con la historia nacional.

¿Cuándo y en qué circunstancias leyó los textos de Selser el mejor intérprete de Sandino, el joven Carlos Fonseca Amador?  En pleno auge de los movimientos de liberación nacional, buscando como liberarse del oprobio somocista, con plena seguridad, el matagalpino cuyas lecturas de la historia nacional y mundial, sustentaban su decisión de enfrentar a la dinastía en el plano de la lucha armada, supo inspirarse en la lucha del guerrillero nicaragüense, denominando el movimiento político militar que lideraba, como Frente Sandinista de Liberación Nacional. Un nuevo aniversario del nacimiento de Gregorio Selser, (el 2 de julio estaría cumpliendo 90 años) convoca a la reflexión. Selser hizo justicia ayudando a rescatar la figura de Sandino, sin embargo se ha hecho muy poco para reconocer sus aportes al conocimiento de la historia nacional. Aunque todo lo que hizo por nuestro país, lo hizo por principio. ¡Y los principios no se negocian, se reconocen y exaltan!

lunes, 4 de junio de 2012

¡El Mayales desbordado!



                                                                Río Mayales, 1961


“Tengo un río que va caminando con el tiempo,
hemos crecido juntos, su edad pertenece a mis
días de gloria y noches de hastío.”
Jorge Eliecer Rothschuh


Jamás imaginé que entre los bajos de Comabanca y Paiguas, podría surgir un barrio. ¿Cómo imaginarlo en una hondonada anegada por el Mayales, convertida en varias ocasiones en un gigantesco playón? En 1968 se realizó un estudio sobre el crecimiento urbano de Juigalpa. Las conclusiones eran catastróficas. La ciudad estaba entrampada y no tenía lugar hacia donde expandirse. En dirección oeste, las lomas constituían un valladar. Las casas de los Zúñiga, ubicadas tres cuadras al oeste de la gasolinera Esso, eran las últimas construcciones. Símbolo de atraso todavía sigue en pie la casa de la finca que fue de Papa Lovo. El problema era mayor hacia el este. La ciudad estaba cortada a tajos por los acantilados frente Amerrisque. Igual drama se presentaba hacia el norte y sur. Las casas de doña Goya Zelaya, Goya Alvares y las Castilla fijaban el límite norte y la gasolinera Texaco de Uben Gadea establecía su frontera sur.

Las dimensiones de Juigalpa al despegar el segundo decenio del siglo veintiuno eran impensables. El empuje urbano desbordó la ciudad por sus cuatro costados. Concibo el surgimiento del barrio San Antonio después de La Tonga y los numerosos barrios surgidos hacia el oeste y noroeste, pero no la creación de Paiguas. ¿Será que están convencidos que el Mayales jamás volverá a salirse de madre como ocurrió a finales de los años cincuenta del siglo pasado? ¿Su confianza no será exagerada? En 1959 en nuestra aula de clases de cuarto grado estrenábamos el Centro Escolar Pablo Hurtado, subidos en nuestros pupitres en el tercer piso, la profesora María Luisa Zeledón nos permitió esa mañana divisar el río en todo su esplendor. En vez de continuar su curso y doblar en la poza de Comabanca, el Mayales siguió recto. Atravesó de punta a punta el lugar donde ahora se levanta el barrio Paiguas.

Jamás habíamos visto algo tan maravilloso; impetuoso, arrastraba árboles, cerdos, gallinas y tumbaba milpas. Una visión que nuestras pupilas retuvieron para siempre. Un año antes, después de las fiestas agostinas, había acompañado a William Castrillo Ugarte a dejar a la finca de Chiguan Solís, el caballo que este le había dado prestado. Las aguas rebasaban sus límites a la altura del paso de Panmuca. Sentí miedo cruzarlo. William, intrépido, me dijo que me pegara a sus espaldas y que nada nos iba a pasar. El caballo nadaba manoteando sus patas delanteras, íbamos suspendidos, apenas rozábamos su lomo. Las aguas ladeaban nuestros cuerpos, hasta dejarlos casi cruzados. Al regreso, sin ropas, animado por William desafié por primera vez sus aguas. Con los años sería de nuestras aventuras favoritas. Todos los jóvenes de nuestra generación lo hicimos.
Esa mañana de junio durante el recreo subimos el muro construido en la parte norte, para aprovechar los niveles del terreno. El río continuaba dando tumbos hasta empalmar con el paso de Paiguas. La gente aglomerada en la Terraza Palo Solo disfrutaba el espectáculo. El timbre sonó, embelesados ante el paisaje ninguno de nosotros se movió. La enorme crecida seguía el curso marcado por los fuertes aguaceros. Toda la noche anterior había llovido. Los campesinos no pudieron bajar a Juigalpa. En Panmuca no había puente. Entre extasiados y compungidos acamparon frente a la casa ubicada en el sector norte de la finca Santa Matilde. Igual ocurrió en Paiguas. Nadie desafió su bravura. La incomunicación entre uno y otro lado del Mayales duró dos días. ¡Ni quiera mi diosito lindo! ¡Hay del que se enfermara! ¡Las tres divinas personas nos valgan!

En esa noche de espanto los campesinos escucharon tronar sus aguas. Algunos alcanzaron a poner en resguardo sus gallinas, cerdos y ganados. La venta de leche en algunos lugares quedó pospuesta. Esperaron que las aguas bajaran de nivel. Era un secreto a voces que ciertos ganaderos aguaban la leche para incrementar sus ganancias. A mis seis años, un día dije a doña Panchita Rizo, cuando me despachaba dos helados de cocoa, que por favor me les echara agüita, fue como espantar un avispero: ¡Yo vendo helados de leche con cocoa no con agua! En esa época costaban diez centavos. Ahora que el córdoba no vale nada entiendo a mis abuelas, con un real podían comprar un atado de dulce. Cuando digo a mis alumnos que en 1969 celebraba mi cobro de caja chica en La Prensa, comiéndome en El Eskimo un Banana Split por el valor de tres córdobas, no me creen. Hoy día valen cuarenta y ocho.       

¿Cuántas veces al salir de clases nos fuimos al río por la tarde, mientras estudiábamos en el Centro Escolar Pablo Hurtado? La primera vez que mis compañeros decidieron retar Comabanca, ni siquiera me atreví asomarme a sus aguas. Sandro Andrés Enríquez y Juan Pablo Alonso, competían divertidos cruzando una y otra vez de orilla a orilla, una poza habitada por lagartos. Crecí divisando la empalizada de Comabanca desde la Terraza Palo Solo. Pasaron años antes de convertirla en nuestra poza predilecta. Primero lo hicimos en la poza de Paiguas, a la que me llevó Nelson Gil. Creyéndonos hombrecitos, desafiamos sus fuertes correntones. Esperábamos que llenara, nos ubicábamos río arriba, para luego cruzarlo sumergiéndonos en la parte inferior que rozaba la tierra. Una locurita vista en la distancia.

Con la deforestación Mayales ha sido herido de muerte. Nada queda de la majestuosidad de sus aguas. Las pozas donde nos zambullíamos están secas. No podríamos hacernos un clavado o tirar un zapotazo. Desde el puente construido sobre el paso de Panmuca, solo se divisan lajas. En el paso de Paiguas igual. La poza de Comabanca perdió su encanto. ¿No se saldrá de madre el Mayales nunca más? Al menos eso piensan las familias que decidieron construir sus casas en un bajío que jamás se nos ocurrió podía albergar un barrio. ¿Con el cambio climático no podría ocurrir una llena similar a la que vimos en 1959? ¿Sus habitantes no temen que una noche el Mayales se vengue y tengan que ser ellos los que paguen los desafueros cometidos en su contra? Los habitantes del barrio Paiguas dan por hecho que el Mayales no volverá a ser lo que un día fue.          

martes, 15 de mayo de 2012

Disputas culinarias


A mi madre, María Elba Villanueva













La cocina y sus ingredientes han venido a ocupar un lugar prominente en la determinación de la identidad cultural. Sobre este anchuroso océano navega Jaime Wheelock Román. Dueño de una visión totalizante, con ánimo revelador elabora un ensayo integral donde nada queda fuera de su escrutinio histórico-etnológico. La comida nicaragüense (1998), como lo reconoce Carlos Mántica, constituye “un inmenso depósito donde podemos escarbar nuestras raíces y saborear capítulos olvidados de nuestro ancestro cultural”. Ya antes José Coronel Urtecho con cierto deje irónico en Elogio de la cocina nicaragüense  nos hacía ver que “dice más sobre la historia de Nicaragua un silencioso nacatamal que todas las páginas de don José Dolores Gámez sobre la colonia”, (Reflexiones sobre la historia de Nicaragua, 2001).

Las disputas culinarias levantan polvo y generan animadversiones. Los pueblos sienten orgullo por los distintos platos que preparan en sus cocinas, ateniéndose a viejas recetas o nuevos preparos surgidos de su inspiración. Un rivense jamás admitirá que las rosquillas de Somoto son mejores que las suyas, aunque los viejanos piensen todo lo contrario. Las suyas son únicas. No hay manera de ponerles de acuerdo. Apuestan que su textura es mejor y la diferencia de colores entre una rosquilla y otra se debe a la originalidad de sus recetas. El tema me acosa desde que los camoapas protestaron cuando afirmé que el Morir soñando era un preparado especial cuya originalidad se debía al ingenio de Manuel Miranda. Armaron una alharaca que me llevó a constatar que tenían toda la razón, sin obviar que la autoría primigenia del brebaje se debe a un chontaleño.

Demetrio Picado, el cantinero de Camoapa, quedó consagrado para siempre en la obra de Wheelock Román. La receta que incorporó en el texto le fue proporcionada por el químico lugareño. Los juigalpinos por mucho que corroboremos el dato, siguen sosteniendo que el Morir soñando tiene hundidas las raíces en sus fiestas patronales. Para disipar dudas el Comité de las Fiestas Agostinas (2011), lo distribuyó embotellado entre los asistentes a estas celebraciones. El proceso de elaboración de ambas combinaciones es diferente. El de Camoapa es a base de maíz y el de Juigalpa de caña de azúcar. En Nicaragua, el queso chontaleño es el mejor del país. Tanto que en algunos mercados capitalinos y en ciertos expendios se oferta “queso chontaleño”, elaborado quien sabe dónde. En relación al queso chontaleño no caben dudas, en torno a los mejores quesillos, las apreciaciones se dividen y las disputas persisten.

Después que los nagaroteños decidieron preparar el quesillo más grande del mundo, con el propósito expreso de entrar en los Guiness record, las querellas empeoraron. Adujeron que nadie les hacía sombra. Ni siquiera los de La Paz Centro. Para un chontaleño sostener esta tesis constituye una herejía, una especie de blasfemia. Solo quien no haya probado un quesillo chontaleño elaborado en Santo Tomás, se atrevería hacer semejante afirmación, sostienen los santo tomasinos. Incluso alegan que la leche con que preparan los quesillos de Nagarote y La Paz Centro, llega de Chontales. Para ellos no alcanzan el sabor y la exquisitez de los chontaleños, debido a la calidad de la crema y la mantequilla con que son sazonados. ¿Existirá alguna forma de acercar posiciones? No lo creo. Nadie cede un palmo.

En algunos lugares de Miami, donde millares de nicaragüenses han migrado, llevando a tuto la patria estomacal, según la metáfora feliz de Lizandro Chávez Alfaro, los letreros ofertan la venta de quesos chontaleños. No pude ver ni uno solo que anuncie quesos de otro lugar de Nicaragua. En cambio pude leer diversos anuncios vendiendo quesillos de Nagarote como de Chontales. Esa astilla basta para comprender que las disputas sobrepasan el territorio nacional. En la Costa Caribe ocurre un fenómeno parecido. En Bilwi no hay quien admita que el rondón que preparan en Bluefields sea mucho más gustoso que el elaborado por ellos. En Masatepe siguen sosteniendo que el mejor mondongo de Nicaragua se come en esta ciudad. Un juicio similar vierten en torno a la tamuga. Los lugareños sienten que nadie les pisa la lengua. ¿Una verdad inobjetable? Los leoneses apuestan que como sus sopas ninguna.

Uno podría suponer que el mejor pescado se come en Corinto, San Juan del Sur, Bilwi o Bluefields, bajo el axioma “pescado solo en puerto”. La verdad es que el pescado sin espinas de Tipitapa, continúa siendo el más cotizado. En ciertos restaurantes lo hacen idéntico. Una manera explícita de reconocer lo gustoso de su salsa y lo fácil que resulta comerlo extrayendo sus espinas. En mi niñez, cuando íbamos de regreso a Juigalpa, nuestro padre nos invitaba a comer pescado, podíamos escogerlo entre las decenas que nadaban en una pileta del restaurante Las Silva. La misma disputa existe en torno al café. Café de palo, enfatizan los norteños. Un matagalpino jamás va aceptar que el mejor café que se bebe en Nicaragua es jinotegano o a la inversa. Mientras las discusiones persisten, con aire de yo no fui, en Dipilto afirman que como su café no hay dos. En Ocotal las calabazas y las montucas solo ellos saben prepararlas. Las montucas son reclamadas también por los estelianos.

Los leoneses ríen cuando escuchan que los granadinos sirven el mejor vajo. ¡Puras locuritas! ¡El vajo, las morongas y las enchiladas leonesas no admiten parangón! Lo mejor que tienen los granadinos es el vigorón y eso que la yuca es de Masaya. ¿No ha escuchado usted que a los masayas les llaman come yucas? ¿Cómo zanjar las diferencias? ¿Las rivalidades políticas entre leoneses y granadinos continúan por esta vía? Para nuestra suerte el pinol, el pinolillo y el gallo pinto, están lejos de estas disputas. Con lo caro que están los frijoles y el arroz, solo en pocos sitios saben preparar nuestro plato mayor. Ni en las fritangas puede comerse un buen gallo pinto. Los frijoles ralean, no saben freírlos. El gallo pinto que sirven en la Costa Caribe, preparado a base de coco, tiene un gusto especial, delicioso al paladar. Lástima que en algunos lugares han dejado de hacerlo de esta manera. Las Güirilas El Tata, en el Km. 62 de la carretera al Rama, son las mejores, nada comparables con las del Empalme de Sébaco. También ofrecen chicha, posol, tiste, pinol y pinolillo, preparados por Octavio Toledo, afirman orgullosos chontaleños y boqueños.


 No sé de qué manera expresarlo. Como acto de justicia o como un sentido reclamo. El mejor nacatamal que me he comido en los últimos años, lo comí en Miami. ¿Será que para evitar el desarraigo y mostrarse fieles a sus ancestros, los nicas se esmeran por darles el punto que les daban sus mayores, antes que los empacaran y  fabricaran en serie, para venderlos refrigerados en los supermercados? No creo en definiciones esencialistas. Introducirle al nacatamal dos ciruelas o tres pasas, no los universaliza, como piensan algunos mequetrefes. Todo está sujeto a cambios. Nuevas combinaciones darán como resultado nuevos platos, otras chanfainas.        

martes, 1 de mayo de 2012

Tomás, orfebre de la palabra


1981, Tomás Borge, Guillermo Rothschuh Villanueva, Danilo Aguirre

La primera vez que leí un texto de Tomás quedé convencido que era un poeta en todo el sentido de la palabra. Ni siquiera lo leí a hurtadillas, la edición mimeografiada de Carlos, el amanecer dejó de ser una tentación, circulaba de mano en mano en los corrillos universitarios. Burló la censura de sus carceleros y camino por el mundo con luz propia. Escrito en un estilo que después se volvería inconfundible para mí, rendía tributo a la trayectoria ejemplar de un hombre que había tenido el acierto de descubrir a Sandino, en los bajos de las catacumbas. Sostenido por una tersura poética, las metáforas salían a su encuentro. Delicado tejido para tan alto ideal, la historia del movimiento sandinista y las acciones concretas para redimir Nicaragua del oprobio somocista, impulsadas bajo la terquedad indeclinable de Carlos Fonseca, florecían en cada una de sus páginas.


La captura de Tomás en la Colonia Centroamérica y las fotografías posteriores en La Prensa, mostraban el filo de sus huesos. Esposado a una cama del Hospital Militar, lo habían llevado para reponerse de la huelga de hambre que se había impuesto. Desde 1975 su nombre, junto con el de Germán Pomares y Modesto, formaban parte de la leyenda que se tejía alrededor de los guerrilleros sandinistas. Las plazas fueron el lugar de su consagración definitiva. Tenía la gracia de generar empatía entre las multitudes. A gritos pedían que hablara porque la claridad de su voz y la elocuencia de sus palabras servían de calmantes para sus nervios o eran lo suficientemente convincentes para definir las tareas que correspondía desarrollar en los primeros días del proceso revolucionario. Nadie brilló tanto como lo logró Tomás al hacer contacto con las muchedumbres.


Sentía una devoción especial por los poetas y escritores. A muchos parecía una herejía que el ministerio bajo su mando invitase a Julio Cortázar, Juan Gelman, Eduardo Galeano, Claribel Alegría, para que hablasen a la tropa. El mejor homenaje que pudo tributarle Mario Vargas Llosa, cuando llegó a Nicaragua a tomarle el pulso a la revolución para sentarla en el banquillo de los acusados, fue reconocer el goce que sentía Tomás, al agarrar por el cuello a las palabras, someterlas al fuego purificador de su verbo, para luego soltarlas como estrellas fugaces. En su firmamento solo la poesía no tenía límites. Amó al pueblo con amor de poeta y se entregó a la revolución con amor de hombre. Dos formas de expresar una misma pasión. Era capaz de besar la luna y estrujar el sol, en una mañana de verano o en una noche de invierno.




Nada le deparó más tristeza que la crítica acerva de sus compañeros, por haber homenajeado al poeta Pablo Antonio Cuadra. Cuando la distancia entre Tomás y Pablo era gigantesca, para rumiar su dolor dispuso incluir en el calendario del Ministerio del Interior, un poema del disidente y crítico acérrimo de la revolución. Jamás lo van a entender, me expresó. Con ese gesto evitó la angustia de condenar a un hombre cuya poesía pertenecía y pertenece a todos los nicaragüenses. En son de broma decía que esa era una forma de expropiar la poesía de PAC. Cortaba a trazos sus discursos, limaba sus aristas, pulía una y otra vez las palabras, buscaba el verbo adecuado hasta encontrarlo agazapado en los rincones de la tarde. Luego lanzaba sus palabras al viento, porque estaba persuadido que el pueblo las atrapaba gozoso entre sus redes, como quien caza mariposas de diversos colores.       


En los momentos más aciagos de la guerra supo conciliar intereses irreconciliables. En la celebración del Día de la Madre en Nicaragua, ante una plaza llena en la ciudad de León, con deje quejumbroso habló del dolor de las madres, quiso que sus palabras fuesen bálsamo derramado a sus pies. Contradijo el eslogan oficial que partía en dos el llanto de las madres, reconocían solo el dolor de las madres lineadas al lado de la revolución. Con voz clara y sin ambages afirmó que en la guerra solo había madres que lloraban a sus deudos. Ese era Tomás, impredecible y contradictorio como somos todos los seres humanos. Sentía en carne propia el dolor y el llanto por la sangre derramada. A veces vi en sus gestos la dulzura del gorrión y otras la ferocidad del león. Pasados los años la historia ser encargará de su juzgar y valorar su condición de hombre de Estado. Claro que se equivocó, pero tuvo el coraje de pedir perdón por sus errores y el de sus compañeros de ruta. 

Confesiones al pie del desván




¿Cómo será la lectura que emprenden los psiquiatras y psicólogos ante una obra escrita deliberadamente para que sus personajes confiesen sus grandezas y miserias? ¿Una aventura un tanto distinta a la nuestra? ¿Qué verán ellos que no vemos nosotros?  Me formulo estas interrogantes después de atravesar mares y desiertos, cumbres empinadas y fosos profundos, titubeos y rencores que animan y calcinan la vida de diez mujeres, reunidas por primera y única vez por su psiquiatra, con el ánimo de compartir sus respectivas historias con la certeza que sus heridas empiezan a sanar a partir del momento que rompen el silencio. Segismundo Freud emprendió un camino similar en sentido inverso. Se metió a escudriñar la obra del Cisne de Avon, para concluir que William Shakespeare se había adentrado en las profundidades de la psique humana, hasta donde él no había logrado penetrar con el bisturí del psicoanálisis.

Marcela Serrano a sus Diez mujeres (2011), las sienta en el desván para que cada una confiese sus temores, animadversiones, aciertos, caídas y recaídas. Cierra el ciclo de su sanación, juntándolas con el propósito que se conozcan y expresen en voz alta, las razones y sinrazones por las cuales habían requerido de su paciente y cuidadosa labor terapéutica. Este recurso permite a Serrano narrar en primera persona los sinsabores que las acosan. Una modalidad estilística que facilita a la autora contar historias. Su habilidad consiste en dotarlas de voz propia, según sus experiencias de vida, procedencia social y formación académica. No hay coro aunque las voces se multipliquen, caso contrario no hubiese logrado construir el sólido andamiaje de la novela. Cada una desahoga sus penas desde sus múltiples heridas, ámbitos sociales, prácticas y rutinas laborales. Sus giros lingüísticos son distintos. Se mueven en universos diferentes. Las hermana la desdicha y el desasosiego.

Como reconoce Luisa, uno de los personajes más entrañables, hablar “nos va hacer bien”. Todas están conscientes que para lograr su cura deben airear las cosas que duelen. Mi complicidad con Luisa es absoluta. Una campesina llegada del sur a Santiago. Como las mariposas, la luz cegadora de la capital la atrajo a su trampa. Llega al consultorio de Natasha buscando remedio para su mal, la desaparición forzada de Carlos, el dirigente obrero consecuente con sus principios políticos lucha por el cambio, levantado en vilo de su cama empijamado por los militares que hacen coro a la satrapía de Pinochet. Marcela Serrano logra un retrato similar, aunque en muchísima menor escala, al que dibuja Tomás Eloy Martínez en Purgatorio (2008) con la que cierra su prodigiosa obra literaria. En Argentina y Chile las madres todavía indagan angustiadas el paradero de esposos, hijos, hermanos desaparecidos. Como no acompañar a Luisa en su sufrimiento. ¿Podrá restañarse algún día este dolor?

También me siento emparentado con Guadalupe. Obligada por su madre va donde Natasha. La envía como conejilla de indias, para que analice su lesbianismo, una situación que según ella la hace “demasiado distinta al resto de las mujeres”. Su relato me sobrecoge. Aunque quieran torcer el rumbo de sus preferencias sexuales, persevera. Un padre comprensivo le pregunta si se había acostado alguna vez con un hombre, ante su respuesta negativa le increpa, “No decidas que prefieres vainilla si no has probado chocolate”. Incomprendida se hacía pasar por alguien que no era. Con razón exclama que entre los diversos tipos de discriminación que hay en el mundo, ninguno como el que sufren las lesbianas. La decisión de Serrano me enternece. Presta voz y argumentos para que Guadalupe expurgue sus inseguridades por haber nacido distinta. Cuando Ximena le pregunta si ha pensado capitular ante tanta hostilidad, Yo no me rindo, responde.

Ana Rosa y Layla viven atormentadas por un mismo trauma. Las dos víctimas de violación. La primera por parte de su abuelo y la segunda por tres soldados israelíes. Puntualiza sus penas con palabras parecidas con las que define Hamlet el acto de pensar. Al evocar el suplicio a que fue sometida por los jóvenes judíos, expresa que “recordarlo todo es equivalente a tomar un cuchillo cada mañana y rebanarse distintas partes del cuerpo con su filo”. ¿Cómo pretender que Layla acepte gustosa el hijo nacido de la violación? Echada de casa por su padre debido a que no era capaz de criar un bastardo, su dolor se multiplica. Durante su última sesión dispara ráfagas contra “niños y niñas medio estúpidos a quienes les gusta el periodismo porque creen que los llevará a la tele”. Serrano desliza sin contemplaciones uno de los juicios más severos contra Chile, “uno de los países más clasistas y racistas del mundo”. Un anatema que redime la condición de proscrita de Layla.

El contrapunto del lenguaje acampesinado de Luisa, adquiere otro resplandor a través de Simona, culta, educada, cargada de una beatería lingüística que entrados los años juzga inadecuada. En el colegio de niñas ricas donde asistió en su adolescencia, “vivíamos saturadas de escrúpulos morales inútiles”. La autocrítica incluye la pobreza del vocabulario de su clase social. Una coerción social severa deja demasiadas cosas sin nombrar. Creció sin saber qué hacer con el fuego que consumía sus entrañas. Calenturas, opta por llamar al llamado imperativo de la carrne. Jamás se le hubiera ocurrido no llegar virgen al matrimonio. Serrano pasa revista sobre el entramado social chileno, estrujando la doble moral expresada a través del doble lenguaje al que recurre Simona. Uno en la universidad y otro en casa. Demasiadas melindrosas, los genitales carecían de nombres. Un tema que sigue apasionándome. Las palabras que aluden el sexo convertidas en auténticos tabúes.

Me conmueve Francisca víctima del egoísmo de su madre. La más feliz de todas, Juana, pese a sus grandes desdichas, tuvo una vida afectiva plena, aún cuando no conoció a su padre y quedó igualmente embarazada por un hombre que no la merecía. Mané fue presa de sus propios fantasmas y Andrea no sabe cómo congeniar con la fama, una adicción que la constriñe y separa del mundo. Ernesto Sábato define a los escritores como monotemáticos. Un solo tema consume sus vidas, lo quieran o no, en cada creación sacan a flote sus obsesiones, hablan a través de sus personajes. Se vengan de sus adversarios, citan a sus escritores más queridos, la arremeten contra quienes adversan o no quieren. Conocedor del oficio, Vargas Llosa sostiene que toda obra de ficción es un acto de striptease. No menos certero, Freud, basa todo su sistema catártico en la magia de las palabras. Al juntar a todas sus pacientes y ponerlas hablar, no solo Natasha se siente bien. Creo que desde entonces Marcela Serrano duerme mejor.             

lunes, 23 de abril de 2012

El narcotráfico como leitmotiv


El narcotráfico y sus secuelas han hecho revirar la mirada a buena parte de los novelistas de América Latina. En consonancia con esta realidad, todo escritor que aspire a trascender debe mostrarse fiel a esta realidad. Entre el listado impuesto por la situación que atraviesa esta porción del mundo, Sergio Ramírez propone en primer término el narcotráfico. Un poder cuya capacidad devastadora obligó a los gobernantes del continente americano a reunirse en Cartagena de Indias (VI Cumbre de las Américas) y considerarlo como tema prioritario de sus respectivas agendas. Como ocurrió en su momento en Estados Unidos, donde la cinematografía se ocupó de manera especial en recrear la vida y milagros de renombrados delincuentes, alcanzando el clímax con la puesta en escena de El Padrino, basada en la novela homónima de Mario Puzo, algo similar acontece en la comarca latinoamericana.

Una constante de los escritores, aún de los que habitan en otra región del planeta, ha sido tomar como referente el contexto donde viven, sin que esto implique una sumisión servil a lo acontecido. Si la manufactura de sus obras fuese una simple transcripción, no habría obra perdurable, a lo sumo periodismo del bueno, nada más. En América Latina hemos tenido la dicha que sus novelistas más connotados han sabido dar cuenta de las distintas etapas por las que ha transitado su historia. De manera aviesa y con el ánimo de desprender máscaras y caretas, Carlos Fuentes propuso a sus pares del Boom a comienzos de 1967, escribir una crónica negra que tuviese como tema central a los dictadores latinoamericanos. La propuesta la hizo a través de una carta que envió a Mario Vargas Llosa. Cada uno de los integrantes de la cofradía se haría cargo de escribir una crónica “sobre el único personaje mitológico que ha producido América Latina”, como adujo García Márquez a Plinio Apuleyo Mendoza en El olor a la guayaba, (1982). 

En consonancia con su propio arte creativo, Sergio Ramírez en El cielo llora por mí (2008), recurre a giros y modalidades del lenguaje utilizado por el común denominador de los nicaragüenses. Una novela de policías y narcotraficantes que da cuenta del quiebre de los valores trascendentes enarbolados por una revolución frustrada. Siguiendo la tradición del género crea varios personajes emblemáticos. El Inspector Dolores Morales, el policía derrengado, igual de astuto que sus cofrades de la DEA, con una moral forjada a fuego lento en los días más duros de la siembra, no transige en momentos que la debacle y la diáspora ocasionada por el estremecimiento de la pérdida del poder, conduce a varios de sus compañeros a convertirse en secuaces de los capos locales. Otro de sus logros más acabados, doña Sofía, mujer chispeante, conspiradora, cuya moral oscila entre su firme creencia religiosa, diferente a la que comulga la jefe de la Policía Nacional y su convicción por los valores que sucumbió su hijo en combate, para liberar al país de las lacras que atormentan a los nicaragüenses.

Como ocurre casi siempre en las novelas de Ramírez, la mayoría de sus lectores ha encontrado un par a cada uno de sus personajes. Los pueblos viven y se alimentan de sus ritos. Las celebraciones a la Virgen de Fátima en Plaza del Sol, sede central de la Policía Nacional, son atribuidas a la militancia religiosa explícita de su actual jefe supremo. Para esquivar cualquier señalamiento, Ramírez le cambia nombre y cargo, apegado a sus principios, los contornos con los que delinea los perfiles de este personaje, no deja duda de quién se trata. Todos sabemos quién es la Monja. No hay por donde perderse por mucho que el novelista, mentiroso redomado, manifieste a sus lectores que esa es su conclusión pero no la suya. Saturada de irreverencia y cargada de humor, destila un aire fresco, persuasivo y convincente. Cada vez que presenta sus novelas ante el auditorio nacional, cuando surgen estos señalamientos, se sale por la tangente. Con aire socarrón manifiesta, “Eso lo dice usted no yo”.

Teniendo como telón de fondo, la historia reciente del país, muda nombres pero no cambia escenarios. Una piscina donde el anfitrión se caga y ninguno de sus acompañantes se sale de la poza, les hace contar el desaguisado para espiar sus culpas. Las huelgas patrocinadas por la dirigencia sandinista durante los noventa, con la intención de seguir gobernando desde abajo, la redefinición del paisaje urbano de la capital, el crecimiento desmesurado de gasolineras, el surgimiento desbordante de casinos, la creación de nuevas zonas residenciales y la descripción de Managua, nuevo territorio donde transcurre El cielo llora por mí, forman parte del entorno inevitable de ese nuevo mundo. Los casinos vistos como lavanderías, auténticos laundries, centros de esparcimiento que florecen por todo el país, a los cuales sirven con esmero viejos cuadros revolucionarios. Para dar mayor fortaleza a su relato polariza los personajes  no su procedencia. El Inspector Morales sigue comulgando con sus viejos principios, no así Caupolicán. Ateos practicantes se mofan de todo.

El ingrediente con que condimenta la novela es el humor. En Un baile de máscaras (1991), Sergio ratifica que lo domina como el más avezado novelista. Chile, pimienta, limón y sal, para tu gustoso paladar. El abogado de los narcos, homosexual, tiene la dicha de tener un perro imperfecto, un perro chiclán. Doña Sofía, practicante religiosa, acude al templo a comprar el jabón de la sanación, para que Fanny, la infiel, se lave la panocha y libere todos sus pecados. ¿Será tanta la alienación de doña Sofía, como para creer que un jabón puede limpiar las impurezas de la carne? Las carreteras, como testimonian los medios, son convertidas en pistas improvisadas donde aterrizan avionetas cargadas de drogas procedentes de Colombia. Llega a tanto el amor de Giggo, que cuando el Inspector Morales le hace saber que su amante, Black Bull, fue muerto para evitar que inculpe a quienes asesinaron a Lord Dixon, logra persuadirlo que se asile en la embajada de Estados Unidos, convirtiéndole en testigo privilegiado. Son amores que matan. La novela devela la homofobia de algunos nicaragüenses.

Los secuaces locales del Chapo Guzmán, en vez de Hummer, para ser discretos prefieren los Mercedes Benz y BMW. ¡El Inspector Morales, quien revela y aborta la conspiración, sigue manejando su viejo Lada destartalado de fabricación rusa! ¡Sergio Ramírez logra una vez más, ser consecuente con las premisas de su arte creativo!  Con El cielo llora por mí, actualiza la presencia de Nicaragua en el nuevo mapa de la narrativa latinoamericana. Sumó su ingenio para contribuir a la creación de un edificio en plena construcción. Si ayer era la presencia de los dictadores, un tema todavía inagotable, hoy el narcotráfico desafía a los escritores latinoamericanos. No me interesa desmadejar la trama. Apenas esbozar algunos aspectos; recalcar el acierto de Ramírez, cuando el narcotráfico abruma y los gobernantes de nuestros países no logran ponerse de acuerdo para enfrentarlo. Al menos la apuesta por la legalización del consumo de ciertas drogas deja abiertas las opciones y la búsqueda de un consenso todavía en ciernes. ¿Un paso adelante que no tendrá retroceso? ¡Al menos yo así lo espero!       

domingo, 15 de abril de 2012

¿Seremos hijos del olvido?



 Mirador Palo Solo 1961*



A Gerardo Prado Madriz

Mientras en la capital persisten viejas direcciones, prueba de la existencia de una memoria resistiéndose a morir, en Juigalpa los cambios de propiedad y el levantamiento de nuevas viviendas en sitios públicos, elimina antiguas referencias. No importa cuánto hayan aportado a forjar nuestro imaginario. El terremoto devastó Managua pero no pudo dar de baja a El Arbolito. Las autoridades municipales decidieron sembrar un árbol en el mismo lugar manteniendo intacta esa referencia de la vieja capital. La desaparecida Lozelsa, pese a levantarse en ese mismo lugar una gasolinera y el Hospital Central de Managua, sigue marcando los rumbos de la ciudad. Sobre la carretera norte La Rocargo mantiene su condición de sitio de referencia, igual que las antiguas instalaciones de la Pepsi Cola. No sé si Managua es la única ciudad de Nicaragua con estas ínfulas señoriales. Un mérito que engrandece a sus habitantes. Una forma digna de conjurar el olvido, aunque en Nicaragua nuestra memoria histórica es muy débil.

En una ocasión preguntaron a Luis Somoza dónde vivía. Político matrero ni siquiera tomó pausa para responder. Supo sortear la interrogante. Su casa era tomada como referencia por verdes, rojos, negros, rosados y amarillos. En voz alta dijo, “Vivo de donde Papún una cuadra al sur”. También pudo decir de Él Guayacán… célebre cantina, una cuadra abajo. Cuando arribé a estudiar a Managua, siempre dije que vivía de la Mansión de Luis Somoza, seis cuadras al sur, media abajo. A partir del triunfo de la revolución fue convertida en la Casa Ricardo Morales Avilés. Otro caso paradigmático La Mansión Teodolinda. Sin empachos los Managua siguen dando direcciones sobre sitios fantasmales. Lugares inexistentes para quienes no saben apreciar el enorme cariño que implica no dejarse arrebatar viejos amores por las inclemencias telúricas y el rediseño urbano; lugares que contribuyeron a forjar su identidad. Las marcas del tiempo convertidas en registros históricos.

¿Cómo conocer la historia de una ciudad si muy pocos se interesan en escribirla y recrearla? ¿Cuántos cines hubo en Juigalpa? ¿Cuántas escuelas públicas y privadas? ¿Existen más ahora que antes? ¿En qué lugar quedaban? ¿Cuáles fueron los principales logros del Club Rotario? ¿Dónde quedaba el antiguo rastro municipal? En una ciudad donde se rinde culto a las montaderas de toros, ¿En qué sitio comenzaron hacerlo? ¿Cuál es la casa donde nació y cuáles son las virtudes de doña Chepita Toledo de Aguerri? ¿El nombre de su primera estación de radio? ¿Quiénes fueron sus dueños? ¿Dónde quedaban las instalaciones de la primera planta de energía eléctrica? ¿Qué era el Balalaika? ¿Cuáles son los nombres de sus tres primeros hoteles? ¿En qué casa vivió el general Arsenio Cruz? ¿Dónde funcionaban las oficinas del Banco Nacional de Nicaragua? ¿Cómo se llama su músico más virtuoso? ¿Quién fue don Virgilio Martínez? ¿Cuáles eran sus ocupaciones? ¿Su primer médico? ¿En qué lugar quedaba la tienda de don Adán Guerra?

¿Cuáles fueron los principales aportes de los ciudadanos llegados de Masaya al desarrollo de Juigalpa? ¿En qué lugar comenzó a funcionar el Registro Público? ¿Qué impacto tuvo la creación del primer molino eléctrico? Muchos de estos lugares sirvieron para dar direcciones, una vez trasladados a otros sitios o desaparecidos, nadie quiere acordarse de la importancia que tuvieron en el progreso de la localidad. Uno sabía donde quedaba Juan Corea y a qué se dedicaba. El embate de la globalización nos está volviendo más desarraigados. Los transportes Vargas jugaron un importante papel en la conexión Managua-Juigalpa-Rama. Igualmente vital fue la función que cumplieron los hermanos Aguilar Barea, Dominguito Bonilla y Ramiro Trejos. Luego vendría Denis Artiles y después Emilio Prado. Nos cuesta mucho recordar nombres, fechas, lugares y actividades emprendidas por estos pioneros. En Managua recuerdan los nombres de lugares desaparecidos y todavía se sirven de ellos para dar direcciones.

En los predios donde funciona la terminal de buses y el Mercado Municipal, por las tarde jugábamos beisbol. Doña Manuela Carazo daba permiso a Chepe Jaime, se aparecía con su sonrisa permanente a repartir batazos y hacer las mejores atrapadas. En la esquina noroeste vivió la Lolita Benavente. Las figuritas que nos vendía del álbum de cuentos de Pancho Madrigal eran dibujadas por Heriberto Gadea Mantilla, hermano de Fabio y padre de Norma Elena. El mismo que canta Yo soy de los defensores, himno del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional. Su letra se debe a Pablo Antonio Cuadra; aparece en el segundo disco El Saber del Pueblo (2011), recopilación de Wilmor López. La casa de Lolita fue transformada en sede de la Alcaldía y del Juzgado Único Local. Hacia el sur la cuartería donde vivió doña Eduarda, Rito y Juana Flores, fue tumbada por Carlos Guerra Colindres para construir la Escuela Municipal y el huerto escolar. La Casa del Maestro fue mi hogar en primer y tercer grado de primaria. Tuve el honor de tener como profesoras a mi tía Leopoldina Castrillo Morales y a doña Elizabeth Miranda. En silencio todos admirábamos la belleza de doña Elizabeth.

Nadie dice en Juigalpa de donde fue… cuarenta varas al norte. Contrario a los Managua somos presa del olvido. Incluso los nombres de algunas calles han sido cambiados. La calle Palo Solo, antes se llamó calle de Cristo. A comienzos de los setenta tuvimos que librar nuestras primeras batallas para evitar que su nombre fuese cambiado. El alcalde y adláteres del general Gustavo Montiel, el poderoso Ministro de Hacienda, pretendieron ponerle su nombre. Mi padre, estuviese donde estuviese, siempre firmó su producción literaria y pedagógica desde Juigalpa. La única vez que no lo hizo fue en el escrito conmemorativo que envió desde París, celebrando el X Aniversario del 6 de junio. Ante tanta liviandad él, Jorge Eliécer y yo, empezamos a firmarlos desde la calle Palo Solo. Si no somos capaces de recordar el pasado, decidimos evitar que nuestra calle pasase tristemente al olvido. Tal vez las únicas referencias  serían nuestros escritos, donde dejamos constancia que fuimos habitantes de una calle llamada Palo Solo. Los amagos de cambiar su nombre han seguido. Nosotros continuamos expectantes.

Con orgullo seguiré diciendo que soy de Juigalpa y que vivo en la calle Palo Solo. ¿No es así Jorge Eliécer?